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Se quiere y se puede
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Por Redacción

Se quiere y se puede



Augusto Alonso tiene 19 años y se destaca dentro del mundo del deporte, estudia Comercio Exterior y tiene una familia numerosa que lo acompaña en todo. Hasta acá podría ser una historia como la de cualquier deportista que se desafía a sí mismo a cada paso, pero a esta le vamos a sumar otro dato: cuando Augusto tenía 10 años tuvieron que amputarle una pierna y pese a ello nada lo detuvo y va por más.

Nos sentamos en uno de los tantos bares de la calle Arístides, son las 4 de la tarde, y la ciudad de Mendoza comienza a despertarse alocadamente de su siesta, Augusto y yo pedimos una gaseosa y empezamos a charlar como si fuéramos amigos de siempre, quizás porque en mi insistencia de contar su historia nos hicimos amigos sin darnos cuenta.

Vamos al grano, y Augusto cuenta de una lesión a la que se le restó importancia y de un dolor que superaba a cualquier otra caída: “Un día jugando en el recreo me pegaron en la pierna y me dolió mucho, pasaron los días, seguía el dolor y la hinchazón, entonces me llevaron al pediatra y el médico dijo que era propio de la edad de crecimiento. Seguí con dolor y me llevaron a la Guardia del Hospital Notti y me hicieron una radiografía. Ahí me diagnosticaron osteosarcoma (tumor en el hueso de la pierna) y pidieron una biopsia para ver si era bueno o malo. El resultado fue malo y me recetaron quimioterapia; tenía una semana en el hospital y una en mi casa y cuando íbamos por la mitad del tratamiento me dijeron que el cáncer estaba afectando las zonas blandas y que había que amputar la pierna”, resume Augusto. Este fue el comienzo de una lucha. Este es el momento en el que uno no puede hacer más que tratar de ponerse en ese lugar y pensar como reaccionaría frente a una situación similar. “Es muy ‘flashero’, yo soy de acordarme de muchas cosas, y de ese día me acuerdo que estaban mis viejos y el médico, y cuando me lo dijeron me largué a llorar”, recuerda Augusto.


Un antes y un después

Augusto se sometió a las sesiones de quimioterapia que restaban para completar su tratamiento. Tomó clases con una maestra particular y terminó quinto grado. La silla de ruedas la usó sólo para salir del hospital y de inmediato aprendió a usar las muletas y años más tarde los bastones canadienses que son los que actualmente tiene. Al año siguiente volvió a la escuela y si bien sus compañeros estaban al tanto de su situación, ya que se les informó en la misma escuela “para que supieran bien cómo eran las cosas”, relata Augusto. “Al principio me miraron raro, pero un rato después ya jugaban con mis muletas y hasta me rompieron alguna jugando también”, recuerda y sonríe mientras se acuerda de alguna de las muchas picardías que hizo con sus compañeros.


Deporte sin límites

“Antes de que pasara todo lo de mi pierna, hacía un poco de cada cosa: andaba en bici, en monopatín, me gustaba todo, pero no estaba en ningún club. “Empecé a jugar al fútbol de nuevo, a hacer bici, natación todo desde otro lugar , porque de chico lo hacés todo por diversión, pero ahora quiero salir a ‘comerme todo’, soy muy competitivo y muy autoexigente conmigo”, cuenta el joven que por estos días entrena en dos gimnasios, se maneja en bicicleta hasta para ir a la facultad e integra la Selección de Fútbol de Amputados, con la cual ha tenido la posibilidad de viajar y conocer países como Brasil, Rusia, Paraguay y se prepara para lo que será su tercer mundial que se disputará en México a fin de este año.


La ciudad, según Augusto

Nos tomamos un ratito para mirar alrededor, mientras pregunto por las otras limitaciones, no esas que nacen dentro de uno, sino las que encontramos a diario y nos hacen un poco más difícil la vida.

La ciudad no está preparada para una persona con discapacidad. Es cierto que hay más rampas en la ciudad, pero ni la facultad, el club, ni las calles están preparadas para una persona que tiene una discapacidad. No se piensa en alguien en silla de ruedas o muletas, ni siquiera en un no vidente.

De hecho, en la mayoría de los lugares para comer no tienen carta para que un ciego pueda elegir el menú y no se les cruza pensar que pueden hacer algo por los demás, incluso hay gente que estaciona de apuro y tapa las rampas para discapacitados.

Aún así, Augusto se mueve como pez en el agua para ir de un lado a otro, incluso a charlar un rato con chicos que pasan por una situación similar.


Los afectos

A lo largo de la charla aparece su numerosa familia: Marcelo y Bety, sus papás; sus cinco hermanos, Micaela, Antonio, Francisco, Álvaro y Marcelito; amigos y su novia Luci. Y más allá de la fuerza de voluntad y el carisma de Augusto se puede ver a las claras que no hay límites en su vida, pero que sus afectos alimentan diariamente sus ganas de ir más allá./ Rebeca Rodriguez


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Se quiere y se puede

Augusto Alonso tiene 19 años y se destaca dentro del mundo del deporte, estudia Comercio Exterior y tiene una familia numerosa que lo acompaña en todo. Hasta acá podría ser una historia como la de cualquier deportista que se desafía a sí mismo a cada paso, pero a esta le vamos a sumar otro dato: cuando Augusto tenía 10 años tuvieron que amputarle una pierna y pese a ello nada lo detuvo y va por más.
Nos sentamos en uno de los tantos bares de la calle Arístides, son las 4 de la tarde, y la ciudad de Mendoza comienza a despertarse alocadamente de su siesta, Augusto y yo pedimos una gaseosa y empezamos a charlar como si fuéramos amigos de siempre, quizás porque en mi insistencia de contar su historia nos hicimos amigos sin darnos cuenta.
Vamos al grano, y Augusto cuenta de una lesión a la que se le restó importancia y de un dolor que superaba a cualquier otra caída: “Un día jugando en el recreo me pegaron en la pierna y me dolió mucho, pasaron los días, seguía el dolor y la hinchazón, entonces me llevaron al pediatra y el médico dijo que era propio de la edad de crecimiento. Seguí con dolor y me llevaron a la Guardia del Hospital Notti y me hicieron una radiografía. Ahí me diagnosticaron osteosarcoma (tumor en el hueso de la pierna) y pidieron una biopsia para ver si era bueno o malo. El resultado fue malo y me recetaron quimioterapia; tenía una semana en el hospital y una en mi casa y cuando íbamos por la mitad del tratamiento me dijeron que el cáncer estaba afectando las zonas blandas y que había que amputar la pierna”, resume Augusto. Este fue el comienzo de una lucha. Este es el momento en el que uno no puede hacer más que tratar de ponerse en ese lugar y pensar como reaccionaría frente a una situación similar. “Es muy ‘flashero’, yo soy de acordarme de muchas cosas, y de ese día me acuerdo que estaban mis viejos y el médico, y cuando me lo dijeron me largué a llorar”, recuerda Augusto.

Un antes y un después
Augusto se sometió a las sesiones de quimioterapia que restaban para completar su tratamiento. Tomó clases con una maestra particular y terminó quinto grado. La silla de ruedas la usó sólo para salir del hospital y de inmediato aprendió a usar las muletas y años más tarde los bastones canadienses que son los que actualmente tiene. Al año siguiente volvió a la escuela y si bien sus compañeros estaban al tanto de su situación, ya que se les informó en la misma escuela “para que supieran bien cómo eran las cosas”, relata Augusto. “Al principio me miraron raro, pero un rato después ya jugaban con mis muletas y hasta me rompieron alguna jugando también”, recuerda y sonríe mientras se acuerda de alguna de las muchas picardías que hizo con sus compañeros.

Deporte sin límites
“Antes de que pasara todo lo de mi pierna, hacía un poco de cada cosa: andaba en bici, en monopatín, me gustaba todo, pero no estaba en ningún club. “Empecé a jugar al fútbol de nuevo, a hacer bici, natación todo desde otro lugar , porque de chico lo hacés todo por diversión, pero ahora quiero salir a ‘comerme todo’, soy muy competitivo y muy autoexigente conmigo”, cuenta el joven que por estos días entrena en dos gimnasios, se maneja en bicicleta hasta para ir a la facultad e integra la Selección de Fútbol de Amputados, con la cual ha tenido la posibilidad de viajar y conocer países como Brasil, Rusia, Paraguay y se prepara para lo que será su tercer mundial que se disputará en México a fin de este año.

La ciudad, según Augusto
Nos tomamos un ratito para mirar alrededor, mientras pregunto por las otras limitaciones, no esas que nacen dentro de uno, sino las que encontramos a diario y nos hacen un poco más difícil la vida.
La ciudad no está preparada para una persona con discapacidad. Es cierto que hay más rampas en la ciudad, pero ni la facultad, el club, ni las calles están preparadas para una persona que tiene una discapacidad. No se piensa en alguien en silla de ruedas o muletas, ni siquiera en un no vidente.
De hecho, en la mayoría de los lugares para comer no tienen carta para que un ciego pueda elegir el menú y no se les cruza pensar que pueden hacer algo por los demás, incluso hay gente que estaciona de apuro y tapa las rampas para discapacitados.
Aún así, Augusto se mueve como pez en el agua para ir de un lado a otro, incluso a charlar un rato con chicos que pasan por una situación similar.

Los afectos
A lo largo de la charla aparece su numerosa familia: Marcelo y Bety, sus papás; sus cinco hermanos, Micaela, Antonio, Francisco, Álvaro y Marcelito; amigos y su novia Luci. Y más allá de la fuerza de voluntad y el carisma de Augusto se puede ver a las claras que no hay límites en su vida, pero que sus afectos alimentan diariamente sus ganas de ir más allá./ Rebeca Rodriguez

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