Qué cosa la libertad…
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Por Redacción
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Qué cosa la libertad…



El aumento de la inseguridad,  con su secuela de víctimas fatales y de daños a los bienes,  pone en el centro de la discusión cuál de los dos valores más preciados de las personas debe prevalecer: el libre desplazamiento en la protección de la vida


Dar la vida por la libertad suele ser una frase generalmente leída en los libros de historia y relacionada con las palabras, casi siempre postreras, que se atribuyen a algunos próceres o aspirantes a tal condición. Habría que ver si llegado el caso, en el momento crucial, el involucrado opta por resignar todo o parte de su ser libre o convertirse en occiso.


La gente normal, la que tiene como épica cotidiana la lucha por llegar a fin de mes o el chico cuyo fin supremo es divertirse con sus amigos, poco piensan en algo que ni siquiera saben definir, pero que cuando lo pierden cobra sentido su real valor. Frecuentemente se cree que la libertad es algo que se concede desde una instancia superior, que se vincula al Estado representado en la autoridad y no como una condición natural reafirmada por el orden jurídico e internalizada por nuestra psiquis como algo irrenunciable. Mucho menos se tiene en cuenta que esa libertad debe llevar implícita la responsabilidad de atender las obligaciones y deberes para organizar más o menos la interacción de las libertades de toda la demás gente.


En los hechos concretos, la manifestación más expresa de la libertad es el movimiento de nuestro atribulado físico, por caminos y senderos, por el campo y la ciudad. Pero sucede que esos desplazamientos, sumados a la apariencia externa pasan a ser motivo de sospecha o directamente de acción punitiva por parte de la Policía. Para llevar a cabo el procedimiento, los uniformados describen situaciones como actitud sospechosa, merodeo, o la no portación de documentación para identificarse.


El crecimiento del delito violento contra las personas y los cada vez más frecuentes robos, asaltos y entraderas es una situación real y dramática que está produciendo un quiebre en la sociedad del que será muy difícil regresar. El resultado es el temor, la desconfianza, el aislamiento, la hostilidad y la violencia que se traduce en la condena a priori y la discriminación.


Así se contraponen la libertad y la seguridad. ¿Cuál de las dos tiene prioridad? Y, ¿la libertad de quién es más importante? Cuando se produce el conflicto y aparece alguien sufriendo un daño, aparece la Justicia para resolverlo, pero cuando la cosa se limita a sospecha o prejuicio el tema es más difícil de resolver.


El caso más frecuente es la demora o detención de una persona por motivos supuestamente preventivos por no poder identificarse fehacientemente con su DNI, no conocerse si tiene trabajo o no, y peor, si su apariencia le indica al funcionario que puede no ser una persona honesta. A estas condiciones suele agregarse que la persona anda caminando por un barrio donde no la conocen y por lo tanto es denunciada al 911.



El dilema es jodido, uno desde adentro de la casa ve a todo extraño como potencial amenaza, pero cuando nos toca buscar un domicilio en una zona no frecuentada pasamos a ser blanco de las miradas detrás de los visillos y también nos exponemos a la llegada del patrullero. Esta puja entre la seguridad de unos y la libertad de ambular de otros se refleja también en la contraposición de lo que indican la Constitución Nacional, las convenciones internacionales a la que esta adhiere en su artículo 75 inciso 22 (Corte Interamericana de Derechos Humanos entre otras) confrontadas con las leyes orgánicas de casi todas las policías provinciales y federal. Las primeras sostienen como bienes supremos inalienables la vida y la libertad; las segundas no los niegan, pero se atribuyen potestades que, en aras de la seguridad, implican límites a las primeras.


Ante los constantes casos registrados, un juez de Menores de la provincia de Catamarca dictaminó mediante sentencia Nº 91 sobre el expediente 239/16 con fecha 2 de septiembre, que no se puede detener o demorar a un menor por no llevar consigo su Documento Nacional de Identidad, por cuanto no es obligación circular con él por la vía pública, sino que es una elección. En los considerandos del fallo, hace referencia también al criterio personal del representante del orden acerca de las condiciones de vestimenta, apariencia, si va a pie o va en moto, si caminar por una vereda es merodear, si mirar las casas demuestra intención de robo, etcétera.


A la Policía le exigimos que nos defienda de la delincuencia, pero ¿con qué herramientas? ¿Sospechando de todos, parando a la gente en la calle y el que no tiene el DNI se lo lleva aunque sea honesto, y al que sí lo tenga se lo deja ir aunque sea un sinvergüenza y el policía no lo sepa? Con el auxilio de la tecnología, el entrenamiento, la capacitación y la vigilancia, sin interferir en la vida normal, podría ser un modo.


Mal hizo Charly García al mofarse de un policía diciéndole que él no tenía la culpa de que no hubiera estudiado y terminara por trabajar en la repartición, pero los demás ciudadanos tampoco tenemos la culpa de que los años de autoritarismo, dictaduras y la negligencia de los gobiernos democráticos hayan retrasado la evolución técnica y




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El aumento de la inseguridad,  con su secuela de víctimas fatales y de daños a los bienes,  pone en el centro de la discusión cuál de los dos valores más preciados de las personas debe prevalecer: el libre desplazamiento en la protección de la vida

Dar la vida por la libertad suele ser una frase generalmente leída en los libros de historia y relacionada con las palabras, casi siempre postreras, que se atribuyen a algunos próceres o aspirantes a tal condición. Habría que ver si llegado el caso, en el momento crucial, el involucrado opta por resignar todo o parte de su ser libre o convertirse en occiso.

La gente normal, la que tiene como épica cotidiana la lucha por llegar a fin de mes o el chico cuyo fin supremo es divertirse con sus amigos, poco piensan en algo que ni siquiera saben definir, pero que cuando lo pierden cobra sentido su real valor. Frecuentemente se cree que la libertad es algo que se concede desde una instancia superior, que se vincula al Estado representado en la autoridad y no como una condición natural reafirmada por el orden jurídico e internalizada por nuestra psiquis como algo irrenunciable. Mucho menos se tiene en cuenta que esa libertad debe llevar implícita la responsabilidad de atender las obligaciones y deberes para organizar más o menos la interacción de las libertades de toda la demás gente.

En los hechos concretos, la manifestación más expresa de la libertad es el movimiento de nuestro atribulado físico, por caminos y senderos, por el campo y la ciudad. Pero sucede que esos desplazamientos, sumados a la apariencia externa pasan a ser motivo de sospecha o directamente de acción punitiva por parte de la Policía. Para llevar a cabo el procedimiento, los uniformados describen situaciones como actitud sospechosa, merodeo, o la no portación de documentación para identificarse.

El crecimiento del delito violento contra las personas y los cada vez más frecuentes robos, asaltos y entraderas es una situación real y dramática que está produciendo un quiebre en la sociedad del que será muy difícil regresar. El resultado es el temor, la desconfianza, el aislamiento, la hostilidad y la violencia que se traduce en la condena a priori y la discriminación.

Así se contraponen la libertad y la seguridad. ¿Cuál de las dos tiene prioridad? Y, ¿la libertad de quién es más importante? Cuando se produce el conflicto y aparece alguien sufriendo un daño, aparece la Justicia para resolverlo, pero cuando la cosa se limita a sospecha o prejuicio el tema es más difícil de resolver.

El caso más frecuente es la demora o detención de una persona por motivos supuestamente preventivos por no poder identificarse fehacientemente con su DNI, no conocerse si tiene trabajo o no, y peor, si su apariencia le indica al funcionario que puede no ser una persona honesta. A estas condiciones suele agregarse que la persona anda caminando por un barrio donde no la conocen y por lo tanto es denunciada al 911.

El dilema es jodido, uno desde adentro de la casa ve a todo extraño como potencial amenaza, pero cuando nos toca buscar un domicilio en una zona no frecuentada pasamos a ser blanco de las miradas detrás de los visillos y también nos exponemos a la llegada del patrullero. Esta puja entre la seguridad de unos y la libertad de ambular de otros se refleja también en la contraposición de lo que indican la Constitución Nacional, las convenciones internacionales a la que esta adhiere en su artículo 75 inciso 22 (Corte Interamericana de Derechos Humanos entre otras) confrontadas con las leyes orgánicas de casi todas las policías provinciales y federal. Las primeras sostienen como bienes supremos inalienables la vida y la libertad; las segundas no los niegan, pero se atribuyen potestades que, en aras de la seguridad, implican límites a las primeras.

Ante los constantes casos registrados, un juez de Menores de la provincia de Catamarca dictaminó mediante sentencia Nº 91 sobre el expediente 239/16 con fecha 2 de septiembre, que no se puede detener o demorar a un menor por no llevar consigo su Documento Nacional de Identidad, por cuanto no es obligación circular con él por la vía pública, sino que es una elección. En los considerandos del fallo, hace referencia también al criterio personal del representante del orden acerca de las condiciones de vestimenta, apariencia, si va a pie o va en moto, si caminar por una vereda es merodear, si mirar las casas demuestra intención de robo, etcétera.

A la Policía le exigimos que nos defienda de la delincuencia, pero ¿con qué herramientas? ¿Sospechando de todos, parando a la gente en la calle y el que no tiene el DNI se lo lleva aunque sea honesto, y al que sí lo tenga se lo deja ir aunque sea un sinvergüenza y el policía no lo sepa? Con el auxilio de la tecnología, el entrenamiento, la capacitación y la vigilancia, sin interferir en la vida normal, podría ser un modo.

Mal hizo Charly García al mofarse de un policía diciéndole que él no tenía la culpa de que no hubiera estudiado y terminara por trabajar en la repartición, pero los demás ciudadanos tampoco tenemos la culpa de que los años de autoritarismo, dictaduras y la negligencia de los gobiernos democráticos hayan retrasado la evolución técnica y

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