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Progreso y progresismo
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Por Redacción

Progreso y progresismo



Para iniciar el año se me ocurre hacer algunas reflexiones sobre el significado de las palabras progreso y progresismo. Términos que frecuentemente usamos con diversos significados y connotaciones. Tantas veces en nombre del progreso, la humanidad ha retrocedido, al chocar contra las contradicciones de su propia naturaleza y bajo circunstancias adversas, generando nuevos problemas y peores conflictos.


Se debe comprender que llamarse progresista no alcanza; el progreso material (económico), sin un mejoramiento real de las virtudes democráticas y republicanas, ha producido conductas y actitudes destructivas como se vivieron en Europa y en el resto del mundo desde mediados del siglo XIX, hasta finales del siglo XX, con el auge de los autoritarismos y la intolerancia de todo tipo; provocando dos guerras mundiales y decenas de guerras civiles y de dictaduras sangrientas.


Un largo camino

En el mundo antiguo (mesopotámico, egipcio y griego) la idea de progreso del hombre estaba ligada al ciclo evolutivo de la naturaleza; un comienzo, un desarrollo, un final y un volver a empezar y, tal vez, la posibilidad de mejorar las cosas si se daba la oportunidad. Una vida que moría pero que dejaba su semilla que generaba una nueva vida. Una concepción circular a la que hacen referencia los vocablos latinos de progressus y regressus.


Indudablemente, la idea cosmológica del judaísmo -y luego la síntesis del cristianismo que logró unir esa cosmovisión con la filosofía griega-, fue lo que independizó a la historia de la humanidad del ciclo evolutivo de la naturaleza, al concebir al ser humano como un ser único y distinto de los demás seres de la creación. La concepción circular de los antiguos fue reemplazada, poco a poco, por la concepción lineal del progreso ilimitado. Este cambio no fue brusco ni se produjo de un día para el otro, por el contrario, estas ideas sobre lo que hoy llamamos progreso, convivieron por mucho tiempo.


Sobre el significado actual de progreso parece no haber dudas. Avanzar, mejorar, perfeccionar, hacer adelantos en determinada materia. Acción de ir hacia adelante. Así también lo define el diccionario de la Real Academia Española y así lo entendemos cotidianamente. Pero la idea de progreso no ha sido siempre igual. Durante el Renacimiento se llegó a pensar que los logros de la antigüedad clásica eran insuperables y casi inigualables. En cierta forma, emular los frutos de esa época lejana, era a lo máximo que se podía aspirar. Más adelante, esta idea también fue superada.


No fue sino hasta fines del siglo XVIII y principios del XIX, que los conceptos de progresismo y progresista evolucionaron hacia las ideas de las transformaciones políticas, económicas y sociales. Para distinguir a los que proponían una nueva concepción intelectual, que se diferenciaba de aquellos que aspiraban a la perpetuación del orden establecido y que representaban un estancamiento y un retroceso, que obstaculizaba el camino hacia la modernidad. Fue algo más adelante, hacia mediados del siglo XIX, en que los conservadores empezaron a ser llamados reaccionarios, porque se oponían a esas transformaciones que fomentaban las nuevas corrientes del pensamiento llamado de vanguardia.


La idea moderna de progresismo

Paulatinamente, a la idea de un hombre limitado y casi insignificante, atado a los designios de la naturaleza, se le fue oponiendo la del hombre forjador de su propio destino. Y entonces, el progreso, empezó a ser concebido no sólo como la acumulación de bienes económicos, riquezas y conocimiento científico y tecnológico, sino también como acopio de virtudes que lo harían cada vez mejor; más igual, más justo, más solidario y, en definitiva, más libre.


El hombre moderno, parado sobre los conocimientos y virtudes del pasado, podía ver cada vez más lejos y, a través de esa nueva perspectiva, intentar alcanzar nuevos horizontes y perseguir nuevas utopías. Creció así una renovada ética que rechaza las distinciones de raza, religión, nacionalidad, sexo o clase social. Por eso la idea moderna de progresismo exige una renovación permanente del poder, que permita a los ciudadanos contribuir activamente al desarrollo, a partir de las libertades individuales, del derecho a elegir y a expresarse libremente.


La preocupación por el bienestar y el mejoramiento de las condiciones de vida ha hecho que el verdadero progresismo se ocupe de nuevos temas –a los que hasta hace muy poco no se les prestaba atención–, como la preservación del medio ambiente y el cuidado de la naturaleza. Estos modernos desafíos han cobrado una pujante fuerza entre los progresistas.


Hoy, decirse progresista y pretender perpetuarse en el poder es altamente contradictorio. El progreso en la democracia moderna –el único sistema de gobierno verdaderamente progresista-, necesariamente, está ligado a la alternancia y la renovación que le da al ciudadano la posibilidad de elegir su propio destino, su propio progreso.


Ya casi no existe partido político en el mundo que no se describa como progresista. Todas las ideologías y preferencias políticas tienden a justificar sus propuestas adjetivándolas de esa manera. La idea es que el progreso permite mejorar la vida del hombre a través de otorgarle mayores libertades individuales y mejorando sus condiciones de vida.


Una democracia sin renovación implica un inevitable regressus a un punto de partida que, definitivamente, constituye un retroceso o un estancamiento. Progreso, hoy significa alternancia constante del poder y recambio generacional. Es lo que garantiza el permanente cuidado de los problemas de la gente, la movilidad social y la participación, donde se ve reflejado el desarrollo de una sociedad y que sólo la democracia plural puede garantizar.


Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional “Santa Romana”. Autor de “El Momento es Ahora” y “El ABC de la Defensa Nacional”.


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Progreso y progresismo

Para iniciar el año se me ocurre hacer algunas reflexiones sobre el significado de las palabras progreso y progresismo. Términos que frecuentemente usamos con diversos significados y connotaciones. Tantas veces en nombre del progreso, la humanidad ha retrocedido, al chocar contra las contradicciones de su propia naturaleza y bajo circunstancias adversas, generando nuevos problemas y peores conflictos.

Se debe comprender que llamarse progresista no alcanza; el progreso material (económico), sin un mejoramiento real de las virtudes democráticas y republicanas, ha producido conductas y actitudes destructivas como se vivieron en Europa y en el resto del mundo desde mediados del siglo XIX, hasta finales del siglo XX, con el auge de los autoritarismos y la intolerancia de todo tipo; provocando dos guerras mundiales y decenas de guerras civiles y de dictaduras sangrientas.

Un largo camino
En el mundo antiguo (mesopotámico, egipcio y griego) la idea de progreso del hombre estaba ligada al ciclo evolutivo de la naturaleza; un comienzo, un desarrollo, un final y un volver a empezar y, tal vez, la posibilidad de mejorar las cosas si se daba la oportunidad. Una vida que moría pero que dejaba su semilla que generaba una nueva vida. Una concepción circular a la que hacen referencia los vocablos latinos de progressus y regressus.

Indudablemente, la idea cosmológica del judaísmo -y luego la síntesis del cristianismo que logró unir esa cosmovisión con la filosofía griega-, fue lo que independizó a la historia de la humanidad del ciclo evolutivo de la naturaleza, al concebir al ser humano como un ser único y distinto de los demás seres de la creación. La concepción circular de los antiguos fue reemplazada, poco a poco, por la concepción lineal del progreso ilimitado. Este cambio no fue brusco ni se produjo de un día para el otro, por el contrario, estas ideas sobre lo que hoy llamamos progreso, convivieron por mucho tiempo.

Sobre el significado actual de progreso parece no haber dudas. Avanzar, mejorar, perfeccionar, hacer adelantos en determinada materia. Acción de ir hacia adelante. Así también lo define el diccionario de la Real Academia Española y así lo entendemos cotidianamente. Pero la idea de progreso no ha sido siempre igual. Durante el Renacimiento se llegó a pensar que los logros de la antigüedad clásica eran insuperables y casi inigualables. En cierta forma, emular los frutos de esa época lejana, era a lo máximo que se podía aspirar. Más adelante, esta idea también fue superada.

No fue sino hasta fines del siglo XVIII y principios del XIX, que los conceptos de progresismo y progresista evolucionaron hacia las ideas de las transformaciones políticas, económicas y sociales. Para distinguir a los que proponían una nueva concepción intelectual, que se diferenciaba de aquellos que aspiraban a la perpetuación del orden establecido y que representaban un estancamiento y un retroceso, que obstaculizaba el camino hacia la modernidad. Fue algo más adelante, hacia mediados del siglo XIX, en que los conservadores empezaron a ser llamados reaccionarios, porque se oponían a esas transformaciones que fomentaban las nuevas corrientes del pensamiento llamado de vanguardia.

La idea moderna de progresismo
Paulatinamente, a la idea de un hombre limitado y casi insignificante, atado a los designios de la naturaleza, se le fue oponiendo la del hombre forjador de su propio destino. Y entonces, el progreso, empezó a ser concebido no sólo como la acumulación de bienes económicos, riquezas y conocimiento científico y tecnológico, sino también como acopio de virtudes que lo harían cada vez mejor; más igual, más justo, más solidario y, en definitiva, más libre.

El hombre moderno, parado sobre los conocimientos y virtudes del pasado, podía ver cada vez más lejos y, a través de esa nueva perspectiva, intentar alcanzar nuevos horizontes y perseguir nuevas utopías. Creció así una renovada ética que rechaza las distinciones de raza, religión, nacionalidad, sexo o clase social. Por eso la idea moderna de progresismo exige una renovación permanente del poder, que permita a los ciudadanos contribuir activamente al desarrollo, a partir de las libertades individuales, del derecho a elegir y a expresarse libremente.

La preocupación por el bienestar y el mejoramiento de las condiciones de vida ha hecho que el verdadero progresismo se ocupe de nuevos temas –a los que hasta hace muy poco no se les prestaba atención–, como la preservación del medio ambiente y el cuidado de la naturaleza. Estos modernos desafíos han cobrado una pujante fuerza entre los progresistas.

Hoy, decirse progresista y pretender perpetuarse en el poder es altamente contradictorio. El progreso en la democracia moderna –el único sistema de gobierno verdaderamente progresista-, necesariamente, está ligado a la alternancia y la renovación que le da al ciudadano la posibilidad de elegir su propio destino, su propio progreso.

Ya casi no existe partido político en el mundo que no se describa como progresista. Todas las ideologías y preferencias políticas tienden a justificar sus propuestas adjetivándolas de esa manera. La idea es que el progreso permite mejorar la vida del hombre a través de otorgarle mayores libertades individuales y mejorando sus condiciones de vida.

Una democracia sin renovación implica un inevitable regressus a un punto de partida que, definitivamente, constituye un retroceso o un estancamiento. Progreso, hoy significa alternancia constante del poder y recambio generacional. Es lo que garantiza el permanente cuidado de los problemas de la gente, la movilidad social y la participación, donde se ve reflejado el desarrollo de una sociedad y que sólo la democracia plural puede garantizar.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional “Santa Romana”. Autor de “El Momento es Ahora” y “El ABC de la Defensa Nacional”.

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