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Primarias presidenciales – La campaña de los bueyes perdidos
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Por Redacción

Primarias presidenciales – La campaña de los bueyes perdidos



El escenario al que llegamos este próximo domingo no es el que deseaba gran parte de la sociedad. En la mayoría de los distritos, los ciudadanos deberán optar entre un caos de boletas fatigosamente extensas, en un clima propicio para la confusión, las acusaciones y, como de costumbre, las sospechas de fraude.


De lo que no se habló


Los temas más importantes, los de fondo, los que la gente reclama como prioritarios y que nos preocupan realmente a todos, han estado al margen del debate. De hecho, no ha habido debate, tal como lo conocemos en otras partes del mundo. Una campaña basada en monólogos, que se explayan generosamente sobre bueyes perdidos. Vaguedades de las que no pueden inferirse las diferencias que hay entre cada candidato.

El tema excluyente de campaña fue, sin duda, la economía. Pero sólo su costado ideológico. Ese que sirve para acusar al otro de ortodoxo, heterodoxo, liberal o capitalista, sin saber a ciencia cierta de qué se está hablando.

Una discusión sobre la que no se puede sacar nada en limpio. Y es entendible, ya que en la Argentina, para hablar de economía por televisión no hace falta ser un experto. Los desfasajes y errores económicos –inflación, cepo cambiario, expansión monetaria–, en nuestro país son tan gruesos, que a cualquier amateur le alcanzan conocimientos rudimentarios y dos o tres muletillas para desacreditar a cualquier adversario.

A la falta de debate –que increíblemente la gente sigue tolerando con absoluta naturalidad–, se suman, en los discursos de los postulantes que encabezan las encuestas, otras ausencias dialécticas no menos asombrosas. Los candidatos estrellas no habían hablado mucho del grave problema del narcotráfico, si no fuera que, a apenas una semana de las elecciones, un conocido programa televisivo introdujo abruptamente el tema en la disputa electoral. Pero no sirvió para echar luz al problema, sino para desatar una feroz beligerancia de acusaciones y agravios, más propia de mafiosos que de políticos.

Para ser justos, debemos reconocer que solamente los candidatos que, según los encuestadores, apenas mueven el amperímetro de la opinión pública (Ernesto Sanz, Elisa Carrió y Margarita Stolbizer), han arriesgado definiciones contundentes en tal sentido. Para el trío que lidera las encuestas el tema hasta ahora no parecía importante.

La corrupción también ha sido una herramienta de ataque y defensa, más que una plataforma desde la cual señalar un camino a seguir. En un momento, el público parecía querer escuchar definiciones concretas. “No me digan si van a privatizar o estatizar, cuéntenme qué van a hacer contra la corrupción estatal”, imploraba un mensaje en las redes sociales que se replicó con frecuencia.

Desde que nuestro comprovinciano Julio Cobos abandonó la contienda por la presidencia de la Nación, otro tema ausente en la campaña ha sido el de la educación; con la salud sólo fueron mencionadas en largas y tediosas enumeraciones junto con la seguridad, la vivienda y el trabajo. Nadie profundizó ninguno de estos temas.


Un panorama confuso y desordenado

Las encuestas, como de costumbre, van a volver a errarla y, también como de costumbre, después del escrutinio, los encuestadores volverán a intentar justificar sus números con el novedoso invento de la “volatilidad”, que han pretendido instalar. Siempre la culpa la tenemos los votantes. Ahora, además de cargar con el San Benito de equivocarnos a la hora de elegir, también parece que somos inestables, inseguros y bastante indecisos.

Si se apeló al delicado tema del empleo fue solamente para asegurar que se continuará piadosamente con las extorsivas políticas de planes sociales. No sea cosa que esa muchedumbre que “ni estudia ni trabaja”, les vote en contra. Muy pocos candidatos han aclarado que reemplazarán ese sistema perverso por otro que premie y recompense la voluntad de trabajar.

En un país fracturado por la grieta que nos dejaron tantos años de enfrentamiento, ninguna fuerza política se pronunció por la necesidad de reconciliación definitiva de los argentinos. Un tema que el papa Francisco ha puesto sobre la mesa de debate en estos días, con su acostumbrada capacidad de sorprender, y sobre el que sería muy auspicioso que los candidatos opinaran en el tramo de campaña que comienza a partir de estas primarias.

Este panorama confuso y desordenado es el mejor escenario que puede imaginar el gatopardismo dominante en el país. Su más grave consecuencia es el desconcierto y la ansiedad que ha generado una puja electoral absolutamente vacía de contenido; con candidatos que se parecen mucho y que prometen vaguedades. Y la certeza de que todos llegaremos al cuarto oscuro sin saber, a ciencia cierta, cuál es la verdadera vocación de cada aspirante.

Como analistas que pretendemos ser de la realidad, no podemos dejar de arriesgar algún pronóstico, aunque sea obvio: creemos que no habrá polarización este domingo. Pero si alguno de los tres principales candidatos queda relegado, alejado de la posibilidad de ganar, sus votos irán a engrosar, en la primera vuelta, la bolsa de los dos que resulten más favorecidos.

Una puja entre candidatos que han transitado una campaña sin cometer discursos comprometidos. Eso sí, todos rodeados de colaboradores altamente capacitados, que se interrumpen a los gritos hablando de bueyes perdidos.

Siempre nos queda la esperanza de que la providencia –o el azar, si a usted le gusta más–, nos depare un milagro, un prodigio si cabe; alguien que en la práctica sea realmente honesto, conciliador, inflexible con la corrupción, pragmático a la hora de solucionar los grandes temas de la economía y, sobre todo, sabio para enfrentar los desafíos del mundo actual.


Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.


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Primarias presidenciales – La campaña de los bueyes perdidos

El escenario al que llegamos este próximo domingo no es el que deseaba gran parte de la sociedad. En la mayoría de los distritos, los ciudadanos deberán optar entre un caos de boletas fatigosamente extensas, en un clima propicio para la confusión, las acusaciones y, como de costumbre, las sospechas de fraude.

De lo que no se habló

Los temas más importantes, los de fondo, los que la gente reclama como prioritarios y que nos preocupan realmente a todos, han estado al margen del debate. De hecho, no ha habido debate, tal como lo conocemos en otras partes del mundo. Una campaña basada en monólogos, que se explayan generosamente sobre bueyes perdidos. Vaguedades de las que no pueden inferirse las diferencias que hay entre cada candidato.
El tema excluyente de campaña fue, sin duda, la economía. Pero sólo su costado ideológico. Ese que sirve para acusar al otro de ortodoxo, heterodoxo, liberal o capitalista, sin saber a ciencia cierta de qué se está hablando.
Una discusión sobre la que no se puede sacar nada en limpio. Y es entendible, ya que en la Argentina, para hablar de economía por televisión no hace falta ser un experto. Los desfasajes y errores económicos –inflación, cepo cambiario, expansión monetaria–, en nuestro país son tan gruesos, que a cualquier amateur le alcanzan conocimientos rudimentarios y dos o tres muletillas para desacreditar a cualquier adversario.
A la falta de debate –que increíblemente la gente sigue tolerando con absoluta naturalidad–, se suman, en los discursos de los postulantes que encabezan las encuestas, otras ausencias dialécticas no menos asombrosas. Los candidatos estrellas no habían hablado mucho del grave problema del narcotráfico, si no fuera que, a apenas una semana de las elecciones, un conocido programa televisivo introdujo abruptamente el tema en la disputa electoral. Pero no sirvió para echar luz al problema, sino para desatar una feroz beligerancia de acusaciones y agravios, más propia de mafiosos que de políticos.
Para ser justos, debemos reconocer que solamente los candidatos que, según los encuestadores, apenas mueven el amperímetro de la opinión pública (Ernesto Sanz, Elisa Carrió y Margarita Stolbizer), han arriesgado definiciones contundentes en tal sentido. Para el trío que lidera las encuestas el tema hasta ahora no parecía importante.
La corrupción también ha sido una herramienta de ataque y defensa, más que una plataforma desde la cual señalar un camino a seguir. En un momento, el público parecía querer escuchar definiciones concretas. “No me digan si van a privatizar o estatizar, cuéntenme qué van a hacer contra la corrupción estatal”, imploraba un mensaje en las redes sociales que se replicó con frecuencia.
Desde que nuestro comprovinciano Julio Cobos abandonó la contienda por la presidencia de la Nación, otro tema ausente en la campaña ha sido el de la educación; con la salud sólo fueron mencionadas en largas y tediosas enumeraciones junto con la seguridad, la vivienda y el trabajo. Nadie profundizó ninguno de estos temas.

Un panorama confuso y desordenado
Las encuestas, como de costumbre, van a volver a errarla y, también como de costumbre, después del escrutinio, los encuestadores volverán a intentar justificar sus números con el novedoso invento de la “volatilidad”, que han pretendido instalar. Siempre la culpa la tenemos los votantes. Ahora, además de cargar con el San Benito de equivocarnos a la hora de elegir, también parece que somos inestables, inseguros y bastante indecisos.
Si se apeló al delicado tema del empleo fue solamente para asegurar que se continuará piadosamente con las extorsivas políticas de planes sociales. No sea cosa que esa muchedumbre que “ni estudia ni trabaja”, les vote en contra. Muy pocos candidatos han aclarado que reemplazarán ese sistema perverso por otro que premie y recompense la voluntad de trabajar.
En un país fracturado por la grieta que nos dejaron tantos años de enfrentamiento, ninguna fuerza política se pronunció por la necesidad de reconciliación definitiva de los argentinos. Un tema que el papa Francisco ha puesto sobre la mesa de debate en estos días, con su acostumbrada capacidad de sorprender, y sobre el que sería muy auspicioso que los candidatos opinaran en el tramo de campaña que comienza a partir de estas primarias.
Este panorama confuso y desordenado es el mejor escenario que puede imaginar el gatopardismo dominante en el país. Su más grave consecuencia es el desconcierto y la ansiedad que ha generado una puja electoral absolutamente vacía de contenido; con candidatos que se parecen mucho y que prometen vaguedades. Y la certeza de que todos llegaremos al cuarto oscuro sin saber, a ciencia cierta, cuál es la verdadera vocación de cada aspirante.
Como analistas que pretendemos ser de la realidad, no podemos dejar de arriesgar algún pronóstico, aunque sea obvio: creemos que no habrá polarización este domingo. Pero si alguno de los tres principales candidatos queda relegado, alejado de la posibilidad de ganar, sus votos irán a engrosar, en la primera vuelta, la bolsa de los dos que resulten más favorecidos.
Una puja entre candidatos que han transitado una campaña sin cometer discursos comprometidos. Eso sí, todos rodeados de colaboradores altamente capacitados, que se interrumpen a los gritos hablando de bueyes perdidos.
Siempre nos queda la esperanza de que la providencia –o el azar, si a usted le gusta más–, nos depare un milagro, un prodigio si cabe; alguien que en la práctica sea realmente honesto, conciliador, inflexible con la corrupción, pragmático a la hora de solucionar los grandes temas de la economía y, sobre todo, sabio para enfrentar los desafíos del mundo actual.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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