Por dónde viene el progreso
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Por Redacción
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Por dónde viene el progreso



Los reiterados déficits de las instituciones republicanas y la crisis de representatividad que padecen los partidos políticos y sus dirigentes son una de las causas del resurgimiento de los líderes que se consideran a sí mismos como la encarnación de la voluntad del pueblo. Están convencidos y logran persuadir a cada vez más gente de que el sistema político tradicional está superado y que ahora ellos son los verdaderos y genuinos representantes del pueblo.


Un lenguaje sencillo y la ansiedad de satisfacer necesidades urgentes de la gente contribuye a que todos apostemos a esos esclarecidos que supuestamente ven mas allá de lo cotidiano y tienen en sus manos la fórmula mágica para resolver los problemas sin nuestra intervención. Para completar la receta es necesario amalgamar a las masas contra un adversario o enemigo común, al que se le endilga la culpa de muchos de los males que aquejan a una sociedad en un período histórico determinado.


En estos tiempos, la necesaria dicotomía reside en contraponer lo que a duras penas entendemos como liberalismo frente a las doctrinas que defienden los intereses populares. Englobando este último concepto en una amplia gama de experimentos políticos que pueden ir desde el fascismo extremo hasta los fracasados intentos de aplicar las teorías afines a los socialismos de Estado, que como se ha visto, han ido cayendo al no poder solucionar las desigualdades sociales sin cercenar las libertades.


Aún considerando a la historia como un proceso dialéctico como formularon Hegel y luego Marx, podríamos afirmar que el proceso de síntesis que supera el estado anterior aún no se ha completado, la burguesía que luchó y logró imponerse a los privilegios de la nobleza y los absolutismos, parece aún no haber completado su ciclo a pesar de nuestras ansiedades históricas. El liberalismo, hijo de ese proceso, surgió para exaltar la libertad del hombre solo frente a la opresión del poderoso, encarnado en el monarca o en el Estado, que reunía en una sola mano todas las potestades frente a la indefensión del individuo.


Pero esa libertad obtenida no fue suficiente, pues el individuo y su familia tenían que comer y vestirse, la comida y la ropa que se producía no alcanzaba para todos y los que la fabricaban y vendían empezaron a ver que si la gente la necesitaba con urgencia pagaba más para conseguirla dejando sin nada al que tenía menos plata. La idea que ahora todos los hombres son iguales ante el poder, se debilita entonces ante la realidad de que el que no tiene dinero no puede comprar lo que necesita en el mercado.


Con las ideas socialistas de fines del siglo XIX surge la esperanza de que sí es posible la igualdad integral, la cual se afianzaría con la natural solidaridad que anida en el corazón de los hombres. Pero para edificar esa realidad sería necesario una transición donde la dirección de las cosas debía responder a una disciplina más estricta hasta que las conciencias se iluminaran y pudieran ser todos felices. Generalmente, esa misión se puso en manos del Estado, en un partido hegemónico o de un solo partido.


Esa estrictez mutó en autoritarismo y las dificultades de la gente para volverse solidaria hizo necesario que la autoridad se reforzara y persistiera. Entonces empezaron a chocar los conceptos de libertad y justicia social. Los diferentes ensayos políticos para asegurar la igualdad de oportunidades terminaron siendo un obstáculos para la libertad. Libertad que sí supieron aprovechar los dueños de los bienes y del mercado para enriquecerse más y más, mientras que los demás se fueron quedando sin bienes y con la libertad en pausa.


Si bien estos son ejemplos extremos, porque entre ambos hubo y hay una buena ristra de ensayos con diferentes resultados y seguimos buscando el camino para construir una sociedad mejor, donde el progreso sea constante y signifique que cada vez más gente pueda ser incluida en los beneficios.


Por la natural inclinación a reducir y simplificar y dependiendo en qué lugar uno se pare, los términos liberalismo, neoliberalismo, estatismo, populismo, izquierdismo, etcétera, se utilizan para denostar e insultar al otro, que no está incluido entre los ‘nuestros’. Y todos se atribuyen a su vez ser los verdaderos progresistas.


No será entonces hora de buscar el camino intermedio, la franja central, en el que el progreso se dé rápido para los que están desvalidos, y que esto sea resultado de la cesión de los privilegios acumulados por los que les tocó mejor en el reparto.


A lo mejor, en 2017, en las propuesta electorales que habrá, a alguien se le ocurre dejar de lado las falsas contradicciones, se cierra un poco la grieta y aprendemos a remar todos para el mismo lado, el del progreso colectivo, individual, material y espiritual, que no es patrimonio de nadie en particular, pero que merecemos todos.


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Por dónde viene el progreso

Los reiterados déficits de las instituciones republicanas y la crisis de representatividad que padecen los partidos políticos y sus dirigentes son una de las causas del resurgimiento de los líderes que se consideran a sí mismos como la encarnación de la voluntad del pueblo. Están convencidos y logran persuadir a cada vez más gente de que el sistema político tradicional está superado y que ahora ellos son los verdaderos y genuinos representantes del pueblo.

Un lenguaje sencillo y la ansiedad de satisfacer necesidades urgentes de la gente contribuye a que todos apostemos a esos esclarecidos que supuestamente ven mas allá de lo cotidiano y tienen en sus manos la fórmula mágica para resolver los problemas sin nuestra intervención. Para completar la receta es necesario amalgamar a las masas contra un adversario o enemigo común, al que se le endilga la culpa de muchos de los males que aquejan a una sociedad en un período histórico determinado.

En estos tiempos, la necesaria dicotomía reside en contraponer lo que a duras penas entendemos como liberalismo frente a las doctrinas que defienden los intereses populares. Englobando este último concepto en una amplia gama de experimentos políticos que pueden ir desde el fascismo extremo hasta los fracasados intentos de aplicar las teorías afines a los socialismos de Estado, que como se ha visto, han ido cayendo al no poder solucionar las desigualdades sociales sin cercenar las libertades.

Aún considerando a la historia como un proceso dialéctico como formularon Hegel y luego Marx, podríamos afirmar que el proceso de síntesis que supera el estado anterior aún no se ha completado, la burguesía que luchó y logró imponerse a los privilegios de la nobleza y los absolutismos, parece aún no haber completado su ciclo a pesar de nuestras ansiedades históricas. El liberalismo, hijo de ese proceso, surgió para exaltar la libertad del hombre solo frente a la opresión del poderoso, encarnado en el monarca o en el Estado, que reunía en una sola mano todas las potestades frente a la indefensión del individuo.

Pero esa libertad obtenida no fue suficiente, pues el individuo y su familia tenían que comer y vestirse, la comida y la ropa que se producía no alcanzaba para todos y los que la fabricaban y vendían empezaron a ver que si la gente la necesitaba con urgencia pagaba más para conseguirla dejando sin nada al que tenía menos plata. La idea que ahora todos los hombres son iguales ante el poder, se debilita entonces ante la realidad de que el que no tiene dinero no puede comprar lo que necesita en el mercado.

Con las ideas socialistas de fines del siglo XIX surge la esperanza de que sí es posible la igualdad integral, la cual se afianzaría con la natural solidaridad que anida en el corazón de los hombres. Pero para edificar esa realidad sería necesario una transición donde la dirección de las cosas debía responder a una disciplina más estricta hasta que las conciencias se iluminaran y pudieran ser todos felices. Generalmente, esa misión se puso en manos del Estado, en un partido hegemónico o de un solo partido.

Esa estrictez mutó en autoritarismo y las dificultades de la gente para volverse solidaria hizo necesario que la autoridad se reforzara y persistiera. Entonces empezaron a chocar los conceptos de libertad y justicia social. Los diferentes ensayos políticos para asegurar la igualdad de oportunidades terminaron siendo un obstáculos para la libertad. Libertad que sí supieron aprovechar los dueños de los bienes y del mercado para enriquecerse más y más, mientras que los demás se fueron quedando sin bienes y con la libertad en pausa.

Si bien estos son ejemplos extremos, porque entre ambos hubo y hay una buena ristra de ensayos con diferentes resultados y seguimos buscando el camino para construir una sociedad mejor, donde el progreso sea constante y signifique que cada vez más gente pueda ser incluida en los beneficios.

Por la natural inclinación a reducir y simplificar y dependiendo en qué lugar uno se pare, los términos liberalismo, neoliberalismo, estatismo, populismo, izquierdismo, etcétera, se utilizan para denostar e insultar al otro, que no está incluido entre los ‘nuestros’. Y todos se atribuyen a su vez ser los verdaderos progresistas.

No será entonces hora de buscar el camino intermedio, la franja central, en el que el progreso se dé rápido para los que están desvalidos, y que esto sea resultado de la cesión de los privilegios acumulados por los que les tocó mejor en el reparto.

A lo mejor, en 2017, en las propuesta electorales que habrá, a alguien se le ocurre dejar de lado las falsas contradicciones, se cierra un poco la grieta y aprendemos a remar todos para el mismo lado, el del progreso colectivo, individual, material y espiritual, que no es patrimonio de nadie en particular, pero que merecemos todos.

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