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Populismos que se van, populismos que llegan
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Por Redacción

Populismos que se van, populismos que llegan



Las dos elecciones del domingo pasado estuvieron separadas geográficamente por un océano de distancia, pero quedaron –de alguna manera– unidas en su significado.




En las de Venezuela, la oposición ganó las elecciones legislativas, iniciando un proceso que muy probablemente culminará con el fin del populismo inaugurado por Hugo Chávez y su Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). Por su parte, en Francia, Marine Le Pen y su Frente Nacional (FN) ganaron la primera ronda de las elecciones regionales, confirmando su creciente dominio sobre la política gala. Lo que para algunos analistas implica el desembarco del populismo en Europa.

Ambos resultados reflejan cambios históricos que superan el mero marco de la política local. Para empezar, la derrota de PSUV marca el comienzo del fin del populismo de izquierda sudamericano. Algo ya auspiciado con la victoria del ingeniero Mauricio Macri en nuestro país.

Para seguir, el triunfo del FN, por el contrario, anuncia la consolidación de una nueva fuerza, la de la derecha tradicional y popular en los escenarios políticos europeos. Ya que ella no es más que el caso más adelantado de varios similares. Y entre los que pueden citarse el de los republicanos alemanes, el del Partido de la Independencia británico, el de la Unión Política Nacional de Grecia y el del Movimiento Social Italiano, sólo para mencionar a los más importantes.

Ambos hechos, el venezolano y el francés, tienen en común que remarcan el fracaso de los partidos tradicionales, tanto de centro-derecha como de centro-izquierda, por expresar el descontento que reina en ambos lados del Atlántico. El que se ha hecho especialmente evidente a partir de lo que muchos no dudan en calificar como el resurgimiento de una nueva Guerra Fría.


Fracasaron las políticas

Obviamente, que las razones no son las mismas. Mientras en el lado occidental, las preocupaciones parecen centrarse en el fracaso de las izquierdas vernáculas por cumplir con sus promesas de prosperidad e inclusión, los europeos parecen estar más preocupados por el fracaso de sus políticas muliculturalistas y de cómo defender su identidad nacional frente al pacífico y –en ocasiones– no tan pacífico, avance del islam.

Mientras que Chávez, cuando hizo su aparición en 1998, funcionó como el precursor de ideas que se consideraban superadas, como las del anti-imperialismo de los años 60 y 70, Marine Le Pen, igualmente, remonta a sus seguidores, aún a realidades históricas mucho más antiguas, como la luchas libradas por Juana de Arco por la pureza de Francia.

Con su consolidación, Chávez proveyó a sus imitadores una receta, la que sería conocida pomposamente como la ‘Revolución bolivariana’. En este sentido, fue estrechamente imitada por las presidencias de Bolivia, Ecuador y Nicaragua. Y menos puntillosamente por el matrimonio de los Kirchner en la Argentina. Su receta se basó en un ejercicio personalísimo del poder, asentado en una poderosa unión de su persona y de su gobierno con el Estado y de éste con un supuesto destino manifiesto de su Nación.

Su centro de gravedad se fijó en la reducción de la pobreza y en la inclusión de los más desposeídos. El intervencionismo estatal se constituyó en su principal herramienta operativa.

Los elevados precios de ese momento del petróleo para el caso venezolano y de otras commodities para el resto de sus imitadores, los proveyeron de los fondos suficientes para iniciar esas transformaciones. Lamentablemente, la caída de esos precios, por un lado, pero especialmente la incapacidad para administrarlos adecuadamente mediante una corrupta nomenclatura, fueron empujando a cada uno de esos proyectos hacia sus respectivos fracasos.

La desilusión respecto del plan del caudillo venezolano se erige hoy en la región sudamericana como una clara advertencia de lo que sucede cuando la ideología desplaza al realismo en las políticas nacionales. Lecciones que, aparentemente, ya fueron aprendidas por la Argentina, pero que también, lo deberán ser por parte de Brasil y de Chile. Modelos que ya muestran signos evidentes de agotamiento.


El descontento europeo

Comparativamente, los partidos social-demócratas europeos parecen haber realizado sus deberes económicos, pero al costo de un elevado descontento social. Sin embargo, sus problemas parecen provenir de otro costado de su ideología. Aquella que sostiene que, básicamente, todas las culturas son perfectamente asimilables y que pueden convivir en paz y sin mayores inconvenientes.

Los problemas, para los europeos comenzaron con la incesante marea de refugiados expulsados del Levante por la guerra civil siria. Pronto, su generosidad se vio sacudida por los atentados de París, los que vinieron –de una forma u otra– a convalidar el viejo mensaje del FN respecto a los peligros que entrañaba la creciente islamización de la sociedad europea.

Con los hechos de San Bernardino, los EE.UU. se suman a la corriente europea del terrorismo vernáculo, pero religiosamente motivado. Con lo cual la tesis de Samuel P. Huntington respecto a un choque de civilizaciones vuelve a cobrar vigencia.

Llegado a este punto, se puede inferir que las realidades europeas y, en mucho menor medida la norteamericana, son mucho más complejas que las sudamericanas, ya que las primeras se basan en la necesidad de dar respuesta a problemas económicos conocidos, para los cuales hay una amplia gama de soluciones técnicas disponibles ya probadas.

Por el contrario, los segundos enfrentan un conflicto tan profundo que nos remite a las Guerras de Religión del siglo XVI. Y para el cual no existe, aún, una respuesta probada. Al menos, una que sea poco costosa y obtenible en el corto plazo.


Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.


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Populismos que se van, populismos que llegan

Las dos elecciones del domingo pasado estuvieron separadas geográficamente por un océano de distancia, pero quedaron –de alguna manera– unidas en su significado.


En las de Venezuela, la oposición ganó las elecciones legislativas, iniciando un proceso que muy probablemente culminará con el fin del populismo inaugurado por Hugo Chávez y su Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). Por su parte, en Francia, Marine Le Pen y su Frente Nacional (FN) ganaron la primera ronda de las elecciones regionales, confirmando su creciente dominio sobre la política gala. Lo que para algunos analistas implica el desembarco del populismo en Europa.
Ambos resultados reflejan cambios históricos que superan el mero marco de la política local. Para empezar, la derrota de PSUV marca el comienzo del fin del populismo de izquierda sudamericano. Algo ya auspiciado con la victoria del ingeniero Mauricio Macri en nuestro país.
Para seguir, el triunfo del FN, por el contrario, anuncia la consolidación de una nueva fuerza, la de la derecha tradicional y popular en los escenarios políticos europeos. Ya que ella no es más que el caso más adelantado de varios similares. Y entre los que pueden citarse el de los republicanos alemanes, el del Partido de la Independencia británico, el de la Unión Política Nacional de Grecia y el del Movimiento Social Italiano, sólo para mencionar a los más importantes.
Ambos hechos, el venezolano y el francés, tienen en común que remarcan el fracaso de los partidos tradicionales, tanto de centro-derecha como de centro-izquierda, por expresar el descontento que reina en ambos lados del Atlántico. El que se ha hecho especialmente evidente a partir de lo que muchos no dudan en calificar como el resurgimiento de una nueva Guerra Fría.

Fracasaron las políticas
Obviamente, que las razones no son las mismas. Mientras en el lado occidental, las preocupaciones parecen centrarse en el fracaso de las izquierdas vernáculas por cumplir con sus promesas de prosperidad e inclusión, los europeos parecen estar más preocupados por el fracaso de sus políticas muliculturalistas y de cómo defender su identidad nacional frente al pacífico y –en ocasiones– no tan pacífico, avance del islam.
Mientras que Chávez, cuando hizo su aparición en 1998, funcionó como el precursor de ideas que se consideraban superadas, como las del anti-imperialismo de los años 60 y 70, Marine Le Pen, igualmente, remonta a sus seguidores, aún a realidades históricas mucho más antiguas, como la luchas libradas por Juana de Arco por la pureza de Francia.
Con su consolidación, Chávez proveyó a sus imitadores una receta, la que sería conocida pomposamente como la ‘Revolución bolivariana’. En este sentido, fue estrechamente imitada por las presidencias de Bolivia, Ecuador y Nicaragua. Y menos puntillosamente por el matrimonio de los Kirchner en la Argentina. Su receta se basó en un ejercicio personalísimo del poder, asentado en una poderosa unión de su persona y de su gobierno con el Estado y de éste con un supuesto destino manifiesto de su Nación.
Su centro de gravedad se fijó en la reducción de la pobreza y en la inclusión de los más desposeídos. El intervencionismo estatal se constituyó en su principal herramienta operativa.
Los elevados precios de ese momento del petróleo para el caso venezolano y de otras commodities para el resto de sus imitadores, los proveyeron de los fondos suficientes para iniciar esas transformaciones. Lamentablemente, la caída de esos precios, por un lado, pero especialmente la incapacidad para administrarlos adecuadamente mediante una corrupta nomenclatura, fueron empujando a cada uno de esos proyectos hacia sus respectivos fracasos.
La desilusión respecto del plan del caudillo venezolano se erige hoy en la región sudamericana como una clara advertencia de lo que sucede cuando la ideología desplaza al realismo en las políticas nacionales. Lecciones que, aparentemente, ya fueron aprendidas por la Argentina, pero que también, lo deberán ser por parte de Brasil y de Chile. Modelos que ya muestran signos evidentes de agotamiento.

El descontento europeo
Comparativamente, los partidos social-demócratas europeos parecen haber realizado sus deberes económicos, pero al costo de un elevado descontento social. Sin embargo, sus problemas parecen provenir de otro costado de su ideología. Aquella que sostiene que, básicamente, todas las culturas son perfectamente asimilables y que pueden convivir en paz y sin mayores inconvenientes.
Los problemas, para los europeos comenzaron con la incesante marea de refugiados expulsados del Levante por la guerra civil siria. Pronto, su generosidad se vio sacudida por los atentados de París, los que vinieron –de una forma u otra– a convalidar el viejo mensaje del FN respecto a los peligros que entrañaba la creciente islamización de la sociedad europea.
Con los hechos de San Bernardino, los EE.UU. se suman a la corriente europea del terrorismo vernáculo, pero religiosamente motivado. Con lo cual la tesis de Samuel P. Huntington respecto a un choque de civilizaciones vuelve a cobrar vigencia.
Llegado a este punto, se puede inferir que las realidades europeas y, en mucho menor medida la norteamericana, son mucho más complejas que las sudamericanas, ya que las primeras se basan en la necesidad de dar respuesta a problemas económicos conocidos, para los cuales hay una amplia gama de soluciones técnicas disponibles ya probadas.
Por el contrario, los segundos enfrentan un conflicto tan profundo que nos remite a las Guerras de Religión del siglo XVI. Y para el cual no existe, aún, una respuesta probada. Al menos, una que sea poco costosa y obtenible en el corto plazo.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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