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Políticos como reyes: La fascinación por la monarquía
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Por Redacción

Políticos como reyes: La fascinación por la monarquía



Faltan apenas cinco días para que finalice el plazo para la constitución de alianzas electorales. Hasta hace muy poco tiempo, una buena parte del electorado fantaseaba con la posibilidad de que los principales referentes de la oposición, Sergio Massa y Mauricio Macri, fueran parte del mismo espacio; tal vez, ese 30% del electorado que piensa que lo peor que puede pasar, es que gane el oficialismo.


Confundir el estado con la persona del líder


En democracia es lógico pretender que el futuro –ese destino en común de la ciudadanía del país–, no recaiga en una sola persona. Pero, al parecer, esta no es la idea de algunos políticos cercanos al poder y de una importante porción de nuestra ciudadanía.


La afirmación hecha esta semana por la diputada nacional Diana Conti sobre que, si llega a ganar el candidato del oficialismo, la conducción política del país seguirá estando en manos de la Presidenta, agobia a esa parte de los argentinos que pretendemos vivir una mejor democracia; y espanta, incluso, a aquellos que ven en el propio Daniel Scioli una opción de cambio.


Los reyes producen, en esta parte del mundo, una atracción y un particular encanto. La corte y todo lo que rodea al rey –al monarca–, tiene un glamour inigualable. Es posible que esta fascinación popular por la monarquía, que tenemos los pueblos de la América Hispana, tenga su explicación en lo más profundo de nuestra historia. A partir de este hechizo se puede comprender el fenómeno del caudillismo que permanece hoy tan vivo como hace un siglo y medio.


Los caudillos de la actualidad son como reyes y, si pudieran perpetuarse a través de generaciones, lo harían. De hecho, muchas provincias y municipios cargan una larga tradición feudal, que ha llevado a políticos a permanecer más de veinte años en el poder.


Tan es así en nuestro país que, cuando las leyes logran poner coto a esas aspiraciones, o los “pretendidos monarcas” no disponen de cónyuges o descendencia que los suceda, sintiéndose ya próximos a partir de este mundo, suelen decir que su heredero es el propio pueblo. Con esa forma de herencia, borrosa y soberbia, dejan tras de sí un problema monumental.


Son reinados que, en realidad, no son verdaderas monarquías, y en esto radica el problema. En las monarquías modernas está implícito no sólo el sistema democrático, sino también el republicano; pero en nuestros casos de la América latina, las sucesiones son más parecidas a las de los reinos feudales de la Edad Media, dónde el señor ostentaba el poder absoluto. Un caudillo popular que marca su territorio, doblega y somete adversarios. Subyuga a su pueblo, que termina confundiendo al Estado con la persona del líder.


Esto explicaría, de alguna manera, el por qué se parecen tanto los candidatos que actualmente se disputan la Presidencia de la Nación, y por qué no se esfuerzan demasiado en diferenciarse. En la preferencia de la mayoría no hay un verdadero apetito de cambio. Esto, parecen señalar los resultados de las distintas elecciones realizadas hasta hoy.


Continuidad o verdadero cambio


La única anticipación que aportaron los encuestadores y que ha tenido hasta ahora un grado importante de certeza, ha sido aquella referida a la volatilidad del voto. Esto nos da alguna esperanza, porque nos habla de que, por lo menos una parte del electorado, está cambiando de opinión con demasiada frecuencia; lo que nos hace pensar en que la oferta electoral que se le presenta no le satisface.


Esto puede ser realmente auspicioso, porque significaría que, al menos algunos argentinos, están esperando que alguien les ofrezca democracia de verdad; alternancia en el poder y dejar atrás el sistema clientelar y el caudillismo.


Pero esto no está claro para los consultores de opinión. El problema con los encuestadores no sólo ocurre en la Argentina, las últimas experiencias electorales en el mundo nos han enseñado que no podemos confiar en ellos con los ojos cerrados, ni siquiera cuando expresan tendencias. Por eso estamos atentos a los resultados electorales –del pasado mes de mayo y los que se darán en este mes junio que recién empieza–, porque serán fundamentales para pintar la situación de lo que pasará en las internas generales de agosto para presidente de la Nación.


Lo que viene ocurriendo en estos dos meses equivale a una enorme encuesta sobre las próximas elecciones. El 41% del padrón electoral del país habrá expresado su opinión en algún momento antes del próximo 30 de junio.


Si bien esos resultados no se pueden proyectar en forma lineal –porque en esa particular y gigantesca encuesta estará faltando el distrito más decisivo, la provincia de Buenos Aires–, podrán dar una idea bastante acertada sobre si las preferencias de la gente se inclinan por uno u otro candidato y, fundamentalmente, podremos tener una visión más acabada sobre si está creciendo o en franco retroceso, el electorado que desea realmente una democracia plena.


Lo que era hasta hace muy poco tendencia y centro del debate, sobre las preferencias de la gente hacia la continuidad o el cambio, se fue diluyendo en la medida que los candidatos hicieron oídos sordos al reclamo popular de unirse. Y aunque no ha desaparecido del todo, ya no tiene el peso que tenía hace apenas dos meses.


A fin de este mes, alguien deberá proyectar los resultados de las elecciones provinciales a nivel nacional, combinando esos números reales con sondeos serios en los distritos que aún son una incógnita. Es importante entender las preferencias de la gente, para saber si aún podemos soñar con un verdadero cambio de rumbo.


 Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.


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Faltan apenas cinco días para que finalice el plazo para la constitución de alianzas electorales. Hasta hace muy poco tiempo, una buena parte del electorado fantaseaba con la posibilidad de que los principales referentes de la oposición, Sergio Massa y Mauricio Macri, fueran parte del mismo espacio; tal vez, ese 30% del electorado que piensa que lo peor que puede pasar, es que gane el oficialismo.

Confundir el estado con la persona del líder

En democracia es lógico pretender que el futuro –ese destino en común de la ciudadanía del país–, no recaiga en una sola persona. Pero, al parecer, esta no es la idea de algunos políticos cercanos al poder y de una importante porción de nuestra ciudadanía.

La afirmación hecha esta semana por la diputada nacional Diana Conti sobre que, si llega a ganar el candidato del oficialismo, la conducción política del país seguirá estando en manos de la Presidenta, agobia a esa parte de los argentinos que pretendemos vivir una mejor democracia; y espanta, incluso, a aquellos que ven en el propio Daniel Scioli una opción de cambio.

Los reyes producen, en esta parte del mundo, una atracción y un particular encanto. La corte y todo lo que rodea al rey –al monarca–, tiene un glamour inigualable. Es posible que esta fascinación popular por la monarquía, que tenemos los pueblos de la América Hispana, tenga su explicación en lo más profundo de nuestra historia. A partir de este hechizo se puede comprender el fenómeno del caudillismo que permanece hoy tan vivo como hace un siglo y medio.

Los caudillos de la actualidad son como reyes y, si pudieran perpetuarse a través de generaciones, lo harían. De hecho, muchas provincias y municipios cargan una larga tradición feudal, que ha llevado a políticos a permanecer más de veinte años en el poder.

Tan es así en nuestro país que, cuando las leyes logran poner coto a esas aspiraciones, o los “pretendidos monarcas” no disponen de cónyuges o descendencia que los suceda, sintiéndose ya próximos a partir de este mundo, suelen decir que su heredero es el propio pueblo. Con esa forma de herencia, borrosa y soberbia, dejan tras de sí un problema monumental.

Son reinados que, en realidad, no son verdaderas monarquías, y en esto radica el problema. En las monarquías modernas está implícito no sólo el sistema democrático, sino también el republicano; pero en nuestros casos de la América latina, las sucesiones son más parecidas a las de los reinos feudales de la Edad Media, dónde el señor ostentaba el poder absoluto. Un caudillo popular que marca su territorio, doblega y somete adversarios. Subyuga a su pueblo, que termina confundiendo al Estado con la persona del líder.

Esto explicaría, de alguna manera, el por qué se parecen tanto los candidatos que actualmente se disputan la Presidencia de la Nación, y por qué no se esfuerzan demasiado en diferenciarse. En la preferencia de la mayoría no hay un verdadero apetito de cambio. Esto, parecen señalar los resultados de las distintas elecciones realizadas hasta hoy.

Continuidad o verdadero cambio

La única anticipación que aportaron los encuestadores y que ha tenido hasta ahora un grado importante de certeza, ha sido aquella referida a la volatilidad del voto. Esto nos da alguna esperanza, porque nos habla de que, por lo menos una parte del electorado, está cambiando de opinión con demasiada frecuencia; lo que nos hace pensar en que la oferta electoral que se le presenta no le satisface.

Esto puede ser realmente auspicioso, porque significaría que, al menos algunos argentinos, están esperando que alguien les ofrezca democracia de verdad; alternancia en el poder y dejar atrás el sistema clientelar y el caudillismo.

Pero esto no está claro para los consultores de opinión. El problema con los encuestadores no sólo ocurre en la Argentina, las últimas experiencias electorales en el mundo nos han enseñado que no podemos confiar en ellos con los ojos cerrados, ni siquiera cuando expresan tendencias. Por eso estamos atentos a los resultados electorales –del pasado mes de mayo y los que se darán en este mes junio que recién empieza–, porque serán fundamentales para pintar la situación de lo que pasará en las internas generales de agosto para presidente de la Nación.

Lo que viene ocurriendo en estos dos meses equivale a una enorme encuesta sobre las próximas elecciones. El 41% del padrón electoral del país habrá expresado su opinión en algún momento antes del próximo 30 de junio.

Si bien esos resultados no se pueden proyectar en forma lineal –porque en esa particular y gigantesca encuesta estará faltando el distrito más decisivo, la provincia de Buenos Aires–, podrán dar una idea bastante acertada sobre si las preferencias de la gente se inclinan por uno u otro candidato y, fundamentalmente, podremos tener una visión más acabada sobre si está creciendo o en franco retroceso, el electorado que desea realmente una democracia plena.

Lo que era hasta hace muy poco tendencia y centro del debate, sobre las preferencias de la gente hacia la continuidad o el cambio, se fue diluyendo en la medida que los candidatos hicieron oídos sordos al reclamo popular de unirse. Y aunque no ha desaparecido del todo, ya no tiene el peso que tenía hace apenas dos meses.

A fin de este mes, alguien deberá proyectar los resultados de las elecciones provinciales a nivel nacional, combinando esos números reales con sondeos serios en los distritos que aún son una incógnita. Es importante entender las preferencias de la gente, para saber si aún podemos soñar con un verdadero cambio de rumbo.

 Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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