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Política y religión – Cada vez más ligadas en la Región
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Por Redacción

Política y religión – Cada vez más ligadas en la Región



En nuestra Región, desde la llegada de Jorge Bergoglio al obispado de Roma, un renovado fenómeno ha mezclado sin pudor la política con la religión. Desde que los jesuitas fueron expulsados de la América Hispana (1767), la religión y la política no habían estado tan ligadas entre sí.

Sospechamos que responde más a la voluntad de los políticos que a la de los prelados de la Iglesia. En pleno siglo XXI han redescubierto la religión; advirtiendo que, para los pueblos, todavía mantiene una importante vigencia.


Un delicado equilibrio


No es algo que se haya propuesto el Santo Padre ex profeso; Francisco no puede dejar de hablar de la pobreza, la injusticia y la marginalidad porque, advertir sobre estas desigualdades sociales, es su función como cabeza de la Iglesia y (tal vez, ésta última, sea la causa más importante) porque está en su naturaleza.

Un muy bien calculado equilibrio debe mantener el Pontífice cuando se trata de emitir opinión sobre asuntos que afectan a la Argentina y a Sudamérica. Cuando las sociedades están politizadas de la manera que ocurre en nuestra Región –donde persiste obstinadamente la confrontación ideológica–, cualquier gesto puede ser tomado como parte de una campaña a favor o en contra de de un sector, de un gobierno o facción política.

Es el mismo Papa que intercedió entre los Estados Unidos y Cuba, para lograr el acercamiento y el mismo que rezó por la paz, junto a los líderes religiosos musulmanes y judíos, en el Medio Oriente y, sin embargo, en otras partes del mundo, no se escucharon dudas sobre su imparcialidad ni produjo con sus actos recelo o desconfianza; por el contrario, se recordó que esa acción de acercamiento a otros credos lo había fundado tiempo atrás, desde la humildad y el anonimato cuando presidía la curia en Buenos Aires.

Particularmente, en nuestro caso, los políticos creen ver en cada gesto del Papa –cuando se refiere al país o la Región–, un mensaje de aprobación o de condena hacia el Gobierno o hacia algún sector de la oposición. El cristal, a través del que mira cada agrupación política en la Argentina, modifica la perspectiva de cada acto o cada palabra de Bergoglio. Las declaraciones del Santo Padre se suelen tomar de manera parcial, según convenga a los intereses de quien las interpreta.

Este martes pasado se presentó el informe sobre pobreza del Observatorio Social de la Universidad Católica Argentina (UCA), en el que se consigna que la pobreza, según sus mediciones realizadas desde el 2014 hasta aquí, afecta al 28,7% de la población. La medición del año pasado arrojaba el 27,5%.

Una cifra que provoca una enorme preocupación; lógicamente en el Gobierno, que suele tomar estos guarismos como una operación política en su contra; pero también y muy especialmente en aquellos líderes, del propio oficialismo y de la oposición, que aspiran a ocupar la primera magistratura a partir de diciembre.


El Papa no improvisa

Nadie ignora que el Observatorio Social de la UCA fue creado a impulsos del propio Jorge Mario Bergoglio, cuando todavía era arzobispo de Buenos Aires, en aquella época en que sus relaciones con las autoridades nacionales no gozaban de la actual bonanza y cordialidad.

Y nadie se sorprende que, desde la Universidad Católica, se haya analizado con mucho cuidado la ocasión para publicar este informe. La estrategia de la Iglesia, como toda buena estrategia, nunca fue ajena al manejo del tiempo oportunidad.

A nadie tampoco le es ajeno que estos números del Observatorio Social contrastan y desmienten de manera casi brutal los exiguos o inexistentes datos oficiales. Y confirman o coinciden con números que manejan organismos de peso internacional.

Mientras Bergoglio culminaba su gira por tres países de la América del Sur, el Fondo Monetario Internacional (FMI) volvió a rebajar la proyección de crecimiento para este año y el próximo, no sólo para la Argentina, sino para toda la Región. Los menos afectados, según el informe del organismo internacional, serán Perú, Colombia y Chile, en ese orden.

La baja constante del precio de las materias primas es la causa del debilitamiento de las economías latinoamericanas. Para Venezuela, el FMI mantiene la proyección de recesión profunda y para la Argentina, apenas una mejora parcial de una economía estancada. Este futuro complicado hace que la visita de Francisco haya sido observada con especial interés por los líderes regionales que basan su poder en regímenes de corte popular.

Los políticos de América del Sur parecen escuchar con el oído cargado de ideología e interpretan según sus conveniencias particulares. No parecen advertir que el Papa en esta gira también condenó al populismo, la corrupción y la explotación política de los pobres (el clientelismo). A quien le caiga el sayo que se lo ponga.

Por eso muchos han hecho enormes esfuerzos intentando relacionar cada palabra y cada gesto de Francisco con una determinada ideología o tendencia política. La realidad es que la Iglesia siempre ha tenido como una bandera irrenunciable –por lo menos desde el discurso–, los derechos de los pobres y la condena a la explotación del hombre por el hombre.

El Papa sabe mejor que nadie, que para que las cosas cambien (para que lo haga la historia) hace falta algo más que confrontar con bonapartismos autóctonos y líderes tercermundistas de dudosa convicción democrática.

Seguramente, sabe cómo batallar sin transfigurarse, con aquellos que se pasaron toda la vida ignorándolo y que hoy pretenden que les arregle la política y la vida.


Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.


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Política y religión – Cada vez más ligadas en la Región

En nuestra Región, desde la llegada de Jorge Bergoglio al obispado de Roma, un renovado fenómeno ha mezclado sin pudor la política con la religión. Desde que los jesuitas fueron expulsados de la América Hispana (1767), la religión y la política no habían estado tan ligadas entre sí.
Sospechamos que responde más a la voluntad de los políticos que a la de los prelados de la Iglesia. En pleno siglo XXI han redescubierto la religión; advirtiendo que, para los pueblos, todavía mantiene una importante vigencia.

Un delicado equilibrio

No es algo que se haya propuesto el Santo Padre ex profeso; Francisco no puede dejar de hablar de la pobreza, la injusticia y la marginalidad porque, advertir sobre estas desigualdades sociales, es su función como cabeza de la Iglesia y (tal vez, ésta última, sea la causa más importante) porque está en su naturaleza.
Un muy bien calculado equilibrio debe mantener el Pontífice cuando se trata de emitir opinión sobre asuntos que afectan a la Argentina y a Sudamérica. Cuando las sociedades están politizadas de la manera que ocurre en nuestra Región –donde persiste obstinadamente la confrontación ideológica–, cualquier gesto puede ser tomado como parte de una campaña a favor o en contra de de un sector, de un gobierno o facción política.
Es el mismo Papa que intercedió entre los Estados Unidos y Cuba, para lograr el acercamiento y el mismo que rezó por la paz, junto a los líderes religiosos musulmanes y judíos, en el Medio Oriente y, sin embargo, en otras partes del mundo, no se escucharon dudas sobre su imparcialidad ni produjo con sus actos recelo o desconfianza; por el contrario, se recordó que esa acción de acercamiento a otros credos lo había fundado tiempo atrás, desde la humildad y el anonimato cuando presidía la curia en Buenos Aires.
Particularmente, en nuestro caso, los políticos creen ver en cada gesto del Papa –cuando se refiere al país o la Región–, un mensaje de aprobación o de condena hacia el Gobierno o hacia algún sector de la oposición. El cristal, a través del que mira cada agrupación política en la Argentina, modifica la perspectiva de cada acto o cada palabra de Bergoglio. Las declaraciones del Santo Padre se suelen tomar de manera parcial, según convenga a los intereses de quien las interpreta.
Este martes pasado se presentó el informe sobre pobreza del Observatorio Social de la Universidad Católica Argentina (UCA), en el que se consigna que la pobreza, según sus mediciones realizadas desde el 2014 hasta aquí, afecta al 28,7% de la población. La medición del año pasado arrojaba el 27,5%.
Una cifra que provoca una enorme preocupación; lógicamente en el Gobierno, que suele tomar estos guarismos como una operación política en su contra; pero también y muy especialmente en aquellos líderes, del propio oficialismo y de la oposición, que aspiran a ocupar la primera magistratura a partir de diciembre.

El Papa no improvisa
Nadie ignora que el Observatorio Social de la UCA fue creado a impulsos del propio Jorge Mario Bergoglio, cuando todavía era arzobispo de Buenos Aires, en aquella época en que sus relaciones con las autoridades nacionales no gozaban de la actual bonanza y cordialidad.
Y nadie se sorprende que, desde la Universidad Católica, se haya analizado con mucho cuidado la ocasión para publicar este informe. La estrategia de la Iglesia, como toda buena estrategia, nunca fue ajena al manejo del tiempo oportunidad.
A nadie tampoco le es ajeno que estos números del Observatorio Social contrastan y desmienten de manera casi brutal los exiguos o inexistentes datos oficiales. Y confirman o coinciden con números que manejan organismos de peso internacional.
Mientras Bergoglio culminaba su gira por tres países de la América del Sur, el Fondo Monetario Internacional (FMI) volvió a rebajar la proyección de crecimiento para este año y el próximo, no sólo para la Argentina, sino para toda la Región. Los menos afectados, según el informe del organismo internacional, serán Perú, Colombia y Chile, en ese orden.
La baja constante del precio de las materias primas es la causa del debilitamiento de las economías latinoamericanas. Para Venezuela, el FMI mantiene la proyección de recesión profunda y para la Argentina, apenas una mejora parcial de una economía estancada. Este futuro complicado hace que la visita de Francisco haya sido observada con especial interés por los líderes regionales que basan su poder en regímenes de corte popular.
Los políticos de América del Sur parecen escuchar con el oído cargado de ideología e interpretan según sus conveniencias particulares. No parecen advertir que el Papa en esta gira también condenó al populismo, la corrupción y la explotación política de los pobres (el clientelismo). A quien le caiga el sayo que se lo ponga.
Por eso muchos han hecho enormes esfuerzos intentando relacionar cada palabra y cada gesto de Francisco con una determinada ideología o tendencia política. La realidad es que la Iglesia siempre ha tenido como una bandera irrenunciable –por lo menos desde el discurso–, los derechos de los pobres y la condena a la explotación del hombre por el hombre.
El Papa sabe mejor que nadie, que para que las cosas cambien (para que lo haga la historia) hace falta algo más que confrontar con bonapartismos autóctonos y líderes tercermundistas de dudosa convicción democrática.
Seguramente, sabe cómo batallar sin transfigurarse, con aquellos que se pasaron toda la vida ignorándolo y que hoy pretenden que les arregle la política y la vida.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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