Pobre la pelota…, aguanta todo
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Por Redacción

Pobre la pelota…, aguanta todo



Que la actualidad del fútbol argentino es dominada por la escasez alarmante de jerarquía, a esta altura no debería sorprender a nadie. En todo aspecto.


Cuesta advertir capacidad intelectual, coherencia y sentido común en gran parte de la masa dirigencial que ocupa los asientos del Comité Ejecutivo de la Asociación del Fútbol Argentino. Alcanza con enunciar que no saben ni contar. Siempre 37 más 38 da como resultado 75. A estos hombres les da 76. Un lujo. Pero de esto ahondaremos en detalle en otra oportunidad.


Los que parecen que insisten en ponerse a la misma altura de este desprecio, son los jugadores y sus respectivos cuerpos técnicos, ya que no hacen absolutamente nada por cuidar el bien más preciado que tiene un partido de fútbol: la pelota.


En este fútbol argentino moderno cualquiera juega al fútbol. Si, solo alcanza con correr bastante y comprender que la pelota no pica porque tiene un conejo adentro. El querido “Víctor” diría: “hay que jugar a la pelotita”. No maestro, ya no se juega a eso, por desgracia. Hoy se prioriza el estado físico por sobre el desarrollo técnico del futbolista. Ya se ven muy poco los firuletes, si hasta hay programas televisivos que los destacan como si fuera algo realizado por alguien sobrenatural. Cuesta mucho ver un caño, una rabona, un sombrero. Sobran los que maltratan el balón, los que patean para arriba sin ponerse colorados, o los que se enojan airadamente porque algún loco te tira un tubo. Lamentablemente de estos sobran, los que los técnicos actuales ahora denominan jugadores “internos”,  “mixtos”, o “polifuncionales”. Un desconcierto total, porque muchos de ellos, los DT, intentan suplir su falta de capacidad con la creación de nuevos puestos dentro de un terreno de juego. Obviamente cuentan con la complicidad de los jugadores, en donde gran parte no saben de que juegan, o les da lo mismo jugar en cualquier lado; total, según ellos, nadie entiende nada.


Lo que en realidad no se entiende es como hay tan pocos jugadores que entiendan verdaderamente el juego. Algunos hasta no saben con que pierna son más aptos para pegarle a la pelota. Sucede que toda esta jerarquía técnica ya no reviste gran importancia. Un DT ante una consulta sobre la posición de un jugador diría: “juega bien por los dos carriles (?), tiene un ida y vuelta maravilloso”. Pero no sabe si es zurdo o derecho. Le da lo mismo, obedece. O entrenadores que intentan inventar nuevamente el juego, posicionando futbolistas en lugares inverosímiles. Pero por sobre todas las cosas existe un alarmante miedo a ganar partidos, salvo raras excepciones. Un absurdo.


Los que tuvimos la posibilidad de ver grandes jugadores, verdaderos cracks de nuestro apasionante fútbol argentino, y que no alcanzaría este momento para poder nombrar aunque sea a unos cuantos, añoramos esos momentos de grandes espectáculos, respetando el buen trato al balón, sin renunciamientos, de ver fenómenos que entendieron por qué a la caprichosa la hicieron redonda, ya que ella es la que debe correr siempre más rápido que el jugador, o por qué a una cancha le pusieron arcos.


Por suerte quedan algunos que la siguen amando, que la acarician, que intentan cuidarla. Que tratan de volver a jugar al fútbol.


Ojalá sea contagioso. Ella, melancólica, sigue esperando.


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Que la actualidad del fútbol argentino es dominada por la escasez alarmante de jerarquía, a esta altura no debería sorprender a nadie. En todo aspecto.

Cuesta advertir capacidad intelectual, coherencia y sentido común en gran parte de la masa dirigencial que ocupa los asientos del Comité Ejecutivo de la Asociación del Fútbol Argentino. Alcanza con enunciar que no saben ni contar. Siempre 37 más 38 da como resultado 75. A estos hombres les da 76. Un lujo. Pero de esto ahondaremos en detalle en otra oportunidad.

Los que parecen que insisten en ponerse a la misma altura de este desprecio, son los jugadores y sus respectivos cuerpos técnicos, ya que no hacen absolutamente nada por cuidar el bien más preciado que tiene un partido de fútbol: la pelota.

En este fútbol argentino moderno cualquiera juega al fútbol. Si, solo alcanza con correr bastante y comprender que la pelota no pica porque tiene un conejo adentro. El querido “Víctor” diría: “hay que jugar a la pelotita”. No maestro, ya no se juega a eso, por desgracia. Hoy se prioriza el estado físico por sobre el desarrollo técnico del futbolista. Ya se ven muy poco los firuletes, si hasta hay programas televisivos que los destacan como si fuera algo realizado por alguien sobrenatural. Cuesta mucho ver un caño, una rabona, un sombrero. Sobran los que maltratan el balón, los que patean para arriba sin ponerse colorados, o los que se enojan airadamente porque algún loco te tira un tubo. Lamentablemente de estos sobran, los que los técnicos actuales ahora denominan jugadores “internos”,  “mixtos”, o “polifuncionales”. Un desconcierto total, porque muchos de ellos, los DT, intentan suplir su falta de capacidad con la creación de nuevos puestos dentro de un terreno de juego. Obviamente cuentan con la complicidad de los jugadores, en donde gran parte no saben de que juegan, o les da lo mismo jugar en cualquier lado; total, según ellos, nadie entiende nada.

Lo que en realidad no se entiende es como hay tan pocos jugadores que entiendan verdaderamente el juego. Algunos hasta no saben con que pierna son más aptos para pegarle a la pelota. Sucede que toda esta jerarquía técnica ya no reviste gran importancia. Un DT ante una consulta sobre la posición de un jugador diría: “juega bien por los dos carriles (?), tiene un ida y vuelta maravilloso”. Pero no sabe si es zurdo o derecho. Le da lo mismo, obedece. O entrenadores que intentan inventar nuevamente el juego, posicionando futbolistas en lugares inverosímiles. Pero por sobre todas las cosas existe un alarmante miedo a ganar partidos, salvo raras excepciones. Un absurdo.

Los que tuvimos la posibilidad de ver grandes jugadores, verdaderos cracks de nuestro apasionante fútbol argentino, y que no alcanzaría este momento para poder nombrar aunque sea a unos cuantos, añoramos esos momentos de grandes espectáculos, respetando el buen trato al balón, sin renunciamientos, de ver fenómenos que entendieron por qué a la caprichosa la hicieron redonda, ya que ella es la que debe correr siempre más rápido que el jugador, o por qué a una cancha le pusieron arcos.

Por suerte quedan algunos que la siguen amando, que la acarician, que intentan cuidarla. Que tratan de volver a jugar al fútbol.

Ojalá sea contagioso. Ella, melancólica, sigue esperando.

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