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Por Redacción
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¿Otra vez el síndrome Malvinas?



Ya lo decía Mark Twain: la historia no se repite pero tiene ritmo. Tal parece ser el caso del olvido en el que incurre nuestro Gobierno nacional respecto de nuestro contingente desplegado en Haití. Ayer, luego de recuperar a nuestras Islas Malvinas y decididos a defenderlas, la conducción política-militar de aquella época cometió un error garrafal. No reforzó ni apoyó convenientemente a nuestras tropas, las que quedaron solas y aisladas.


Claro, estaban desplegados en un territorio insular. Nos separaban de ellas 600 kilómetros de bravío mar austral. Nuestros buques no podían acceder a ellas por la presencia de la flota británica, especialmente, por sus submarinos nucleares. Intentamos salvar esa distancia con un puente aéreo, pero no fue suficiente, dada la gran cantidad de efectos que era necesario transportar.



Hoy, salvando las distancias tenemos a otro contingente de tropas argentinas en una isla. Tampoco parece que esta vez podamos acceder a ellas. Esta vez nos lo impide, no un enemigo armado, sino nuestra propia ineficiencia y burocracia gubernamental.


Haití es el país americano más pobre y más violento. En el 2004, cuando estaba a punto de convertirse en un Estado fallido y caer en la anarquía, la ONU le pidió ayuda a nuestra región. Como era de esperarse, Argentina, Brasil y Chile -el viejo ABC- respondió y organizó una fuerza de paz, denominada MINUSTAH (del francés MIssion des Nations Unies pour la STAbilisation en Haiti).


Gracias a la MINUSTAH, Haití celebró sus primeras elecciones realmente democráticas de toda su historia. También, recibió un invaluable apoyo tras el paso del huracán Jeanne y de un terrible terremoto que en el 2010 dejó un saldo de 250.000 muertos. Nuestras tropas en Haití están allí para ayudar, para ser parte de la solución , no del problema.


Están desplegados en Puerto Príncipe, con el único hospital que dispone la capital de la isla. También hay un batallón de infantería en Gonaïves, su segunda ciudad, y un grupo de helicópteros en la capital. Dado el intenso desgaste que esta tropas sufren por las fricciones que produce operar en un ambiente con temperaturas tropicales, en un ambiente de alta conflictividad social, sin servicios públicos y con una gran presencia de enfermedades trasmisibles, nuestras tropas necesitan ser rotadas cada seis meses.


Para que esta rotación se concrete es necesario que nuestro Congreso apruebe, cada dos años, una ley especial mediante la cual se autoriza la salida de tropas del territorio nacional. Este trámite administrativo demanda unos dos meses de trabajo parlamentario. Por un olvido inexplicable, nuestro Ministerio de Defensa elevó al Congreso, el pasado 1 de julio, el respectivo proyecto de ley. Pero se lo hizo dos meses tarde, ya que las tropas debieron haber sido relevadas ese mismo día.


En otras palabras: nuestra gente lleva más de ocho meses sin ser relevadas. A ello se le suma que los refuerzos (vehículos, grupos electrógenos, repuestos, etcétera) de materiales que les hacemos llegar para que puedan operar en un lugar donde falta casi todo; son insuficientes, llegan tarde y son de baja calidad.


Por ejemplo, sus chalecos anti-balas, que además de no alcanzar para todos, están vencidos. Otro, el mal funcionamiento de los grupos electrógenos impide que funcione adecuadamente la cadena de frío de sus alimentos o que todos dispongan del necesario aire acondicionado. Como es obvio, estas demoras y estas falencias afectan la moral de la tropa, incrementando, al igual que en Malvinas, lo que se denomina fatiga de combate y estrés postraumático, afecciones que pueden menoscabar su rendimiento y su eficiencia como grupo.


Paradójicamente, a diferencia de Malvinas, no se interpone en al camino de apoyo a nuestras tropas un potente submarino nuclear inglés, si no la desidia y la ineficiencia de un grupo de malos políticos, altos jefes militares y funcionarios públicos que han sido y son negligentes para con sus obligaciones.


Por eso, hoy como ayer, exigimos a la Nación que apoye como corresponde a nuestras tropas desplegadas en Haití, ya que todos queremos un regreso con gloria para ellas.


El Dr. Emilio L. Magnaghi es el director del centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional “Santa Romana”.


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¿Otra vez el síndrome Malvinas?

Ya lo decía Mark Twain: la historia no se repite pero tiene ritmo. Tal parece ser el caso del olvido en el que incurre nuestro Gobierno nacional respecto de nuestro contingente desplegado en Haití. Ayer, luego de recuperar a nuestras Islas Malvinas y decididos a defenderlas, la conducción política-militar de aquella época cometió un error garrafal. No reforzó ni apoyó convenientemente a nuestras tropas, las que quedaron solas y aisladas.

Claro, estaban desplegados en un territorio insular. Nos separaban de ellas 600 kilómetros de bravío mar austral. Nuestros buques no podían acceder a ellas por la presencia de la flota británica, especialmente, por sus submarinos nucleares. Intentamos salvar esa distancia con un puente aéreo, pero no fue suficiente, dada la gran cantidad de efectos que era necesario transportar.

Hoy, salvando las distancias tenemos a otro contingente de tropas argentinas en una isla. Tampoco parece que esta vez podamos acceder a ellas. Esta vez nos lo impide, no un enemigo armado, sino nuestra propia ineficiencia y burocracia gubernamental.

Haití es el país americano más pobre y más violento. En el 2004, cuando estaba a punto de convertirse en un Estado fallido y caer en la anarquía, la ONU le pidió ayuda a nuestra región. Como era de esperarse, Argentina, Brasil y Chile -el viejo ABC- respondió y organizó una fuerza de paz, denominada MINUSTAH (del francés MIssion des Nations Unies pour la STAbilisation en Haiti).

Gracias a la MINUSTAH, Haití celebró sus primeras elecciones realmente democráticas de toda su historia. También, recibió un invaluable apoyo tras el paso del huracán Jeanne y de un terrible terremoto que en el 2010 dejó un saldo de 250.000 muertos. Nuestras tropas en Haití están allí para ayudar, para ser parte de la solución , no del problema.

Están desplegados en Puerto Príncipe, con el único hospital que dispone la capital de la isla. También hay un batallón de infantería en Gonaïves, su segunda ciudad, y un grupo de helicópteros en la capital. Dado el intenso desgaste que esta tropas sufren por las fricciones que produce operar en un ambiente con temperaturas tropicales, en un ambiente de alta conflictividad social, sin servicios públicos y con una gran presencia de enfermedades trasmisibles, nuestras tropas necesitan ser rotadas cada seis meses.

Para que esta rotación se concrete es necesario que nuestro Congreso apruebe, cada dos años, una ley especial mediante la cual se autoriza la salida de tropas del territorio nacional. Este trámite administrativo demanda unos dos meses de trabajo parlamentario. Por un olvido inexplicable, nuestro Ministerio de Defensa elevó al Congreso, el pasado 1 de julio, el respectivo proyecto de ley. Pero se lo hizo dos meses tarde, ya que las tropas debieron haber sido relevadas ese mismo día.

En otras palabras: nuestra gente lleva más de ocho meses sin ser relevadas. A ello se le suma que los refuerzos (vehículos, grupos electrógenos, repuestos, etcétera) de materiales que les hacemos llegar para que puedan operar en un lugar donde falta casi todo; son insuficientes, llegan tarde y son de baja calidad.

Por ejemplo, sus chalecos anti-balas, que además de no alcanzar para todos, están vencidos. Otro, el mal funcionamiento de los grupos electrógenos impide que funcione adecuadamente la cadena de frío de sus alimentos o que todos dispongan del necesario aire acondicionado. Como es obvio, estas demoras y estas falencias afectan la moral de la tropa, incrementando, al igual que en Malvinas, lo que se denomina fatiga de combate y estrés postraumático, afecciones que pueden menoscabar su rendimiento y su eficiencia como grupo.

Paradójicamente, a diferencia de Malvinas, no se interpone en al camino de apoyo a nuestras tropas un potente submarino nuclear inglés, si no la desidia y la ineficiencia de un grupo de malos políticos, altos jefes militares y funcionarios públicos que han sido y son negligentes para con sus obligaciones.

Por eso, hoy como ayer, exigimos a la Nación que apoye como corresponde a nuestras tropas desplegadas en Haití, ya que todos queremos un regreso con gloria para ellas.

El Dr. Emilio L. Magnaghi es el director del centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional “Santa Romana”.

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