Los barcos se pierden en tierra
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Los barcos se pierden en tierra

Por Emilio Luis Magnaghi Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana.

Los barcos se pierden en tierra es el título de un libro marinero del escritor español Arturo Pérez-Reverte. Y al parecer, la suerte corrida por el ARA San Juan no habría que buscarla sólo en las heladas aguas del Atlántico Sur, sino también en los despachos de los decisores políticos y militares, en los que se tejió la trama de la utopía y del ocaso de nuestra arma submarina. 

El San Juan no era un submarino más. Era, junto con su gemelo, el Santa Cruz, un intento de dotar a nuestra Armada con las mejores naves de su tipo en su época.

La historia se inicia, concretamente, con el denominado ‘Plan Nacional de Construcciones Navales’, aprobado durante la breve tercera presidencia del teniente general Juan Domingo Perón. 

Al efecto, la Armada Argentina firmó contratos –especialmente– con la empresa alemana Thyssen Nordseewerke (TNSW), para que a partir de 1978 diseñara y construyera cuatro submarinos oceánicos Clase TR-1700 y dos submarinos costeros Clase TR-1400. El proyecto no se detenía en los buques, pues contemplaba la edificación de un astillero para fabricar submarinos bajo techo (Astillero Domecq García) y la de una fábrica de torpedos (Edesa).

Como sucede con tantos otros proyectos argentinos, el plan original fue siendo dejado de lado en función de otras urgencias. Para hacer breve una larga historia, baste decir que solo se llegaron a construir dos submarinos del tipo TR-1700 en la entonces Alemania Federal. Los ya mencionados Santa Cruz –llegado en 1984– y el ARA San Juan, en 1986.

En estos años no fueron pocos los incidentes y los contratiempos. Tales como demoras en sus mantenimientos programados y en el uso intensivo de la canibalización, vale decir, el empleo de partes de un submarino para reparar a otro.

Para no aburrir al lector con una catarata de datos técnicos, valga la figura de comparar a estas naves con verdaderas Ferrari del mar, las que fueron mantenidas con un presupuesto más propio de un Ford Falcon de origen nacional.

Hasta donde sabemos, el ARA San Juan partió del puerto de Mar del Plata para participar junto a una formación de buques de la Armada en lo que se denomina una “etapa de mar”, en la cual buques, submarinos y aeronaves se adiestran juntos. Es más, se podría agregar que la salida fue de una inusual duración, pues hacía más de 15 años que no se navegaba tanto.

Posteriormente ingresó a la Base Naval Ushuaia, donde incluso realizó una navegación de cortesía con autoridades de Tierra del Fuego. Luego, se hace a la mar en la modalidad de “tránsito-patrulla” sobre la línea de la plataforma continental. Finamente, el 15 de noviembre el submarino se comunica para advertir que ha tenido una avería eléctrica, pero que continúa con su derrotero, y desde ese momento no se vuelve a tener noticias.

Entonces, ¿qué fue lo que le pasó al ARA San Juan? 

Por supuesto que no tengo la respuesta a esa pregunta. Tampoco sé si alguna vez la tendremos con certeza. Lo que por el momento nos deja el campo abierto solo a las conjeturas. Pero tratemos de que las mismas sean educadas y no alocadas.

Empezando por las segundas, como es común en nuestro país, no es extraño que proliferen las más diversas teorías. Algunas de ellas vinculadas a negocios periodísticos amarillistas cuya única consigna es escandalizar y vender.

Otros, menos inocentes, usan el tema para promover sus respectivas agendas políticas, cuando no hay nada más alejado de la Estrategia que una ideología.

Al respecto, un grupo vinculado al Centro de Estudios Estratégicos Santa Romana acaba de editar un número especial de la revista especializada Defensa y Seguridad. Viene con un completo informe sobre el tema, elaborado por especialistas –civiles y militares– en la materia.

Para ellos, las posibles causas del hundimiento, en orden de probabilidades, habrían sido las siguientes: 

1. Por una deflagración ocasionada por acumulación de hidrógeno producido por sus baterías al tomar contacto con agua de mar. Esto produjo el deceso instantáneamente de toda la tripulación, por lo que el submarino sin control se fue a pique y superó la profundidad de colapso, implosionando. 

2. De igual manera que en el caso anterior, pero con una explosión más severa por una mayor concentración de hidrógeno, la que fue capaz de abrir un rumbo de agua en el casco resistente.

3. Luego de su última comunicación, en la que informa haber sufrido una avería en parte de sus baterías, el submarino pasa a navegar a plano de seguridad o profundo. Posteriormente, un nuevo incidente, similar al inicial, ocasiona un ‘black out’. Al quedar sin propulsión el buque pierde plano y se va a pique hasta la profundidad de colapso.

4. Con el submarino navegando a plano de periscopio se produce un black out, tal vez durante una maniobra de carga de batería, pierde plano y se va a pique.

5. Colisión contra un pesquero en la superficie.

6. Hundimiento por ataque enemigo o sabotaje.

Seguramente, las dos últimas hipótesis merecen pequeñas digresiones. La primera, es reconocer que están incluidas por el simple hecho de no descartar ninguna de ellas a priori.

La segunda, es admitir que todo submarino militar puede cumplir misiones de inteligencia en tiempos de paz. Vale decir, reunir información básica sobre el tráfico marítimo, legal e ilegal.

Esta actividad subrepticia no implica mayores riesgos para un buque de las características del ARA San Juan, ya que está especialmente equipado para ver sin ser visto. Tal como le sucedió al ARA San Luis, durante la Guerra de Malvinas, el cual tras atacar a la flota británica no pudo ser encontrado por la misma que lo buscó por varios días y con toda su furia.

Por ello, sostener, con absoluta liviandad conceptual, que el submarino fue hundido en una acción de guerra generada por un tercer país, es desconocer la operación básica de estas naves y, de paso, pasar por alto el hecho de que la orden de hacerlo solo puede provenir del más alto nivel político. Tal como ocurrió con el hundimiento del crucero ARA General Belgrano.

Sabemos que la actual administración ha conformado una comisión técnica desde el Ministerio de Defensa y otra bicameral para investigar lo sucedido. A la par de que ya hay una jueza federal haciendo sus propias investigaciones, por lo que es de esperar que se llegue a algunas conclusiones. Al menos, a las circunstancias previas que rodearon a la desaparición del submarino.

Finalmente, como colofón de lo expuesto, solo me resta alzar mi voz para que no solo se conozcan las causas y circunstancias que llevaron a la pérdida del ARA San Juan y de sus 44 tripulantes. También, para que podamos extraer las lecciones correctas de todo lo sucedido y, en función de ellas, elaborar una verdadera política de defensa, digna de ese nombre.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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Los barcos se pierden en tierra

Los barcos se pierden en tierra es el título de un libro marinero del escritor español Arturo Pérez-Reverte. Y al parecer, la suerte corrida por el ARA San Juan no habría que buscarla sólo en las heladas aguas del Atlántico Sur, sino también en los despachos de los decisores políticos y militares, en los que se tejió la trama de la utopía y del ocaso de nuestra arma submarina. 

El San Juan no era un submarino más. Era, junto con su gemelo, el Santa Cruz, un intento de dotar a nuestra Armada con las mejores naves de su tipo en su época.

La historia se inicia, concretamente, con el denominado ‘Plan Nacional de Construcciones Navales’, aprobado durante la breve tercera presidencia del teniente general Juan Domingo Perón. 

Al efecto, la Armada Argentina firmó contratos –especialmente– con la empresa alemana Thyssen Nordseewerke (TNSW), para que a partir de 1978 diseñara y construyera cuatro submarinos oceánicos Clase TR-1700 y dos submarinos costeros Clase TR-1400. El proyecto no se detenía en los buques, pues contemplaba la edificación de un astillero para fabricar submarinos bajo techo (Astillero Domecq García) y la de una fábrica de torpedos (Edesa).

Como sucede con tantos otros proyectos argentinos, el plan original fue siendo dejado de lado en función de otras urgencias. Para hacer breve una larga historia, baste decir que solo se llegaron a construir dos submarinos del tipo TR-1700 en la entonces Alemania Federal. Los ya mencionados Santa Cruz –llegado en 1984– y el ARA San Juan, en 1986.

En estos años no fueron pocos los incidentes y los contratiempos. Tales como demoras en sus mantenimientos programados y en el uso intensivo de la canibalización, vale decir, el empleo de partes de un submarino para reparar a otro.

Para no aburrir al lector con una catarata de datos técnicos, valga la figura de comparar a estas naves con verdaderas Ferrari del mar, las que fueron mantenidas con un presupuesto más propio de un Ford Falcon de origen nacional.

Hasta donde sabemos, el ARA San Juan partió del puerto de Mar del Plata para participar junto a una formación de buques de la Armada en lo que se denomina una “etapa de mar”, en la cual buques, submarinos y aeronaves se adiestran juntos. Es más, se podría agregar que la salida fue de una inusual duración, pues hacía más de 15 años que no se navegaba tanto.

Posteriormente ingresó a la Base Naval Ushuaia, donde incluso realizó una navegación de cortesía con autoridades de Tierra del Fuego. Luego, se hace a la mar en la modalidad de “tránsito-patrulla” sobre la línea de la plataforma continental. Finamente, el 15 de noviembre el submarino se comunica para advertir que ha tenido una avería eléctrica, pero que continúa con su derrotero, y desde ese momento no se vuelve a tener noticias.

Entonces, ¿qué fue lo que le pasó al ARA San Juan? 

Por supuesto que no tengo la respuesta a esa pregunta. Tampoco sé si alguna vez la tendremos con certeza. Lo que por el momento nos deja el campo abierto solo a las conjeturas. Pero tratemos de que las mismas sean educadas y no alocadas.

Empezando por las segundas, como es común en nuestro país, no es extraño que proliferen las más diversas teorías. Algunas de ellas vinculadas a negocios periodísticos amarillistas cuya única consigna es escandalizar y vender.

Otros, menos inocentes, usan el tema para promover sus respectivas agendas políticas, cuando no hay nada más alejado de la Estrategia que una ideología.

Al respecto, un grupo vinculado al Centro de Estudios Estratégicos Santa Romana acaba de editar un número especial de la revista especializada Defensa y Seguridad. Viene con un completo informe sobre el tema, elaborado por especialistas –civiles y militares– en la materia.

Para ellos, las posibles causas del hundimiento, en orden de probabilidades, habrían sido las siguientes: 

1. Por una deflagración ocasionada por acumulación de hidrógeno producido por sus baterías al tomar contacto con agua de mar. Esto produjo el deceso instantáneamente de toda la tripulación, por lo que el submarino sin control se fue a pique y superó la profundidad de colapso, implosionando. 

2. De igual manera que en el caso anterior, pero con una explosión más severa por una mayor concentración de hidrógeno, la que fue capaz de abrir un rumbo de agua en el casco resistente.

3. Luego de su última comunicación, en la que informa haber sufrido una avería en parte de sus baterías, el submarino pasa a navegar a plano de seguridad o profundo. Posteriormente, un nuevo incidente, similar al inicial, ocasiona un ‘black out’. Al quedar sin propulsión el buque pierde plano y se va a pique hasta la profundidad de colapso.

4. Con el submarino navegando a plano de periscopio se produce un black out, tal vez durante una maniobra de carga de batería, pierde plano y se va a pique.

5. Colisión contra un pesquero en la superficie.

6. Hundimiento por ataque enemigo o sabotaje.

Seguramente, las dos últimas hipótesis merecen pequeñas digresiones. La primera, es reconocer que están incluidas por el simple hecho de no descartar ninguna de ellas a priori.

La segunda, es admitir que todo submarino militar puede cumplir misiones de inteligencia en tiempos de paz. Vale decir, reunir información básica sobre el tráfico marítimo, legal e ilegal.

Esta actividad subrepticia no implica mayores riesgos para un buque de las características del ARA San Juan, ya que está especialmente equipado para ver sin ser visto. Tal como le sucedió al ARA San Luis, durante la Guerra de Malvinas, el cual tras atacar a la flota británica no pudo ser encontrado por la misma que lo buscó por varios días y con toda su furia.

Por ello, sostener, con absoluta liviandad conceptual, que el submarino fue hundido en una acción de guerra generada por un tercer país, es desconocer la operación básica de estas naves y, de paso, pasar por alto el hecho de que la orden de hacerlo solo puede provenir del más alto nivel político. Tal como ocurrió con el hundimiento del crucero ARA General Belgrano.

Sabemos que la actual administración ha conformado una comisión técnica desde el Ministerio de Defensa y otra bicameral para investigar lo sucedido. A la par de que ya hay una jueza federal haciendo sus propias investigaciones, por lo que es de esperar que se llegue a algunas conclusiones. Al menos, a las circunstancias previas que rodearon a la desaparición del submarino.

Finalmente, como colofón de lo expuesto, solo me resta alzar mi voz para que no solo se conozcan las causas y circunstancias que llevaron a la pérdida del ARA San Juan y de sus 44 tripulantes. También, para que podamos extraer las lecciones correctas de todo lo sucedido y, en función de ellas, elaborar una verdadera política de defensa, digna de ese nombre.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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