El imperio del sinsentido
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Por Enrique Villalobo

El imperio del sinsentido

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando ya el mundo había sido testigo del gigantesco crimen de Hiroshima y Nagasaki, fueron muchas las veces que la irracionalidad de los gobernantes de las incipientes potencias nucleares pusieron al planeta al borde de la conflagración atómica. Pero sólo  algunas fueron conocidas públicamente y todos recordamos solamente una: la crisis de los misiles de Cuba de 1962. 

 

En realidad no se sabe qué hubiera ocurrido si por ejemplo barcos norteamericanos y soviéticos se enfrentaran a cañonazos frente a las costas cubanas. Unos queriendo llevar armas nucleares a Cuba y otros tratando de impedírselo, mientras que desde Washington y Moscú, tanto Kennedy como Nikita Kruschev –si las cosas se ponían bravas y el ‘honor’ de cada imperio se sentía ofendido– ordenarían un ataque nuclear, primero localizado y luego masivo, y todos los humanos nos íbamos al diablo porque para esa época el poder destructivo ya era suficiente para aniquilar las civilizaciones.

 

Visto desde la distancia, nos damos cuenta que en aquella crisis no se debatían dos ideas opuestas de cómo organizar al poder y al orden mundial, si la democracia intentaba frenar el avance del totalitarismo, si el socialismo quería imponer la justicia ante la explotación del capitalismo o si la economía centralmente planificada quería demostrar sus ventajas ante la libertad de mercado. No, se trataba de extender a escala global los intereses económicos que se amparaban en las descomunales y rentables maquinarias industriales que ganaban, y mucho, con las guerras. Sólo que en un caso estaban en manos de grandes corporaciones empresariales y en el otro en manos de sólo una gran corporación en manos de un estado burocrático. De los sueños de libertad y democracia de los padres fundadores de la independencia de EE.UU. y de la construcción de una sociedad más justa en manos del proletariado, pocos se acordaban.

 

El negocio de las guerras

Como casi todas las guerras que asolaron al mundo hasta la aparición del terrorismo generado por el fundamentalismo islámico, las ideas y las pasiones al final se difuminaban en aras del dominio de ese fenómeno llamado economía, que funciona a partir de lograr que la gente más o menos coma, se vista y tenga un techo donde guarecerse, lo que a su vez asegura que siempre habrá consumo. Claro que el noble propósito primario se transforma en el complejo entramado de producción, finanzas y mercado, más la revolución tecnológica, todo lo cual enriquece desproporcionadamente a muchos y empobrece hasta la miseria a muchísimos más.

 

Los actores de las tensiones cuasibélicas de este tiempo se parecen bastante a los de 60 años atrás, los intereses que los mueven casi no han cambiado, pero las circunstancias ya no son las mismas. El conflicto llamado Este-Oeste de la Guerra Fría (entre EE.UU. y la Unión Soviética) tapó en la historiografía un poco, y más en los titulares de la prensa, el conflicto Norte-Sur (entre los países ricos y los pueblos de los países pobres), ahora que entendemos que mientras muchos creían luchar y morir por principios e ideologías, otros hacían pingües negocios y para ello era necesario que el mundo no se acabara.

 

Después de la Segunda Guerra las zonas de fricción se manifestaron con los llamados conflictos de baja intensidad, donde igual murió y sigue muriendo mucha gente y continúan con todo éxito los negocios de armas, alimentos y toda la industria para mantener un ejército en campaña. La guerra de Corea enfrentó por primera vez a soldados rusos y chinos con norteamericanos. A pesar del involucramiento directo de las potencias rivales, a ninguno se le ocurrió apretar el botón nuclear para sacar ventaja. Cuando el general norteamericano Douglas McArthur lo insinuó, el presidente Harry Truman lo echó.

 

La guerra de Vietnam abarcó el período histórico más largo porque empezó durante el proceso de descolonización de fines de los 50, pasó por los revolucionarios y fervientes años 60 y terminó en 1975, cuando las utopías ya entraban en decadencia. A pesar de todo eso, y aún cuando Estados Unidos se vio humillado ante el mundo, huyendo desde los techos de su Embajada en Saigón, al pragmático presidente Richard Nixon o su débil sucesor Gerald Ford tampoco pensaron tirar la bomba atómica en represalia.

 

Después de la caída del muro de Berlín, la Federación Rusa conservó su poder nuclear y en las posteriores guerras como la de los Balcanes tras el desmembramiento de Yugoeslavia, la invasión norteamericana a Irak y el eterno conflicto de Medio Oriente, nunca que se sepa, Moscú pensó en desatar la guerra nuclear ante la afectación de sus intereses estratégicos.

 

Las cuitas de los imperios se siguieron arreglando con la carne de cañón de los países periféricos, que además de aliviar las tensiones significaban un buen negocio vendiendo armas y anexos. 

 

El peligro amarillo

Entonces, ahora con la escalada guerrerista entre Corea del Norte y Estados Unidos, ¿hay realmente peligro de una conflagración mundial que implique a las grandes potencias atómicas? Corea del Norte es una nación con un Producto Bruto Interno similar a Honduras, produce una riqueza que no alcanza a los 3.000 dólares anuales por cápita, sin embargo, tiene uno de los ejércitos más numerosos del mundo, se ha mostrado capaz de producir tecnología misilística y puede desarrollar armas nucleares, que aunque todavía sean primitivas, se sabe el terrible daño que pueden causar, sobre todo en sus vecinos más cercanos considerados sus enemigos: Corea del Sur y Japón.

 

Corea del Norte es el resultado de la división del mundo a partir de la conferencia de Yalta en la que se repartieron las áreas de influencia de los vencedores de guerra mundial. Esa parte del mundo quedó bajo la tutela de la Unión Soviética de José Stalin porque el Ejército Rojo ocupó esa región de la península tras el desalojo de las tropas japonesas mientras que sus entonces aliados norteamericanos ocuparon el sur.

 

Mientras durante la Guerra Fría se potenciaron las zonas de influencia compuestas por las llamados entonces ‘países satélites’ de Moscú, la decantación producida al colapsar la Unión Soviética y su proyecto de socialismo real fue transformando los países ex comunistas –agrupados en el espacio económico en el COMECON, y en lo militar en el Pacto de Varsovia– en estados con economías capitalistas y sistemas democráticos pluripartidarios. Incluso en los países de la región que aún conservan sistemas de partido único de los trabajadores, como Vietnam y Laos, adoptaron el sistema de economía de mercado con la introducción de empresas capitalistas.

 

En cambio, Corea del Norte se quedó en otra época sosteniendo un ‘paraíso socialista’ con métodos estalinistas de represión interna, supresión de la disidencia, discurso monocorde y un desmesurado culto a la personalidad, rayando en la devoción religiosa. Para reforzar la unidad en torno al liderazgo político se buscó la receta típica del enemigo externo del que hay que defenderse o si es necesario, atacar y destruir y ahora con bombas atómicas.

 

Por supuesto que ese enemigo es el imperialismo personificado en un Estados Unidos con la cara de Donald Trump, el cual representa a una nación que para defender la democracia y la libertad se la ha pasado años atacando, bombardeando cuando no invadiendo a cuanto se le ponía enfrente. 

 

Parecidos pero no iguales

Es notable que ambos países abonaron al aislamiento del resto del mundo, Corea del Norte lo viene haciendo desde hace décadas a costa de inmensos sacrificios de su pueblo; Estados Unidos, con Trump, lo quiso hacer pero le duró poco cuando vio un mundo diferente desde su despacho oval y cuando le dijeron al oído que el negocio es otro y que conviene más andar a los tiros por todo el mundo para defender el libre comercio.

 

Al rubio Trump y al gordito Kim Jong Un les conviene seguir asustando al mundo con los misiles nucleares y las represalias, pero están jugando con fuego. Ambos parecen en el fondo confiar en el por ahora buen criterio del presidente chino Xi Jimping, que tiene que moverse entre sujetar a su díscolo aliado para que no se las mande y mantener las buenas relaciones con Donald para que no le corte el flujo comercial de los productos chinos hacia EE.UU.

 

Nadie sabe cuál sería el resultado si el coreano ataca y el yanqui responde, o si la flota norteamericana bombardea los depósitos de armas atómicas ante una nueva prueba, o si los del Norte atacan blancos civiles de Corea del Sur. Una vez desatado ese desastre, reaccionaría China en defensa o no de su aliado, y por qué no lo haría Rusia que tiene fronteras con ambos países y cuyo presidente Putin también es afecto a los gestos ampulosos.

 

Posiblemente no será el sentimiento humanitario lo que frene la locura, sino los intereses económicos que se afectarían, por eso es que siempre habrá algún dios, el del cielo o el del dinero, el que se ocupe de que no nos vayamos al diablo.

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Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando ya el mundo había sido testigo del gigantesco crimen de Hiroshima y Nagasaki, fueron muchas las veces que la irracionalidad de los gobernantes de las incipientes potencias nucleares pusieron al planeta al borde de la conflagración atómica. Pero sólo  algunas fueron conocidas públicamente y todos recordamos solamente una: la crisis de los misiles de Cuba de 1962. 

 

En realidad no se sabe qué hubiera ocurrido si por ejemplo barcos norteamericanos y soviéticos se enfrentaran a cañonazos frente a las costas cubanas. Unos queriendo llevar armas nucleares a Cuba y otros tratando de impedírselo, mientras que desde Washington y Moscú, tanto Kennedy como Nikita Kruschev –si las cosas se ponían bravas y el ‘honor’ de cada imperio se sentía ofendido– ordenarían un ataque nuclear, primero localizado y luego masivo, y todos los humanos nos íbamos al diablo porque para esa época el poder destructivo ya era suficiente para aniquilar las civilizaciones.

 

Visto desde la distancia, nos damos cuenta que en aquella crisis no se debatían dos ideas opuestas de cómo organizar al poder y al orden mundial, si la democracia intentaba frenar el avance del totalitarismo, si el socialismo quería imponer la justicia ante la explotación del capitalismo o si la economía centralmente planificada quería demostrar sus ventajas ante la libertad de mercado. No, se trataba de extender a escala global los intereses económicos que se amparaban en las descomunales y rentables maquinarias industriales que ganaban, y mucho, con las guerras. Sólo que en un caso estaban en manos de grandes corporaciones empresariales y en el otro en manos de sólo una gran corporación en manos de un estado burocrático. De los sueños de libertad y democracia de los padres fundadores de la independencia de EE.UU. y de la construcción de una sociedad más justa en manos del proletariado, pocos se acordaban.

 

El negocio de las guerras

Como casi todas las guerras que asolaron al mundo hasta la aparición del terrorismo generado por el fundamentalismo islámico, las ideas y las pasiones al final se difuminaban en aras del dominio de ese fenómeno llamado economía, que funciona a partir de lograr que la gente más o menos coma, se vista y tenga un techo donde guarecerse, lo que a su vez asegura que siempre habrá consumo. Claro que el noble propósito primario se transforma en el complejo entramado de producción, finanzas y mercado, más la revolución tecnológica, todo lo cual enriquece desproporcionadamente a muchos y empobrece hasta la miseria a muchísimos más.

 

Los actores de las tensiones cuasibélicas de este tiempo se parecen bastante a los de 60 años atrás, los intereses que los mueven casi no han cambiado, pero las circunstancias ya no son las mismas. El conflicto llamado Este-Oeste de la Guerra Fría (entre EE.UU. y la Unión Soviética) tapó en la historiografía un poco, y más en los titulares de la prensa, el conflicto Norte-Sur (entre los países ricos y los pueblos de los países pobres), ahora que entendemos que mientras muchos creían luchar y morir por principios e ideologías, otros hacían pingües negocios y para ello era necesario que el mundo no se acabara.

 

Después de la Segunda Guerra las zonas de fricción se manifestaron con los llamados conflictos de baja intensidad, donde igual murió y sigue muriendo mucha gente y continúan con todo éxito los negocios de armas, alimentos y toda la industria para mantener un ejército en campaña. La guerra de Corea enfrentó por primera vez a soldados rusos y chinos con norteamericanos. A pesar del involucramiento directo de las potencias rivales, a ninguno se le ocurrió apretar el botón nuclear para sacar ventaja. Cuando el general norteamericano Douglas McArthur lo insinuó, el presidente Harry Truman lo echó.

 

La guerra de Vietnam abarcó el período histórico más largo porque empezó durante el proceso de descolonización de fines de los 50, pasó por los revolucionarios y fervientes años 60 y terminó en 1975, cuando las utopías ya entraban en decadencia. A pesar de todo eso, y aún cuando Estados Unidos se vio humillado ante el mundo, huyendo desde los techos de su Embajada en Saigón, al pragmático presidente Richard Nixon o su débil sucesor Gerald Ford tampoco pensaron tirar la bomba atómica en represalia.

 

Después de la caída del muro de Berlín, la Federación Rusa conservó su poder nuclear y en las posteriores guerras como la de los Balcanes tras el desmembramiento de Yugoeslavia, la invasión norteamericana a Irak y el eterno conflicto de Medio Oriente, nunca que se sepa, Moscú pensó en desatar la guerra nuclear ante la afectación de sus intereses estratégicos.

 

Las cuitas de los imperios se siguieron arreglando con la carne de cañón de los países periféricos, que además de aliviar las tensiones significaban un buen negocio vendiendo armas y anexos. 

 

El peligro amarillo

Entonces, ahora con la escalada guerrerista entre Corea del Norte y Estados Unidos, ¿hay realmente peligro de una conflagración mundial que implique a las grandes potencias atómicas? Corea del Norte es una nación con un Producto Bruto Interno similar a Honduras, produce una riqueza que no alcanza a los 3.000 dólares anuales por cápita, sin embargo, tiene uno de los ejércitos más numerosos del mundo, se ha mostrado capaz de producir tecnología misilística y puede desarrollar armas nucleares, que aunque todavía sean primitivas, se sabe el terrible daño que pueden causar, sobre todo en sus vecinos más cercanos considerados sus enemigos: Corea del Sur y Japón.

 

Corea del Norte es el resultado de la división del mundo a partir de la conferencia de Yalta en la que se repartieron las áreas de influencia de los vencedores de guerra mundial. Esa parte del mundo quedó bajo la tutela de la Unión Soviética de José Stalin porque el Ejército Rojo ocupó esa región de la península tras el desalojo de las tropas japonesas mientras que sus entonces aliados norteamericanos ocuparon el sur.

 

Mientras durante la Guerra Fría se potenciaron las zonas de influencia compuestas por las llamados entonces ‘países satélites’ de Moscú, la decantación producida al colapsar la Unión Soviética y su proyecto de socialismo real fue transformando los países ex comunistas –agrupados en el espacio económico en el COMECON, y en lo militar en el Pacto de Varsovia– en estados con economías capitalistas y sistemas democráticos pluripartidarios. Incluso en los países de la región que aún conservan sistemas de partido único de los trabajadores, como Vietnam y Laos, adoptaron el sistema de economía de mercado con la introducción de empresas capitalistas.

 

En cambio, Corea del Norte se quedó en otra época sosteniendo un ‘paraíso socialista’ con métodos estalinistas de represión interna, supresión de la disidencia, discurso monocorde y un desmesurado culto a la personalidad, rayando en la devoción religiosa. Para reforzar la unidad en torno al liderazgo político se buscó la receta típica del enemigo externo del que hay que defenderse o si es necesario, atacar y destruir y ahora con bombas atómicas.

 

Por supuesto que ese enemigo es el imperialismo personificado en un Estados Unidos con la cara de Donald Trump, el cual representa a una nación que para defender la democracia y la libertad se la ha pasado años atacando, bombardeando cuando no invadiendo a cuanto se le ponía enfrente. 

 

Parecidos pero no iguales

Es notable que ambos países abonaron al aislamiento del resto del mundo, Corea del Norte lo viene haciendo desde hace décadas a costa de inmensos sacrificios de su pueblo; Estados Unidos, con Trump, lo quiso hacer pero le duró poco cuando vio un mundo diferente desde su despacho oval y cuando le dijeron al oído que el negocio es otro y que conviene más andar a los tiros por todo el mundo para defender el libre comercio.

 

Al rubio Trump y al gordito Kim Jong Un les conviene seguir asustando al mundo con los misiles nucleares y las represalias, pero están jugando con fuego. Ambos parecen en el fondo confiar en el por ahora buen criterio del presidente chino Xi Jimping, que tiene que moverse entre sujetar a su díscolo aliado para que no se las mande y mantener las buenas relaciones con Donald para que no le corte el flujo comercial de los productos chinos hacia EE.UU.

 

Nadie sabe cuál sería el resultado si el coreano ataca y el yanqui responde, o si la flota norteamericana bombardea los depósitos de armas atómicas ante una nueva prueba, o si los del Norte atacan blancos civiles de Corea del Sur. Una vez desatado ese desastre, reaccionaría China en defensa o no de su aliado, y por qué no lo haría Rusia que tiene fronteras con ambos países y cuyo presidente Putin también es afecto a los gestos ampulosos.

 

Posiblemente no será el sentimiento humanitario lo que frene la locura, sino los intereses económicos que se afectarían, por eso es que siempre habrá algún dios, el del cielo o el del dinero, el que se ocupe de que no nos vayamos al diablo.

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