El gobierno de las batallas innecesarias
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El gobierno de las batallas innecesarias

Por Martín Gastañaga Periodista de El Ciudadano

Abril es un mes raro, o para ser más correcto, enrarecido. Contribuyen decisivamente a ello la falta de olfato político y la efervescencia que, en tiempos electorales, promete chicanas de todo tipo y color.

 

Veamos. Por un lado el gobierno puso toda la carne en el asador para, de una vez por todas, reactivar la economía y mejorar el alicaído panorama de consumo y producción que tiene con la cara larga a millones de argentinos.

 

En esa dirección pueden leerse lanzamientos como el de los planes hipotecarios que se anunciaron recientemente, uno de los más ambiciosos de la historia, que arranca con cien mil viviendas y el compromiso de la banca pública, esencialmente, pero también de parte de la de capital privado. Se sabe que la construcción es el principal movilizador de la economía, con un resultado directo traducido en empleo y en expansión de la producción. A ello se suma la gran cantidad de licitaciones de obras públicas, que van desde infraestructura vial hasta ferroviaria, con un fuerte impacto en Mendoza de la mano de los desarrollos energéticos.

 

También hubo un acuerdo con el sector automotriz que permitió un fuerte repunte de las ventas, aunque por los modos de integración de la producción se venden más autos importados que nacionales (Las terminales eligen producir los modelos más caros en nuestro país mientras que los más económicos, y más vendidos, vienen de Brasil).

 

Pero en contraste con esa fuerte apuesta para la reactivación, Cambiemos pierde batallas dialécticas todos los días, permite que sean otros los que instalen el clima social dominante, por ineptitud o por falta de oportunismo. Venimos de un proceso –la dekada afanada- donde los enemigos y las batallas eran cuidadosamente escogidos para fortalecer posiciones propias. Fruto de su endeblez ideológica (y luego también moral) el kirchnerismo siempre se reconoció por sus enemigos, el “otro” lo construyó por falta de entidad propia.

 

Cambiemos, en contrapartida, sale debilitado de cada batalla que afronta, salvo que se trate de enfrentar al aparato sindical al que la sociedad da la espalda cada vez con más firmeza: ahí si las encuestas lo muestran subiendo.

 

Claro ejemplo de esto es el enfrentamiento con la industria del cine, que le construye un enemigo de alta significación social, con figuras de prestigio, y donde se gana las críticas de acérrimos e importantes defensores como el prestigioso Juan José Campanella. Una de las espadas del oficialismo en los cruces mediáticos y de las redes sale a pegarle por una decisión que aparece por lo menos apresurada e inoportuna, y alinea detrás a figuras que van desde Suar hasta referentes culturales del kirchnerismo. Encima no parece quedar lugar para el consabido “me equivoqué” y la consecuente marcha atrás.

 

El gobierno podrá reactivar la economía –ojalá-, mejorar la vida de los argentinos, y varias cosas más. Pero deberá ser más coherente a la hora de librar la batalla cultural, el modo de construir un imaginario cultural de cambio, modernidad y transparencia. Mientras sus batallas dialécticas sean tan pobres, seguirá perdiendo en la calle lo que pueda ganar en otros terrenos.

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El gobierno de las batallas innecesarias

Abril es un mes raro, o para ser más correcto, enrarecido. Contribuyen decisivamente a ello la falta de olfato político y la efervescencia que, en tiempos electorales, promete chicanas de todo tipo y color.

 

Veamos. Por un lado el gobierno puso toda la carne en el asador para, de una vez por todas, reactivar la economía y mejorar el alicaído panorama de consumo y producción que tiene con la cara larga a millones de argentinos.

 

En esa dirección pueden leerse lanzamientos como el de los planes hipotecarios que se anunciaron recientemente, uno de los más ambiciosos de la historia, que arranca con cien mil viviendas y el compromiso de la banca pública, esencialmente, pero también de parte de la de capital privado. Se sabe que la construcción es el principal movilizador de la economía, con un resultado directo traducido en empleo y en expansión de la producción. A ello se suma la gran cantidad de licitaciones de obras públicas, que van desde infraestructura vial hasta ferroviaria, con un fuerte impacto en Mendoza de la mano de los desarrollos energéticos.

 

También hubo un acuerdo con el sector automotriz que permitió un fuerte repunte de las ventas, aunque por los modos de integración de la producción se venden más autos importados que nacionales (Las terminales eligen producir los modelos más caros en nuestro país mientras que los más económicos, y más vendidos, vienen de Brasil).

 

Pero en contraste con esa fuerte apuesta para la reactivación, Cambiemos pierde batallas dialécticas todos los días, permite que sean otros los que instalen el clima social dominante, por ineptitud o por falta de oportunismo. Venimos de un proceso –la dekada afanada- donde los enemigos y las batallas eran cuidadosamente escogidos para fortalecer posiciones propias. Fruto de su endeblez ideológica (y luego también moral) el kirchnerismo siempre se reconoció por sus enemigos, el “otro” lo construyó por falta de entidad propia.

 

Cambiemos, en contrapartida, sale debilitado de cada batalla que afronta, salvo que se trate de enfrentar al aparato sindical al que la sociedad da la espalda cada vez con más firmeza: ahí si las encuestas lo muestran subiendo.

 

Claro ejemplo de esto es el enfrentamiento con la industria del cine, que le construye un enemigo de alta significación social, con figuras de prestigio, y donde se gana las críticas de acérrimos e importantes defensores como el prestigioso Juan José Campanella. Una de las espadas del oficialismo en los cruces mediáticos y de las redes sale a pegarle por una decisión que aparece por lo menos apresurada e inoportuna, y alinea detrás a figuras que van desde Suar hasta referentes culturales del kirchnerismo. Encima no parece quedar lugar para el consabido “me equivoqué” y la consecuente marcha atrás.

 

El gobierno podrá reactivar la economía –ojalá-, mejorar la vida de los argentinos, y varias cosas más. Pero deberá ser más coherente a la hora de librar la batalla cultural, el modo de construir un imaginario cultural de cambio, modernidad y transparencia. Mientras sus batallas dialécticas sean tan pobres, seguirá perdiendo en la calle lo que pueda ganar en otros terrenos.

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