La política es cosa de hombres
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Por Emilio Luis Magnaghi

La política es cosa de hombres

En esta oportunidad, no queremos ser políticamente incorrectos. Empezamos por remarcar que decir que la política sea cosa de hombres también engloba –como lo permiten los universales de la lengua castellana– a nuestras colegas, correligionarias y compañeras: las mujeres.

 

Sí, queremos llamar la atención respecto de que en el arte de lo posible, lo fundamental son quienes lo dominan. Sean ellos, hombres o mujeres, por importante que sean los movimientos, partidos o facciones que los contengan. La personalidad de los que mandan, hoy como siempre, es un factor muy importante a tener en cuenta a la hora de anticipar las medidas que ellos pueden tomar.

 

En este momento en particular, y en el nivel mundial, hay cuatro personalidades que se destacan. A saber: el presidente de Rusia, Vladimir Putin; el de los EE.UU., Donald Trump; el secretario general del Comité Central del Partido Comunista de China, Xi Jinping, y su Su Santidad, el papa Francisco.

 

A dos de ellos podemos considerarlos unos “duros”. A Donald, porque viene del salvaje mundo de los negocios inmobiliarios de Nueva York; y a Vladimir porque procede de las camadas de los viejos agentes de inteligencia de la ex Unión Soviética.

 

Por el contrario, los otros dos dan la apariencia de ser falsamente “blandos”. Como bien sabemos, nuestro querido papa Francisco procede de la orden religiosa más combativa de la Iglesia católica, los jesuitas. Por su parte, el chino Jinping tiene la dualidad educativa de ser un ingeniero químico con formación humanista.

 

Los vínculos entre los dos primeros de los nombrados son más que evidentes. Sabemos que Donald y Vladimir son personajes cortados por la misma tijera. Tanto que en sus respectivos países no son pocos los analistas que se preguntan si esto es algo tan conveniente como parece, pues no se sabe si es que ya no están colaborando el uno con el otro en forma secreta y al margen de sus respectivas administraciones.

 

Por su parte, Francisco tiene buenas razones para acercarse a los otros tres. Al chino, porque su Compañía de Jesús fue fundada, precisamente, para misionar en Catay, la China de ese tiempo. También al ruso, ya que ha manifestado su deseo de acercarse a la Iglesia Ortodoxa Rusa, en excelentes términos con Putin. Esto quedó evidenciado en la reunión con Cirilo I, el Patriarca de Moscú y de toda Rusia, realizada en La Habana el 5 de febrero del año pasado.

 

Con el norteamericano, más allá de varias diferencias, comparte su desconfianza y su desprecio por el denominado Nuevo Orden Mundial. Como sostuvo Austen Ivereigh en su reciente artículo de The New York Times, en el que trató el tema, “...el Papa, como el presidente de Estados Unidos, son críticos de la globalización neoliberal que debilita los lazos locales y beneficia a las élites educadas a expensas del hombre común, la oposición de sus visiones es muy impresionante”.

 

El más enigmático de todos es, obviamente, el chino, quien aparece como el más moderado de ellos y con la agenda más previsible de todas. Aunque sabemos que está realizando ingentes esfuerzos personales para permanecer en el poder, más allá de algunas restricciones burocráticas del intricado sistema de poder chino.

 

Llegado a este punto, no podemos hacer otra cosa que especular. En ese sentido, creemos que los cuatro bien pueden colaborar en los temas más sensibles de la agenda global como ya lo han hecho en otras ocasiones.

 

Un caso paradigmático fue, por ejemplo, el pedido hecho por Francisco y escuchado por Putin y por Jinping de no intervenir militarmente en Siria. En ese momento, formaba por los EE.UU. Barack Obama. Habrá que ver si a este cuadrado se suma el recién llegado Donald Trump. Creemos que sí.

 

Esta diplomacia personal, de paso, pone de manifiesto otra cosa, que es el desgaste de los foros multilaterales, como el de las Naciones Unidas, para solucionar problemas concretos como el de Siria. Específicamente, la ONU quería imponer la estrafalaria y utópica teoría de la “necesidad de proteger”, de triste memoria tras la intervención de la OTAN contra Libia.

 

Obviamente que no todos están contentos con esta situación impuesta por tan potentes personalidades. Para empezar, el denominado “deep state” norteamericano con las agencias de inteligencia a la cabeza, como la CIA y la NSA, y los mass media en armónico acompañamiento en defensa del establishment.

 

Nosotros, los argentinos, no jugamos en esas ligas mayores, pero bien haríamos en tomar ejemplo de ellas y defender nuestros intereses concretos.

 

Por ejemplo, podríamos empezar por pedirle al Presidente y a la canciller reforzar los vínculos personales con los mandatarios del Mercosur, al que habría que agregarle el de Chile y el de Colombia. Al primero, por aquella vieja estrategia del ABC, y al segundo, porque bien puede ayudarnos a conformar un eje de colaboración con las nuevas políticas de los EE.UU. 

 

Como vemos, hoy más que nunca, hay que estar atentos, porque los cambios se vienen en cascada. Y a río revuelto...

 

El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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En esta oportunidad, no queremos ser políticamente incorrectos. Empezamos por remarcar que decir que la política sea cosa de hombres también engloba –como lo permiten los universales de la lengua castellana– a nuestras colegas, correligionarias y compañeras: las mujeres.

 

Sí, queremos llamar la atención respecto de que en el arte de lo posible, lo fundamental son quienes lo dominan. Sean ellos, hombres o mujeres, por importante que sean los movimientos, partidos o facciones que los contengan. La personalidad de los que mandan, hoy como siempre, es un factor muy importante a tener en cuenta a la hora de anticipar las medidas que ellos pueden tomar.

 

En este momento en particular, y en el nivel mundial, hay cuatro personalidades que se destacan. A saber: el presidente de Rusia, Vladimir Putin; el de los EE.UU., Donald Trump; el secretario general del Comité Central del Partido Comunista de China, Xi Jinping, y su Su Santidad, el papa Francisco.

 

A dos de ellos podemos considerarlos unos “duros”. A Donald, porque viene del salvaje mundo de los negocios inmobiliarios de Nueva York; y a Vladimir porque procede de las camadas de los viejos agentes de inteligencia de la ex Unión Soviética.

 

Por el contrario, los otros dos dan la apariencia de ser falsamente “blandos”. Como bien sabemos, nuestro querido papa Francisco procede de la orden religiosa más combativa de la Iglesia católica, los jesuitas. Por su parte, el chino Jinping tiene la dualidad educativa de ser un ingeniero químico con formación humanista.

 

Los vínculos entre los dos primeros de los nombrados son más que evidentes. Sabemos que Donald y Vladimir son personajes cortados por la misma tijera. Tanto que en sus respectivos países no son pocos los analistas que se preguntan si esto es algo tan conveniente como parece, pues no se sabe si es que ya no están colaborando el uno con el otro en forma secreta y al margen de sus respectivas administraciones.

 

Por su parte, Francisco tiene buenas razones para acercarse a los otros tres. Al chino, porque su Compañía de Jesús fue fundada, precisamente, para misionar en Catay, la China de ese tiempo. También al ruso, ya que ha manifestado su deseo de acercarse a la Iglesia Ortodoxa Rusa, en excelentes términos con Putin. Esto quedó evidenciado en la reunión con Cirilo I, el Patriarca de Moscú y de toda Rusia, realizada en La Habana el 5 de febrero del año pasado.

 

Con el norteamericano, más allá de varias diferencias, comparte su desconfianza y su desprecio por el denominado Nuevo Orden Mundial. Como sostuvo Austen Ivereigh en su reciente artículo de The New York Times, en el que trató el tema, “...el Papa, como el presidente de Estados Unidos, son críticos de la globalización neoliberal que debilita los lazos locales y beneficia a las élites educadas a expensas del hombre común, la oposición de sus visiones es muy impresionante”.

 

El más enigmático de todos es, obviamente, el chino, quien aparece como el más moderado de ellos y con la agenda más previsible de todas. Aunque sabemos que está realizando ingentes esfuerzos personales para permanecer en el poder, más allá de algunas restricciones burocráticas del intricado sistema de poder chino.

 

Llegado a este punto, no podemos hacer otra cosa que especular. En ese sentido, creemos que los cuatro bien pueden colaborar en los temas más sensibles de la agenda global como ya lo han hecho en otras ocasiones.

 

Un caso paradigmático fue, por ejemplo, el pedido hecho por Francisco y escuchado por Putin y por Jinping de no intervenir militarmente en Siria. En ese momento, formaba por los EE.UU. Barack Obama. Habrá que ver si a este cuadrado se suma el recién llegado Donald Trump. Creemos que sí.

 

Esta diplomacia personal, de paso, pone de manifiesto otra cosa, que es el desgaste de los foros multilaterales, como el de las Naciones Unidas, para solucionar problemas concretos como el de Siria. Específicamente, la ONU quería imponer la estrafalaria y utópica teoría de la “necesidad de proteger”, de triste memoria tras la intervención de la OTAN contra Libia.

 

Obviamente que no todos están contentos con esta situación impuesta por tan potentes personalidades. Para empezar, el denominado “deep state” norteamericano con las agencias de inteligencia a la cabeza, como la CIA y la NSA, y los mass media en armónico acompañamiento en defensa del establishment.

 

Nosotros, los argentinos, no jugamos en esas ligas mayores, pero bien haríamos en tomar ejemplo de ellas y defender nuestros intereses concretos.

 

Por ejemplo, podríamos empezar por pedirle al Presidente y a la canciller reforzar los vínculos personales con los mandatarios del Mercosur, al que habría que agregarle el de Chile y el de Colombia. Al primero, por aquella vieja estrategia del ABC, y al segundo, porque bien puede ayudarnos a conformar un eje de colaboración con las nuevas políticas de los EE.UU. 

 

Como vemos, hoy más que nunca, hay que estar atentos, porque los cambios se vienen en cascada. Y a río revuelto...

 

El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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