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La lacra del machismo
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Por Enrique Villalobo

La lacra del machismo

Muy pocas son las sociedades que aceptan la sexualidad como algo natural y positivo, sin considerarla  pecaminosa o practicarla con culpa. Los sucesivos sistemas represivos, amparados en preceptos religiosos o morales, han formado el falso concepto de la superioridad masculina y generado así trágicas secuelas.

Cinco mil años de cultura patriarcal justificada por los mitos que nos trasmitieron los libros sagrados de los cultos monoteístas, podrían ser, en parte, responsable del machismo opresor, discriminatorio y no pocas veces asesino que se está revelando cada vez con más frecuencia. Decimos revelando, porque no es que de pronto tantos hombres se tornaron violentos y empezaron a agredir a las mujeres: esto viene ocurriendo desde siempre, pero en la actualidad hay factores que lo han sacado a la luz para mostrarlo y darnos la oportunidad de combatirlo.

La exposición de los medios y las redes ponen en evidencia una seguidilla, que parece interminable, de crímenes aberrantes contra mujeres, que, además de buscar la eliminación física, el femicida inflige sufrimientos y tormentos verdaderamente atroces. En esta descripción incluimos al que mata a su pareja o ex pareja por motivos inherentes a la propia relación como también al que asesina en ocasión de violación.

Los móviles del acto pueden ser diferentes y la relación con la víctima puede ser previa u ocasional, pero en el acto criminal está presente el factor de pretendida superioridad de género o de considerar a la mujer como un objeto de pertenencia. Cuando esa supuesta propiedad privada “se pone en riesgo” o directamente se “pierde”, se desata una violencia que la sociedad lamentablemente, todavía justifica en parte.

La víctima sospechada

Persiste siempre la duda sobre la “conducta” de la víctima, y antes que la inmediata reacción y condena social del hecho y su autor, se pone en duda si hubo o no “provocación”, o si sus supuestos antecedentes morales podrían justificar un hecho de esa naturaleza. Si se persiste en este tipo de calificaciones va a resultar muy difícil contribuir a la formación una verdadera conciencia para combatir este tipo de aberraciones que muestran lo más retrógrado de una comunidad.

Gran parte del siglo XX les llevó a las mujeres luchar para recuperar los espacios que la sociedad machista no les había reconocido. El gran salto fue el derecho a voto y el derecho a ser elegidas. Fueron ganando puestos en la dirigencia empresaria, en los cargos políticos; pudieron demostrar su capacidad en roles culturales, intelectuales y científicos. Incluso las Fuerzas Armadas y la guerra dejaron de ser espacios exclusivos de varones para dar cada vez más lugar a las mujeres.

En sociedades modernas, donde no hay excesiva influencia de la moral religiosa ni de prejuicios anacrónicos, las mujeres recuperan un rol central y se ponen paulatinamente a la par de sus compañeros. Y con esto ponen en evidencia que el acto intolerante y discriminador es una señal de que hay tipos a los que les asustan estos avances porque creen estar perdiendo terreno al comprobar que la inteligencia masculina no es superior y que la mera fuerza física se puede vencer con el ingenio.

Lo preocupante es que pese a todos estos avances no se ha evolucionado hacia un autocontrol natural de la libido, que permita convivir sin la actitud latente cuando no activa de avasallar la dignidad o la integridad física de las mujeres.

Podríamos inferir que siglos de represión de la sexualidad, de la consideración del cuerpo femenino como algo pecaminoso y su consiguiente ocultamiento, fueron creando en la psiquis masculina una exacerbación del deseo sexual a partir de la ahora mayor exposición del cuerpo femenino.

A pesar que llevamos décadas desde que se popularizaron la minifalda, los jeans ajustados y las mallas diminutas, parece que aún hay sujetos que se sobreexcitan más en lugar de habituarse. Observando las diferentes culturas a través de la historia se puede comprobar que la desnudez no es erotizante en sí misma, si no que depende en el rol y en el momento en que el cuerpo sea expuesto.

La difusión abundante de imágenes donde la piel, el cuerpo y la desnudez como lenguaje visual cotidiano, si bien buscan incrementar el consumo de bienes materiales, también contribuyen a crear el sentimiento que si no tenemos sexo frecuente, exitoso y sin límites, estamos fuera.

Es difícil ahora saber dónde debemos pararnos, cuál es más o menos el punto de equilibrio. Los diálogos incompletos o interrumpidos con el grito y la bronca no permiten tener un panorama claro. Hay que complementar la lucha contra los femicidios, que no cesan, con mayor acción del Estado a través de la educación y la sanción judicial, con la difusión de una cultura de la aceptación de que un par de senos descubiertos no ofenden, ni escandalizan a los niños, ni autorizan a nadie a pensar que una mujer está buscando tener sexo.

Mientras, sigamos aspirando a un futuro en el que –quizá– el erotismo y la sexualidad los dejemos para la alcoba, en que no haya energúmenos que violen y maten por tener su deseo frustrado, que no haya damas que pidan matar o castrar a los machos para eliminar el machismo y que lo que verdaderamente escandalice sea el hambre, la pobreza y la injusticia y no la visión de unas tetas en la playa o en la pileta.

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La lacra del machismo

Muy pocas son las sociedades que aceptan la sexualidad como algo natural y positivo, sin considerarla  pecaminosa o practicarla con culpa. Los sucesivos sistemas represivos, amparados en preceptos religiosos o morales, han formado el falso concepto de la superioridad masculina y generado así trágicas secuelas.

Cinco mil años de cultura patriarcal justificada por los mitos que nos trasmitieron los libros sagrados de los cultos monoteístas, podrían ser, en parte, responsable del machismo opresor, discriminatorio y no pocas veces asesino que se está revelando cada vez con más frecuencia. Decimos revelando, porque no es que de pronto tantos hombres se tornaron violentos y empezaron a agredir a las mujeres: esto viene ocurriendo desde siempre, pero en la actualidad hay factores que lo han sacado a la luz para mostrarlo y darnos la oportunidad de combatirlo.

La exposición de los medios y las redes ponen en evidencia una seguidilla, que parece interminable, de crímenes aberrantes contra mujeres, que, además de buscar la eliminación física, el femicida inflige sufrimientos y tormentos verdaderamente atroces. En esta descripción incluimos al que mata a su pareja o ex pareja por motivos inherentes a la propia relación como también al que asesina en ocasión de violación.

Los móviles del acto pueden ser diferentes y la relación con la víctima puede ser previa u ocasional, pero en el acto criminal está presente el factor de pretendida superioridad de género o de considerar a la mujer como un objeto de pertenencia. Cuando esa supuesta propiedad privada “se pone en riesgo” o directamente se “pierde”, se desata una violencia que la sociedad lamentablemente, todavía justifica en parte.

La víctima sospechada

Persiste siempre la duda sobre la “conducta” de la víctima, y antes que la inmediata reacción y condena social del hecho y su autor, se pone en duda si hubo o no “provocación”, o si sus supuestos antecedentes morales podrían justificar un hecho de esa naturaleza. Si se persiste en este tipo de calificaciones va a resultar muy difícil contribuir a la formación una verdadera conciencia para combatir este tipo de aberraciones que muestran lo más retrógrado de una comunidad.

Gran parte del siglo XX les llevó a las mujeres luchar para recuperar los espacios que la sociedad machista no les había reconocido. El gran salto fue el derecho a voto y el derecho a ser elegidas. Fueron ganando puestos en la dirigencia empresaria, en los cargos políticos; pudieron demostrar su capacidad en roles culturales, intelectuales y científicos. Incluso las Fuerzas Armadas y la guerra dejaron de ser espacios exclusivos de varones para dar cada vez más lugar a las mujeres.

En sociedades modernas, donde no hay excesiva influencia de la moral religiosa ni de prejuicios anacrónicos, las mujeres recuperan un rol central y se ponen paulatinamente a la par de sus compañeros. Y con esto ponen en evidencia que el acto intolerante y discriminador es una señal de que hay tipos a los que les asustan estos avances porque creen estar perdiendo terreno al comprobar que la inteligencia masculina no es superior y que la mera fuerza física se puede vencer con el ingenio.

Lo preocupante es que pese a todos estos avances no se ha evolucionado hacia un autocontrol natural de la libido, que permita convivir sin la actitud latente cuando no activa de avasallar la dignidad o la integridad física de las mujeres.

Podríamos inferir que siglos de represión de la sexualidad, de la consideración del cuerpo femenino como algo pecaminoso y su consiguiente ocultamiento, fueron creando en la psiquis masculina una exacerbación del deseo sexual a partir de la ahora mayor exposición del cuerpo femenino.

A pesar que llevamos décadas desde que se popularizaron la minifalda, los jeans ajustados y las mallas diminutas, parece que aún hay sujetos que se sobreexcitan más en lugar de habituarse. Observando las diferentes culturas a través de la historia se puede comprobar que la desnudez no es erotizante en sí misma, si no que depende en el rol y en el momento en que el cuerpo sea expuesto.

La difusión abundante de imágenes donde la piel, el cuerpo y la desnudez como lenguaje visual cotidiano, si bien buscan incrementar el consumo de bienes materiales, también contribuyen a crear el sentimiento que si no tenemos sexo frecuente, exitoso y sin límites, estamos fuera.

Es difícil ahora saber dónde debemos pararnos, cuál es más o menos el punto de equilibrio. Los diálogos incompletos o interrumpidos con el grito y la bronca no permiten tener un panorama claro. Hay que complementar la lucha contra los femicidios, que no cesan, con mayor acción del Estado a través de la educación y la sanción judicial, con la difusión de una cultura de la aceptación de que un par de senos descubiertos no ofenden, ni escandalizan a los niños, ni autorizan a nadie a pensar que una mujer está buscando tener sexo.

Mientras, sigamos aspirando a un futuro en el que –quizá– el erotismo y la sexualidad los dejemos para la alcoba, en que no haya energúmenos que violen y maten por tener su deseo frustrado, que no haya damas que pidan matar o castrar a los machos para eliminar el machismo y que lo que verdaderamente escandalice sea el hambre, la pobreza y la injusticia y no la visión de unas tetas en la playa o en la pileta.

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