Cómo mejorar la seguridad aérea del G-20
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Por Emilio Luis Magnaghi

Cómo mejorar la seguridad aérea del G-20

 

Como ya fuera anunciado oficialmente en Hamburgo, la última sede de la reunión del Grupo G-20, que como su nombre lo indica reúne a las dos decenas de jefes de Estado más poderosos del Mundo, el país anfitrión de la del 2018 será el nuestro.

 

Como puede fácilmente deducirse, la recepción de tal magnitud de dignatarios, entre los que se encuentran los de EE.UU., Francia, Rusia y Gran Bretaña, entre otros, no será una tarea sencilla desde varios puntos de vista. Entre otros, el de la seguridad. 

 

Específicamente, la seguridad de estos eventos se descompone geográficamente en las tres dimensiones que engloban a toda actividad humana, vale decir, la terrestre, la naval y la aérea. Entre ellas nos interesa particularmente analizar esta última.

 

Sucede que mientras se desarrolle esta Cumbre, existe la posibilidad de que se concreten amenazas terroristas y de otro tipo contra ella, las que, como sabemos, pueden llegar a concretarse por modo aéreo.

 

Tal como se lo hizo para la reciente Cumbre del Mercosur celebrada en Mendoza, nuestra Fuerza Aérea es la responsable de proteger con sus radares y con sus aviones de caza el espacio aéreo circundante.

 

Lo que tiene actualmente nuestra Fuerza Aérea nos alcanzó para esta Cumbre regional, pero no es suficiente para los compromisos de mayor magnitud que implica la Cumbre del G-20.

 

 

En ese sentido, tenemos que recordarle al lector que por una larga serie de malas decisiones y por la ausencia de otras tomadas oportunamente, nuestro país fue perdiendo la capacidad de controlar su propio espacio aéreo.

 

En pocas palabras, necesitamos  disponer de, al menos, una media docena de aviones interceptores supersónicos armados con misiles aire-aire. O en otras palabras, un avión de caza que pueda interceptar a un avión incursor en tiempo y forma y, llegado el caso, neutralizarlo. 

 

Dado el escaso tiempo que nos separa de la Cumbre –no más de unos once meses– hay que tener en cuenta el factor tiempo. Pues, como aconsejan los expertos, comprar un avión de combate implica comprar, además, una logística y un sistema de entrenamiento para sus tripulaciones. 

 

De ello se deduce que puede ser muy bien el caso de que no estemos en capacidad de adquirir un avión nuevo y que nos sea desconocido. Tanto por los tiempos de entrega, los que pueden superar los dos años, como los necesarios para el adiestramiento de las tripulaciones destinadas a mantenerlo y a pilotearlo.

 

La cortedad del plazo aconseja adquirir un sistema de armas conocido. Una posibilidad que estaba a nuestro alcance, pues el gobierno de Francia nos había ofrecido la entrega de seis aviones Súper Etendard modernizados al muy conveniente precio de solo US$ 12 millones.

 

Vale recordar que esas máquinas son bien conocidas por nosotros, ya que las mismas –en una versión más antigua y de la que todavía disponemos– fueron utilizadas con gran éxito en la Guerra de Malvinas por nuestra Aviación Naval, produciéndole varios hundimientos a la flota invasora inglesa.

 

Como podrá deducir el lector, con estos antecedentes y a un bajo costo nuestro país bien podría disponer de un grupo de aeronaves aptas para custodiar la próxima Cumbre del G-20. 

 

Otra ventaja complementaria de esta adquisición es que, de paso, podría negociarse con el gobierno de Francia la modernización de los once aviones Súper Etendard que se encuentran en el país desde la década del 80, y que, como tales, son los aviones de combate más modernos de los que disponemos.

 

Probablemente, llegado a este punto, no faltará alguien que sostenga que nos podemos ahorrar todos esos problemas y que esa seguridad bien la puede proporcionar cualquiera de las fuerzas armadas de algunos de los principales mandatarios asistentes a la Cumbre.

 

Por ejemplo, bien podría el presidente de los EE.UU. proveerla con uno de sus portaaviones nucleares navegando a unas pocas millas de nuestra costa. O incluso el Primer Ministro británico con uno más humilde.

 

Creemos que si llegáramos a este punto, sería la más clara admisión de que el G-20 no está a nuestro alcance y que como país no estamos listos para jugar en Primera A, pues, como todos sabemos, nadie quiere tener por socio a un débil o a un incapaz.

 

El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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Como ya fuera anunciado oficialmente en Hamburgo, la última sede de la reunión del Grupo G-20, que como su nombre lo indica reúne a las dos decenas de jefes de Estado más poderosos del Mundo, el país anfitrión de la del 2018 será el nuestro.

 

Como puede fácilmente deducirse, la recepción de tal magnitud de dignatarios, entre los que se encuentran los de EE.UU., Francia, Rusia y Gran Bretaña, entre otros, no será una tarea sencilla desde varios puntos de vista. Entre otros, el de la seguridad. 

 

Específicamente, la seguridad de estos eventos se descompone geográficamente en las tres dimensiones que engloban a toda actividad humana, vale decir, la terrestre, la naval y la aérea. Entre ellas nos interesa particularmente analizar esta última.

 

Sucede que mientras se desarrolle esta Cumbre, existe la posibilidad de que se concreten amenazas terroristas y de otro tipo contra ella, las que, como sabemos, pueden llegar a concretarse por modo aéreo.

 

Tal como se lo hizo para la reciente Cumbre del Mercosur celebrada en Mendoza, nuestra Fuerza Aérea es la responsable de proteger con sus radares y con sus aviones de caza el espacio aéreo circundante.

 

Lo que tiene actualmente nuestra Fuerza Aérea nos alcanzó para esta Cumbre regional, pero no es suficiente para los compromisos de mayor magnitud que implica la Cumbre del G-20.

 

 

En ese sentido, tenemos que recordarle al lector que por una larga serie de malas decisiones y por la ausencia de otras tomadas oportunamente, nuestro país fue perdiendo la capacidad de controlar su propio espacio aéreo.

 

En pocas palabras, necesitamos  disponer de, al menos, una media docena de aviones interceptores supersónicos armados con misiles aire-aire. O en otras palabras, un avión de caza que pueda interceptar a un avión incursor en tiempo y forma y, llegado el caso, neutralizarlo. 

 

Dado el escaso tiempo que nos separa de la Cumbre –no más de unos once meses– hay que tener en cuenta el factor tiempo. Pues, como aconsejan los expertos, comprar un avión de combate implica comprar, además, una logística y un sistema de entrenamiento para sus tripulaciones. 

 

De ello se deduce que puede ser muy bien el caso de que no estemos en capacidad de adquirir un avión nuevo y que nos sea desconocido. Tanto por los tiempos de entrega, los que pueden superar los dos años, como los necesarios para el adiestramiento de las tripulaciones destinadas a mantenerlo y a pilotearlo.

 

La cortedad del plazo aconseja adquirir un sistema de armas conocido. Una posibilidad que estaba a nuestro alcance, pues el gobierno de Francia nos había ofrecido la entrega de seis aviones Súper Etendard modernizados al muy conveniente precio de solo US$ 12 millones.

 

Vale recordar que esas máquinas son bien conocidas por nosotros, ya que las mismas –en una versión más antigua y de la que todavía disponemos– fueron utilizadas con gran éxito en la Guerra de Malvinas por nuestra Aviación Naval, produciéndole varios hundimientos a la flota invasora inglesa.

 

Como podrá deducir el lector, con estos antecedentes y a un bajo costo nuestro país bien podría disponer de un grupo de aeronaves aptas para custodiar la próxima Cumbre del G-20. 

 

Otra ventaja complementaria de esta adquisición es que, de paso, podría negociarse con el gobierno de Francia la modernización de los once aviones Súper Etendard que se encuentran en el país desde la década del 80, y que, como tales, son los aviones de combate más modernos de los que disponemos.

 

Probablemente, llegado a este punto, no faltará alguien que sostenga que nos podemos ahorrar todos esos problemas y que esa seguridad bien la puede proporcionar cualquiera de las fuerzas armadas de algunos de los principales mandatarios asistentes a la Cumbre.

 

Por ejemplo, bien podría el presidente de los EE.UU. proveerla con uno de sus portaaviones nucleares navegando a unas pocas millas de nuestra costa. O incluso el Primer Ministro británico con uno más humilde.

 

Creemos que si llegáramos a este punto, sería la más clara admisión de que el G-20 no está a nuestro alcance y que como país no estamos listos para jugar en Primera A, pues, como todos sabemos, nadie quiere tener por socio a un débil o a un incapaz.

 

El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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