La geopolítica de las intervenciones humanitarias
Cargando...
Por Emilio Luis Magnaghi
publicidad"

La geopolítica de las intervenciones humanitarias

 

La semana pasada, Emilio Cárdenas daba cuenta en un artículo en La Nación, y que nuestro Centro de Estudios Estratégicos ‘Santa Romana’ incluyera en su resumen semanal de noticias, de la dualidad existente en el concepto de soberanía y el de intervención humanitaria.

 


El autor, concretamente, decía en referencia al difícil caso de Venezuela: “Ocurre que no es fácil armonizar la idea de ‘no intervención’ con los límites que debe tener el uso de la fuerza y, además, con la necesidad de asegurar el respeto de todos a los derechos humanos” (...) “Pero lo cierto es que, según ha quedado rápidamente visto, el llamado principio de ‘no intervención’ ya no sirve para tratar de asegurar impunidad para quienes, desde los distintos gobiernos, de pronto se atreven a violar sistemáticamente los derechos humanos de sus pueblos, pretendiendo escudarse tras él. Mal que le pese a Nicolás Maduro y a su ácida colaboradora, la excanciller Delcy Rodríguez”.

 


Investigando sobre el tema, vemos que la denominada intervención humanitaria implica el uso de la fuerza militar contra un Estado que viola o no garantiza los DDHH de su población. Sabemos que no hay acuerdo sobre sus formas y sobre quienes podrían decretarla. Tampoco en sus alcances, los que podrían ir desde sanciones económicas hasta intervenciones militares propiamente dichas.

 


Conceptualmente, se remiten a la teoría expresada por el jurista Hugo Grotius en el siglo XVII. Más allá de la teoría, sabemos que el concepto fue modernamente empleado, por ejemplo, en la intervención de la OTAN en 1999 contra Serbia en el enclave de Kosovo. Una que no contó ni con la aprobación inicial ni con el comando por parte de la ONU en ningún momento. 

 


La mencionada intervención incluyó numerosos ataques aéreos contra las FFAA serbias, incluido el edificio de su Ministerio de Defensa ubicado en su ciudad capital y la detención de su presidente, quien sería, posteriormente, juzgado por crímenes de lesa humanidad por la Corte Penal Internacional. Esta sí dependiente de la ONU.

 

 

Un dilema: ¿soberanía estatal o DDHH?

Las idas y venidas de esta injerencia –considerada por muchos como una imposición de la OTAN a la ONU, la que mutatis mutandi, tuvo que, de alguna manera, marcar el paso de esa poderosa alianza militar– puso sobre el tapete el dilema que planteamos entre soberanía estatal y DDHH.

 


Baste recordar que el principio de soberanía, junto con el de no intervención en los asuntos internos de los Estados, conforma uno de los pilares fundamentales de la propia ONU, ya que los mismos están claramente garantizados por su Carta.

 


La misma reza en su artículo 2 que “nada autoriza a la intervención en asuntos internos propios de la jurisdicción de un Estado miembro”.

 


Al respecto, la tradición jurídica de nuestra región, y particularmente la de la Argentina, que es anterior a la constitución de la ONU, es muy clara al respecto. Es el propio Cárdenas quien lo reconoce al afirmar que “diversos internacionalistas latinoamericanos fueron, en sus momentos, decisivos con sus contribuciones doctrinarias, al nacimiento y consolidación del principio de “no intervención”, desde su origen. Entre ellos, el gran jurista chileno Andrés Bello y nuestros extraordinarios y recordados ilustres connacionales: Carlos Calvo y Luis María Drago. También, aunque más tarde, el jurista mexicano Isidro Fabella”.

 


Por definición y por su historia, las intervenciones humanitarias pueden apelar al uso de la fuerza, aún sin una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que las avale, quien dispone de los mecanismos previstos en el Capítulo VII de su Carta para poder hacerlo. Y como de hecho, lo ha hecho en varias oportunidades.

 


Si la ONU no puede hacerlas siempre, ¿quienes son los que sí pueden hacerlas? Si bien es la Carta de la ONU la que tiene la respuesta, al permitir en su Capítulo VIII la existencia y el funcionamiento de otras organizaciones regionales, en la práctica todos sabemos que solo las superpotencias o una coalición de Estados poderosos son los que pueden llevar adelante una intervención humanitaria. 

 


Llegado a este punto, y con suficientes argumentos –tanto teóricos como prácticos– fluyendo bajo los puentes de nuestro criterio, es hora de que saquemos algunas conclusiones. A saber:
La primera, es que la teoría de las denominadas intervenciones humanitarias son un instrumento solo al alcance de megaorganizaciones como la ONU o de las superpotencias o, en el menor de los casos, de coaliciones internacionales conformadas por Estados poderosos.

 


La segunda, que no es extraño porque de hecho ya ha sucedido, es que dicho instrumento sea utilizado para impulsar agendas nacionales de países con nombre y apellido. No hace falta nombrarlos, todos los conocemos.

 


La tercera, es que la prudencia indica que cada uno de nosotros es el responsable de cuidar por sus propios intereses y que tal responsabilidad es indelegable. En ese sentido, abogamos –en el marco del Capítulo VIII de la Carta de la ONU– por la conformación de organizaciones regionales que tengan la capacidad, no ya de desarrollar una intervención humanitaria, pero sí una misión de paz compleja como fue el caso de la MINUSTAH.

 


Probablemente, esta sigla sea solo conocida por los especialistas. Se refiere a la misión de la ONU en Haití y de la cual nuestro país participó por más de diez años. Pero vale la pena recordar que lo hizo con el concurso de los países del ABC –Argentina, Brasil y Chile– junto a otros de la región y permitió llevar un poco de paz y de tranquilidad a Haití, uno de los territorios más pobres de nuestro pobre continente. 

 


Porque, como decían nuestras abuelas: “la caridad bien entendida empieza por casa”.

 

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

Compartir en facebook
Compartir en twitter

La geopolítica de las intervenciones humanitarias

 

La semana pasada, Emilio Cárdenas daba cuenta en un artículo en La Nación, y que nuestro Centro de Estudios Estratégicos ‘Santa Romana’ incluyera en su resumen semanal de noticias, de la dualidad existente en el concepto de soberanía y el de intervención humanitaria.

 


El autor, concretamente, decía en referencia al difícil caso de Venezuela: “Ocurre que no es fácil armonizar la idea de ‘no intervención’ con los límites que debe tener el uso de la fuerza y, además, con la necesidad de asegurar el respeto de todos a los derechos humanos” (...) “Pero lo cierto es que, según ha quedado rápidamente visto, el llamado principio de ‘no intervención’ ya no sirve para tratar de asegurar impunidad para quienes, desde los distintos gobiernos, de pronto se atreven a violar sistemáticamente los derechos humanos de sus pueblos, pretendiendo escudarse tras él. Mal que le pese a Nicolás Maduro y a su ácida colaboradora, la excanciller Delcy Rodríguez”.

 


Investigando sobre el tema, vemos que la denominada intervención humanitaria implica el uso de la fuerza militar contra un Estado que viola o no garantiza los DDHH de su población. Sabemos que no hay acuerdo sobre sus formas y sobre quienes podrían decretarla. Tampoco en sus alcances, los que podrían ir desde sanciones económicas hasta intervenciones militares propiamente dichas.

 


Conceptualmente, se remiten a la teoría expresada por el jurista Hugo Grotius en el siglo XVII. Más allá de la teoría, sabemos que el concepto fue modernamente empleado, por ejemplo, en la intervención de la OTAN en 1999 contra Serbia en el enclave de Kosovo. Una que no contó ni con la aprobación inicial ni con el comando por parte de la ONU en ningún momento. 

 


La mencionada intervención incluyó numerosos ataques aéreos contra las FFAA serbias, incluido el edificio de su Ministerio de Defensa ubicado en su ciudad capital y la detención de su presidente, quien sería, posteriormente, juzgado por crímenes de lesa humanidad por la Corte Penal Internacional. Esta sí dependiente de la ONU.

 

 

Un dilema: ¿soberanía estatal o DDHH?

Las idas y venidas de esta injerencia –considerada por muchos como una imposición de la OTAN a la ONU, la que mutatis mutandi, tuvo que, de alguna manera, marcar el paso de esa poderosa alianza militar– puso sobre el tapete el dilema que planteamos entre soberanía estatal y DDHH.

 


Baste recordar que el principio de soberanía, junto con el de no intervención en los asuntos internos de los Estados, conforma uno de los pilares fundamentales de la propia ONU, ya que los mismos están claramente garantizados por su Carta.

 


La misma reza en su artículo 2 que “nada autoriza a la intervención en asuntos internos propios de la jurisdicción de un Estado miembro”.

 


Al respecto, la tradición jurídica de nuestra región, y particularmente la de la Argentina, que es anterior a la constitución de la ONU, es muy clara al respecto. Es el propio Cárdenas quien lo reconoce al afirmar que “diversos internacionalistas latinoamericanos fueron, en sus momentos, decisivos con sus contribuciones doctrinarias, al nacimiento y consolidación del principio de “no intervención”, desde su origen. Entre ellos, el gran jurista chileno Andrés Bello y nuestros extraordinarios y recordados ilustres connacionales: Carlos Calvo y Luis María Drago. También, aunque más tarde, el jurista mexicano Isidro Fabella”.

 


Por definición y por su historia, las intervenciones humanitarias pueden apelar al uso de la fuerza, aún sin una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que las avale, quien dispone de los mecanismos previstos en el Capítulo VII de su Carta para poder hacerlo. Y como de hecho, lo ha hecho en varias oportunidades.

 


Si la ONU no puede hacerlas siempre, ¿quienes son los que sí pueden hacerlas? Si bien es la Carta de la ONU la que tiene la respuesta, al permitir en su Capítulo VIII la existencia y el funcionamiento de otras organizaciones regionales, en la práctica todos sabemos que solo las superpotencias o una coalición de Estados poderosos son los que pueden llevar adelante una intervención humanitaria. 

 


Llegado a este punto, y con suficientes argumentos –tanto teóricos como prácticos– fluyendo bajo los puentes de nuestro criterio, es hora de que saquemos algunas conclusiones. A saber:
La primera, es que la teoría de las denominadas intervenciones humanitarias son un instrumento solo al alcance de megaorganizaciones como la ONU o de las superpotencias o, en el menor de los casos, de coaliciones internacionales conformadas por Estados poderosos.

 


La segunda, que no es extraño porque de hecho ya ha sucedido, es que dicho instrumento sea utilizado para impulsar agendas nacionales de países con nombre y apellido. No hace falta nombrarlos, todos los conocemos.

 


La tercera, es que la prudencia indica que cada uno de nosotros es el responsable de cuidar por sus propios intereses y que tal responsabilidad es indelegable. En ese sentido, abogamos –en el marco del Capítulo VIII de la Carta de la ONU– por la conformación de organizaciones regionales que tengan la capacidad, no ya de desarrollar una intervención humanitaria, pero sí una misión de paz compleja como fue el caso de la MINUSTAH.

 


Probablemente, esta sigla sea solo conocida por los especialistas. Se refiere a la misión de la ONU en Haití y de la cual nuestro país participó por más de diez años. Pero vale la pena recordar que lo hizo con el concurso de los países del ABC –Argentina, Brasil y Chile– junto a otros de la región y permitió llevar un poco de paz y de tranquilidad a Haití, uno de los territorios más pobres de nuestro pobre continente. 

 


Porque, como decían nuestras abuelas: “la caridad bien entendida empieza por casa”.

 

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

Descargate nuestra App!

imagen imagen
imagen imagen
Login