El oxímoron Malcorra
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Por Carlos Pissolito

El oxímoron Malcorra

Antes de dejar su cargo, la malograda canciller Susana Malcorra expresó que el país debía dejar de participar en operaciones de paz, pues estas le parecían peligrosas. De hecho, ordenó el repliegue de nuestro contingente en Haití y que tanto contribuyera a la paz y la estabilidad en ese país.

 

Llama tanto la atención esta desafortunada expresión por la amplia experiencia de esa señora en la organización que las comanda, como por su rol de responsable de las relaciones internacionales de nuestra Nación.

 

Es propiamente un oxímoron afirmar que el envío de un contingente mayormente militar a una zona en conflicto es una tarea riesgosa. Precisamente, es esta condición la que califica a esta gente como los únicos que pueden cumplir con esta difícil tarea.

 

Por otro lado, nuestro país tiene una tradición de más de 50 años participando en este tipo de misiones. Lo ha hecho con observadores, con contingentes de tropas y con especialistas. En todos los casos, su desempeño fue excelente y les valió recoger felicitaciones y merecer un reconocido prestigio internacional.

 

Pero, más importante que lo anterior, con lo importante que esto es, es que un canciller debería reconocer en esta participación una herramienta útil para la política exterior de la Nación. Obviamente, que no está mal hacer algo bien por el simple gusto de hacerlo. Pero, en el mundo de la política, especialmente, de la internacional. No hay acciones gratuitas ni tal cosa como una cena gratis.

 

Los Estados contribuyentes de tropas de paz son un selecto grupo que comparte una mesa de negociación en la que se toman decisiones y se reparten responsabilidades importantes. En ese reducido club, hay países en desarrollo que solo pueden aportar contingentes de tropas, como la India o Pakistán y otros tan desarrollados, como Japón y Alemania, que solo quieren poner dinero o selectos especialistas.

 

La República Argentina posee la rara virtud de disponer de ambas cosas. Tropas bien entrenadas y especialistas en áreas tan críticas como las armas químicas o la energía nuclear.

 

Esperemos que la salida de Malcorra y la llegada de un diplomático de carrera al comando de nuestra Cancillería implique una vuelta al realismo político.

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Antes de dejar su cargo, la malograda canciller Susana Malcorra expresó que el país debía dejar de participar en operaciones de paz, pues estas le parecían peligrosas. De hecho, ordenó el repliegue de nuestro contingente en Haití y que tanto contribuyera a la paz y la estabilidad en ese país.

 

Llama tanto la atención esta desafortunada expresión por la amplia experiencia de esa señora en la organización que las comanda, como por su rol de responsable de las relaciones internacionales de nuestra Nación.

 

Es propiamente un oxímoron afirmar que el envío de un contingente mayormente militar a una zona en conflicto es una tarea riesgosa. Precisamente, es esta condición la que califica a esta gente como los únicos que pueden cumplir con esta difícil tarea.

 

Por otro lado, nuestro país tiene una tradición de más de 50 años participando en este tipo de misiones. Lo ha hecho con observadores, con contingentes de tropas y con especialistas. En todos los casos, su desempeño fue excelente y les valió recoger felicitaciones y merecer un reconocido prestigio internacional.

 

Pero, más importante que lo anterior, con lo importante que esto es, es que un canciller debería reconocer en esta participación una herramienta útil para la política exterior de la Nación. Obviamente, que no está mal hacer algo bien por el simple gusto de hacerlo. Pero, en el mundo de la política, especialmente, de la internacional. No hay acciones gratuitas ni tal cosa como una cena gratis.

 

Los Estados contribuyentes de tropas de paz son un selecto grupo que comparte una mesa de negociación en la que se toman decisiones y se reparten responsabilidades importantes. En ese reducido club, hay países en desarrollo que solo pueden aportar contingentes de tropas, como la India o Pakistán y otros tan desarrollados, como Japón y Alemania, que solo quieren poner dinero o selectos especialistas.

 

La República Argentina posee la rara virtud de disponer de ambas cosas. Tropas bien entrenadas y especialistas en áreas tan críticas como las armas químicas o la energía nuclear.

 

Esperemos que la salida de Malcorra y la llegada de un diplomático de carrera al comando de nuestra Cancillería implique una vuelta al realismo político.

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