Estrategia: ¿una ciencia oculta?
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Estrategia: ¿una ciencia oculta?

En nuestro país no hay organismos estatales ni privados dedicados a la formulación de estrategias que pudieran llegar a elaborar verdaderas políticas de Estado en temas tales como educación, defensa y alianzas internacionales, entre otros.

Por Emilio Luis Magnaghi

Si bien podemos deducir que la Estrategia es una ciencia cultivada desde los albores de la humanidad, el término como tal es un neologismo. Aparentemente, el primero en usarlo fue el francés Jolly de Maizeroy, quien fue un gran escritor de asuntos militares años antes del estallido de la Revolución Francesa. 

 

Pronto ella, la Estrategia, escrita con mayúsculas y no mucho más allá de su nacimiento, comenzó a adquirir un aura de misterio, el que ha perdurado hasta nuestros días. 

 

El hecho que sus técnicas extraídas de sus experiencias bélicas hayan sido pronto compartidas por el mundo de la política, de la empresa y hasta del deporte, no ha contribuido a democratizarla.

 

Casi siempre se la ha visto conducida por supuestos genios, quienes desde despachos equipados con la ayuda de grandes escritorios repletos de mapas y gráficos y, ahora, de teléfonos y computadoras, nos hablaban del futuro con aires de un oráculo infalible. 

 

Se ha creído, por ejemplo, que su ejercicio requiere de facultades mentales diferentes y más elevadas que aquellas necesarias para otras tareas intelectuales subalternas, como la táctica y la técnica. Por ello, los talentos necesarios para su práctica, con el tiempo se vieron concentrados en un cuerpo de hombres especialmente seleccionados.

 

En este sentido, se puede afirmar que no existe, hoy por hoy, ninguna megaorganización que carezca de un departamento dedicado a la elaboración de estrategias, sean éstas militares, gubernamentales, empresariales o hasta deportivas.

 

Se destacan entre ellas las iniciativas llevadas adelante por los denominados “think tanks”, que promueven al pensamiento estratégico desde distintas ópticas, las que pueden ser estatales, privadas, partidarias, apolíticas, globales o específicas. 

 

Pero toda regla tiene su excepción. Y es ésta la que –precisamente– nos interesa, pues se trata de nuestra sociedad, la argentina.

 

Como tal, nuestro país carece casi totalmente de organismos estatales y privados dedicados a discutir, elaborar o producir pensamiento estratégico.

 

Para empezar, sus propias Fuerzas Armadas –las que por su propia misión deberían hacerlo– carecen de centros donde se cultive a esta ciencia. Por supuesto que disponen de organismos oficiales, como sus escuelas de guerra o de defensa nacional, con cátedras donde se enseñan los rudimentos de esta ciencia. Pero la cosa no pasa de ahí.

 

Para seguir, podemos ampliar esta carencia a otros ministerios, más allá del dedicado a nuestra defensa. Lo mismo ocurre, por ejemplo, en nuestra Cancillería o en el Ministerio de Transporte, por sólo citar a los más emblemáticos y cercanos a la necesidad de diseñar estrategias. 

 

Por supuesto, lo afirmado no implica que no existan funcionarios, algunos de ellos con un alto nivel de formación adecuado y que no dispongan de la capacidad para pensar en forma estratégica. 

 

Pero, precisamente, lo que no hay son organismos dedicados a la formulación de estrategias que, trascendiendo la sucesión de administraciones, mutatis mutandi, pudieran llegar a elaborar verdaderas políticas de Estado, en temas tales como la educación, la defensa, las alianzas internacionales, etcétera.

 

Tampoco las universidades, tanto las estatales como las privadas, han creado espacios académicos en los que se la cultive y que periódicamente emitan documentos que traigan luz y guía sobre los complejos escenarios del mundo moderno.  

 

Para terminar con la descripción iniciada, podemos concluir que el vacío señalado casi siempre es llenado por planes y medidas oportunistas que tienen la corta duración del funcionario o de la administración que los impulse. 

 

Los refugios de la estrategia.

Como sucede con cualquier actividad humana relevante, cuando no se la cultiva como se debe, la misma crece donde y como puede. 

 

Tal es el caso de la Estrategia, casi erradicada de los despachos oficiales y de la academia, que se ha ido refugiando en los lugares en los que se la practica artesanalmente, por ejemplo, en los centros de estudios estratégicos. Muchos de ellos son impulsados por organizaciones tan diferentes como las que promueven diferentes iniciativas privadas o hasta organizaciones intermedias.

 

Dos buenos, aunque no únicos, ejemplos de lo señalado, son nuestro Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa y la Seguridad Nacional Santa Romana y el Centro de Estudios Estratégicos Sudamericanos que impulsa la Confederación General del Trabajo.

 

Es en estos refugios que la Estrategia vive y espera su oportunidad. En ellos se analiza, se compara y se sueña con una Argentina grande y posible. Se recuerda a estadistas como al general Juan Domingo Perón o al doctor Arturo Frondizi, que llegaron al poder con el bastón de mariscal en sus mochilas.

 

En todos ellos prima el consenso, respecto de la necesidad de colocarse por sobre los partidismos circunstanciales y la exigencia de colaborar para la elaboración de verdaderas políticas de Estado.

 

Pues, sabemos que nadie puede pretender obrar bien si antes no ha conocido la realidad que lo rodea hasta en sus detalles, y que, como todo conocimiento, el estratégico exige poseer una metodología que permita ese entendimiento con el que se pueda superar la mera idea que nos hemos hecho de ella. 

 

Sólo una vez dado este paso trascendente y comprendiendo los ritmos del tiempo, es que podremos conquistar el espacio que nos rodea. Sabiendo siempre que el todo será mayor que la parte y que la unidad deberá primar por sobre los conflictos.

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Estrategia: ¿una ciencia oculta?

En nuestro país no hay organismos estatales ni privados dedicados a la formulación de estrategias que pudieran llegar a elaborar verdaderas políticas de Estado en temas tales como educación, defensa y alianzas internacionales, entre otros.

Si bien podemos deducir que la Estrategia es una ciencia cultivada desde los albores de la humanidad, el término como tal es un neologismo. Aparentemente, el primero en usarlo fue el francés Jolly de Maizeroy, quien fue un gran escritor de asuntos militares años antes del estallido de la Revolución Francesa. 

 

Pronto ella, la Estrategia, escrita con mayúsculas y no mucho más allá de su nacimiento, comenzó a adquirir un aura de misterio, el que ha perdurado hasta nuestros días. 

 

El hecho que sus técnicas extraídas de sus experiencias bélicas hayan sido pronto compartidas por el mundo de la política, de la empresa y hasta del deporte, no ha contribuido a democratizarla.

 

Casi siempre se la ha visto conducida por supuestos genios, quienes desde despachos equipados con la ayuda de grandes escritorios repletos de mapas y gráficos y, ahora, de teléfonos y computadoras, nos hablaban del futuro con aires de un oráculo infalible. 

 

Se ha creído, por ejemplo, que su ejercicio requiere de facultades mentales diferentes y más elevadas que aquellas necesarias para otras tareas intelectuales subalternas, como la táctica y la técnica. Por ello, los talentos necesarios para su práctica, con el tiempo se vieron concentrados en un cuerpo de hombres especialmente seleccionados.

 

En este sentido, se puede afirmar que no existe, hoy por hoy, ninguna megaorganización que carezca de un departamento dedicado a la elaboración de estrategias, sean éstas militares, gubernamentales, empresariales o hasta deportivas.

 

Se destacan entre ellas las iniciativas llevadas adelante por los denominados “think tanks”, que promueven al pensamiento estratégico desde distintas ópticas, las que pueden ser estatales, privadas, partidarias, apolíticas, globales o específicas. 

 

Pero toda regla tiene su excepción. Y es ésta la que –precisamente– nos interesa, pues se trata de nuestra sociedad, la argentina.

 

Como tal, nuestro país carece casi totalmente de organismos estatales y privados dedicados a discutir, elaborar o producir pensamiento estratégico.

 

Para empezar, sus propias Fuerzas Armadas –las que por su propia misión deberían hacerlo– carecen de centros donde se cultive a esta ciencia. Por supuesto que disponen de organismos oficiales, como sus escuelas de guerra o de defensa nacional, con cátedras donde se enseñan los rudimentos de esta ciencia. Pero la cosa no pasa de ahí.

 

Para seguir, podemos ampliar esta carencia a otros ministerios, más allá del dedicado a nuestra defensa. Lo mismo ocurre, por ejemplo, en nuestra Cancillería o en el Ministerio de Transporte, por sólo citar a los más emblemáticos y cercanos a la necesidad de diseñar estrategias. 

 

Por supuesto, lo afirmado no implica que no existan funcionarios, algunos de ellos con un alto nivel de formación adecuado y que no dispongan de la capacidad para pensar en forma estratégica. 

 

Pero, precisamente, lo que no hay son organismos dedicados a la formulación de estrategias que, trascendiendo la sucesión de administraciones, mutatis mutandi, pudieran llegar a elaborar verdaderas políticas de Estado, en temas tales como la educación, la defensa, las alianzas internacionales, etcétera.

 

Tampoco las universidades, tanto las estatales como las privadas, han creado espacios académicos en los que se la cultive y que periódicamente emitan documentos que traigan luz y guía sobre los complejos escenarios del mundo moderno.  

 

Para terminar con la descripción iniciada, podemos concluir que el vacío señalado casi siempre es llenado por planes y medidas oportunistas que tienen la corta duración del funcionario o de la administración que los impulse. 

 

Los refugios de la estrategia.

Como sucede con cualquier actividad humana relevante, cuando no se la cultiva como se debe, la misma crece donde y como puede. 

 

Tal es el caso de la Estrategia, casi erradicada de los despachos oficiales y de la academia, que se ha ido refugiando en los lugares en los que se la practica artesanalmente, por ejemplo, en los centros de estudios estratégicos. Muchos de ellos son impulsados por organizaciones tan diferentes como las que promueven diferentes iniciativas privadas o hasta organizaciones intermedias.

 

Dos buenos, aunque no únicos, ejemplos de lo señalado, son nuestro Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa y la Seguridad Nacional Santa Romana y el Centro de Estudios Estratégicos Sudamericanos que impulsa la Confederación General del Trabajo.

 

Es en estos refugios que la Estrategia vive y espera su oportunidad. En ellos se analiza, se compara y se sueña con una Argentina grande y posible. Se recuerda a estadistas como al general Juan Domingo Perón o al doctor Arturo Frondizi, que llegaron al poder con el bastón de mariscal en sus mochilas.

 

En todos ellos prima el consenso, respecto de la necesidad de colocarse por sobre los partidismos circunstanciales y la exigencia de colaborar para la elaboración de verdaderas políticas de Estado.

 

Pues, sabemos que nadie puede pretender obrar bien si antes no ha conocido la realidad que lo rodea hasta en sus detalles, y que, como todo conocimiento, el estratégico exige poseer una metodología que permita ese entendimiento con el que se pueda superar la mera idea que nos hemos hecho de ella. 

 

Sólo una vez dado este paso trascendente y comprendiendo los ritmos del tiempo, es que podremos conquistar el espacio que nos rodea. Sabiendo siempre que el todo será mayor que la parte y que la unidad deberá primar por sobre los conflictos.

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