FF.AA.:es necesario detener su deterioro moral
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FF.AA.:es necesario detener su deterioro moral

Por Emilio Luis Magnaghi

Ya lo hemos explicado: hombres, ideas, fierros. Son las tres cosas fundamentales que componen a una fuerza armada. Van en ese orden, primero su personal, al  último el material con el cual están equipados y las ideas con las que se entrenan y combaten al medio.

 

Si nos enfocamos en el personal que compone a nuestras fuerzas armadas comprobamos que se encuentra hoy abatido y desmoralizado.

 

Abatido, porque lleva años sufriendo una larga campaña de desprestigio impulsada por ideologías y personajes que no supieron distinguir entre quienes habían delinquido y las instituciones armadas.

 

Desmoralizado, porque no encuentra una razón de ser en el marasmo de anuncios oficiales que tenuemente pretenden suplantar a una verdadera política de Estado. 

 

La historia se repite. Con cada nueva administración parece reiniciarse el ciclo conocido de empezar por responsabilizar a la anterior por el estado deplorable de las Fuerzas Armadas (FF.AA.), acto seguido prometer reestructuraciones, reformas, etcétera, y otras lindezas, para terminar como todas las anteriores, sumergidas en la reiterada irrelevancia, cuando no en la corrupción.

 

Lo hemos dicho y lo repetimos. Las Fuerzas Armadas tienen que dejar de ser parte de la causa de todos los problemas nacionales para comenzar a ser parte de sus soluciones. Tienen los medios y la cultura organizacional para poder hacerlo.

 

Para ello, es imprescindible que detengamos su menoscabo moral. Uno que ya se advierte, incluso, en el deterioro físico de sus integrantes, que no escapan a las generalidades de nuestra juventud y su permeabilidad al mundo de las drogas.

 

Algunos dicen que no puede emplearse a las Fuerzas Armadas en la lucha contra el narcotráfico porque se corromperían. Paradójicamente, esto ya está ocurriendo, fruto de no hacer nada útil. Porque uno no puedo tener, indefinidamente, una espada sumergida en salmuera pues la corrosión es el enemigo declarado de la integridad. 

 

Como toda arma, como toda herramienta, como todo instrumento es menester tenerlo afilado. Las razones para justificar esta afirmación son tan obvias que no es necesario comentarlas.

 

En el caso particular de nuestras Fuerzas Armadas, las acciones destinadas a restablecer su moral son muy concretas. Lo primero es imponerles una misión trascendente; lo segundo es prepararlas y lo tercero es equiparlas adecuadamente para esa misión.

 

Como cualquier otro mortal, los militares necesitan educarse. Lo deben hacer en el marco de la denominada educación militar. Una que tiene por adjetivo calificativo la palabra "militar". Vale decir, que se trata de una forma de educación especializada que busca prepararlos para el incierto y difícil mundo de la guerra y sus sucedáneos. Como puede ser una situación de crisis o de conflicto.

 

En este sentido, la misma se engloba en las prescripciones éticas impartidas por el General San Martín en sus ordenanzas al Ejército Libertador, basadas en el principio que aquel militar cuyo honor no lo obligare a obrar siempre bien valdrá muy poco para el servicio.

 

Busca prepararlos en el liderazgo, para tomar decisiones en situaciones límites del comportamiento humano. Se trata de formarlos en la adquisición de los hábitos buenos de la prudencia, de la fortaleza y de la clemencia. 

 

También, se los debe adiestrar físicamente para que puedan sobrellevar las inclemencias de la vida en campaña y técnicamente para que sepan operar los complejos sistemas de armas modernos.

 

Pero, fundamentalmente, se debe buscar –más allá de lo individual– conformar con ellos un equipo que pueda sobrellevar la suprema prueba del combate, con un sano esprit de corps que los lleve a superar obstáculos y aceptar pérdidas con abnegación para el logro del objetivo impuesto. 

 

Hoy vivimos inmersos en una ética ciudadana con un fortísimo énfasis en los derechos individuales. Especialmente, de aquellos que afectan a las minorías postergadas. Por el contrario, el ethos militar se basa en una ética de la responsabilidad y de los deberes, impregnada por palabras como Patria y honor.

 

Creemos no sólo que ambas visiones pueden convivir. Creemos que ambas pueden ser complementarias y beneficiarse una de la otra. 

 

Por ejemplo, la austeridad del orden militar complementan la estridente heterogeneidad de nuestras sociedades. Los beneficios de esta complementariedad surgen cuando hay una clara distinción entre los roles militares y civiles. Esto debe ser así porque la política y la estrategia tienen objetos distintos: la segunda comienza donde la primera termina. 

 

Lo que todo soldado necesita es que se le fije el objetivo y los límites de su acción. Y lo que debe saber el político es que la estrategia y su comando son una esfera aparte de la política. 

 

Esta separación tajante es necesaria porque, mientras los criterios de eficiencia militar son limitados, concretos y relativamente objetivos, los de la sabiduría política son indefinidos, ambiguos y subjetivos.

 

Dicho esto y en atención al tema central de este artículo, decimos que es obligación del mandante político darle los medios al soldado para que éste pueda cumplir con su misión. No hacerlo, no sólo conlleva una grave potencial negligencia práctica; puede, de paso, incubar el germen de una peligrosa indefensión para la Nación toda cuando la misma transita las aguas agitadas de su destino.

 

El Doctor Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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FF.AA.:es necesario detener su deterioro moral

Ya lo hemos explicado: hombres, ideas, fierros. Son las tres cosas fundamentales que componen a una fuerza armada. Van en ese orden, primero su personal, al  último el material con el cual están equipados y las ideas con las que se entrenan y combaten al medio.

 

Si nos enfocamos en el personal que compone a nuestras fuerzas armadas comprobamos que se encuentra hoy abatido y desmoralizado.

 

Abatido, porque lleva años sufriendo una larga campaña de desprestigio impulsada por ideologías y personajes que no supieron distinguir entre quienes habían delinquido y las instituciones armadas.

 

Desmoralizado, porque no encuentra una razón de ser en el marasmo de anuncios oficiales que tenuemente pretenden suplantar a una verdadera política de Estado. 

 

La historia se repite. Con cada nueva administración parece reiniciarse el ciclo conocido de empezar por responsabilizar a la anterior por el estado deplorable de las Fuerzas Armadas (FF.AA.), acto seguido prometer reestructuraciones, reformas, etcétera, y otras lindezas, para terminar como todas las anteriores, sumergidas en la reiterada irrelevancia, cuando no en la corrupción.

 

Lo hemos dicho y lo repetimos. Las Fuerzas Armadas tienen que dejar de ser parte de la causa de todos los problemas nacionales para comenzar a ser parte de sus soluciones. Tienen los medios y la cultura organizacional para poder hacerlo.

 

Para ello, es imprescindible que detengamos su menoscabo moral. Uno que ya se advierte, incluso, en el deterioro físico de sus integrantes, que no escapan a las generalidades de nuestra juventud y su permeabilidad al mundo de las drogas.

 

Algunos dicen que no puede emplearse a las Fuerzas Armadas en la lucha contra el narcotráfico porque se corromperían. Paradójicamente, esto ya está ocurriendo, fruto de no hacer nada útil. Porque uno no puedo tener, indefinidamente, una espada sumergida en salmuera pues la corrosión es el enemigo declarado de la integridad. 

 

Como toda arma, como toda herramienta, como todo instrumento es menester tenerlo afilado. Las razones para justificar esta afirmación son tan obvias que no es necesario comentarlas.

 

En el caso particular de nuestras Fuerzas Armadas, las acciones destinadas a restablecer su moral son muy concretas. Lo primero es imponerles una misión trascendente; lo segundo es prepararlas y lo tercero es equiparlas adecuadamente para esa misión.

 

Como cualquier otro mortal, los militares necesitan educarse. Lo deben hacer en el marco de la denominada educación militar. Una que tiene por adjetivo calificativo la palabra "militar". Vale decir, que se trata de una forma de educación especializada que busca prepararlos para el incierto y difícil mundo de la guerra y sus sucedáneos. Como puede ser una situación de crisis o de conflicto.

 

En este sentido, la misma se engloba en las prescripciones éticas impartidas por el General San Martín en sus ordenanzas al Ejército Libertador, basadas en el principio que aquel militar cuyo honor no lo obligare a obrar siempre bien valdrá muy poco para el servicio.

 

Busca prepararlos en el liderazgo, para tomar decisiones en situaciones límites del comportamiento humano. Se trata de formarlos en la adquisición de los hábitos buenos de la prudencia, de la fortaleza y de la clemencia. 

 

También, se los debe adiestrar físicamente para que puedan sobrellevar las inclemencias de la vida en campaña y técnicamente para que sepan operar los complejos sistemas de armas modernos.

 

Pero, fundamentalmente, se debe buscar –más allá de lo individual– conformar con ellos un equipo que pueda sobrellevar la suprema prueba del combate, con un sano esprit de corps que los lleve a superar obstáculos y aceptar pérdidas con abnegación para el logro del objetivo impuesto. 

 

Hoy vivimos inmersos en una ética ciudadana con un fortísimo énfasis en los derechos individuales. Especialmente, de aquellos que afectan a las minorías postergadas. Por el contrario, el ethos militar se basa en una ética de la responsabilidad y de los deberes, impregnada por palabras como Patria y honor.

 

Creemos no sólo que ambas visiones pueden convivir. Creemos que ambas pueden ser complementarias y beneficiarse una de la otra. 

 

Por ejemplo, la austeridad del orden militar complementan la estridente heterogeneidad de nuestras sociedades. Los beneficios de esta complementariedad surgen cuando hay una clara distinción entre los roles militares y civiles. Esto debe ser así porque la política y la estrategia tienen objetos distintos: la segunda comienza donde la primera termina. 

 

Lo que todo soldado necesita es que se le fije el objetivo y los límites de su acción. Y lo que debe saber el político es que la estrategia y su comando son una esfera aparte de la política. 

 

Esta separación tajante es necesaria porque, mientras los criterios de eficiencia militar son limitados, concretos y relativamente objetivos, los de la sabiduría política son indefinidos, ambiguos y subjetivos.

 

Dicho esto y en atención al tema central de este artículo, decimos que es obligación del mandante político darle los medios al soldado para que éste pueda cumplir con su misión. No hacerlo, no sólo conlleva una grave potencial negligencia práctica; puede, de paso, incubar el germen de una peligrosa indefensión para la Nación toda cuando la misma transita las aguas agitadas de su destino.

 

El Doctor Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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