¿Neutralidad o no beligerancia?
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Por Emilio Luis Magnaghi
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¿Neutralidad o no beligerancia?

El mundo parece encaminarse a una Tercera Guerra Mundial entre sus principales actores. La mejor postura para la Argentina es no tomar parte militar en este enfrentamiento bélico, porque no estamos en condiciones materiales de participar en ningún conflicto, pero con una clara adscripción al bloque que representa nuestra cultura occidental.

Como pocas veces antes, se están batiendo los parches de los tambores de la guerra. Palabrejas como ‘superioridad aérea’, ‘misiles estratégicos’, ‘disuasión nuclear’, entre otras similares, han poblado las conversaciones del común de la gente y las búsquedas en Google.

 

Sucede que el mundo parece encaminarse decididamente hacia un enfrentamiento bélico entre sus principales actores geopolíticos. 

 

Si bien era algo que se veía venir y que incluso personalidades como el propio papa Francisco habían adelantado y bautizado con nombres, tales como: Tercera Guerra Mundial y Guerra Global en Pedacitos. Casi nadie esperaba que empezara en lo inmediato.

 

En menos de una semana, el actor global principal, vale decir los EE.UU., dispararon una ráfaga de misiles contra una base aérea militar siria, lanzaron a la que denominaron la “Madre de Todas las Bombas” en Afganistán y amenazaron con hacer lo propio contra Corea del Norte.

 

Llegado a este punto, uno podría preguntarse si éstas acciones estuvieron enmarcadas en las reglas del Derecho Internacional Público o, en palabras sencillas, si fueron justas.

 

Debatible como es este punto, la historia nos enseña que los romanos no escatimaban discusiones al respecto y que antes de iniciar cualquier campaña militar contra sus múltiples y variados enemigos consultaban a sus dioses a través de sus oráculos para conocer la fortuna de su causa. Una vez certificada ésta, el procedimiento no paraba allí. Su tradición exigía que en forma simbólica uno de sus legionarios clavara una lanza en territorio enemigo.

 

Concretamente, ¿puede EE.UU. clavar sus lanzas en Siria, Afganistán y eventualmente en Corea del Norte?

Simplificando un tema complejo, podemos decir que en el caso sirio se buscó castigar un crimen de guerra perpetrado por el Estado contra sus propios súbditos; en el asunto afgano se pretendió darle impulso a una prolongada y alicaída campaña militar en un país poblado por redes terroristas y que en el norcoreano se busca ponerle límites al que quizás sea el régimen más extraño y peligroso de nuestro mundo.

 

Seguramente que no serán pocos los que no estén de acuerdo con estas afirmaciones. Ellas no son el tema central de este artículo, sino uno que nos toca mucho más de cerca. A saber, ¿cuál debería ser la posición argentina si estos conflictos en ciernes se generalizaran?

 

Empecemos analizando quiénes serían los actores principales. Aunque, probablemente, sea un juicio prematuro y, en su lugar, sólo podamos hacer conjeturas.

 

Estas últimas nos llevan a apreciar que de un lado formarán los EE.UU. con sus aliados naturales: Europa e Israel. En el otro, sin que puedan estar todos ellos, bien podría estar integrado por Rusia, China e Irán. Aunque tampoco podría descartarse su oposición pasiva, materializada por campañas de propaganda y vetos en el Consejo de Seguridad de la ONU, por ejemplo.

 

Si este fuera el caso, no sería la primera vez que los argentinos nos viéramos frente a los cuernos del dilema de elegir entre dos bandos globales. 

 

La Primera Guerra Mundial se peleó entre las Potencias Centrales, conformadas por Prusia y los imperios Austrohúngaro y Otomano y los Aliados, integrados por Francia, Gran Bretaña, Rusia y luego los EE.UU. Como sabemos, la Argentina de esa época optó por una neutralidad formal, pero por un apoyo a los Aliados en la práctica que se materializó en la provisión de alimentos a Gran Bretaña que era nuestro principal socio comercial.

 

Más compleja fue nuestra postura durante la Segunda Guerra Mundial. Quisimos reeditar la redituable neutralidad anterior; pero empezamos demostrando simpatías para con el Eje Berlín, Roma, Tokio; para terminar con una ignominiosa declaración de guerra contra ellos en la última semana del conflicto. 

 

Un tema no menor es que durante el desarrollo de ambos conflictos y, muy probablemente, condicionados por ellos, tuvieron lugar revoluciones y cambios de régimen en nuestras tierras. Como fue el caso de la Revolución del 43.

 

Lo dicho en último término nos debería servir para saber que lo que aquí se trata de dirimir no es un simple tema de política internacional, sino el especificar el mejor curso de acción que nos permita asegurar la defensa de nuestros intereses vitales ante un escenario tan grave como sería un conflicto global abierto.

 

Tal como sucedió con los dos conflictos anteriores, estamos lejos de los potenciales teatros de operaciones, pero igual que antes disponemos de importantes elementos a nuestro favor. A saber, nuestra gran capacidad de producir alimentos y de proveer otros insumos estratégicos vitales como el litio, entre otros posibles. 

 

La historia nos ha enseñado que las posturas dudosas como la adoptada durante la Segunda Guerra Mundial están muy lejos, no sólo de ser dignas, también de ser útiles para defender nuestros intereses vitales.

 

Es este caso en particular, en el que como intuimos lo que está en juego es algo más que meras ventajas geopolíticas, si no verdaderas formas culturales. 

 

Por ejemplo, podremos tener un gran intercambio comercial con China y hasta una base satelital operada por sus Fuerzas Armadas, pero nuestras culturas están en las antípodas. Para entender esto, nos podríamos plantear un ejercicio de imaginación: cómo sería el mundo después de una guerra generalizada ganada por unos o por los otros. 

 

En función de lo expresado, creo que la mejor postura para nuestra República es la “no beligerancia”, pues no estamos en condiciones materiales de participar en ningún conflicto, pero con una clara adscripción al bloque que representa nuestra cultura occidental.

 

A los pragmáticos que estarán prestos a señalar que estos nos traerá perjuicios concretos con China, Rusia e Irán. Les decimos que aquellos que ante un desafío, pretenden salvarse eligiendo la vergüenza, por lo general terminan obteniendo ambos.

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¿Neutralidad o no beligerancia?

El mundo parece encaminarse a una Tercera Guerra Mundial entre sus principales actores. La mejor postura para la Argentina es no tomar parte militar en este enfrentamiento bélico, porque no estamos en condiciones materiales de participar en ningún conflicto, pero con una clara adscripción al bloque que representa nuestra cultura occidental.

Como pocas veces antes, se están batiendo los parches de los tambores de la guerra. Palabrejas como ‘superioridad aérea’, ‘misiles estratégicos’, ‘disuasión nuclear’, entre otras similares, han poblado las conversaciones del común de la gente y las búsquedas en Google.

 

Sucede que el mundo parece encaminarse decididamente hacia un enfrentamiento bélico entre sus principales actores geopolíticos. 

 

Si bien era algo que se veía venir y que incluso personalidades como el propio papa Francisco habían adelantado y bautizado con nombres, tales como: Tercera Guerra Mundial y Guerra Global en Pedacitos. Casi nadie esperaba que empezara en lo inmediato.

 

En menos de una semana, el actor global principal, vale decir los EE.UU., dispararon una ráfaga de misiles contra una base aérea militar siria, lanzaron a la que denominaron la “Madre de Todas las Bombas” en Afganistán y amenazaron con hacer lo propio contra Corea del Norte.

 

Llegado a este punto, uno podría preguntarse si éstas acciones estuvieron enmarcadas en las reglas del Derecho Internacional Público o, en palabras sencillas, si fueron justas.

 

Debatible como es este punto, la historia nos enseña que los romanos no escatimaban discusiones al respecto y que antes de iniciar cualquier campaña militar contra sus múltiples y variados enemigos consultaban a sus dioses a través de sus oráculos para conocer la fortuna de su causa. Una vez certificada ésta, el procedimiento no paraba allí. Su tradición exigía que en forma simbólica uno de sus legionarios clavara una lanza en territorio enemigo.

 

Concretamente, ¿puede EE.UU. clavar sus lanzas en Siria, Afganistán y eventualmente en Corea del Norte?

Simplificando un tema complejo, podemos decir que en el caso sirio se buscó castigar un crimen de guerra perpetrado por el Estado contra sus propios súbditos; en el asunto afgano se pretendió darle impulso a una prolongada y alicaída campaña militar en un país poblado por redes terroristas y que en el norcoreano se busca ponerle límites al que quizás sea el régimen más extraño y peligroso de nuestro mundo.

 

Seguramente que no serán pocos los que no estén de acuerdo con estas afirmaciones. Ellas no son el tema central de este artículo, sino uno que nos toca mucho más de cerca. A saber, ¿cuál debería ser la posición argentina si estos conflictos en ciernes se generalizaran?

 

Empecemos analizando quiénes serían los actores principales. Aunque, probablemente, sea un juicio prematuro y, en su lugar, sólo podamos hacer conjeturas.

 

Estas últimas nos llevan a apreciar que de un lado formarán los EE.UU. con sus aliados naturales: Europa e Israel. En el otro, sin que puedan estar todos ellos, bien podría estar integrado por Rusia, China e Irán. Aunque tampoco podría descartarse su oposición pasiva, materializada por campañas de propaganda y vetos en el Consejo de Seguridad de la ONU, por ejemplo.

 

Si este fuera el caso, no sería la primera vez que los argentinos nos viéramos frente a los cuernos del dilema de elegir entre dos bandos globales. 

 

La Primera Guerra Mundial se peleó entre las Potencias Centrales, conformadas por Prusia y los imperios Austrohúngaro y Otomano y los Aliados, integrados por Francia, Gran Bretaña, Rusia y luego los EE.UU. Como sabemos, la Argentina de esa época optó por una neutralidad formal, pero por un apoyo a los Aliados en la práctica que se materializó en la provisión de alimentos a Gran Bretaña que era nuestro principal socio comercial.

 

Más compleja fue nuestra postura durante la Segunda Guerra Mundial. Quisimos reeditar la redituable neutralidad anterior; pero empezamos demostrando simpatías para con el Eje Berlín, Roma, Tokio; para terminar con una ignominiosa declaración de guerra contra ellos en la última semana del conflicto. 

 

Un tema no menor es que durante el desarrollo de ambos conflictos y, muy probablemente, condicionados por ellos, tuvieron lugar revoluciones y cambios de régimen en nuestras tierras. Como fue el caso de la Revolución del 43.

 

Lo dicho en último término nos debería servir para saber que lo que aquí se trata de dirimir no es un simple tema de política internacional, sino el especificar el mejor curso de acción que nos permita asegurar la defensa de nuestros intereses vitales ante un escenario tan grave como sería un conflicto global abierto.

 

Tal como sucedió con los dos conflictos anteriores, estamos lejos de los potenciales teatros de operaciones, pero igual que antes disponemos de importantes elementos a nuestro favor. A saber, nuestra gran capacidad de producir alimentos y de proveer otros insumos estratégicos vitales como el litio, entre otros posibles. 

 

La historia nos ha enseñado que las posturas dudosas como la adoptada durante la Segunda Guerra Mundial están muy lejos, no sólo de ser dignas, también de ser útiles para defender nuestros intereses vitales.

 

Es este caso en particular, en el que como intuimos lo que está en juego es algo más que meras ventajas geopolíticas, si no verdaderas formas culturales. 

 

Por ejemplo, podremos tener un gran intercambio comercial con China y hasta una base satelital operada por sus Fuerzas Armadas, pero nuestras culturas están en las antípodas. Para entender esto, nos podríamos plantear un ejercicio de imaginación: cómo sería el mundo después de una guerra generalizada ganada por unos o por los otros. 

 

En función de lo expresado, creo que la mejor postura para nuestra República es la “no beligerancia”, pues no estamos en condiciones materiales de participar en ningún conflicto, pero con una clara adscripción al bloque que representa nuestra cultura occidental.

 

A los pragmáticos que estarán prestos a señalar que estos nos traerá perjuicios concretos con China, Rusia e Irán. Les decimos que aquellos que ante un desafío, pretenden salvarse eligiendo la vergüenza, por lo general terminan obteniendo ambos.

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