Conducción versus “management”
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Por Emilio Luis Magnaghi

Conducción versus “management”

Los vientos de una nueva moda parecen soplar en relación a las prendas que visten quienes manejan los asuntos públicos. Hasta la década del 40 era mandatario el estricto uso del saco y la corbata; luego llegaron los muchachos descamisados que no se sacaron las camisas, sino el saco; hoy esta prenda está de vuelta, pero sin corbata, en jean y preferentemente con zapatillas al tono.

Más allá de las formalidades, estos signos externos reflejan cambios profundos en la conducción de las organizaciones. Por ejemplo, hoy, se habla de managment cuando alguien se quiere referir al arte y a la ciencia de conducir a una gran organización.

Con ello se indica, preferentemente, a una serie de técnicas y de métodos que le permiten a un directivo, a un gerente o a un CEO, como se lo llama ahora, manejar su empresa y llevarla al éxito. Es algo que se aprende. Preponderantemente en una universidad privada dedicada a las actividades empresariales.
No hay mayores inconvenientes con ello. El problema, sobre el que queremos llamar la atención, es cuando a estas habilidades específicas se las quiere exportar a otros campos. A la administración estatal, a la política, a las mismísimas Fuerzas Armadas. Y se las toma como un modelo de carácter único.

Es cuando se comienza a hablar de eficiencia, de rentabilidad como los únicos criterios rectores para juzgar el destino de una organización humana.

Por el contrario, se ha creído y se ha enseñado siempre que quien quiera mandar una organización debe hacerlo, principalmente, para cumplir con la misión de dicha organización, entendida ésta como la satisfacción de sus fines últimos. Su razón de ser. También, secundariamente, se le ha exigido que quien manda sepa velar por el bienestar de quienes integran su organización.

En este sentido, la finalidad última de una organización estatal y del Estado mismo no puede ser otra que la búsqueda del bien común, conocida en las letras clásicas como la fórmula de la legitimidad derivada, y más modernamente como la gobernanza o el buen gobierno.

El sello de la educación militar

Si el managment se enseña en prestigiosas universidades privadas, el arte de la conducción nació en los azares de la conducción militar. Pues, tal como lo entendía el propio General San Martín, para aprender a conducir, las virtudes de carácter son más importantes que las intelectuales. Y para internalizarlas no hay una forma mejor que los usos y costumbres de la disciplina militar.

Con el tiempo, estas formas militares se expandieron socialmente hasta llegar a lugares como nuestras escuelas públicas, en los que la ceremonia de la Bandera y el respeto al maestro eran sus más notorias exteriorizaciones.

También, el servicio militar obligatorio sirvió para inculcarles estos valores a los numerosos inmigrantes que bajaban de los barcos y debían incorporarse a la argentinidad.

En el plano internacional, es la formación que los reyes elijen para sus herederos, ya que se basa en los viejos principios de la educación clásica. Una que sabe que no basta con conocer en teoría lo que hay que hacer, sino que es más importante llevar las cosas a la práctica y, en lo posible, hacerlo a través del ejemplo personal.

En el plano nacional esta tendencia se puede verificar en la gran cantidad de candidatos y funcionarios electos que han tenido el sello de la educación militar. Destacándose, sólo por mencionar a los más egregios entre ellos, al general Juan Domingo Perón –egresado del Colegio Militar de la Nación– y al doctor Raúl Alfonsín, exalumno del Liceo Militar General San Martín.

Pero, sin ir más lejos, hace algunos años, hubo en nuestra provincia de Mendoza una elección a gobernador en la que los tres candidatos, de tres partidos principales, eran egresados de nuestro querido Liceo Militar.

Lo dicho no implica que el haber egresado de esos institutos sea condición sine qua non para conducir una gran organización como el Estado. Aquí los que mandan son los talentos y la libertad humana. Simplemente queremos señalar la importancia de las virtudes que esta educación encarna, las que bien pueden ser adquiridas en esos institutos, en otros civiles e incluso en el duro cursus honorum de la función pública.

En mi doble condición de egresado del Liceo Militar General Espejo y de empresario, puedo dar testimonio de ello.
De lo que se trata es tener lo mejor de ambos mundos. Por un lado, el de la fría eficiencia empresarial; por el otro, la necesaria contención que sólo la conducción puede brindar. Logrando un sano equilibrio que nos permita superar las viejas antinomias del pasado.

El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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Los vientos de una nueva moda parecen soplar en relación a las prendas que visten quienes manejan los asuntos públicos. Hasta la década del 40 era mandatario el estricto uso del saco y la corbata; luego llegaron los muchachos descamisados que no se sacaron las camisas, sino el saco; hoy esta prenda está de vuelta, pero sin corbata, en jean y preferentemente con zapatillas al tono.

Más allá de las formalidades, estos signos externos reflejan cambios profundos en la conducción de las organizaciones. Por ejemplo, hoy, se habla de managment cuando alguien se quiere referir al arte y a la ciencia de conducir a una gran organización.

Con ello se indica, preferentemente, a una serie de técnicas y de métodos que le permiten a un directivo, a un gerente o a un CEO, como se lo llama ahora, manejar su empresa y llevarla al éxito. Es algo que se aprende. Preponderantemente en una universidad privada dedicada a las actividades empresariales.
No hay mayores inconvenientes con ello. El problema, sobre el que queremos llamar la atención, es cuando a estas habilidades específicas se las quiere exportar a otros campos. A la administración estatal, a la política, a las mismísimas Fuerzas Armadas. Y se las toma como un modelo de carácter único.

Es cuando se comienza a hablar de eficiencia, de rentabilidad como los únicos criterios rectores para juzgar el destino de una organización humana.

Por el contrario, se ha creído y se ha enseñado siempre que quien quiera mandar una organización debe hacerlo, principalmente, para cumplir con la misión de dicha organización, entendida ésta como la satisfacción de sus fines últimos. Su razón de ser. También, secundariamente, se le ha exigido que quien manda sepa velar por el bienestar de quienes integran su organización.

En este sentido, la finalidad última de una organización estatal y del Estado mismo no puede ser otra que la búsqueda del bien común, conocida en las letras clásicas como la fórmula de la legitimidad derivada, y más modernamente como la gobernanza o el buen gobierno.

El sello de la educación militar

Si el managment se enseña en prestigiosas universidades privadas, el arte de la conducción nació en los azares de la conducción militar. Pues, tal como lo entendía el propio General San Martín, para aprender a conducir, las virtudes de carácter son más importantes que las intelectuales. Y para internalizarlas no hay una forma mejor que los usos y costumbres de la disciplina militar.

Con el tiempo, estas formas militares se expandieron socialmente hasta llegar a lugares como nuestras escuelas públicas, en los que la ceremonia de la Bandera y el respeto al maestro eran sus más notorias exteriorizaciones.

También, el servicio militar obligatorio sirvió para inculcarles estos valores a los numerosos inmigrantes que bajaban de los barcos y debían incorporarse a la argentinidad.

En el plano internacional, es la formación que los reyes elijen para sus herederos, ya que se basa en los viejos principios de la educación clásica. Una que sabe que no basta con conocer en teoría lo que hay que hacer, sino que es más importante llevar las cosas a la práctica y, en lo posible, hacerlo a través del ejemplo personal.

En el plano nacional esta tendencia se puede verificar en la gran cantidad de candidatos y funcionarios electos que han tenido el sello de la educación militar. Destacándose, sólo por mencionar a los más egregios entre ellos, al general Juan Domingo Perón –egresado del Colegio Militar de la Nación– y al doctor Raúl Alfonsín, exalumno del Liceo Militar General San Martín.

Pero, sin ir más lejos, hace algunos años, hubo en nuestra provincia de Mendoza una elección a gobernador en la que los tres candidatos, de tres partidos principales, eran egresados de nuestro querido Liceo Militar.

Lo dicho no implica que el haber egresado de esos institutos sea condición sine qua non para conducir una gran organización como el Estado. Aquí los que mandan son los talentos y la libertad humana. Simplemente queremos señalar la importancia de las virtudes que esta educación encarna, las que bien pueden ser adquiridas en esos institutos, en otros civiles e incluso en el duro cursus honorum de la función pública.

En mi doble condición de egresado del Liceo Militar General Espejo y de empresario, puedo dar testimonio de ello.
De lo que se trata es tener lo mejor de ambos mundos. Por un lado, el de la fría eficiencia empresarial; por el otro, la necesaria contención que sólo la conducción puede brindar. Logrando un sano equilibrio que nos permita superar las viejas antinomias del pasado.

El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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