Una solución antes que un problema
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Por Emilio Luis Magnaghi

Una solución antes que un problema

Ya lo hemos dicho antes. Lo repetimos. Hay un fantasma que recorre los pasillos y los despachos de cada ministerio de Defensa del mundo. Y éste se llama irrelevancia.

 

Sucede que la guerra entre Estados, el karma esencial de su razón esencial, se ha abolido a sí misma.

 

Ello no implica que los conflictos estén desapareciendo. Todo lo contrario. Se están multiplicando, pero bajo una forma nueva: las luchas intestinas a cargo de actores no estatales.

 

Los más lúcidos entre ellos saben que tienen que adaptarse para sobrevivir y para defender en forma eficiente a sus respectivos Estados. Pues, hay una ley de hierro que afecta a todas las organizaciones humanas: necesitan prestar una utilidad a las sociedades que las cobijan y las nutren.

 

Llegado a este punto es lícito que nos preguntemos para qué nos pueden servir hoy las Fuerzas Armadas que administra ese ministerio. Unas fuerzas organizadas, diseñadas, equipadas e instruidas para operar en el ambiente hostil de la guerra.

 

En principio, tenemos que reconocer que no estaría mal que ellas mantengan una capacidad disuasoria para la guerra convencional. Abolida y todo, nunca se sabe. Además, permite una lógica paridad regional.

 

Pero con esto no alcanza ni sirve para revertir su situación de irrelevancia. Es necesario que ellas se sientan útiles como el primer paso para restablecer su moral.

 

Por ejemplo, ya lo hemos dicho antes, ellas se deben hacer cargo de la gestión y de la operación de la mitigación de las emergencias y las catástrofes ambientales. Por otro lado, merced al cambio climático, cada vez más frecuente, tienen la cultura organizacional y los medios para ello. 

 

También sostenemos que deben seguir participando en misiones de paz. ¿Que son peligrosas, nos advierte nuestra canciller? Obviamente. Para eso están entrenadas y se preparan toda la vida. Le agregamos que es más peligroso aún aislarse y no participar del mundo que nos rodea y que está cada día más cerca.

 

Pero hay una tarea de la que no hemos hablado lo suficiente y que hoy sería de gran utilidad para la Nación en su conjunto. ¿Cuál es? La de ponerse al frente de proyectos de alto impacto y visibilidad política y social.

 

Sabemos que es, precisamente, la ausencia de la presencia estatal el caldo de cultivo de numerosos conflictos que son aprovechados por el narcotráfico para ocupar esos espacios vacíos que deja el Estado.

 

Por otro lado, estamos escuchando que buenos planes como el ‘Plan Belgrano’ están fracasando por falta de conducción y de ejecutividad.

 

En este sentido, propongo colocar al Ministerio de Defensa a cargo, no sólo del mencionado plan, sino igualmente, de otros a lanzarse en todas las regiones del país.

 

Sabemos que EE.UU. usó esta herramienta para salir de la crisis planteada por su Gran Depresión de los años 30. Al efecto, su presidente, F.D. Roosevelt, organizó la Autoridad Nacional del Río Mississippi con el Cuerpo Militar de Ingenieros del US Army. Con la finalidad no sólo de construir la infraestructura necesaria, sino también la de paliar el desempleo.

 

Nosotros, en forma análoga, podemos usar las potencialidades ociosas de las Fuerzas Armadas para recuperar esos espacios nacionales abandonados y poco atendidos.

 

Con esta idea y en este marco, por ejemplo, se podrían usar sus elementos de ingenieros para construir caminos y restablecer viejos ramales ferroviarios. Con sus hospitales móviles se podría llevar a cabo campañas de vacunación y de atención médica y odontológica a lugares alejados.

 

Tareas que no sólo deberían ser orientadas a nuestros impenetrables terrestres. Del mismo modo, a aquellos que pululan en las márgenes de nuestras grandes vías navegables, hoy en manos del narcotráfico y del contrabando.

 

Otra: hoy está de moda entregarles permisos de operación a las aerolíneas low cost. ¿Por qué no restauramos al viejo y noble LADE, que con aviones de nuestra Fuerza Aérea unía localidades no visitadas por las aerolíneas comerciales mediante la compra de aviones militares de uso dual. Es decir, que nos sirvan tanto para la guerra como para la paz. Aviones que nos permitan unir localidades aisladas de nuestro territorio, a la par de entrenar a nuestros pilotos.

 

Podríamos seguir, pero se trata de sembrar la semilla de una idea que pueda crecer en un árbol que termine dándonos frutos.

 

Hace tres décadas, una generación, que tenemos a nuestras Fuerzas Armadas en el purgatorio de la consideración social. Culpas que, como todos, han tenido. Creemos que las han lavado y que ha llegado el tiempo de que ya no sean parte del problema, sino de la solución.

 

El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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Una solución antes que un problema

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Ya lo hemos dicho antes. Lo repetimos. Hay un fantasma que recorre los pasillos y los despachos de cada ministerio de Defensa del mundo. Y éste se llama irrelevancia.

 

Sucede que la guerra entre Estados, el karma esencial de su razón esencial, se ha abolido a sí misma.

 

Ello no implica que los conflictos estén desapareciendo. Todo lo contrario. Se están multiplicando, pero bajo una forma nueva: las luchas intestinas a cargo de actores no estatales.

 

Los más lúcidos entre ellos saben que tienen que adaptarse para sobrevivir y para defender en forma eficiente a sus respectivos Estados. Pues, hay una ley de hierro que afecta a todas las organizaciones humanas: necesitan prestar una utilidad a las sociedades que las cobijan y las nutren.

 

Llegado a este punto es lícito que nos preguntemos para qué nos pueden servir hoy las Fuerzas Armadas que administra ese ministerio. Unas fuerzas organizadas, diseñadas, equipadas e instruidas para operar en el ambiente hostil de la guerra.

 

En principio, tenemos que reconocer que no estaría mal que ellas mantengan una capacidad disuasoria para la guerra convencional. Abolida y todo, nunca se sabe. Además, permite una lógica paridad regional.

 

Pero con esto no alcanza ni sirve para revertir su situación de irrelevancia. Es necesario que ellas se sientan útiles como el primer paso para restablecer su moral.

 

Por ejemplo, ya lo hemos dicho antes, ellas se deben hacer cargo de la gestión y de la operación de la mitigación de las emergencias y las catástrofes ambientales. Por otro lado, merced al cambio climático, cada vez más frecuente, tienen la cultura organizacional y los medios para ello. 

 

También sostenemos que deben seguir participando en misiones de paz. ¿Que son peligrosas, nos advierte nuestra canciller? Obviamente. Para eso están entrenadas y se preparan toda la vida. Le agregamos que es más peligroso aún aislarse y no participar del mundo que nos rodea y que está cada día más cerca.

 

Pero hay una tarea de la que no hemos hablado lo suficiente y que hoy sería de gran utilidad para la Nación en su conjunto. ¿Cuál es? La de ponerse al frente de proyectos de alto impacto y visibilidad política y social.

 

Sabemos que es, precisamente, la ausencia de la presencia estatal el caldo de cultivo de numerosos conflictos que son aprovechados por el narcotráfico para ocupar esos espacios vacíos que deja el Estado.

 

Por otro lado, estamos escuchando que buenos planes como el ‘Plan Belgrano’ están fracasando por falta de conducción y de ejecutividad.

 

En este sentido, propongo colocar al Ministerio de Defensa a cargo, no sólo del mencionado plan, sino igualmente, de otros a lanzarse en todas las regiones del país.

 

Sabemos que EE.UU. usó esta herramienta para salir de la crisis planteada por su Gran Depresión de los años 30. Al efecto, su presidente, F.D. Roosevelt, organizó la Autoridad Nacional del Río Mississippi con el Cuerpo Militar de Ingenieros del US Army. Con la finalidad no sólo de construir la infraestructura necesaria, sino también la de paliar el desempleo.

 

Nosotros, en forma análoga, podemos usar las potencialidades ociosas de las Fuerzas Armadas para recuperar esos espacios nacionales abandonados y poco atendidos.

 

Con esta idea y en este marco, por ejemplo, se podrían usar sus elementos de ingenieros para construir caminos y restablecer viejos ramales ferroviarios. Con sus hospitales móviles se podría llevar a cabo campañas de vacunación y de atención médica y odontológica a lugares alejados.

 

Tareas que no sólo deberían ser orientadas a nuestros impenetrables terrestres. Del mismo modo, a aquellos que pululan en las márgenes de nuestras grandes vías navegables, hoy en manos del narcotráfico y del contrabando.

 

Otra: hoy está de moda entregarles permisos de operación a las aerolíneas low cost. ¿Por qué no restauramos al viejo y noble LADE, que con aviones de nuestra Fuerza Aérea unía localidades no visitadas por las aerolíneas comerciales mediante la compra de aviones militares de uso dual. Es decir, que nos sirvan tanto para la guerra como para la paz. Aviones que nos permitan unir localidades aisladas de nuestro territorio, a la par de entrenar a nuestros pilotos.

 

Podríamos seguir, pero se trata de sembrar la semilla de una idea que pueda crecer en un árbol que termine dándonos frutos.

 

Hace tres décadas, una generación, que tenemos a nuestras Fuerzas Armadas en el purgatorio de la consideración social. Culpas que, como todos, han tenido. Creemos que las han lavado y que ha llegado el tiempo de que ya no sean parte del problema, sino de la solución.

 

El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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