¡¡¡Papito, gol de Scotta!!!
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¡¡¡Papito, gol de Scotta!!!

Por Fernando Montaña Jefe de deportes Diario El Ciudadno

No nací en Boedo, Almagro y menos Bajo Flores. Soy nieto de la spika e hijo de la radio AM en onda corta. Más que menduco, tengo en la piel, en mis huesos y en la memoria las marcas de la infancia en San José y el presente en Bermejo, casi un barrio grande, como una extensión de mi vida en la zona Norte de Guaymallén. 

Pero veo estas fotos del Viejo Gasómetro y emana gran parte de lo que me conmovió de San Lorenzo de Almagro, todo lo que provocó que amara a ese club, a ese equipo azul y grana, porque no conocía y no conocí esa legendaria cancha, aquel Wembley porteño como lo bautizara Juvenal (Julio César Pascuato), el recordado periodista de la revista El Gráfico. Años después, fui hasta la avenida La Plata para ver dónde había estado enclavado el viejo estadio, y juro que me sorprendí ver que más allá de la geografía del hipermercado, en las paredes contiguas quedaban retazos de la antigua construcción, como una llamita que evidenciaba que entonces hubo una gran hoguera. Supongo que todos aquellos hinchas que militan la vuelta a Boedo diariamente lo perciben a diario y de allí la loca idea del retorno al barrio. 

En las fotos del último partido que se jugó en esa cancha, ante Boca, en 1979, veo mucho de lo que me contaron, lo que leí, lo que escuché. Y entiendo por qué soy de San Lorenzo.

Por qué lo amé de entrada, y sin saberlo entonces. ¿Qué puede motivar a un pibe del interior, hacerse cargo del sentido de pertenencia con un equipo lejos de tu vecindario? ¿Cómo se explica? No lo sé.

Nunca vi a Los Beatles tampoco, y siento que puedo competir por el puesto del quinto, sexto o séptimo Beatle.  Todo lo que tenía que ver con el Ciclón me movilizaba, y el corazón me latía de emoción o susto. Tenía el virus del cuervito y así gozaba y sufría. Y más allá del coqueteo de Boca o River a los 5 o 6 años, inducido por mis hermanos, yo no me sentía en esa piel. La mía tenía otro disfraz de superhéroe. Y por eso sentí felicidad con aquella camisetita que me trajeron los Reyes Magos a los 7 años, y fui feliz con aquel gol de Luciano Lele Figueroa a River, en la final de 1972. Y lloré desconsoladamente con ese penal que Enrique Salvador Chazarreta marró en esa misma final. Y el corazón me hacía ‘tutún tutún’, pero más noblemente cuando en esas tardes de radio un cronista de campo le decía al relator: “Atento, Yiyo… ¡gol de San Lorenzoooo… Premiciiii! O me angustiaba si Boca, River o el Rojo nos hacían la boleta…

Y además me enorgullecía cuando el Negro Guardia, un amigo de la infancia me hizo escuchar un disco de Santana en vivo, grabado precisamente en el Estadio de San Lorenzo. Y me asombraba cuando mi viejo me contaba que su primo Humberto y su tía Aída vivían en la calle Senillosa y que se había sentado en la cancha de tablones. Entonces no podía dejar de imaginarme que esas pilas de listones y largueros que mi viejo maderero guardaba en el fondo de la casa, y yo jugaba a que eran escenarios, ring side o gradas y podían ser iguales a los del Ciclón. Y me enaltecía cuando en el picado en el baldío, un pibe soñaba con ser Enzo Ferrero, otro el Beto Alonso y yo el Ratón Ayala.

Y me entusiasmaba cuando venía a Mendoza a jugar por los Nacionales y yo le rompía las bolas a mi papá con que me llevara.

Era 1977, y ese miércoles no fui al colegio para ver Independiente Rivadavia contra mi San Lorenzo querido. Era la primera vez que veía jugar al Ciclón. Me acuerdo patente que estábamos contra la tela en la popu, la Norte. y tengo el registro de La Volpe, con su buzo piel de durazno, de la calidad de Jorge Mario Olguín, que era el 2 y en la Selección era el 4, porque a Menotti no le gustaba Pernía. Y del delantero Mario Rizzi, de un tal Luppo que tenía mil rulos en la cabeza y de Sergio Bismack Villar, un verdadero crooner, que era como el Bob Dylan de ese equipo, el testigo viviente de los mejores tiempos de San Lorenzo, ya que en ese entonces era un equipo de mitad de tabla para abajo…

Y los vi varias veces más, ya en el estadio cuando Huguito Pena, Oscar Marchetti y otros pibes le ganaban a la esforzada Lepra 1 a 0. Y en el 84, cuando un gran equipo le empataba al Lobo, una tarde que el Búfalo Funes se los llevaba puestos a Biain y el Pipa Higuaín e hizo un gol de penal. Y lo empataba la Chancha Rinaldi con un lindo amague y un toque sutil a la red. Y también como no, en aquella proeza de Huracán Las Heras, cuando dio vuelta el 0 - 2 para ganar 3 - 2. 

Pero decía que éramos de mitad de tabla para abajo. Y sí. Es que la crisis institucional y financiera nos estaba llevando cuesta abajo en la rodada y las ilusiones pasadas quedaban atrás. Y así estuvimos a punto de la quiebra. Y así la dictadura militar nos dejó sin cancha. Años de ser errantes en Ferro, Vélez, Atlanta, Huracán y Boca… Un día nos fuimos al descenso y provocamos el milagro de llenar estadios para retornar a la Primera División. 

Muchos amigos, con su cuota tombina de razón, con su lógica de Primera A no entienden de esta sensación. Los entiendo, está difícil para ellos manejarse con la doble camiseta. Como suelo decir, que el dios fútbol me juzgue en el juicio final de un estadio. Me hago cargo. Y como diría mi terapeuta “conectate con el pibe que fuiste”. Conectarse con aquel niño es resucitar sueños, utopías, curiosidad, la inocencia que perdimos. Aflojar el ceño fruncido y tenso de responder a todo y seguir por el sendero de una vida gris, sin riesgos.

En ese capítulo de vuelo directo con ese pibe sanjosino, está ese recuerdo mágico de abrazarme a mi viejo y decirle: ¡Papito... gol de Scotta!
 

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¡¡¡Papito, gol de Scotta!!!

No nací en Boedo, Almagro y menos Bajo Flores. Soy nieto de la spika e hijo de la radio AM en onda corta. Más que menduco, tengo en la piel, en mis huesos y en la memoria las marcas de la infancia en San José y el presente en Bermejo, casi un barrio grande, como una extensión de mi vida en la zona Norte de Guaymallén. 

Pero veo estas fotos del Viejo Gasómetro y emana gran parte de lo que me conmovió de San Lorenzo de Almagro, todo lo que provocó que amara a ese club, a ese equipo azul y grana, porque no conocía y no conocí esa legendaria cancha, aquel Wembley porteño como lo bautizara Juvenal (Julio César Pascuato), el recordado periodista de la revista El Gráfico. Años después, fui hasta la avenida La Plata para ver dónde había estado enclavado el viejo estadio, y juro que me sorprendí ver que más allá de la geografía del hipermercado, en las paredes contiguas quedaban retazos de la antigua construcción, como una llamita que evidenciaba que entonces hubo una gran hoguera. Supongo que todos aquellos hinchas que militan la vuelta a Boedo diariamente lo perciben a diario y de allí la loca idea del retorno al barrio. 

En las fotos del último partido que se jugó en esa cancha, ante Boca, en 1979, veo mucho de lo que me contaron, lo que leí, lo que escuché. Y entiendo por qué soy de San Lorenzo.

Por qué lo amé de entrada, y sin saberlo entonces. ¿Qué puede motivar a un pibe del interior, hacerse cargo del sentido de pertenencia con un equipo lejos de tu vecindario? ¿Cómo se explica? No lo sé.

Nunca vi a Los Beatles tampoco, y siento que puedo competir por el puesto del quinto, sexto o séptimo Beatle.  Todo lo que tenía que ver con el Ciclón me movilizaba, y el corazón me latía de emoción o susto. Tenía el virus del cuervito y así gozaba y sufría. Y más allá del coqueteo de Boca o River a los 5 o 6 años, inducido por mis hermanos, yo no me sentía en esa piel. La mía tenía otro disfraz de superhéroe. Y por eso sentí felicidad con aquella camisetita que me trajeron los Reyes Magos a los 7 años, y fui feliz con aquel gol de Luciano Lele Figueroa a River, en la final de 1972. Y lloré desconsoladamente con ese penal que Enrique Salvador Chazarreta marró en esa misma final. Y el corazón me hacía ‘tutún tutún’, pero más noblemente cuando en esas tardes de radio un cronista de campo le decía al relator: “Atento, Yiyo… ¡gol de San Lorenzoooo… Premiciiii! O me angustiaba si Boca, River o el Rojo nos hacían la boleta…

Y además me enorgullecía cuando el Negro Guardia, un amigo de la infancia me hizo escuchar un disco de Santana en vivo, grabado precisamente en el Estadio de San Lorenzo. Y me asombraba cuando mi viejo me contaba que su primo Humberto y su tía Aída vivían en la calle Senillosa y que se había sentado en la cancha de tablones. Entonces no podía dejar de imaginarme que esas pilas de listones y largueros que mi viejo maderero guardaba en el fondo de la casa, y yo jugaba a que eran escenarios, ring side o gradas y podían ser iguales a los del Ciclón. Y me enaltecía cuando en el picado en el baldío, un pibe soñaba con ser Enzo Ferrero, otro el Beto Alonso y yo el Ratón Ayala.

Y me entusiasmaba cuando venía a Mendoza a jugar por los Nacionales y yo le rompía las bolas a mi papá con que me llevara.

Era 1977, y ese miércoles no fui al colegio para ver Independiente Rivadavia contra mi San Lorenzo querido. Era la primera vez que veía jugar al Ciclón. Me acuerdo patente que estábamos contra la tela en la popu, la Norte. y tengo el registro de La Volpe, con su buzo piel de durazno, de la calidad de Jorge Mario Olguín, que era el 2 y en la Selección era el 4, porque a Menotti no le gustaba Pernía. Y del delantero Mario Rizzi, de un tal Luppo que tenía mil rulos en la cabeza y de Sergio Bismack Villar, un verdadero crooner, que era como el Bob Dylan de ese equipo, el testigo viviente de los mejores tiempos de San Lorenzo, ya que en ese entonces era un equipo de mitad de tabla para abajo…

Y los vi varias veces más, ya en el estadio cuando Huguito Pena, Oscar Marchetti y otros pibes le ganaban a la esforzada Lepra 1 a 0. Y en el 84, cuando un gran equipo le empataba al Lobo, una tarde que el Búfalo Funes se los llevaba puestos a Biain y el Pipa Higuaín e hizo un gol de penal. Y lo empataba la Chancha Rinaldi con un lindo amague y un toque sutil a la red. Y también como no, en aquella proeza de Huracán Las Heras, cuando dio vuelta el 0 - 2 para ganar 3 - 2. 

Pero decía que éramos de mitad de tabla para abajo. Y sí. Es que la crisis institucional y financiera nos estaba llevando cuesta abajo en la rodada y las ilusiones pasadas quedaban atrás. Y así estuvimos a punto de la quiebra. Y así la dictadura militar nos dejó sin cancha. Años de ser errantes en Ferro, Vélez, Atlanta, Huracán y Boca… Un día nos fuimos al descenso y provocamos el milagro de llenar estadios para retornar a la Primera División. 

Muchos amigos, con su cuota tombina de razón, con su lógica de Primera A no entienden de esta sensación. Los entiendo, está difícil para ellos manejarse con la doble camiseta. Como suelo decir, que el dios fútbol me juzgue en el juicio final de un estadio. Me hago cargo. Y como diría mi terapeuta “conectate con el pibe que fuiste”. Conectarse con aquel niño es resucitar sueños, utopías, curiosidad, la inocencia que perdimos. Aflojar el ceño fruncido y tenso de responder a todo y seguir por el sendero de una vida gris, sin riesgos.

En ese capítulo de vuelo directo con ese pibe sanjosino, está ese recuerdo mágico de abrazarme a mi viejo y decirle: ¡Papito... gol de Scotta!
 

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