¿Qué se conmemora el 12 de octubre?
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Por Emilio Luis Magnaghi
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¿Qué se conmemora el 12 de octubre?

¿Día de la Raza, de la Hispanidad o del Respeto por la Diversidad Cultural? Ya la simple elección de la denominación de lo que se celebra cada 12 de octubre nos alerta sobre su carácter polémico. 


En forma paralela, nos enteramos que en varias partes del mundo, incluida nuestra Patria, hay idas y venidas con la figura central de esta celebración, El Gran Almirante de la Mar Océano, don Cristóbal Colón.


Leemos, por ejemplo, que el municipio norteamericano de Los Angeles, California, ha votado revocar la celebración del ‘Columbus Day’ por considerar a su homenajeado como un genocida hecho y derecho.
Suena extraño que esto se haga en una ciudad de nombre hispano y que lo voten concejales que en su mayoría se deben llamar González o Martínez. Más aún que lo hagan en un país que hizo de la caza y la domesticación de sus indígenas una política de Estado.

Lo que le llevó a decir al gran director de westerns, John Ford: “Los indios son un pueblo digno incluso en la derrota, pero eso no está bien visto en los Estados Unidos. Al público le gusta ver cómo matan a los indios. No los consideran seres humanos”.


Lo hemos comprobado en cientos de películas hollywoodenses. Ahora, ¿no les pasó lo mismo a nuestros indios con la conquista española?


Siendo objetivo y realista, creo que no.

 

Nuestra relación con la ‘Madre Patria’


Para empezar, no nos puede caber alguna duda respecto de nuestra herencia española. Ella corre por nuestras venas y su lengua –el castellano– es la que fluye en nuestras bocas y en el idioma en la que estas líneas son escritas y entendidas. Todo lo dicho, sin mencionar a la ciencia, a sus animales –el perro, la vaca y el caballo– y, lo más importante, a su forma de ver y de encarar la vida: siempre de frente y a la tremenda que trajeron a América.

 

Lo que no implica desconocer que al poco tiempo de nuestro descubrimiento nuestra Madre Patria nos diera la espalda. Para ella, su vieja casa europea fue siempre mucho más importante que el denominado Nuevo Mundo.


La mejor prueba de ello es la ausencia de grandes obras artísticas de magnitud realizadas en la metrópoli durante la conquista.


Por ejemplo, el gran Cervantes prefirió que su Quijote batallara contra inexistentes molinos de viento que venir a América para lidiar con peligros bien concretos. Lo mismo Velázquez, quien pudo pintar la rendición flamenca en Breda pero ninguna hazaña en tierra americana, y no porque no las hubiera.


De paso, con los españoles vino aquello del mestizaje, a veces más por necesidad que por convicción. Pero a la postre algo que sirvió para consagrar aquello de que la única aristocracia posible no es la de sangre, sino la del espíritu. Con lo que le dejamos una lección de modernidad a toda la humanidad. 


Pero más allá de todo, nunca le importamos verdaderamente a España, la que siempre privilegió sus intereses europeos por sobre sus asuntos de Indias. Sus posesiones en América eran –de facto– su principal fuente de financiamiento, pero no de preocupación. Solo nos tenían en cuenta en ocasión de sus trueques dinásticos. 


Como fue el caso de la ‘Guerra Sorda’ que llevó a la expulsión de los jesuitas, por un acuerdo secreto entre las casas reinantes de España y de Portugal que especificaba la entrega de las misiones a la corona lusitana.


Justamente, ese episodio nos sirve para poner de manifiesto, en aras de ser justos, lo que los jesuitas, por citar un ejemplo, nos dejaron. A saber, universidades, colegios y grandes obras de arquitectura, como las que contemplamos en la triple frontera de lo que es lo que son hoy la Argentina, el Brasil y el Paraguay. 


Pero, también fueron esos mismos monarcas los que los expulsaron tiempo después, ya que no pudieron tolerar la competencia hacia la Metrópoli de sus eficientes empresas criollas. Pero, de paso, sin saberlo, fueron los que insuflaron las ideas libertarias en las que se formarían nuestros prohombres de Mayo. 


Lograda la Independencia, esta actitud no cambió, ni con el paso de los años. España no supo ser para sus excolonias lo que la Gran Bretaña fue y es para las suyas. Es por eso que no hay ni habrá nunca un Commonwealth hispano. No podría haberlo con una España de espaldas a América. Una necia actitud que se mantuvo aún durante la guerra de Malvinas y que nos ahorra de cualquier comentario en ese sentido.

No hay mal que por bien no venga


Paradójicamente, nosotros, sus hijos bastardos, sus colonias olvidadas, siempre hemos hecho mucho por nuestra Madre Patria. Por ejemplo, en ocasión de la hambruna que siguió a su cruenta guerra civil, no nos cansamos de enviarles cargamentos de trigo.


Igualmente, nuestros puertos y aeropuertos han permanecido siempre abiertos para recibir a sus hijos más audaces que vienen aquí a hacerse la América.


Más recientemente, nosotros, cuando volvimos a golpearles sus puertas, nos enteramos que éramos los molestos “sudacas”. Allá ellos, que se pierden de nuestra sangre joven y de nuestros talentos. Especialmente ahora, que están a la vista los resultados de la inmigración proveniente del Levante, a la que prefirieron por sobre la nuestra.


Pero, como dicen por ahí. No hay mal que por bien no venga. Este olvido de la metrópoli, especialmente hacia nuestro lejano y pobre Virreinato del Río de la Plata, hizo que crecieran aquí generaciones de criollos autosuficientes, que al saberse solos y abandonados construyeron nuestra Patria. 


Aprendimos a progresar en base a nuestro trabajo, a ser fuertes e independientes, pues no llegaron a nuestras costas condes, marqueses o duquesas. Pese al hermoso nombre que nos designaba –“El Plata”– no había aquí nada por heredar, y hubo que hacerlo todo casi desde la nada de la inmensidad de La Pampa o la vera de Los Andes.


No estamos descontentos con nuestra herencia española, tampoco resentidos por haber crecido solos fuera de la protección de la casa materna. Todo lo contrario. Queremos superar con creces todo lo heredado.

 

El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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¿Qué se conmemora el 12 de octubre?

¿Día de la Raza, de la Hispanidad o del Respeto por la Diversidad Cultural? Ya la simple elección de la denominación de lo que se celebra cada 12 de octubre nos alerta sobre su carácter polémico. 


En forma paralela, nos enteramos que en varias partes del mundo, incluida nuestra Patria, hay idas y venidas con la figura central de esta celebración, El Gran Almirante de la Mar Océano, don Cristóbal Colón.


Leemos, por ejemplo, que el municipio norteamericano de Los Angeles, California, ha votado revocar la celebración del ‘Columbus Day’ por considerar a su homenajeado como un genocida hecho y derecho.
Suena extraño que esto se haga en una ciudad de nombre hispano y que lo voten concejales que en su mayoría se deben llamar González o Martínez. Más aún que lo hagan en un país que hizo de la caza y la domesticación de sus indígenas una política de Estado.

Lo que le llevó a decir al gran director de westerns, John Ford: “Los indios son un pueblo digno incluso en la derrota, pero eso no está bien visto en los Estados Unidos. Al público le gusta ver cómo matan a los indios. No los consideran seres humanos”.


Lo hemos comprobado en cientos de películas hollywoodenses. Ahora, ¿no les pasó lo mismo a nuestros indios con la conquista española?


Siendo objetivo y realista, creo que no.

 

Nuestra relación con la ‘Madre Patria’


Para empezar, no nos puede caber alguna duda respecto de nuestra herencia española. Ella corre por nuestras venas y su lengua –el castellano– es la que fluye en nuestras bocas y en el idioma en la que estas líneas son escritas y entendidas. Todo lo dicho, sin mencionar a la ciencia, a sus animales –el perro, la vaca y el caballo– y, lo más importante, a su forma de ver y de encarar la vida: siempre de frente y a la tremenda que trajeron a América.

 

Lo que no implica desconocer que al poco tiempo de nuestro descubrimiento nuestra Madre Patria nos diera la espalda. Para ella, su vieja casa europea fue siempre mucho más importante que el denominado Nuevo Mundo.


La mejor prueba de ello es la ausencia de grandes obras artísticas de magnitud realizadas en la metrópoli durante la conquista.


Por ejemplo, el gran Cervantes prefirió que su Quijote batallara contra inexistentes molinos de viento que venir a América para lidiar con peligros bien concretos. Lo mismo Velázquez, quien pudo pintar la rendición flamenca en Breda pero ninguna hazaña en tierra americana, y no porque no las hubiera.


De paso, con los españoles vino aquello del mestizaje, a veces más por necesidad que por convicción. Pero a la postre algo que sirvió para consagrar aquello de que la única aristocracia posible no es la de sangre, sino la del espíritu. Con lo que le dejamos una lección de modernidad a toda la humanidad. 


Pero más allá de todo, nunca le importamos verdaderamente a España, la que siempre privilegió sus intereses europeos por sobre sus asuntos de Indias. Sus posesiones en América eran –de facto– su principal fuente de financiamiento, pero no de preocupación. Solo nos tenían en cuenta en ocasión de sus trueques dinásticos. 


Como fue el caso de la ‘Guerra Sorda’ que llevó a la expulsión de los jesuitas, por un acuerdo secreto entre las casas reinantes de España y de Portugal que especificaba la entrega de las misiones a la corona lusitana.


Justamente, ese episodio nos sirve para poner de manifiesto, en aras de ser justos, lo que los jesuitas, por citar un ejemplo, nos dejaron. A saber, universidades, colegios y grandes obras de arquitectura, como las que contemplamos en la triple frontera de lo que es lo que son hoy la Argentina, el Brasil y el Paraguay. 


Pero, también fueron esos mismos monarcas los que los expulsaron tiempo después, ya que no pudieron tolerar la competencia hacia la Metrópoli de sus eficientes empresas criollas. Pero, de paso, sin saberlo, fueron los que insuflaron las ideas libertarias en las que se formarían nuestros prohombres de Mayo. 


Lograda la Independencia, esta actitud no cambió, ni con el paso de los años. España no supo ser para sus excolonias lo que la Gran Bretaña fue y es para las suyas. Es por eso que no hay ni habrá nunca un Commonwealth hispano. No podría haberlo con una España de espaldas a América. Una necia actitud que se mantuvo aún durante la guerra de Malvinas y que nos ahorra de cualquier comentario en ese sentido.

No hay mal que por bien no venga


Paradójicamente, nosotros, sus hijos bastardos, sus colonias olvidadas, siempre hemos hecho mucho por nuestra Madre Patria. Por ejemplo, en ocasión de la hambruna que siguió a su cruenta guerra civil, no nos cansamos de enviarles cargamentos de trigo.


Igualmente, nuestros puertos y aeropuertos han permanecido siempre abiertos para recibir a sus hijos más audaces que vienen aquí a hacerse la América.


Más recientemente, nosotros, cuando volvimos a golpearles sus puertas, nos enteramos que éramos los molestos “sudacas”. Allá ellos, que se pierden de nuestra sangre joven y de nuestros talentos. Especialmente ahora, que están a la vista los resultados de la inmigración proveniente del Levante, a la que prefirieron por sobre la nuestra.


Pero, como dicen por ahí. No hay mal que por bien no venga. Este olvido de la metrópoli, especialmente hacia nuestro lejano y pobre Virreinato del Río de la Plata, hizo que crecieran aquí generaciones de criollos autosuficientes, que al saberse solos y abandonados construyeron nuestra Patria. 


Aprendimos a progresar en base a nuestro trabajo, a ser fuertes e independientes, pues no llegaron a nuestras costas condes, marqueses o duquesas. Pese al hermoso nombre que nos designaba –“El Plata”– no había aquí nada por heredar, y hubo que hacerlo todo casi desde la nada de la inmensidad de La Pampa o la vera de Los Andes.


No estamos descontentos con nuestra herencia española, tampoco resentidos por haber crecido solos fuera de la protección de la casa materna. Todo lo contrario. Queremos superar con creces todo lo heredado.

 

El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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