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Por Redacción

No se puede salir del cepo sin devaluar



Varios candidatos han propuesto levantar el cepo a partir de diciembre si ganan las elecciones, pero ninguno ha dicho a qué valor del dólar lo harán. Dicho de otro modo: dólares hay, la discusión es a qué precio. Según escribe el economista Martín Tetaz en su columna de El punto de equilibrio, desde una vereda más optimista, algunos economistas cercanos al PRO plantean que es posible remover las restricciones a la compra venta de divisas sin afectar el valor del billete norteamericano porque especulan con que la confianza en el nuevo gobierno genere un ingreso masivo de capitales que incluso pueden terminar abaratando el dólar.

Sin embargo, hay un problema de timming con esta idea. La apertura de la cuenta capital del balance de pagos generará una rápida fuga por parte de las multinacionales que desde el 2011 no pueden remesar libremente sus utilidades. La combinación de atraso cambiario con alta inflación generó resultados artificiales en dólares, que los empresarios querrán realizar mientras dure la ilusión del dólar barato.

Por ejemplo; una multinacional que ganaba $4.000 millones en 2011, obtenía un beneficio en dólares de 1.000 millones, porque la divisa cotizaba a $4. En 2015, producto de la inflación obtiene un lucro de $11.000 millones, pero traducidos a un dólar de $9 representa un beneficio de 1.222 millones. Así, el atraso cambiario le generó una ganancia artificial de 222 millones de dólares, pero para poder realizarla necesita convertir los pesos en moneda extranjera.

En segundo lugar, la salida de esos dólares por remesas de utilidades reprimidas erosionará las reservas, haciendo que luzca insostenible la paridad cambiaria. Esta situación frenará el ingreso de capitales porque si yo tengo 1.000.000 de dólares prefiero cambiarlos por 11.000.000 de pesos y no por 9.000.000. Entrar con un dólar barato y soportar una devaluación equivale a perder de movida un 22% de la inversión (suponiendo que el dólar se va de $9 a $11).

Es verdad, no obstante, que una vez que el cepo se abra y el valor del dólar se perciba como estable, ingresarán capitales. Pero esto no ocurrirá en la medida que las expectativas de devaluación sean altas.

La otra cuestión, que acaba de ser sostenida en un interesante artículo por Martín Rapetti, es que incluso cuando se pudiera salir del cepo sin devaluar, tampoco está claro que eso sea lo más conveniente, porque claramente el peso está sobrevaluado, está atado a una moneda que se está revaluando y nuestros socios comerciales están devaluando. Insistir en el dólar barato implica condenar a la industria haciéndole llevar una mochila de anticompetitividad; una especie de anabólicos a la inversa.


La devaluación no generará más inflación

Otra preocupación tiene que ver con las consecuencias de la devaluación. Es evidente que el cambio de precios relativos implicará una caída de los salarios medidos en dólares, que es equivalente a una menor capacidad adquisitiva de bienes transables, que recordemos son aquellos pueden ser potencialmente exportados o importados.

Pero esos nuevos precios no deberían impactar en los servicios ni en el componente no transable de muchos bienes. La razón por la cual en muchas oportunidades ocurrió lo contrario y la devaluación significó también un aumento de precios de aquellos bienes que no deberían estar cotizados en dólares porque no compiten con importaciones ni se disputan la demanda del mercado externo, es porque el salto en el precio del dólar no fue percibido como definitivo, sino que disparó expectativas de futuras devaluaciones, incentivando a los formadores de precios a cubrirse por anticipado ante la eventualidad de una nueva corrección cambiaria.

Es plausible pensar que por el efecto de la suba de los precios de los bienes transables, junto con la necesaria corrección de las tarifas, que permita la eliminación de $150.000 millones de subsidios, de modo de poder eliminar la emisión necesaria para financiarlos, se produzca un salto de precios de una sola vez, que no debe ser confundido con un episodio inflacionario.

Me gusta pensar a la inflación como una velocidad a la que avanzan los precios. La analogía con un auto, que sale para Mar del Plata a 180 km/h, luce en ese sentido bastante ilustrativa. Es probable que si el auto acaba de pasar por Chascomús a esa velocidad, la devaluación lo haga saltar y aparecer en Dolores, pero lo interesante es que si el nuevo tipo de cambio se percibe como estable lo más factible es que ahora vaya sólo a 100 por hora.

Más aún, la devaluación generará una sobrerreacción inicial, que los economistas denominamos “overshooting”. Pasado ese momento, la tendencia natural del dólar será a la baja y cuando eso suceda las expectativas operarán desinflando los ajustes de precios y frenando la inflación.

En lo sucesivo, la moneda debería fluctuar libremente, para que su precio indique la escasez relativa, como sucede con cualquier otro precio de la economía, evitando tanto la escasez de divisas como su abundancia artificial, de modo que los factores se ubiquen donde son más productivos, maximizando las posibilidades de crecimiento del país.


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No se puede salir del cepo sin devaluar

Varios candidatos han propuesto levantar el cepo a partir de diciembre si ganan las elecciones, pero ninguno ha dicho a qué valor del dólar lo harán. Dicho de otro modo: dólares hay, la discusión es a qué precio. Según escribe el economista Martín Tetaz en su columna de El punto de equilibrio, desde una vereda más optimista, algunos economistas cercanos al PRO plantean que es posible remover las restricciones a la compra venta de divisas sin afectar el valor del billete norteamericano porque especulan con que la confianza en el nuevo gobierno genere un ingreso masivo de capitales que incluso pueden terminar abaratando el dólar.
Sin embargo, hay un problema de timming con esta idea. La apertura de la cuenta capital del balance de pagos generará una rápida fuga por parte de las multinacionales que desde el 2011 no pueden remesar libremente sus utilidades. La combinación de atraso cambiario con alta inflación generó resultados artificiales en dólares, que los empresarios querrán realizar mientras dure la ilusión del dólar barato.
Por ejemplo; una multinacional que ganaba $4.000 millones en 2011, obtenía un beneficio en dólares de 1.000 millones, porque la divisa cotizaba a $4. En 2015, producto de la inflación obtiene un lucro de $11.000 millones, pero traducidos a un dólar de $9 representa un beneficio de 1.222 millones. Así, el atraso cambiario le generó una ganancia artificial de 222 millones de dólares, pero para poder realizarla necesita convertir los pesos en moneda extranjera.
En segundo lugar, la salida de esos dólares por remesas de utilidades reprimidas erosionará las reservas, haciendo que luzca insostenible la paridad cambiaria. Esta situación frenará el ingreso de capitales porque si yo tengo 1.000.000 de dólares prefiero cambiarlos por 11.000.000 de pesos y no por 9.000.000. Entrar con un dólar barato y soportar una devaluación equivale a perder de movida un 22% de la inversión (suponiendo que el dólar se va de $9 a $11).
Es verdad, no obstante, que una vez que el cepo se abra y el valor del dólar se perciba como estable, ingresarán capitales. Pero esto no ocurrirá en la medida que las expectativas de devaluación sean altas.
La otra cuestión, que acaba de ser sostenida en un interesante artículo por Martín Rapetti, es que incluso cuando se pudiera salir del cepo sin devaluar, tampoco está claro que eso sea lo más conveniente, porque claramente el peso está sobrevaluado, está atado a una moneda que se está revaluando y nuestros socios comerciales están devaluando. Insistir en el dólar barato implica condenar a la industria haciéndole llevar una mochila de anticompetitividad; una especie de anabólicos a la inversa.

La devaluación no generará más inflación
Otra preocupación tiene que ver con las consecuencias de la devaluación. Es evidente que el cambio de precios relativos implicará una caída de los salarios medidos en dólares, que es equivalente a una menor capacidad adquisitiva de bienes transables, que recordemos son aquellos pueden ser potencialmente exportados o importados.
Pero esos nuevos precios no deberían impactar en los servicios ni en el componente no transable de muchos bienes. La razón por la cual en muchas oportunidades ocurrió lo contrario y la devaluación significó también un aumento de precios de aquellos bienes que no deberían estar cotizados en dólares porque no compiten con importaciones ni se disputan la demanda del mercado externo, es porque el salto en el precio del dólar no fue percibido como definitivo, sino que disparó expectativas de futuras devaluaciones, incentivando a los formadores de precios a cubrirse por anticipado ante la eventualidad de una nueva corrección cambiaria.
Es plausible pensar que por el efecto de la suba de los precios de los bienes transables, junto con la necesaria corrección de las tarifas, que permita la eliminación de $150.000 millones de subsidios, de modo de poder eliminar la emisión necesaria para financiarlos, se produzca un salto de precios de una sola vez, que no debe ser confundido con un episodio inflacionario.
Me gusta pensar a la inflación como una velocidad a la que avanzan los precios. La analogía con un auto, que sale para Mar del Plata a 180 km/h, luce en ese sentido bastante ilustrativa. Es probable que si el auto acaba de pasar por Chascomús a esa velocidad, la devaluación lo haga saltar y aparecer en Dolores, pero lo interesante es que si el nuevo tipo de cambio se percibe como estable lo más factible es que ahora vaya sólo a 100 por hora.
Más aún, la devaluación generará una sobrerreacción inicial, que los economistas denominamos “overshooting”. Pasado ese momento, la tendencia natural del dólar será a la baja y cuando eso suceda las expectativas operarán desinflando los ajustes de precios y frenando la inflación.
En lo sucesivo, la moneda debería fluctuar libremente, para que su precio indique la escasez relativa, como sucede con cualquier otro precio de la economía, evitando tanto la escasez de divisas como su abundancia artificial, de modo que los factores se ubiquen donde son más productivos, maximizando las posibilidades de crecimiento del país.

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