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Por Redacción

Félix Martínez: muchas vidas en una



Al charlar con él nos da la sensación de que ha vivido tres vidas en una: “He hecho muchas cosas a la vez, por eso parece mucho”, dice Félix Martínez, un enfermero que a sus 67 sigue poniéndole el corazón a su trabajo.


Félix está jubilado desde hace tres años, pero sigue trabajando no sólo por una cuestión económica, sino porque considera que tiene mucho para enseñar. Además de recibirse muy joven de enfermero, prestó servicio en la Armada y además fue uno de los primeros especializados en emergencias y en neonatología en la provincia. Hoy reparte su tiempo entre la salud y la música, ya que forma parte de la orquesta Salvador Terranova.


Una infancia fuera de casa


“Hace muchos años tuve familia, una mamá, un papá y dos hermanos. Mi mamá murió cuando yo era muy chico y ahí se desarmó la familia y me fugué de mi casa”, cuenta en el inicio de una larga historia que continúa cuando finalmente el niño de seis años recala en la Colonia 25 de Mayo, de San Rafael y reflexiona: “Algo muy nuevo para mí”.


Pero la nueva vida no lo convencía y junto a otros cinco chicos decidieron huir de San Rafael y caminaron “más de tres días para llegar a la ciudad de Mendoza. El más grande del grupo tenía diez años”. Sin embargo, su destino parecía sellado, y después de andar un par de días en la calle, los llevaron a la Dirección del Menor y de allí a Agrelo, donde aprendió a cocinar mientras asistía a la escuela.


Despertar de una vocación


Mientras Félix terminaba el ciclo escolar se destacaba en el deporte y comenzaba a aprender música, atraído por una profesión que no pararía de crecer en él. “En Agrelo había un enfermero viejito, un gran maestro que me enseñó los primeros pasos en la enfermería; yo era chiquito y lo primero que aprendí fue a vacunar. Vacunaba a mis compañeros, hacía los carnets; me gustaba de alma, de chico”, cuenta.


Un capítulo aparte merecen las travesuras que Félix y sus “compañeros hermanos” hicieron en ese lugar, como la construcción de un helicóptero al que se subieron e hicieron volar, o la construcción de una escopeta, que también les costó reto y castigo. Más allá de eso, este hombre guarda los mejores recuerdos de su infancia en un hogar de niños: “Éramos 200 chicos y no peleábamos entre nosotros, al contrario, nos sentíamos como hermanos”.


Félix, un empecinado


Al terminar la primaria fue trasladado a la Colonia 20 de Junio. Apenas llegó a su nuevo hogar se acercó al microhospital ubicado allí para aprender y trabajar al tiempo que se inscribía en un secundario idóneo en Farmacia.


Ante la negativa de las enfermeras a aceptarlo como aprendiz, Carmen –quien trabajaba en el laboratorio– asumió la responsabilidad de tenerlo a su cargo para que aprendiera en el tiempo en el que no estaba en la escuela. “Así que aprendí a hacer extracciones, fórmulas… y tanto me gustaba que salí siendo auxiliar de laboratorio”, relata este amante del estudio.


“Cuando iba a segundo año fui a inscribirme en la Escuela de Enfermería y de ahí me sacaron volando porque era menor de edad: tenía 13 años y ahí todos tenían más de 18. Expuse mis quejas al regente y él hablo con el juez, quien ordenó que me tomaran como alumno en la escuela. Entonces hice la carrera junto con mujeres grandes: no sabés las cargadas que tuve que aguantar, pero me recibí de enfermero a los 15. Imaginate, soy matrícula 48”, recuerda Félix entre risas.


La etapa de la aventura


Antes de cumplir los 18, se unió a la Marina. Al tener título de enfermero entró como marinero primero y se especializó como enfermero de combate y primeros auxilios, capacitándose en supervivencia, paracaidismo, hombre rana, etcétera. Después de siete años pidió la baja para buscar nuevos horizontes, pasando por diferentes lugares y situaciones, como ser enfermero de una flota mercante petrolera, enfermero del Sindicato de Actores en Buenos Aires, entre otras ocupaciones.


Se hace camino al andar


Después llegó el tiempo de volver a su tierra, pero en Mendoza no lo esperaba nadie. “Tuve que empezar de cero”, confiesa. Buscó trabajo, hizo changas y terminó como enfermero reemplazante de campo: “Así que llegaba a lugares alejados a decirles a quienes trabajaban allí que se tomaran vacaciones, cosa que jamás habían hecho”.


“Todo muy lindo… hasta que un día me tocó un parto. Como enfermero de la Armada siempre había atendido a hombres pero nunca a mujeres ni niños, mucho menos a una parturienta”, cuenta, y recuerda que tenía a mano un vademecum que lo fue guiando para recibir al niño. “El parto se hizo solo, sin complicaciones, y terminé siendo un héroe”, recuerda orgulloso.


A partir de entonces la vida lo llevaría por los sitios más alejados para ejercer la enfermería. Pasó por Bardas Blancas, Goudge, Potrerillos, Cacheuta, Las Compuertas, entre otros sitios que no sólo le sumaron experiencia, sino también sabiduría y humildad para tratar a cualquier paciente.


Aprender, siempre aprender


Tiempo después recayó en el Hospital Lagomaggiore, donde siguió profundizando sus conocimientos: se especializó en partos, quemados y otras disciplinas. “Fui uno de los primeros en tener la especialización en Neonatología y luego en Emergentología junto a dos compañeros, con quienes después de una charla de amigos creamos una empresa de emergencias médicas”, rememora.


“Me seguí especializando en el hospital y estudiando, toda mi vida me ha encantado estudiar. En Rosario estudié la carrera de Paramédico hasta que cerraron la escuela”, dice quien además hizo la carrera de Higiene y Seguridad Industrial, y aunque nunca la ejerció, la suma como experiencia. Lo mismo hace con la música en sus ratos libres, ahora que está jubilado.


En la antigüedad, los más grandes gozaban siempre del respeto del resto de la comunidad y también eran una fuente constante de aprendizaje para las nuevas generaciones. Quizás pensando en esto, es que Félix siente que podría dar mucho más a la salud de la provincia, pero lamentablemente no es tenido en cuenta.


“Eso de tratar bien al paciente lo aprendí en el patronato. Al paciente hay que escucharlo porque si viene a nosotros es porque nos necesita y no hay que levantarle la voz”, dice el enfermero, y concluye opinando: “En enfermería hay dos objetivos: el sueldo y el paciente; cada uno sabrá qué esté primero”.


Por Rebeca Rodríguez Viñolo – Diario El Ciudadano on line


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Félix Martínez: muchas vidas en una

Al charlar con él nos da la sensación de que ha vivido tres vidas en una: “He hecho muchas cosas a la vez, por eso parece mucho”, dice Félix Martínez, un enfermero que a sus 67 sigue poniéndole el corazón a su trabajo.

Félix está jubilado desde hace tres años, pero sigue trabajando no sólo por una cuestión económica, sino porque considera que tiene mucho para enseñar. Además de recibirse muy joven de enfermero, prestó servicio en la Armada y además fue uno de los primeros especializados en emergencias y en neonatología en la provincia. Hoy reparte su tiempo entre la salud y la música, ya que forma parte de la orquesta Salvador Terranova.

Una infancia fuera de casa

“Hace muchos años tuve familia, una mamá, un papá y dos hermanos. Mi mamá murió cuando yo era muy chico y ahí se desarmó la familia y me fugué de mi casa”, cuenta en el inicio de una larga historia que continúa cuando finalmente el niño de seis años recala en la Colonia 25 de Mayo, de San Rafael y reflexiona: “Algo muy nuevo para mí”.

Pero la nueva vida no lo convencía y junto a otros cinco chicos decidieron huir de San Rafael y caminaron “más de tres días para llegar a la ciudad de Mendoza. El más grande del grupo tenía diez años”. Sin embargo, su destino parecía sellado, y después de andar un par de días en la calle, los llevaron a la Dirección del Menor y de allí a Agrelo, donde aprendió a cocinar mientras asistía a la escuela.

Despertar de una vocación

Mientras Félix terminaba el ciclo escolar se destacaba en el deporte y comenzaba a aprender música, atraído por una profesión que no pararía de crecer en él. “En Agrelo había un enfermero viejito, un gran maestro que me enseñó los primeros pasos en la enfermería; yo era chiquito y lo primero que aprendí fue a vacunar. Vacunaba a mis compañeros, hacía los carnets; me gustaba de alma, de chico”, cuenta.

Un capítulo aparte merecen las travesuras que Félix y sus “compañeros hermanos” hicieron en ese lugar, como la construcción de un helicóptero al que se subieron e hicieron volar, o la construcción de una escopeta, que también les costó reto y castigo. Más allá de eso, este hombre guarda los mejores recuerdos de su infancia en un hogar de niños: “Éramos 200 chicos y no peleábamos entre nosotros, al contrario, nos sentíamos como hermanos”.

Félix, un empecinado

Al terminar la primaria fue trasladado a la Colonia 20 de Junio. Apenas llegó a su nuevo hogar se acercó al microhospital ubicado allí para aprender y trabajar al tiempo que se inscribía en un secundario idóneo en Farmacia.

Ante la negativa de las enfermeras a aceptarlo como aprendiz, Carmen –quien trabajaba en el laboratorio– asumió la responsabilidad de tenerlo a su cargo para que aprendiera en el tiempo en el que no estaba en la escuela. “Así que aprendí a hacer extracciones, fórmulas… y tanto me gustaba que salí siendo auxiliar de laboratorio”, relata este amante del estudio.

“Cuando iba a segundo año fui a inscribirme en la Escuela de Enfermería y de ahí me sacaron volando porque era menor de edad: tenía 13 años y ahí todos tenían más de 18. Expuse mis quejas al regente y él hablo con el juez, quien ordenó que me tomaran como alumno en la escuela. Entonces hice la carrera junto con mujeres grandes: no sabés las cargadas que tuve que aguantar, pero me recibí de enfermero a los 15. Imaginate, soy matrícula 48”, recuerda Félix entre risas.

La etapa de la aventura

Antes de cumplir los 18, se unió a la Marina. Al tener título de enfermero entró como marinero primero y se especializó como enfermero de combate y primeros auxilios, capacitándose en supervivencia, paracaidismo, hombre rana, etcétera. Después de siete años pidió la baja para buscar nuevos horizontes, pasando por diferentes lugares y situaciones, como ser enfermero de una flota mercante petrolera, enfermero del Sindicato de Actores en Buenos Aires, entre otras ocupaciones.

Se hace camino al andar

Después llegó el tiempo de volver a su tierra, pero en Mendoza no lo esperaba nadie. “Tuve que empezar de cero”, confiesa. Buscó trabajo, hizo changas y terminó como enfermero reemplazante de campo: “Así que llegaba a lugares alejados a decirles a quienes trabajaban allí que se tomaran vacaciones, cosa que jamás habían hecho”.

“Todo muy lindo… hasta que un día me tocó un parto. Como enfermero de la Armada siempre había atendido a hombres pero nunca a mujeres ni niños, mucho menos a una parturienta”, cuenta, y recuerda que tenía a mano un vademecum que lo fue guiando para recibir al niño. “El parto se hizo solo, sin complicaciones, y terminé siendo un héroe”, recuerda orgulloso.

A partir de entonces la vida lo llevaría por los sitios más alejados para ejercer la enfermería. Pasó por Bardas Blancas, Goudge, Potrerillos, Cacheuta, Las Compuertas, entre otros sitios que no sólo le sumaron experiencia, sino también sabiduría y humildad para tratar a cualquier paciente.

Aprender, siempre aprender

Tiempo después recayó en el Hospital Lagomaggiore, donde siguió profundizando sus conocimientos: se especializó en partos, quemados y otras disciplinas. “Fui uno de los primeros en tener la especialización en Neonatología y luego en Emergentología junto a dos compañeros, con quienes después de una charla de amigos creamos una empresa de emergencias médicas”, rememora.

“Me seguí especializando en el hospital y estudiando, toda mi vida me ha encantado estudiar. En Rosario estudié la carrera de Paramédico hasta que cerraron la escuela”, dice quien además hizo la carrera de Higiene y Seguridad Industrial, y aunque nunca la ejerció, la suma como experiencia. Lo mismo hace con la música en sus ratos libres, ahora que está jubilado.

En la antigüedad, los más grandes gozaban siempre del respeto del resto de la comunidad y también eran una fuente constante de aprendizaje para las nuevas generaciones. Quizás pensando en esto, es que Félix siente que podría dar mucho más a la salud de la provincia, pero lamentablemente no es tenido en cuenta.

“Eso de tratar bien al paciente lo aprendí en el patronato. Al paciente hay que escucharlo porque si viene a nosotros es porque nos necesita y no hay que levantarle la voz”, dice el enfermero, y concluye opinando: “En enfermería hay dos objetivos: el sueldo y el paciente; cada uno sabrá qué esté primero”.

Por Rebeca Rodríguez Viñolo – Diario El Ciudadano on line

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