Marta Villafañe / Terapia de ruleros y spray
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Por Redacción

Marta Villafañe / Terapia de ruleros y spray



Como en casi todas las cuestiones relacionadas con la belleza y la estética, los inicios de la peluquería hay que buscarlos entre egipcios, griegos y romanos, cada uno con sus particularidades, pero donde el cabello cobraba importancia como elemento que aporta belleza, incluso estatus. Mucho más acá en el tiempo podemos hablar de lo indispensable que resulta encontrar una persona con conocimientos de peluquería que nos haga salir de su salón con una sonrisa, casi como renovadas.

En la historia de Marta Villafañe hay algo de esto. Veamos…


Nació en Anchoris, departamento Luján de Cuyo, y a los 5 años su familia se mudó al barrio Parque, en Godoy Cruz, a la misma casa donde hasta el día de hoy tiene su peluquería.


“Nosotros éramos del campo, mi papá trabajaba en YPF, por eso vivíamos allá y mi mamá, que no sabía leer ni escribir, era la que ahorraba del sueldo de mi papá. Y un día se fue al Banco Hipotecario y se hizo hacer esta casa, a los 5 me vine a vivir acá”. Cuando Marta dice “acá” se refiere a su casa de la calle Perito Moreno, donde creció, empezó con la peluquería e incluso donde vivió algunos años ya estando casada.


Perseguir los sueños


Villafañe soñaba con ser peluquera desde la adolescencia, incluso en contra de las ideas que su papá le planteaba como alternativas laborales hace más de medio siglo.


“Mi mamá y papá se compraron un kiosco de madera que estaba acá en la equina: era de una vecina que se había cansado de atenderlo, así que lo vendía y ellos se lo compraron. Mi papá quería que yo atendiera el negocio y yo no quería saber nada con ser verdulera, odiaba la verdura. Íbamos a la feria a buscarla para que yo la vendiera, y como le daba la ‘yapa’ a todos, a mi papa lo fundí”, cuenta Marta, que sabía entonces exactamente lo que no quería para su vida.


“Yo le decía a mi papá que quería estudiar peluquería, no ser verdulera”, asegura, y recuerda que poco tiempo después llegó una prima que estaba estudiando peluquería también y necesitaba practicar una tintura. “Así que me vino a buscar y me preguntó si le ‘prestaba’ la cabeza para teñirme más rubia de lo que era. Compré todo y me fui a la peluquería, donde me decoloró, me tiñó y me llenó de ampollas en la cabeza”, relata, y explica cómo al tiempo, con las raíces notoriamente crecidas, la madre la llevó a otra peluquería para que le arreglaran lo que le habían hecho en esa oportunidad.


Marta pidió que la tiñeran de su color un rubio oscuro, aunque al salir del salón estuvo más cerca de un negro azabache que de lo que pretendía. De todas maneras, lejos de empezar a declinar su amor por el oficio, esa visita le sirvió para averiguar si podían enseñarle el arte de cortar y peinar.


El arte de aprender


Después de preguntar si la aceptaban como aprendiz, le dieron el consentimiento y la pusieron a marcar y poner ruleros y bigudíes. Y así pasó casi dos meses en los que, con la inquietud que la caracteriza, planteó que quería aprender más. Y entonces la dueña del salón se sinceró y le dijo que la persona que le enseñaba también estaba aprendiendo desde que la verdadera peluquera se había casado y no había vuelto. Pero el planteo no sólo sirvió para saber que a Marta le interesaba aprender más, sino también para que la dueña de la peluquería publicara un aviso en el diario y contratara a un peluquero de verdad.


“Creo que se llamaba Alberto y era unos años más grande, pero el primer día me preguntó qué sabía hacer y ahí nomás me pidió que dejara de poner ruleros en las cabezas de las muñecas y llevara personas conocidas para empezar a practicar. Por supuesto, la primera fue mi mamá… El peluquero me enseño a cortar, hacer color y teñir y la dejé hermosa. Imaginate que en un día hice más que todo lo que había hecho en meses”, recuerda, y se le iluminan los ojos.


Luego fue el turno de su hermana, y así fue practicando con tal rapidez para aprender, que en menos de dos meses Marta obtuvo su diploma de peluquera.


Se hace camino al peinar


Marta empezó como casi todos, con conocidos, y fue su madre la que la vio tan entusiasmada y con talento para ello, que le compró su primer secador de pelo. Poco después su papá le prestó el garaje para que abriera su salón y desde entonces no ha parado de trabajar.

“Tenía 19 años cuando empecé y no he parado de trabajar más que dos meses, cuando me quebré la rodilla y me operaron”, explica quien ha estado al pie del sillón incluso hasta horas antes de dar a luz a sus tres hijos.


Como a todos, o a casi todos, la vida le impuso muchas pruebas pero de todas salió airosa con la convicción de ganarse la vida haciendo lo que ama. Hoy, si bien es jubilada, sigue atendiendo a sus clientas en la mañana. “Creo que mi clienta más joven tiene 64 y de ahí arrancamos… Tengo clientas de 88 y otras de más de 90 que no pueden venir más, así que las atiendo en sus casas. Es toda gente grande, que llueve o truene se cortan, se peinan o se tiñen igual, y son las que me dan trabajo”, comenta.


El recreo de la semana


Marta tiene clientas desde hace más de 40 años, y si uno le pregunta cuál es la clave de esa fidelidad, explica que “para muchas de ellas peinarse, cortarse o teñirse el pelo es el recreo de la semana. Es lo que las reconforta, es la salida o la posibilidad de sentirse mejor, sobre todo quienes están solas. Yo les tengo paciencia, les respeto sus gustos y les hago lo que ellas quieren, lo que en muchas peluquerías ya no hacen o no saben hacer, como poner ruleros, batir y mucho spray. Les hago esos peinados que duran una semana”, dice. Una semana hasta que es hora de volver a encontrarse en la peluquería…


“Siempre les digo a mis clientas que el día que me saque la lotería voy a comprar una peluquería linda, con todos los lujos, para que ellas cuando vengan se sientan como reinas. Y ellas me dicen que no vienen por mi peluquería sino por mí, y que no les sirve de nada ir a un lugar con todas las comodidades si no les hacen lo que ellas quieren”, relata la entrevistada de esta semana, quien reconoce que sus clientas son “hermosas personas” y siente un gran amor por ellas.


“Muchas de las mujeres son grandes, viudas o simplemente se sienten solas, así que yo escucho lo que me cuentan, pero también las animo a que hagan cosas, a que salgan, se compren ropa o hagan actividades que les hagan felices en los años que les queda de vida. Uno nunca sabe lo que le espera, así que no puede pasarse la vida triste o llorando, hay que hacer cosas que nos hagan bien”, sintetiza esta mujer que lleva 50 años poniendo el corazón en lo que hace.


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Marta Villafañe / Terapia de ruleros y spray

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Como en casi todas las cuestiones relacionadas con la belleza y la estética, los inicios de la peluquería hay que buscarlos entre egipcios, griegos y romanos, cada uno con sus particularidades, pero donde el cabello cobraba importancia como elemento que aporta belleza, incluso estatus. Mucho más acá en el tiempo podemos hablar de lo indispensable que resulta encontrar una persona con conocimientos de peluquería que nos haga salir de su salón con una sonrisa, casi como renovadas.
En la historia de Marta Villafañe hay algo de esto. Veamos…

Nació en Anchoris, departamento Luján de Cuyo, y a los 5 años su familia se mudó al barrio Parque, en Godoy Cruz, a la misma casa donde hasta el día de hoy tiene su peluquería.

“Nosotros éramos del campo, mi papá trabajaba en YPF, por eso vivíamos allá y mi mamá, que no sabía leer ni escribir, era la que ahorraba del sueldo de mi papá. Y un día se fue al Banco Hipotecario y se hizo hacer esta casa, a los 5 me vine a vivir acá”. Cuando Marta dice “acá” se refiere a su casa de la calle Perito Moreno, donde creció, empezó con la peluquería e incluso donde vivió algunos años ya estando casada.

Perseguir los sueños

Villafañe soñaba con ser peluquera desde la adolescencia, incluso en contra de las ideas que su papá le planteaba como alternativas laborales hace más de medio siglo.

“Mi mamá y papá se compraron un kiosco de madera que estaba acá en la equina: era de una vecina que se había cansado de atenderlo, así que lo vendía y ellos se lo compraron. Mi papá quería que yo atendiera el negocio y yo no quería saber nada con ser verdulera, odiaba la verdura. Íbamos a la feria a buscarla para que yo la vendiera, y como le daba la ‘yapa’ a todos, a mi papa lo fundí”, cuenta Marta, que sabía entonces exactamente lo que no quería para su vida.

“Yo le decía a mi papá que quería estudiar peluquería, no ser verdulera”, asegura, y recuerda que poco tiempo después llegó una prima que estaba estudiando peluquería también y necesitaba practicar una tintura. “Así que me vino a buscar y me preguntó si le ‘prestaba’ la cabeza para teñirme más rubia de lo que era. Compré todo y me fui a la peluquería, donde me decoloró, me tiñó y me llenó de ampollas en la cabeza”, relata, y explica cómo al tiempo, con las raíces notoriamente crecidas, la madre la llevó a otra peluquería para que le arreglaran lo que le habían hecho en esa oportunidad.

Marta pidió que la tiñeran de su color un rubio oscuro, aunque al salir del salón estuvo más cerca de un negro azabache que de lo que pretendía. De todas maneras, lejos de empezar a declinar su amor por el oficio, esa visita le sirvió para averiguar si podían enseñarle el arte de cortar y peinar.

El arte de aprender

Después de preguntar si la aceptaban como aprendiz, le dieron el consentimiento y la pusieron a marcar y poner ruleros y bigudíes. Y así pasó casi dos meses en los que, con la inquietud que la caracteriza, planteó que quería aprender más. Y entonces la dueña del salón se sinceró y le dijo que la persona que le enseñaba también estaba aprendiendo desde que la verdadera peluquera se había casado y no había vuelto. Pero el planteo no sólo sirvió para saber que a Marta le interesaba aprender más, sino también para que la dueña de la peluquería publicara un aviso en el diario y contratara a un peluquero de verdad.

“Creo que se llamaba Alberto y era unos años más grande, pero el primer día me preguntó qué sabía hacer y ahí nomás me pidió que dejara de poner ruleros en las cabezas de las muñecas y llevara personas conocidas para empezar a practicar. Por supuesto, la primera fue mi mamá… El peluquero me enseño a cortar, hacer color y teñir y la dejé hermosa. Imaginate que en un día hice más que todo lo que había hecho en meses”, recuerda, y se le iluminan los ojos.

Luego fue el turno de su hermana, y así fue practicando con tal rapidez para aprender, que en menos de dos meses Marta obtuvo su diploma de peluquera.

Se hace camino al peinar

Marta empezó como casi todos, con conocidos, y fue su madre la que la vio tan entusiasmada y con talento para ello, que le compró su primer secador de pelo. Poco después su papá le prestó el garaje para que abriera su salón y desde entonces no ha parado de trabajar.
“Tenía 19 años cuando empecé y no he parado de trabajar más que dos meses, cuando me quebré la rodilla y me operaron”, explica quien ha estado al pie del sillón incluso hasta horas antes de dar a luz a sus tres hijos.

Como a todos, o a casi todos, la vida le impuso muchas pruebas pero de todas salió airosa con la convicción de ganarse la vida haciendo lo que ama. Hoy, si bien es jubilada, sigue atendiendo a sus clientas en la mañana. “Creo que mi clienta más joven tiene 64 y de ahí arrancamos… Tengo clientas de 88 y otras de más de 90 que no pueden venir más, así que las atiendo en sus casas. Es toda gente grande, que llueve o truene se cortan, se peinan o se tiñen igual, y son las que me dan trabajo”, comenta.

El recreo de la semana

Marta tiene clientas desde hace más de 40 años, y si uno le pregunta cuál es la clave de esa fidelidad, explica que “para muchas de ellas peinarse, cortarse o teñirse el pelo es el recreo de la semana. Es lo que las reconforta, es la salida o la posibilidad de sentirse mejor, sobre todo quienes están solas. Yo les tengo paciencia, les respeto sus gustos y les hago lo que ellas quieren, lo que en muchas peluquerías ya no hacen o no saben hacer, como poner ruleros, batir y mucho spray. Les hago esos peinados que duran una semana”, dice. Una semana hasta que es hora de volver a encontrarse en la peluquería…

“Siempre les digo a mis clientas que el día que me saque la lotería voy a comprar una peluquería linda, con todos los lujos, para que ellas cuando vengan se sientan como reinas. Y ellas me dicen que no vienen por mi peluquería sino por mí, y que no les sirve de nada ir a un lugar con todas las comodidades si no les hacen lo que ellas quieren”, relata la entrevistada de esta semana, quien reconoce que sus clientas son “hermosas personas” y siente un gran amor por ellas.

“Muchas de las mujeres son grandes, viudas o simplemente se sienten solas, así que yo escucho lo que me cuentan, pero también las animo a que hagan cosas, a que salgan, se compren ropa o hagan actividades que les hagan felices en los años que les queda de vida. Uno nunca sabe lo que le espera, así que no puede pasarse la vida triste o llorando, hay que hacer cosas que nos hagan bien”, sintetiza esta mujer que lleva 50 años poniendo el corazón en lo que hace.

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