Cargando...
Por Redacción

Maestra sin guardapolvo



Susana Crouspiere es docente hasta en su forma de hablar. Está pronta a cumplir 68 años, y ha vivido más de 40 dando clases; pasó por varias escuelas durante una década haciendo reemplazos antes de llegar a la López de Gomara, en el corazón de barrio Unimev, donde 34 años después se jubilaría.

La maestra está a punto de ser reconocida porque se destacó en el aula aplicando métodos distintos al resto y no sólo contó con el aval de la escuela, sino también (y esa es la parte más importante) con el cariño de varias generaciones de alumnos y padres que seguramente mañana van a estar presentes en la inauguración del espacio que llevará su nombre.

Acordamos la entrevista el 11 de septiembre pero la concretamos al día siguiente cuando seguía recibiendo salutaciones. Susana esperó a El Ciudadano con algo fresco y dos libros enormes, que con el correr de la charla fueron protagonistas de la historia. Ambos libros son un registro fiel del trabajo que la maestra hacía dentro y fuera del aula y que han cosechado no sólo halagos, sino también la admiración de muchas docentes que valoran la experiencia.

Con Susana vamos al origen de su vocación: “Empecé de chica cuidando, jugando, acompañando y ayudando a mis hermanos con las tareas, porque yo era la mayor de 5 hermanos mientras nos quedábamos con mi abuela, porque mamá trabajaba… En esa época estudiabas en el normal o en el liceo de señoritas, así que fui al normal; me gustó y ahí me recibí en 1966”.

Después Susana se casó y se fue a vivir al barrio Unimev. “No había nada en ese momento en el barrio y la escuela la hicieron muy rápido, así que muy entusiasmada me fui a ofrecer como docente”. Junto a una celadora empezaron a trabajar en la inscripción de los chicos de lo que por esos días sería la escuela De Paolis (hoy Justo López de Gomara), institución que le abrió las puertas a quien haría historia en ella.


La ‘revolucionaria’

La escuela siempre la dejó trabajar aplicando sus métodos, la dejó innovar y se dejó sorprender con actividades poco usuales para la época “Me decían revolucionaria… y sí, porque todo lo que yo creía importante lo investigaba y buscaba la forma de trabajarlo en el aula con los chicos, no me quedaba con el libro en la mano…”, resume la docente, y agrega: “Me decían la loca de la psicogénesis”.

Susana habla del constructivismo que llevado al aula no es ni más ni menos que darle las herramientas al niño para que desarrolle sus propios procesos de aprendizaje. Garantizándole al alumno un proceso dinámico, participativo e interactivo, que Susana lograba a través de sus particularidades a la hora de enseñar.


Los libros hablan…

Parte de su trabajo en el aula quedó plasmado en dichos libros que nombrábamos al principio de esta nota, de cada una de sus paginas se desprende una historia, allí encontramos proyectos de lectoescritura, conferencias sobre diferentes temas, mensajes de los chicos, la visión de los padres, fotos de los grupos que tuvo de alumnos (de los cuales recuerda el nombre de cada uno de ellos y en la mayoría de los casos sabe qué están haciendo esos jóvenes hoy). Esos libros también llegaban a manos de las autoridades de la escuela y de la DGE, pero no era Susana quien se encargaba de contar las actividades a los superiores, sino los mismos alumnos. “Los chicos tienen que comunicar lo que hacen, no sólo porque así lo aprenden, sino porque pierden el miedo a hablar de lo que saben”, sostiene. En ese comunicar permanente de actividades los chicos se animaron y escribieron cartas a diferentes personalidades, como por ejemplo, a la autora del libro de Ludovico, que era el libro de lectura que usaban en clase, y para sorpresa de muchos, la autora no sólo respondió las cartas de los alumnos, sino que mantuvo fluida comunicación con ellos durante mucho tiempo. Le escribieron al Gobernador para contarle de un proyecto ecológico que estaban desarrollando en el barrio, escribían a chicos de otras escuelas, entre tantas de cientos de cartas.


Clases distintas

Para entender mejor por qué se habla más de proceso que de resultados o calificaciones, es necesario aclarar que los alumnos tenían a Susana como maestra tres años consecutivos, es decir, desde primero a tercero. La maestra pasaba de grado con ellos. Si tomamos todo lo que vemos en las imágenes y lo que descubrimos con el relato de Susana, encontramos claras diferencias con la idea de escuela que tenemos en la cabeza: por empezar, las clases estaban abiertas a que los padres participaran en el aula, situación que no intimidaba a nadie porque estaba naturalizada. La forma de realizar la clase no tenía que ver con el modelo tradicional de un docente que habla y niños que escuchan, aprenden y replican, sino con un construir conocimiento entre todos y comunicarlo hacia afuera. Los bancos enfrentados para que todos pudiesen verse entre sí, habla a las claras de este tipo de integración. Otra gran diferencia es la evaluación como parte del proceso y la autoevaluación que es sumamente importante para la autovaloración del chico.

La docente recuerda que no usaba guardapolvo para ir a dar clases.


Actividades más allá del aula

Susana se involucraba con todo el proceso de aprendizaje de sus alumnos, no sólo cuando estaba al frente del aula, sino con el resto de las materias especiales. “Yo participaba con ellos en las actividades de Educación Física, les daba manualidades o estaba en la clase de música, para que el aprendizaje fuera integral”. La charla nos lleva por muchos caminos que podemos sintetizar en una sola frase: “Es cierto que los tiempos han cambiado, pero si me llamaran para dar clases hoy volvería corriendo por que amo la docencia”. Lo dice la mujer que entre los cientos de alumnos que tuvo en el aula, figura desde el intendente municipal hasta uno de sus nietos.


Merecido homenaje para la ‘seño’

La plaza Susana Crouspeire de Manzano, ubicada en el barrio Casa del Maestro, entre las calles Cotagaita, Berutti y Juan Díaz de Solís, del distritoLas Cañas, Guaymallén, será inaugurada mañana./ Rebeca Rodriguez


comentarios

Compartir en facebook
Compartir en twitter
imagen

Maestra sin guardapolvo

Susana Crouspiere es docente hasta en su forma de hablar. Está pronta a cumplir 68 años, y ha vivido más de 40 dando clases; pasó por varias escuelas durante una década haciendo reemplazos antes de llegar a la López de Gomara, en el corazón de barrio Unimev, donde 34 años después se jubilaría.
La maestra está a punto de ser reconocida porque se destacó en el aula aplicando métodos distintos al resto y no sólo contó con el aval de la escuela, sino también (y esa es la parte más importante) con el cariño de varias generaciones de alumnos y padres que seguramente mañana van a estar presentes en la inauguración del espacio que llevará su nombre.
Acordamos la entrevista el 11 de septiembre pero la concretamos al día siguiente cuando seguía recibiendo salutaciones. Susana esperó a El Ciudadano con algo fresco y dos libros enormes, que con el correr de la charla fueron protagonistas de la historia. Ambos libros son un registro fiel del trabajo que la maestra hacía dentro y fuera del aula y que han cosechado no sólo halagos, sino también la admiración de muchas docentes que valoran la experiencia.
Con Susana vamos al origen de su vocación: “Empecé de chica cuidando, jugando, acompañando y ayudando a mis hermanos con las tareas, porque yo era la mayor de 5 hermanos mientras nos quedábamos con mi abuela, porque mamá trabajaba… En esa época estudiabas en el normal o en el liceo de señoritas, así que fui al normal; me gustó y ahí me recibí en 1966”.
Después Susana se casó y se fue a vivir al barrio Unimev. “No había nada en ese momento en el barrio y la escuela la hicieron muy rápido, así que muy entusiasmada me fui a ofrecer como docente”. Junto a una celadora empezaron a trabajar en la inscripción de los chicos de lo que por esos días sería la escuela De Paolis (hoy Justo López de Gomara), institución que le abrió las puertas a quien haría historia en ella.

La ‘revolucionaria’
La escuela siempre la dejó trabajar aplicando sus métodos, la dejó innovar y se dejó sorprender con actividades poco usuales para la época “Me decían revolucionaria… y sí, porque todo lo que yo creía importante lo investigaba y buscaba la forma de trabajarlo en el aula con los chicos, no me quedaba con el libro en la mano…”, resume la docente, y agrega: “Me decían la loca de la psicogénesis”.
Susana habla del constructivismo que llevado al aula no es ni más ni menos que darle las herramientas al niño para que desarrolle sus propios procesos de aprendizaje. Garantizándole al alumno un proceso dinámico, participativo e interactivo, que Susana lograba a través de sus particularidades a la hora de enseñar.

Los libros hablan…
Parte de su trabajo en el aula quedó plasmado en dichos libros que nombrábamos al principio de esta nota, de cada una de sus paginas se desprende una historia, allí encontramos proyectos de lectoescritura, conferencias sobre diferentes temas, mensajes de los chicos, la visión de los padres, fotos de los grupos que tuvo de alumnos (de los cuales recuerda el nombre de cada uno de ellos y en la mayoría de los casos sabe qué están haciendo esos jóvenes hoy). Esos libros también llegaban a manos de las autoridades de la escuela y de la DGE, pero no era Susana quien se encargaba de contar las actividades a los superiores, sino los mismos alumnos. “Los chicos tienen que comunicar lo que hacen, no sólo porque así lo aprenden, sino porque pierden el miedo a hablar de lo que saben”, sostiene. En ese comunicar permanente de actividades los chicos se animaron y escribieron cartas a diferentes personalidades, como por ejemplo, a la autora del libro de Ludovico, que era el libro de lectura que usaban en clase, y para sorpresa de muchos, la autora no sólo respondió las cartas de los alumnos, sino que mantuvo fluida comunicación con ellos durante mucho tiempo. Le escribieron al Gobernador para contarle de un proyecto ecológico que estaban desarrollando en el barrio, escribían a chicos de otras escuelas, entre tantas de cientos de cartas.

Clases distintas
Para entender mejor por qué se habla más de proceso que de resultados o calificaciones, es necesario aclarar que los alumnos tenían a Susana como maestra tres años consecutivos, es decir, desde primero a tercero. La maestra pasaba de grado con ellos. Si tomamos todo lo que vemos en las imágenes y lo que descubrimos con el relato de Susana, encontramos claras diferencias con la idea de escuela que tenemos en la cabeza: por empezar, las clases estaban abiertas a que los padres participaran en el aula, situación que no intimidaba a nadie porque estaba naturalizada. La forma de realizar la clase no tenía que ver con el modelo tradicional de un docente que habla y niños que escuchan, aprenden y replican, sino con un construir conocimiento entre todos y comunicarlo hacia afuera. Los bancos enfrentados para que todos pudiesen verse entre sí, habla a las claras de este tipo de integración. Otra gran diferencia es la evaluación como parte del proceso y la autoevaluación que es sumamente importante para la autovaloración del chico.
La docente recuerda que no usaba guardapolvo para ir a dar clases.

Actividades más allá del aula
Susana se involucraba con todo el proceso de aprendizaje de sus alumnos, no sólo cuando estaba al frente del aula, sino con el resto de las materias especiales. “Yo participaba con ellos en las actividades de Educación Física, les daba manualidades o estaba en la clase de música, para que el aprendizaje fuera integral”. La charla nos lleva por muchos caminos que podemos sintetizar en una sola frase: “Es cierto que los tiempos han cambiado, pero si me llamaran para dar clases hoy volvería corriendo por que amo la docencia”. Lo dice la mujer que entre los cientos de alumnos que tuvo en el aula, figura desde el intendente municipal hasta uno de sus nietos.

Merecido homenaje para la ‘seño’
La plaza Susana Crouspeire de Manzano, ubicada en el barrio Casa del Maestro, entre las calles Cotagaita, Berutti y Juan Díaz de Solís, del distritoLas Cañas, Guaymallén, será inaugurada mañana./ Rebeca Rodriguez

comentarios

imagen imagen
Login