Stella Maris Aranda: “Los niños son mi prioridad”
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Por Redacción

Stella Maris Aranda: “Los niños son mi prioridad”



La vida en un asentamiento y una lucha incansable por la dignidad, relatadas en primera persona 


Stella Maris Aranda es una de las referentes del asentamiento ubicado en Lisandro Moyano y Dorrego, en Las Heras, lugar donde hace poco más de un mes murió Thiago Delgado, un niño que estaba por cumplir sus primeros 6 años y soñaba con un festejo. Murió carbonizado, pero lo cierto es que a Thiago lo mató la desigualdad, el olvido y la miseria.


Stella Maris, además de compartir la vida en el asentamiento con Thiago y sus hermanos, se encargaba de cuidarlos y pasaba mucho tiempo junto a ellos. La mujer tiene graves problemas en su vista, por lo que la mañana del 14 de noviembre estaba en el oftalmólogo cuando alguien le avisó que en ‘la villita’ se había prendido fuego una casa.


La historia de este pequeño atraviesa la charla con Aranda por muchas razones: en el asentamiento viven más de 70 familias y hay más de cien niños, y cualquiera de ellos puede repetir la historia de la familia Delgado.


“Dos veces fui a buscar a las asistentes sociales de la Municipalidad para que vieran en qué condiciones vivían esos niños, pero no sirvió de nada”, dice mientras mastica la bronca y la resignación en un lugar donde entran las promesas pero no llegan las respuestas.


En primera persona

Stella llegó con sus hijos a la Ciudad de Mendoza desde el Valle de Uco dispuesta a hacer todo por ellos. Trabajó en servicio doméstico y en geriátricos, hizo empanadas para vender y cosió “para afuera”, pero apenas empezó su vida en Las Heras salió a cartonear –a cachurear, como le dicen– para poder darles de comer a sus hijos.


“Me vine de Tunuyán por cosas de la vida a vivir a los Cinco Mil Lotes, en un rancho que me alquilaban por $50 en el que un agujero del techo era más grande que el de la puerta, pero no me importó”, relata, y nos explica que tiempo después, y trabajando de todo lo que estuviese a su alcance, pudo darles a sus hijos un techo mejor.


Pero como la de tantos argentinos la situación de Stella cambió hace casi nueve años. “Hace 13 años que estoy sola con mis hijos, y como yo, muchos alquilábamos, pero en mi caso en particular mi prioridad siempre han sido mis hijos y procurar su bienestar para el día que yo no esté. Por eso en ese momento tuve que elegir entre pagar un alquiler o darles de comer y mandarlos al colegio… Las dos cosas no podía, porque cuando no tenés una profesión o un sueldo fijo, es imposible”, asegura la mujer que en febrero próximo cumplirá casi una década viviendo en el asentamiento.


Cambio de vida

“Venir a vivir acá de ‘ocupas’ no fue sólo pasar de una casa a un asentamiento. Mi hijos estaban acostumbrados a vivir materialmente bien, y de pronto pasamos de alquilar una casa a vivir en un rancho, que en un principio fue de tablas, y aunque nunca dejaron de estudiar, ellos sienten que la vida de no vale nada, que ya no sirven y no importa nada”, reflexiona, y agrega: “Mis hijos siguieron yendo a la escuela; no les quedaba otra porque era yo contra un Estado que no ha hecho más que marginarnos desde hace mucho tiempo”.


“Esta es una historia de hace muchos años y uno tiene que aprender a vivir y a escuchar, y cuando no has estudiado es muy difícil aprender. Por eso vas viviendo a los golpes, pero aprendés a defender tus principios, tus ideales y aprendés a tener convicciones”, dice con seguridad.


Los invisibles

“En Mendoza hay una corrupción absoluta y eso puedo decirlo delante de determinadas personas y no van a tener qué responderme, porque lucran con el hambre, con la necesidad, con la miseria. Esto lo he visto mucho más en la última década”, asegura, y lo fundamenta citando decenas de promesas de todos los colores políticos que nunca se concretaron. Promesas que van desde la casa propia hasta la ayuda para crear emprendimientos dentro del asentamiento.


“Durante la gestión de Miranda (Rubén, ex intendente de Las Heras) llegaron partidas de dinero en tres oportunidades para los asentamientos. Nosotros tendríamos que haber tenido casa en el 2013 o 2016, a lo sumo, pero el señor Miranda negoció nuestro terreno por otro espacio que no sirve. Mandaron las máquinas para hacernos creer que estaban trabajando, y uno se cansa de que le mientan: ese terreno no sirve, se inunda”, cuenta mientras la invade la desilusión.


Los niños, primero

Desde el 2011, en el asentamiento están organizados a través de una llamada Asociación Integral. Ya no quieren que llamen a su lugar “la villa 14”, sino Asentamiento Familias Unidas. Stella es tesorera de la comisión que asumió este año y desde ese momento se propuso trabajar por los niños. Esa es una de las razones por la cual la muerte de Thiago le duele tanto: “Cuando me hice cargo de las cuentas de la Asociación lo hice para involucrarme y para ayudar, me es indiferente caminar lo que sea para ir a buscar las donaciones, después lavo la ropa (que le regalan), le hago costura y la dejo bonita para los niños del asentamiento. Y lo hago porque creo que los niños no tienen la culpa. Si a un niño le demostrás amor, le demostrás que puede salir adelante. Él va a tener confianza, va a creer que puede, va tener la certeza de que si vos le hacés sentir que puede, él va a poder”.



Necesidades básicas

En el asentamiento funciona un merendero los jueves en la tarde. Si bien el espacio es reducido y carece de las ‘comodidades’ mínimas, igual asisten niños y adolescentes para tomar su chocolatada, participar de un taller de murga –a cargo de Fabián Cardozo–, jugar y charlar con las mujeres que lo llevan adelante.


La merienda se da un solo día porque no les alcanza para más: los insumos salen de los bolsillos de los mismos habitantes del asentamiento que integran la nómina de socios. Las necesidades van desde lo edilicio estructural hasta las cosas mínimas que cualquier persona puede necesitar. Hace meses que solicitan un camión para desagotar los pozos sépticos que expulsan sus fluidos a la superficie, donde los niños juegan, caminan y crecen.


También hablan de mejorar el espacio en el que hoy toman su merienda, por lo que rollizos, polietileno o materiales de construcción podrían ayudar, y mucho. Hace algunos días un grupo de adolescentes le plantearon a Stella que les gustaría tener una cancha de fútbol. Ella piensa en que esos chicos lo merecen y sueña con esa posibilidad. “No necesitamos mucho para hacerlo. Si lo pudiéramos concretar, ellos verían que es posible, que no es un cuento. También me gustaría que los chicos de la murga tengan sus instrumentos o la forma de arreglar los que les han prestado”, cuenta.


“Hay niños que no tienen camas, algunos perdieron sus colchones con la última lluvia, cosas comunes, lo básico, lo mínimo… y les vendría bien a las familias que tienen niños conseguir mercadería”, resume Stella el día a día de los habitantes del asentamiento.


Ninguno de los servicios básicos llega en forma legal al lugar, simplemente porque los demás consideran a estas familias usurpadoras. Al autodefinirse como ‘ocupa’, Stella explica: “Hice mi casa en lo que era un basural; me robo el agua y la electricidad, pero si el Estado quisiera que yo no me lo robe, haría una política para que yo pague. Pero ellos mismos nos dejan robar, porque lo que nos corresponde se lo roban ellos; lo hacen para sentirse menos culpables”.


Deseos de una luchadora

“Me gustaría poder conseguir algo para fin de año… Me gustaría hacerles a los niños una comida, y si no fuera posible, el 24 entregarles algo para que hagan su comida de Navidad. No es nada extraordinario, un pollo o unas papas, nada de otro mundo. Es lo que a mí me hubiese gustado tener cuando salía a ‘cachurear’. Nunca me voy a olvidar que una Navidad, cuando recién llegamos al asentamiento, comimos con mis hijos unos sánguches de mortadela con los únicos $5 que teníamos… Dios sabe que no te estoy mintiendo”, confiesa Stella, y concluye con una declaración de principios: “Para mí el asentamiento es como mi casa, donde los niños tienen prioridad: primero la comida, la educación y la ropa. Ellos primero, no es de otra manera”.


Para contactarse con Stella: 154668969 o en su perfil de Facebook.



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Stella Maris Aranda: “Los niños son mi prioridad”

La vida en un asentamiento y una lucha incansable por la dignidad, relatadas en primera persona 

Stella Maris Aranda es una de las referentes del asentamiento ubicado en Lisandro Moyano y Dorrego, en Las Heras, lugar donde hace poco más de un mes murió Thiago Delgado, un niño que estaba por cumplir sus primeros 6 años y soñaba con un festejo. Murió carbonizado, pero lo cierto es que a Thiago lo mató la desigualdad, el olvido y la miseria.

Stella Maris, además de compartir la vida en el asentamiento con Thiago y sus hermanos, se encargaba de cuidarlos y pasaba mucho tiempo junto a ellos. La mujer tiene graves problemas en su vista, por lo que la mañana del 14 de noviembre estaba en el oftalmólogo cuando alguien le avisó que en ‘la villita’ se había prendido fuego una casa.

La historia de este pequeño atraviesa la charla con Aranda por muchas razones: en el asentamiento viven más de 70 familias y hay más de cien niños, y cualquiera de ellos puede repetir la historia de la familia Delgado.

“Dos veces fui a buscar a las asistentes sociales de la Municipalidad para que vieran en qué condiciones vivían esos niños, pero no sirvió de nada”, dice mientras mastica la bronca y la resignación en un lugar donde entran las promesas pero no llegan las respuestas.

En primera persona
Stella llegó con sus hijos a la Ciudad de Mendoza desde el Valle de Uco dispuesta a hacer todo por ellos. Trabajó en servicio doméstico y en geriátricos, hizo empanadas para vender y cosió “para afuera”, pero apenas empezó su vida en Las Heras salió a cartonear –a cachurear, como le dicen– para poder darles de comer a sus hijos.

“Me vine de Tunuyán por cosas de la vida a vivir a los Cinco Mil Lotes, en un rancho que me alquilaban por $50 en el que un agujero del techo era más grande que el de la puerta, pero no me importó”, relata, y nos explica que tiempo después, y trabajando de todo lo que estuviese a su alcance, pudo darles a sus hijos un techo mejor.

Pero como la de tantos argentinos la situación de Stella cambió hace casi nueve años. “Hace 13 años que estoy sola con mis hijos, y como yo, muchos alquilábamos, pero en mi caso en particular mi prioridad siempre han sido mis hijos y procurar su bienestar para el día que yo no esté. Por eso en ese momento tuve que elegir entre pagar un alquiler o darles de comer y mandarlos al colegio… Las dos cosas no podía, porque cuando no tenés una profesión o un sueldo fijo, es imposible”, asegura la mujer que en febrero próximo cumplirá casi una década viviendo en el asentamiento.

Cambio de vida
“Venir a vivir acá de ‘ocupas’ no fue sólo pasar de una casa a un asentamiento. Mi hijos estaban acostumbrados a vivir materialmente bien, y de pronto pasamos de alquilar una casa a vivir en un rancho, que en un principio fue de tablas, y aunque nunca dejaron de estudiar, ellos sienten que la vida de no vale nada, que ya no sirven y no importa nada”, reflexiona, y agrega: “Mis hijos siguieron yendo a la escuela; no les quedaba otra porque era yo contra un Estado que no ha hecho más que marginarnos desde hace mucho tiempo”.

“Esta es una historia de hace muchos años y uno tiene que aprender a vivir y a escuchar, y cuando no has estudiado es muy difícil aprender. Por eso vas viviendo a los golpes, pero aprendés a defender tus principios, tus ideales y aprendés a tener convicciones”, dice con seguridad.

Los invisibles
“En Mendoza hay una corrupción absoluta y eso puedo decirlo delante de determinadas personas y no van a tener qué responderme, porque lucran con el hambre, con la necesidad, con la miseria. Esto lo he visto mucho más en la última década”, asegura, y lo fundamenta citando decenas de promesas de todos los colores políticos que nunca se concretaron. Promesas que van desde la casa propia hasta la ayuda para crear emprendimientos dentro del asentamiento.

“Durante la gestión de Miranda (Rubén, ex intendente de Las Heras) llegaron partidas de dinero en tres oportunidades para los asentamientos. Nosotros tendríamos que haber tenido casa en el 2013 o 2016, a lo sumo, pero el señor Miranda negoció nuestro terreno por otro espacio que no sirve. Mandaron las máquinas para hacernos creer que estaban trabajando, y uno se cansa de que le mientan: ese terreno no sirve, se inunda”, cuenta mientras la invade la desilusión.

Los niños, primero
Desde el 2011, en el asentamiento están organizados a través de una llamada Asociación Integral. Ya no quieren que llamen a su lugar “la villa 14”, sino Asentamiento Familias Unidas. Stella es tesorera de la comisión que asumió este año y desde ese momento se propuso trabajar por los niños. Esa es una de las razones por la cual la muerte de Thiago le duele tanto: “Cuando me hice cargo de las cuentas de la Asociación lo hice para involucrarme y para ayudar, me es indiferente caminar lo que sea para ir a buscar las donaciones, después lavo la ropa (que le regalan), le hago costura y la dejo bonita para los niños del asentamiento. Y lo hago porque creo que los niños no tienen la culpa. Si a un niño le demostrás amor, le demostrás que puede salir adelante. Él va a tener confianza, va a creer que puede, va tener la certeza de que si vos le hacés sentir que puede, él va a poder”.

Necesidades básicas
En el asentamiento funciona un merendero los jueves en la tarde. Si bien el espacio es reducido y carece de las ‘comodidades’ mínimas, igual asisten niños y adolescentes para tomar su chocolatada, participar de un taller de murga –a cargo de Fabián Cardozo–, jugar y charlar con las mujeres que lo llevan adelante.

La merienda se da un solo día porque no les alcanza para más: los insumos salen de los bolsillos de los mismos habitantes del asentamiento que integran la nómina de socios. Las necesidades van desde lo edilicio estructural hasta las cosas mínimas que cualquier persona puede necesitar. Hace meses que solicitan un camión para desagotar los pozos sépticos que expulsan sus fluidos a la superficie, donde los niños juegan, caminan y crecen.

También hablan de mejorar el espacio en el que hoy toman su merienda, por lo que rollizos, polietileno o materiales de construcción podrían ayudar, y mucho. Hace algunos días un grupo de adolescentes le plantearon a Stella que les gustaría tener una cancha de fútbol. Ella piensa en que esos chicos lo merecen y sueña con esa posibilidad. “No necesitamos mucho para hacerlo. Si lo pudiéramos concretar, ellos verían que es posible, que no es un cuento. También me gustaría que los chicos de la murga tengan sus instrumentos o la forma de arreglar los que les han prestado”, cuenta.

“Hay niños que no tienen camas, algunos perdieron sus colchones con la última lluvia, cosas comunes, lo básico, lo mínimo… y les vendría bien a las familias que tienen niños conseguir mercadería”, resume Stella el día a día de los habitantes del asentamiento.

Ninguno de los servicios básicos llega en forma legal al lugar, simplemente porque los demás consideran a estas familias usurpadoras. Al autodefinirse como ‘ocupa’, Stella explica: “Hice mi casa en lo que era un basural; me robo el agua y la electricidad, pero si el Estado quisiera que yo no me lo robe, haría una política para que yo pague. Pero ellos mismos nos dejan robar, porque lo que nos corresponde se lo roban ellos; lo hacen para sentirse menos culpables”.

Deseos de una luchadora
“Me gustaría poder conseguir algo para fin de año… Me gustaría hacerles a los niños una comida, y si no fuera posible, el 24 entregarles algo para que hagan su comida de Navidad. No es nada extraordinario, un pollo o unas papas, nada de otro mundo. Es lo que a mí me hubiese gustado tener cuando salía a ‘cachurear’. Nunca me voy a olvidar que una Navidad, cuando recién llegamos al asentamiento, comimos con mis hijos unos sánguches de mortadela con los únicos $5 que teníamos… Dios sabe que no te estoy mintiendo”, confiesa Stella, y concluye con una declaración de principios: “Para mí el asentamiento es como mi casa, donde los niños tienen prioridad: primero la comida, la educación y la ropa. Ellos primero, no es de otra manera”.

Para contactarse con Stella: 154668969 o en su perfil de Facebook.

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