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Los hijos de Dios
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Por Redacción

Los hijos de Dios



Lo he pensado, una y otra vez. Y no creo equivocarme en mi perfectible fuero interior, pero las cosas están como están. Está claro que la Iglesia católica produce por estos tiempos un movimiento telúrico mundial en sus estructuras, sus visiones, sus palabras y sus compromisos. El cataclismo tiene un nervio motor, el papa Francisco.


Es que desde que Jorge Bergoglio se sentó en el sitial de San Pedro está haciendo contundentes giros que echan por tierra preconceptos y actitudes que por cientos de años hicieron erosionar las estructuras de la iglesia. La transformaron en injusta, discriminatoria, censuradora, cómplice de delitos de lesa humanidad, oscura, avasalladora y violatoria de la esencia misma del sentido de Dios que se pregona desde su púlpito.


Francisco, como fue bautizado el ex cardenal argentino al asumir el papado, volcó inmediatamente sobre su peregrinar las acciones sobre un complejo mundo donde el hombre subsiste entre guerras, hambre, pobreza, inequidades sociales, conflictos étnicos, territoriales y de convulsión interna de países o regionales, donde por lo general todo conlleva a matanzas de niños, mujeres y ancianos, sin piedad y altas dosis de sadismo.


Entonces, el representante del apóstol Pedro colocó a la Iglesia católica del mundo en el epicentro de estos y otros delicados asuntos. Para el Papa no hay medias tintas a la hora de expedirse y hacer algo por esos aspectos que duelen inadmisiblemente al hombre. Pero fue más allá y se metió de lleno en urticantes temas del vivir de la humanidad donde la iglesia no había querido inmiscuirse, o no había sabido expedirse, o lo había hecho con esa rigidez que la remontaba a la época de inquisición, quizá la más oscura y reprochable de su historia.


Por primera vez intentaba acercarse con una mirada diferente y compasiva a la sexualidad del hombre, esencialmente a la homosexualidad del mismo. Para tener una idea de las exposiciones de la iglesia antes de la llegada del papado de Francisco, cito por ejemplo lo que he encontrado en el libro El sufrimiento de los homosexuales y las propuestas pastorales actuales.


En una parte del mismo se habla de una broma que ilustra esta compleja situación. Broma que estuvo de moda en el ambiente gay de la ciudad norteamericana de San Francisco, donde un hijo llega a su casa y le dice a su mamá: “Mami tengo dos noticias, una buena y una mala”; su mamá le dice: “Dime primero la mala”. “La mala noticia es que soy gay”. “¿Y la buena?”. “La buena es que tengo sida y me estoy muriendo”.


Relata este libro que algunos documentos de la Iglesia habían suavizado su posición, pero que se instalaron en un callejón sin salida al considerar a los actos homosexuales intrínsecamente desordenados. La Iglesia “acepta que tengas una atracción homosexual, pero jamás realizar el acto, porque es pecado. ¿Quién puede vivir así?”, se pregunta el autor del libro, Rubén del Valle.


Para colmo de males, expresa más adelante el autor que “en octubre de 1986, el Papa Juan Pablo II nombró al cardenal alemán Joseph Ratzinger como secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, quien publicó la Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la Atención a las Personas Homosexuales”. En ésta advierte que “las declaraciones anteriores se han interpretado excesivamente benévolas para la condición homosexual, al definirla como indiferente y sin más buena, cuando es todo lo contrario, por lo que la inclinación misma debe ser considerada objetivamente desordenada, caracterizada por la autocomplacencia”.


Lugo Rodríguez, otro escritor, señala que “la autocomplacencia y su contrario, la donación de sí mismo, puede hallarse tanto en homosexuales como en heterosexuales. La Iglesia es muy contradictoria. Puedo ser gay, pero no puedo acostarme con nadie porque es pecado. Es lo mismo que prescriben gastroenterólogos que indican que todas las enfermedades estomacales vienen de lo que comes. Y es cierto. Pero a nadie se le ocurre que la solución es dejar de comer. No tengo vocación de fakir. Pues eso es precisamente lo que la Iglesia hace con la homosexualidad”.


Después de estas lecturas, de las muchas con las que uno podría analizar este tema, se entiende el reto lanzado desde el Vaticano a los más de 200 obispos del mundo cuando, afirmando que los homosexuales tenían “dones y atributos para ofrecer”, configuraba que la Iglesia debería desafiarse a sí misma para encontrar “un espacio fraternal” para los homosexuales sin comprometer la doctrina católica sobre familia y matrimonio. E inmediatamente con un interrogante dejaba abierto el próximo sínodo: ¿somos capaces de darle la bienvenida a esta gente, garantizándoles un espacio mayor en nuestras comunidades? Muchas veces ellos quieren encontrar una Iglesia que les ofrezca un hogar acogedor, sin discriminación alguna,, concluía el mensaje del Papa Francisco a los prelados.


Todo un tema y todo un desafío. Si se tiene en cuenta además que en la misma Iglesia es muy elevado el porcentaje de homosexuales y que muchos de ellos tomaron los hábitos sacerdotales para ocultar su homosexualidad, como dramáticamente se conoció por estos días. Rostros como para evaluar la dimensión de este tema, como así de otros. Rostros que hoy muestra la Iglesia católica del mundo.


La misma que está siendo capaz de erradicar la mugrienta pedofilia y juzgar a quienes cometieron estos horrendos actos, sobre niños esencialmente. La misma que se está despojando de lujos para estar ante los pobres en su duro caminar. La misma que enfrenta con determinación robos o maniobras fraudulentas con millones y millones de dólares que llegan al Vaticano, por parte de cardenales asociados a la mafia. La misma que pregona y participa de la paz entre los pueblos. La misma que ha aceptado la unión entre divorciados o que conviven en concubinato. La misma que está intentando recuperar un terreno perdido intencionalmente en la fe de la humanidad, a pesar de la muy fuerte resistencia desde adentro de la propia Iglesia, de las amenazas a la vida de Francisco y de los poderosos intereses que intentarán que este paso que hoy da el pontificado de Francisco se caiga a pedazos.


Demostrando que el mundo antes de la llegada de Jorge Bergoglio a Roma, estaba descaradamente y bien administrado por el cruel negocio de la imperfecciones de los hijos de Dios.


Daniel Gallardo – Periodista y Productor de Radio Estudio Cooperativa y Diario El Ciudadano


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Los hijos de Dios

Lo he pensado, una y otra vez. Y no creo equivocarme en mi perfectible fuero interior, pero las cosas están como están. Está claro que la Iglesia católica produce por estos tiempos un movimiento telúrico mundial en sus estructuras, sus visiones, sus palabras y sus compromisos. El cataclismo tiene un nervio motor, el papa Francisco.

Es que desde que Jorge Bergoglio se sentó en el sitial de San Pedro está haciendo contundentes giros que echan por tierra preconceptos y actitudes que por cientos de años hicieron erosionar las estructuras de la iglesia. La transformaron en injusta, discriminatoria, censuradora, cómplice de delitos de lesa humanidad, oscura, avasalladora y violatoria de la esencia misma del sentido de Dios que se pregona desde su púlpito.

Francisco, como fue bautizado el ex cardenal argentino al asumir el papado, volcó inmediatamente sobre su peregrinar las acciones sobre un complejo mundo donde el hombre subsiste entre guerras, hambre, pobreza, inequidades sociales, conflictos étnicos, territoriales y de convulsión interna de países o regionales, donde por lo general todo conlleva a matanzas de niños, mujeres y ancianos, sin piedad y altas dosis de sadismo.

Entonces, el representante del apóstol Pedro colocó a la Iglesia católica del mundo en el epicentro de estos y otros delicados asuntos. Para el Papa no hay medias tintas a la hora de expedirse y hacer algo por esos aspectos que duelen inadmisiblemente al hombre. Pero fue más allá y se metió de lleno en urticantes temas del vivir de la humanidad donde la iglesia no había querido inmiscuirse, o no había sabido expedirse, o lo había hecho con esa rigidez que la remontaba a la época de inquisición, quizá la más oscura y reprochable de su historia.

Por primera vez intentaba acercarse con una mirada diferente y compasiva a la sexualidad del hombre, esencialmente a la homosexualidad del mismo. Para tener una idea de las exposiciones de la iglesia antes de la llegada del papado de Francisco, cito por ejemplo lo que he encontrado en el libro El sufrimiento de los homosexuales y las propuestas pastorales actuales.

En una parte del mismo se habla de una broma que ilustra esta compleja situación. Broma que estuvo de moda en el ambiente gay de la ciudad norteamericana de San Francisco, donde un hijo llega a su casa y le dice a su mamá: “Mami tengo dos noticias, una buena y una mala”; su mamá le dice: “Dime primero la mala”. “La mala noticia es que soy gay”. “¿Y la buena?”. “La buena es que tengo sida y me estoy muriendo”.

Relata este libro que algunos documentos de la Iglesia habían suavizado su posición, pero que se instalaron en un callejón sin salida al considerar a los actos homosexuales intrínsecamente desordenados. La Iglesia “acepta que tengas una atracción homosexual, pero jamás realizar el acto, porque es pecado. ¿Quién puede vivir así?”, se pregunta el autor del libro, Rubén del Valle.

Para colmo de males, expresa más adelante el autor que “en octubre de 1986, el Papa Juan Pablo II nombró al cardenal alemán Joseph Ratzinger como secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, quien publicó la Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la Atención a las Personas Homosexuales”. En ésta advierte que “las declaraciones anteriores se han interpretado excesivamente benévolas para la condición homosexual, al definirla como indiferente y sin más buena, cuando es todo lo contrario, por lo que la inclinación misma debe ser considerada objetivamente desordenada, caracterizada por la autocomplacencia”.

Lugo Rodríguez, otro escritor, señala que “la autocomplacencia y su contrario, la donación de sí mismo, puede hallarse tanto en homosexuales como en heterosexuales. La Iglesia es muy contradictoria. Puedo ser gay, pero no puedo acostarme con nadie porque es pecado. Es lo mismo que prescriben gastroenterólogos que indican que todas las enfermedades estomacales vienen de lo que comes. Y es cierto. Pero a nadie se le ocurre que la solución es dejar de comer. No tengo vocación de fakir. Pues eso es precisamente lo que la Iglesia hace con la homosexualidad”.

Después de estas lecturas, de las muchas con las que uno podría analizar este tema, se entiende el reto lanzado desde el Vaticano a los más de 200 obispos del mundo cuando, afirmando que los homosexuales tenían “dones y atributos para ofrecer”, configuraba que la Iglesia debería desafiarse a sí misma para encontrar “un espacio fraternal” para los homosexuales sin comprometer la doctrina católica sobre familia y matrimonio. E inmediatamente con un interrogante dejaba abierto el próximo sínodo: ¿somos capaces de darle la bienvenida a esta gente, garantizándoles un espacio mayor en nuestras comunidades? Muchas veces ellos quieren encontrar una Iglesia que les ofrezca un hogar acogedor, sin discriminación alguna,, concluía el mensaje del Papa Francisco a los prelados.

Todo un tema y todo un desafío. Si se tiene en cuenta además que en la misma Iglesia es muy elevado el porcentaje de homosexuales y que muchos de ellos tomaron los hábitos sacerdotales para ocultar su homosexualidad, como dramáticamente se conoció por estos días. Rostros como para evaluar la dimensión de este tema, como así de otros. Rostros que hoy muestra la Iglesia católica del mundo.

La misma que está siendo capaz de erradicar la mugrienta pedofilia y juzgar a quienes cometieron estos horrendos actos, sobre niños esencialmente. La misma que se está despojando de lujos para estar ante los pobres en su duro caminar. La misma que enfrenta con determinación robos o maniobras fraudulentas con millones y millones de dólares que llegan al Vaticano, por parte de cardenales asociados a la mafia. La misma que pregona y participa de la paz entre los pueblos. La misma que ha aceptado la unión entre divorciados o que conviven en concubinato. La misma que está intentando recuperar un terreno perdido intencionalmente en la fe de la humanidad, a pesar de la muy fuerte resistencia desde adentro de la propia Iglesia, de las amenazas a la vida de Francisco y de los poderosos intereses que intentarán que este paso que hoy da el pontificado de Francisco se caiga a pedazos.

Demostrando que el mundo antes de la llegada de Jorge Bergoglio a Roma, estaba descaradamente y bien administrado por el cruel negocio de la imperfecciones de los hijos de Dios.

Daniel Gallardo – Periodista y Productor de Radio Estudio Cooperativa y Diario El Ciudadano

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