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Por Redacción
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Lo propio nos hace crecer



Facundo Laciar es permacultor y antropólogo y vive en la selva mexicana desde hace más de diez años, donde comparte junto a su familia “el rancholargo”, una finca donde siembra su propio alimento mientras ve crecer a sus hijos y los cría de una forma bien diferente a lo que estamos acostumbrados. A Facundo, El Ciudadano lo conoció en el camarín de Fabiana Cantilo cuando visitó Mendoza hace algunas semanas. Ella contó acerca de su estilo de vida basado en la sabiduría del pueblo maya.

El hombre es mendocino, tan mendocino que en su pecho tiene un tatuaje del Lobo, club de sus amores. Hizo la primaria en la escuela Villanueva y la secundaria le costó pases por distintos colegios y la terminó en un CENS. Facundo empezó a viajar a los 18 años, vivió en Brasil, Paraguay, Bolivia y luego en Chile. Una vez en su tierra, estudió teatro y fue esa la herramienta que le permitió viajar a Cuba para hacer la técnica de una obra. Allí se quedó mas tiempo y tuvo la posibilidad de conocer México y una vez instalado, a los mayas, que son su gran inspiración: “Ahí me explotó el chip: volví a Mendoza, terminé con la novia que tenía, empecé a salir con la Jose y le dije que no sabía qué iba a hacer de mi vida, pero sí sabía qué lo iba a hacer en ese lugar”.


Primeros años en México

“Durante un tiempo, preparamos el viaje porque iba a ser movido, no íbamos a ver qué pasaba, íbamos para que pasara algo”, contó el joven. Así fue como consiguieron trabajos que les permitieron vivir en Cancún, Jose como promotora de la cerveza XX y Facundo como productor y guionista en Televisa Cancún. “La tele empezó a ser la receptora de toda mi locura, trabajé con Oscar Cadena, alguien de quien aprendí mucho y creo que el también aprendió conmigo, como ver las cosas desde otro lugar”, recordó Facundo de sus primeras épocas en México. “Trabajaba en producciones y escribía guiones para programas de TV. Un día me di cuenta de que la plata no me pagaba”, contó Facundo y agregó que fue fundamental para buscar otra forma de vida: “El día que Río, mi hijo del medio, cumplió dos años, me di cuenta de que siempre lo había visto durmiendo, porque me iba muy temprano en la mañana y volvía muy tarde en la noche”. Esto fue decisivo para él, teniendo en cuenta que lo que más soñó en su vida era convertirse en padre, incluso, después de que los médicos en Mendoza le diagnosticaran la imposibilidad de tener hijos a su esposa. En relación a ello, Facundo recordó otra anécdota que rozó el realismo mágico: “Acá no podíamos tener hijos pero siempre digo que llegamos al Caribe, le di un beso a Jose y se quedó embarazada de Luna, después llegó Río y, más tarde Tierra, la más pequeña”, explicó.

Facundo estudió Antropología, investigó y leyó mucho sobre permacultura y, a todo eso, le sumó la experiencia personal de vivenciar la cultura maya en su máxima expresión.


Pueblo

Al pueblo de Cobá llegó de la mano de un artesano chileno con el que había entablado amistad. El simple hecho de ver que ser productivo y ganar dinero con una actividad generaba roce con las demás personas influyó para que Facundo decidiera eliminar por completo el dinero de su vida. “En México hay una ley que dice que el que no tiene plata no paga nada, y me acogí a esa ley porque yo no ganaba dinero, mi familia y yo nos alimentábamos con lo que producíamos en la huerta de una casa que me habían prestado. Tuve que hacer toda una cuestión legal, ir a Desarrollo Social para que vieran cómo vivía y con esos papeles ir a Migraciones para no pagar millonada de plata, porque allá los argentinos son gerentes y yo era un argentino pobre que sembraba mi comida. Esto fue entre el 2002 y el 2007”, detalló el muchacho.


Días de huerta

“Me acerqué a la cultura maya desde la agricultura intentando copiar la milpa (lugar donde se siembra el alimento) que por lo general es donde se siembra maíz”, relató.

La original milpa maya tiene calabaza, zapallo, poroto yuca, sandía, “yo me encaminé en mejorar el piso de la huerta maya e intentar explicarles a mis vecinos cómo producir. Con sus desechos me fui hasta otro pueblo, San Cristóbal de las Casas, y aprendí la cultura de los hongos en cañas de maíz. Las cañas, que para ellos era basura de su milpa, las iba a buscar, las molía y les ponía la espora de un hongo (hongo ostra) que tiene 130 proteínas más que el cochino y es comida del futuro, una súper comida; en base a eso alimenté a mis hijos y los excedentes los intercambiaba por algo que necesitara, por ejemplo, ropa para cubrirnos del sol mientras trabajamos en el campo”, explicó Facundo.


Conciencia primitiva

En la permacultura (N de la R: sistema de diseño que aplica éticas y principios ecológicos en la planeación, diseño, desarrollo, mantenimiento, organización y la preservación de espacios aptos para sostener la vida en el presente y futuro) está la raíz de todo. “Yo la enriquecí con una cuestión que le llamo ‘conciencia primitiva’, que tiene que ver con mirar al mono, no a la computadora, y usar la computadora para alimentar al mono”, resumió Facundo el concepto, y para entenderlo mejor dejó un ejemplo de simpleza: “Pensar en lo simple que uno puede ser abajo, ‘en la simpleza uno puede encontrar la medicina, entonces uno después no tiene que ir a trabajar para comprar remedios’, tan simple como alimentarte de tu huerta”, explicó este mendocino que apuesta a una sociedad más sana, más humilde y más sabia.

“Esa es otra cosa que yo aprendí de los mayas: el alimento tiene que estar cerca, los animales, las aromáticas, la huerta; mientras eso pasaba yo aprendía la lengua y ellos me enseñaban cosas, y mis hijos crecieron aprendiendo otras sin subestimar a nada ni a nadie”, agregó.

Para llevarlo a la práctica, Facundo dio su versión: “Estamos en época de hacer trampa, nos han hecho creer que el crecimiento va para un lado y en realidad va para el otro. Comprar más cosas no nos va a hacer crecer más, al contrario, dejar de comprar tantas cosas es lo que nos va a hacer crecer y, la mejor manera de dejar de comprar cosas, es generar tu propio alimento. Podés empezar con una macetita en el balcón (no hace falta comprarte cinco hectáreas para sembrar) y podés tener tu alimento”.

Incluso, fue en el pueblo de Cobá donde alguna vez tuvo que oficiar de traductor entre un encapuchado que fumaba pipa y que llevaba adelante lo que había denominado “la otra campaña” y los campesinos con los que compartía las tierras. Se trataba, nada más y nada menos que del subcomandante Marcos, que por esos meses iba de pueblo en pueblo tratando de llevar su idea de democracia, la idea de que el pueblo debe ser escuchado y, sobre todo, que el pueblo gobierna gobernando y decidiendo todo el tiempo.


Aprendizaje

Si bien compartir tantos años con sus vecinos intercambiando saberes, en pos del bienestar de toda una comunidad dejó mucho para reflexionar, el hombre puede resumir parte del aprendizaje en algunas frases: “Aprendí la verdadera humildad de un pueblo que habla en maya pero que cuando me acercaba hablaba en un español muy malo para que no me sintiera mal ahí. En mi casa me habían enseñado el concepto de la humildad y ahí aprendí el valor, aprendí que tan gordo te podés hacer cuando te alimentan con humildad. Yo tengo aspecto del pueblo que oprimió a los mayas, soy pelado y tengo pelo en el pecho, soy el dibujito del cura franciscano que eliminó su cultura. Podrían muy bien haberme ignorado y me pusieron sobrenombre -que tardaron en decirme- porque pensaban que me iba a ofender”, explicó Facundo y agregó que la camiseta con la que jugaba al fútbol con sus amigos mayas llevaba ese sobrenombre Colish, que significa defensor, pero también gallina desplumada, la que nace sin plumas, en clara alusión a su cabeza sin pelo. “Ellos querían saber cosas de mí, pero no sabían cómo preguntarme”, dijo el joven, mientras recordó cómo les contaba acerca de la importancia de su resistencia como pueblo a la opresión colonialista. “Les decía que tenían que volver a releer su historia porque allí estaba la clave de todo eso, es en parte lo que yo llamo conciencia primitiva”, cerró.

“El tiempo que otro hubiera usado para hacer ocio o para hacer crecer su empresa yo lo usé para leer, incluso, para leer en otros idiomas teniendo que aprender el idioma para poder entender lo que leía”, recordó Facundo y explicó: “La filosofía china se plasma sobre algo que ellos llaman el “tao”. Para ellos es el camino y eso es algo que no está, hay que hacerlo, es la forma que tiene cada uno de ir sembrando su futuro”.


De vuelta al terruño

Facundo viajó con dos grandes metas a Mendoza: por un lado, para que las personas que lo educaron conocieran a los que él educó, es decir, que abuelos y nietos compartieran la experiencia de vivir juntos y, por el otro lado, transmitir lo que aprendió en muchos años de vida en el extranjero, específicamente en tierras de filosofía milenaria y avanzada como la de los mayas y sus descendientes. La idea es dar algunos talleres. “Tengo tres definidos: uno sobre conciencia primitiva, para todas las edades, con tips para sanar el mundo; otro de solvencia familiar, ese lo damos con mi esposa, y planteamos temas como la seducción animal, sexualidad, creatividad, el hecho de preparar el nido en el momento del parto, por ejemplo. Y un tercer taller para niños, donde yo aprendo de ellos, los escucho, les planteo situaciones y todo lo que sale de esos talleres me sirve para aplicarlo con los papás. La idea es despertar, escribir nuestro propio guión para vivir nuestra vida como queremos”, concluyó Facundo./ Rebeca Rodriguez


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Lo propio nos hace crecer

Facundo Laciar es permacultor y antropólogo y vive en la selva mexicana desde hace más de diez años, donde comparte junto a su familia “el rancholargo”, una finca donde siembra su propio alimento mientras ve crecer a sus hijos y los cría de una forma bien diferente a lo que estamos acostumbrados. A Facundo, El Ciudadano lo conoció en el camarín de Fabiana Cantilo cuando visitó Mendoza hace algunas semanas. Ella contó acerca de su estilo de vida basado en la sabiduría del pueblo maya.
El hombre es mendocino, tan mendocino que en su pecho tiene un tatuaje del Lobo, club de sus amores. Hizo la primaria en la escuela Villanueva y la secundaria le costó pases por distintos colegios y la terminó en un CENS. Facundo empezó a viajar a los 18 años, vivió en Brasil, Paraguay, Bolivia y luego en Chile. Una vez en su tierra, estudió teatro y fue esa la herramienta que le permitió viajar a Cuba para hacer la técnica de una obra. Allí se quedó mas tiempo y tuvo la posibilidad de conocer México y una vez instalado, a los mayas, que son su gran inspiración: “Ahí me explotó el chip: volví a Mendoza, terminé con la novia que tenía, empecé a salir con la Jose y le dije que no sabía qué iba a hacer de mi vida, pero sí sabía qué lo iba a hacer en ese lugar”.

Primeros años en México
“Durante un tiempo, preparamos el viaje porque iba a ser movido, no íbamos a ver qué pasaba, íbamos para que pasara algo”, contó el joven. Así fue como consiguieron trabajos que les permitieron vivir en Cancún, Jose como promotora de la cerveza XX y Facundo como productor y guionista en Televisa Cancún. “La tele empezó a ser la receptora de toda mi locura, trabajé con Oscar Cadena, alguien de quien aprendí mucho y creo que el también aprendió conmigo, como ver las cosas desde otro lugar”, recordó Facundo de sus primeras épocas en México. “Trabajaba en producciones y escribía guiones para programas de TV. Un día me di cuenta de que la plata no me pagaba”, contó Facundo y agregó que fue fundamental para buscar otra forma de vida: “El día que Río, mi hijo del medio, cumplió dos años, me di cuenta de que siempre lo había visto durmiendo, porque me iba muy temprano en la mañana y volvía muy tarde en la noche”. Esto fue decisivo para él, teniendo en cuenta que lo que más soñó en su vida era convertirse en padre, incluso, después de que los médicos en Mendoza le diagnosticaran la imposibilidad de tener hijos a su esposa. En relación a ello, Facundo recordó otra anécdota que rozó el realismo mágico: “Acá no podíamos tener hijos pero siempre digo que llegamos al Caribe, le di un beso a Jose y se quedó embarazada de Luna, después llegó Río y, más tarde Tierra, la más pequeña”, explicó.
Facundo estudió Antropología, investigó y leyó mucho sobre permacultura y, a todo eso, le sumó la experiencia personal de vivenciar la cultura maya en su máxima expresión.

Pueblo
Al pueblo de Cobá llegó de la mano de un artesano chileno con el que había entablado amistad. El simple hecho de ver que ser productivo y ganar dinero con una actividad generaba roce con las demás personas influyó para que Facundo decidiera eliminar por completo el dinero de su vida. “En México hay una ley que dice que el que no tiene plata no paga nada, y me acogí a esa ley porque yo no ganaba dinero, mi familia y yo nos alimentábamos con lo que producíamos en la huerta de una casa que me habían prestado. Tuve que hacer toda una cuestión legal, ir a Desarrollo Social para que vieran cómo vivía y con esos papeles ir a Migraciones para no pagar millonada de plata, porque allá los argentinos son gerentes y yo era un argentino pobre que sembraba mi comida. Esto fue entre el 2002 y el 2007”, detalló el muchacho.

Días de huerta
“Me acerqué a la cultura maya desde la agricultura intentando copiar la milpa (lugar donde se siembra el alimento) que por lo general es donde se siembra maíz”, relató.
La original milpa maya tiene calabaza, zapallo, poroto yuca, sandía, “yo me encaminé en mejorar el piso de la huerta maya e intentar explicarles a mis vecinos cómo producir. Con sus desechos me fui hasta otro pueblo, San Cristóbal de las Casas, y aprendí la cultura de los hongos en cañas de maíz. Las cañas, que para ellos era basura de su milpa, las iba a buscar, las molía y les ponía la espora de un hongo (hongo ostra) que tiene 130 proteínas más que el cochino y es comida del futuro, una súper comida; en base a eso alimenté a mis hijos y los excedentes los intercambiaba por algo que necesitara, por ejemplo, ropa para cubrirnos del sol mientras trabajamos en el campo”, explicó Facundo.

Conciencia primitiva
En la permacultura (N de la R: sistema de diseño que aplica éticas y principios ecológicos en la planeación, diseño, desarrollo, mantenimiento, organización y la preservación de espacios aptos para sostener la vida en el presente y futuro) está la raíz de todo. “Yo la enriquecí con una cuestión que le llamo ‘conciencia primitiva’, que tiene que ver con mirar al mono, no a la computadora, y usar la computadora para alimentar al mono”, resumió Facundo el concepto, y para entenderlo mejor dejó un ejemplo de simpleza: “Pensar en lo simple que uno puede ser abajo, ‘en la simpleza uno puede encontrar la medicina, entonces uno después no tiene que ir a trabajar para comprar remedios’, tan simple como alimentarte de tu huerta”, explicó este mendocino que apuesta a una sociedad más sana, más humilde y más sabia.
“Esa es otra cosa que yo aprendí de los mayas: el alimento tiene que estar cerca, los animales, las aromáticas, la huerta; mientras eso pasaba yo aprendía la lengua y ellos me enseñaban cosas, y mis hijos crecieron aprendiendo otras sin subestimar a nada ni a nadie”, agregó.
Para llevarlo a la práctica, Facundo dio su versión: “Estamos en época de hacer trampa, nos han hecho creer que el crecimiento va para un lado y en realidad va para el otro. Comprar más cosas no nos va a hacer crecer más, al contrario, dejar de comprar tantas cosas es lo que nos va a hacer crecer y, la mejor manera de dejar de comprar cosas, es generar tu propio alimento. Podés empezar con una macetita en el balcón (no hace falta comprarte cinco hectáreas para sembrar) y podés tener tu alimento”.
Incluso, fue en el pueblo de Cobá donde alguna vez tuvo que oficiar de traductor entre un encapuchado que fumaba pipa y que llevaba adelante lo que había denominado “la otra campaña” y los campesinos con los que compartía las tierras. Se trataba, nada más y nada menos que del subcomandante Marcos, que por esos meses iba de pueblo en pueblo tratando de llevar su idea de democracia, la idea de que el pueblo debe ser escuchado y, sobre todo, que el pueblo gobierna gobernando y decidiendo todo el tiempo.

Aprendizaje
Si bien compartir tantos años con sus vecinos intercambiando saberes, en pos del bienestar de toda una comunidad dejó mucho para reflexionar, el hombre puede resumir parte del aprendizaje en algunas frases: “Aprendí la verdadera humildad de un pueblo que habla en maya pero que cuando me acercaba hablaba en un español muy malo para que no me sintiera mal ahí. En mi casa me habían enseñado el concepto de la humildad y ahí aprendí el valor, aprendí que tan gordo te podés hacer cuando te alimentan con humildad. Yo tengo aspecto del pueblo que oprimió a los mayas, soy pelado y tengo pelo en el pecho, soy el dibujito del cura franciscano que eliminó su cultura. Podrían muy bien haberme ignorado y me pusieron sobrenombre -que tardaron en decirme- porque pensaban que me iba a ofender”, explicó Facundo y agregó que la camiseta con la que jugaba al fútbol con sus amigos mayas llevaba ese sobrenombre Colish, que significa defensor, pero también gallina desplumada, la que nace sin plumas, en clara alusión a su cabeza sin pelo. “Ellos querían saber cosas de mí, pero no sabían cómo preguntarme”, dijo el joven, mientras recordó cómo les contaba acerca de la importancia de su resistencia como pueblo a la opresión colonialista. “Les decía que tenían que volver a releer su historia porque allí estaba la clave de todo eso, es en parte lo que yo llamo conciencia primitiva”, cerró.
“El tiempo que otro hubiera usado para hacer ocio o para hacer crecer su empresa yo lo usé para leer, incluso, para leer en otros idiomas teniendo que aprender el idioma para poder entender lo que leía”, recordó Facundo y explicó: “La filosofía china se plasma sobre algo que ellos llaman el “tao”. Para ellos es el camino y eso es algo que no está, hay que hacerlo, es la forma que tiene cada uno de ir sembrando su futuro”.

De vuelta al terruño
Facundo viajó con dos grandes metas a Mendoza: por un lado, para que las personas que lo educaron conocieran a los que él educó, es decir, que abuelos y nietos compartieran la experiencia de vivir juntos y, por el otro lado, transmitir lo que aprendió en muchos años de vida en el extranjero, específicamente en tierras de filosofía milenaria y avanzada como la de los mayas y sus descendientes. La idea es dar algunos talleres. “Tengo tres definidos: uno sobre conciencia primitiva, para todas las edades, con tips para sanar el mundo; otro de solvencia familiar, ese lo damos con mi esposa, y planteamos temas como la seducción animal, sexualidad, creatividad, el hecho de preparar el nido en el momento del parto, por ejemplo. Y un tercer taller para niños, donde yo aprendo de ellos, los escucho, les planteo situaciones y todo lo que sale de esos talleres me sirve para aplicarlo con los papás. La idea es despertar, escribir nuestro propio guión para vivir nuestra vida como queremos”, concluyó Facundo./ Rebeca Rodriguez

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