Lo bien que estábamos, lástima que no lo sabíamos
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Por Redacción
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Lo bien que estábamos, lástima que no lo sabíamos



El Progresismo cree que el futuro no puede hacer otra que mejorar, pues todo futuro, por definición, será mejor que el presente. Mera consecuencia de la inevitable evolución de la Humanidad.


Sin embargo, las culturas ancestrales que nos precedieron tenían una visión mucho más cauta al respecto. Concebían al curso de la vida más bien como un viaje, con sus alternativas, sus incidentes, sus giros inesperados.


Nos dejaron la sabiduría del dicho bíblico de “siete años de vacas gordas, siete años de vacas flacas”, que aconsejaba ahorrar en los tiempos de bonanza para poder enfrentar las seguras y cíclicas hambrunas.


En este sentido, todos concuerdan que el 2016 fue un año difícil. Citan en su apoyo al Brexit, que puso a la Gran Bretaña fuera de la UE; agregan el triunfo del No del referéndum por el acuerdo de paz entre Colombia y las FARC y no se olvidan de la victoria de Donald Trump. Para rematarla, citan la brutal muerte del embajador ruso en Ankara, a la que comparan con el ominoso antecedente del asesinato de un famoso archiduque y que precipitara el comienzo de la Primera Guerra Mundial.


Sin embargo, nada nos garantiza que el que año próximo será mejor que el que termina. Y que como tal no formará parte del cabalístico dígito “7” citado en la Biblia.


Pero, más que de cuestiones proféticas que se nos escapan, tratemos de analizar las tendencias racionales disponibles y a la vista.


Para empezar, si nos concentramos en el nivel internacional vemos que las posibilidades de un empeoramiento de las actuales circunstancias son el escenario más probable. Por ejemplo, una guerra económica entre los EE.UU. y China es, ya, casi un hecho. Por otro lado, Rusia ha dicho que incrementará su arsenal nuclear. Por su parte, el electo presidente de los EE.UU., ha sostenido que no lo incomodaría la posesión de armas nucleares por parte de Japón, Corea del Sur y Arabia Saudita.


Para seguir, vemos que varias situaciones regionales no podrían hacer otra cosa más que empeorar. A saber, las crisis cubana y venezolana –precisamente ambas por sus respectivas dificultades para encontrar un reemplazante a sus incapaces mandantes–; por su parte, la brasileña –por la posible continuación de la saga de los juicios políticos– pero que bien podría anunciar la llegada de otras como la ecuatoriana, la boliviana y hasta la chilena.


Para terminar, tenemos nuestra situación nacional. Una que sí fue difícil en el 2016, bien podría ser peor en el 2017, tal como lo anuncia el inquietante oráculo globalista de The Economist. En ese sentido, nos preguntamos cómo puede ser peor algo que ya fue lo suficientemente desesperanzador. Veremos.


Volviendo a lo profético y a lo sincrónico, si muchos se estremecieron en el 2014 por constituir ese año el centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial, el año entrante, también, se cumplirán los 100 años de la Revolución de Bolchevique de octubre de 1917.


Todavía no hay una revolución concreta a la vista, pero sordos rumores oír se dejan. Como todas ellas, ésta ha comenzado con pequeñas manifestaciones que se esparcen debajo de la superficie de los sucesos que hacen los encabezados de los diarios.


Concretamente, estas pequeñas manifestaciones no son otras de las que nos alimentamos todos los días en nuestras redes sociales. En Facebook, Youtube, Twitter o Instagram. Pequeñas burbujas que suben a la superficie en la que nos informamos y nos comunicamos. Y que quiebran el discurso de lo políticamente correcto, haciendo que la opinión publicada cada vez tenga menos que ver con la otrora sacrosanta opinión pública.


Hay para todos los gustos. Pero, parecería ser que los discursos que abogan por la “mano dura”, el “juicio y castigo a los corruptos”, el “cierre de las fronteras”, el “que se vayan todos” y “la expulsión del extranjero que delinque” son los más populares.


Nos dicen que esto comenzó a ocurrir en las pequeñas ciudades del interior de los Estados Unidos y que está pasando, ahora, en las comarcas europeas. Al parecer son las infinitas voces que reivindican lo local y que no quieren ser acalladas por el discurso uniforme y homogéneo de lo global.


Si, finalmente, todo esto llegará a materializarse en una revolución que como todas las otras tenga su efemérides, héroes y villanos, no lo sabemos. De lo que estamos seguros es que hoy se escucha una melodía nueva. Una que habla de nuevos vientos que nos empujan en una dirección diferente. No percibirlos bajo el pretexto de la necesidad de saber con certeza que se mantendrán en el tiempo, nos llevaría a no estar preparados respecto de la dirección a la que nos llevan.


Pues, si es que estamos en un viaje, tal como los dijimos al principio, para saber ajustar las velas a los vientos de la nueva historia es fundamental que de antemano conozcamos nuestro destino.


El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.


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Lo bien que estábamos, lástima que no lo sabíamos

El Progresismo cree que el futuro no puede hacer otra que mejorar, pues todo futuro, por definición, será mejor que el presente. Mera consecuencia de la inevitable evolución de la Humanidad.

Sin embargo, las culturas ancestrales que nos precedieron tenían una visión mucho más cauta al respecto. Concebían al curso de la vida más bien como un viaje, con sus alternativas, sus incidentes, sus giros inesperados.

Nos dejaron la sabiduría del dicho bíblico de “siete años de vacas gordas, siete años de vacas flacas”, que aconsejaba ahorrar en los tiempos de bonanza para poder enfrentar las seguras y cíclicas hambrunas.

En este sentido, todos concuerdan que el 2016 fue un año difícil. Citan en su apoyo al Brexit, que puso a la Gran Bretaña fuera de la UE; agregan el triunfo del No del referéndum por el acuerdo de paz entre Colombia y las FARC y no se olvidan de la victoria de Donald Trump. Para rematarla, citan la brutal muerte del embajador ruso en Ankara, a la que comparan con el ominoso antecedente del asesinato de un famoso archiduque y que precipitara el comienzo de la Primera Guerra Mundial.

Sin embargo, nada nos garantiza que el que año próximo será mejor que el que termina. Y que como tal no formará parte del cabalístico dígito “7” citado en la Biblia.

Pero, más que de cuestiones proféticas que se nos escapan, tratemos de analizar las tendencias racionales disponibles y a la vista.

Para empezar, si nos concentramos en el nivel internacional vemos que las posibilidades de un empeoramiento de las actuales circunstancias son el escenario más probable. Por ejemplo, una guerra económica entre los EE.UU. y China es, ya, casi un hecho. Por otro lado, Rusia ha dicho que incrementará su arsenal nuclear. Por su parte, el electo presidente de los EE.UU., ha sostenido que no lo incomodaría la posesión de armas nucleares por parte de Japón, Corea del Sur y Arabia Saudita.

Para seguir, vemos que varias situaciones regionales no podrían hacer otra cosa más que empeorar. A saber, las crisis cubana y venezolana –precisamente ambas por sus respectivas dificultades para encontrar un reemplazante a sus incapaces mandantes–; por su parte, la brasileña –por la posible continuación de la saga de los juicios políticos– pero que bien podría anunciar la llegada de otras como la ecuatoriana, la boliviana y hasta la chilena.

Para terminar, tenemos nuestra situación nacional. Una que sí fue difícil en el 2016, bien podría ser peor en el 2017, tal como lo anuncia el inquietante oráculo globalista de The Economist. En ese sentido, nos preguntamos cómo puede ser peor algo que ya fue lo suficientemente desesperanzador. Veremos.

Volviendo a lo profético y a lo sincrónico, si muchos se estremecieron en el 2014 por constituir ese año el centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial, el año entrante, también, se cumplirán los 100 años de la Revolución de Bolchevique de octubre de 1917.

Todavía no hay una revolución concreta a la vista, pero sordos rumores oír se dejan. Como todas ellas, ésta ha comenzado con pequeñas manifestaciones que se esparcen debajo de la superficie de los sucesos que hacen los encabezados de los diarios.

Concretamente, estas pequeñas manifestaciones no son otras de las que nos alimentamos todos los días en nuestras redes sociales. En Facebook, Youtube, Twitter o Instagram. Pequeñas burbujas que suben a la superficie en la que nos informamos y nos comunicamos. Y que quiebran el discurso de lo políticamente correcto, haciendo que la opinión publicada cada vez tenga menos que ver con la otrora sacrosanta opinión pública.

Hay para todos los gustos. Pero, parecería ser que los discursos que abogan por la “mano dura”, el “juicio y castigo a los corruptos”, el “cierre de las fronteras”, el “que se vayan todos” y “la expulsión del extranjero que delinque” son los más populares.

Nos dicen que esto comenzó a ocurrir en las pequeñas ciudades del interior de los Estados Unidos y que está pasando, ahora, en las comarcas europeas. Al parecer son las infinitas voces que reivindican lo local y que no quieren ser acalladas por el discurso uniforme y homogéneo de lo global.

Si, finalmente, todo esto llegará a materializarse en una revolución que como todas las otras tenga su efemérides, héroes y villanos, no lo sabemos. De lo que estamos seguros es que hoy se escucha una melodía nueva. Una que habla de nuevos vientos que nos empujan en una dirección diferente. No percibirlos bajo el pretexto de la necesidad de saber con certeza que se mantendrán en el tiempo, nos llevaría a no estar preparados respecto de la dirección a la que nos llevan.

Pues, si es que estamos en un viaje, tal como los dijimos al principio, para saber ajustar las velas a los vientos de la nueva historia es fundamental que de antemano conozcamos nuestro destino.

El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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