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Libia, trampolín extremista hacía Europa
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Por Redacción

Libia, trampolín extremista hacía Europa



Desde la caída de Muhamar Gadafi, Libia vive sumido en el caos y es un campo abierto para la proliferación de grupos extremistas.


La ola de atentados contra turistas extranjeros en el vecino Túnez, perpetrados por jóvenes que recibieron entrenamiento militar en territorio libio, es el último ejemplo del alto precio que Europa y Occidente en general están afrontando por la falta de una solución determinante al conflicto en el país norteafricano.


El país, que estuvo durante décadas bajo el férreo control de Gadafi, eclosionó, al desaparecer el dictador, en una cruenta guerra civil entre etnias y grupos extremistas de diferente ideología, creando la vulnerabilidad apropiada para que la bandera negra del Estado Islámico anidara en este territorio desde 2011, creciendo en Poder e influencia y siendo fuente de extremistas e inmigración clandestina hacia la UE.


Con apenas periodistas y personal diplomático occidental en el terreno por la inseguridad, resulta realmente difícil conocer una realidad compleja y constantemente cambiante.


En el teatro libio hay hoy dos gobiernos enfrentados que reclaman para sí la legitimidad de Gobierno, ninguno de los cuales controla efectivamente el territorio, y operan multitud de milicias, detrás de otras tantas opciones políticas y religiosas. En resumen, este país, que supo ser uno de los más pujantes del norte de África hace escasos años, se ha convertido en un “Estado fallido” donde impera el miedo y el caos.


Según el Consejo de Seguridad de la ONU, existe “una total implosión del sistema político”, irónica definición por parte de un órgano que tuvo protagónica responsabilidad en las causas del actual escenario reinante. Este fenómeno complejo está agravado por la absoluta saturación de armas y el ingreso, en febrero de 2014, de Jaliffa Haftar, un general renegado de la era de Gadafi.


Ahora este personaje es el líder de las fuerzas de la denominada “Operación Dignidad”, impulsada por el Gobierno establecido en Tobruk, que es reconocido por la mayor parte de la comunidad internacional, que se apoya en sectores laicos y nacionalistas, algunos vinculados al antiguo régimen.


Frente a ellos, las heterogéneas fuerzas de la “Operación Amanecer”, teóricamente bajo el paraguas de la amalgama islamista radicada en Trípoli. Sin embargo, la lealtad de las guerrillas cambia de un día para otro en función de sus intereses y hasta a sus propios cabecillas les cuesta saber quién lidera y cuáles son las alianzas del día a día.


Según algunos analistas, se han detectado huellas de la red que lidera Abu Bakr al-Bagdadi, en Derna, Bengasi, Sirte, Trípoli y diversas áreas del sur del país. La cercanía a Europa hace a Libia especialmente atractiva para el EI. Uno de sus militantes, Abu Irhim al-Libi, ha escrito en internet que “algunos no se dan cuenta de la importancia estratégica de Libia”, a la que define como un “portal estratégico para el alcance del Estado Islámico”.


El avance del Estado Islámico se ha producido en detrimento de “Ansar Al-Sharia”, la marca local de Al Qaida, algunos de cuyos integrantes se están pasando a las huestes de Al-Bagdadi. Se trata de algo parecido a lo que le ocurrió al “Frente al Nusra” en Siria, que terminó viéndose relegado como principal oposición armada a Bashar al Asad.


Lo más lamentable de todo este panorama son las víctimas inocentes, que nunca, ni tampoco debían, predecir el mortal desenlace que les esperaba en las playas de Túnez; una parte de la factura por la falta de previsión de unas potencias occidentales que, empujadas por la Francia de Sarkozy, pusieron a la OTAN en marcha para derrocar al dictador pero que, una vez logrado esto, evitaron implicarse y permitieron que la violencia y el fundamentalismo extremista se adueñara del país africano.



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Libia, trampolín extremista hacía Europa

Desde la caída de Muhamar Gadafi, Libia vive sumido en el caos y es un campo abierto para la proliferación de grupos extremistas.

La ola de atentados contra turistas extranjeros en el vecino Túnez, perpetrados por jóvenes que recibieron entrenamiento militar en territorio libio, es el último ejemplo del alto precio que Europa y Occidente en general están afrontando por la falta de una solución determinante al conflicto en el país norteafricano.

El país, que estuvo durante décadas bajo el férreo control de Gadafi, eclosionó, al desaparecer el dictador, en una cruenta guerra civil entre etnias y grupos extremistas de diferente ideología, creando la vulnerabilidad apropiada para que la bandera negra del Estado Islámico anidara en este territorio desde 2011, creciendo en Poder e influencia y siendo fuente de extremistas e inmigración clandestina hacia la UE.

Con apenas periodistas y personal diplomático occidental en el terreno por la inseguridad, resulta realmente difícil conocer una realidad compleja y constantemente cambiante.

En el teatro libio hay hoy dos gobiernos enfrentados que reclaman para sí la legitimidad de Gobierno, ninguno de los cuales controla efectivamente el territorio, y operan multitud de milicias, detrás de otras tantas opciones políticas y religiosas. En resumen, este país, que supo ser uno de los más pujantes del norte de África hace escasos años, se ha convertido en un “Estado fallido” donde impera el miedo y el caos.

Según el Consejo de Seguridad de la ONU, existe “una total implosión del sistema político”, irónica definición por parte de un órgano que tuvo protagónica responsabilidad en las causas del actual escenario reinante. Este fenómeno complejo está agravado por la absoluta saturación de armas y el ingreso, en febrero de 2014, de Jaliffa Haftar, un general renegado de la era de Gadafi.

Ahora este personaje es el líder de las fuerzas de la denominada “Operación Dignidad”, impulsada por el Gobierno establecido en Tobruk, que es reconocido por la mayor parte de la comunidad internacional, que se apoya en sectores laicos y nacionalistas, algunos vinculados al antiguo régimen.

Frente a ellos, las heterogéneas fuerzas de la “Operación Amanecer”, teóricamente bajo el paraguas de la amalgama islamista radicada en Trípoli. Sin embargo, la lealtad de las guerrillas cambia de un día para otro en función de sus intereses y hasta a sus propios cabecillas les cuesta saber quién lidera y cuáles son las alianzas del día a día.

Según algunos analistas, se han detectado huellas de la red que lidera Abu Bakr al-Bagdadi, en Derna, Bengasi, Sirte, Trípoli y diversas áreas del sur del país. La cercanía a Europa hace a Libia especialmente atractiva para el EI. Uno de sus militantes, Abu Irhim al-Libi, ha escrito en internet que “algunos no se dan cuenta de la importancia estratégica de Libia”, a la que define como un “portal estratégico para el alcance del Estado Islámico”.

El avance del Estado Islámico se ha producido en detrimento de “Ansar Al-Sharia”, la marca local de Al Qaida, algunos de cuyos integrantes se están pasando a las huestes de Al-Bagdadi. Se trata de algo parecido a lo que le ocurrió al “Frente al Nusra” en Siria, que terminó viéndose relegado como principal oposición armada a Bashar al Asad.

Lo más lamentable de todo este panorama son las víctimas inocentes, que nunca, ni tampoco debían, predecir el mortal desenlace que les esperaba en las playas de Túnez; una parte de la factura por la falta de previsión de unas potencias occidentales que, empujadas por la Francia de Sarkozy, pusieron a la OTAN en marcha para derrocar al dictador pero que, una vez logrado esto, evitaron implicarse y permitieron que la violencia y el fundamentalismo extremista se adueñara del país africano.

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