La superación por sobre todas las cosas
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Por Redacción

La superación por sobre todas las cosas



Pasaron muchos años desde que Felipa salió de su La Paz natal para instalarse en el Gran Mendoza. En ese momento, lo primero que hizo fue adaptarse a la ciudad y después iniciar una carrera corta, como para empezar a trabajar. Así fue como se recibió de auxiliar de enfermería. “Después me recibí de enfermera profesional y ahora soy licenciada”, relata la supervisora de inmunizaciones del Vacunatorio Central de la Provincia.


Felipa lleva casi 40 años vacunando bebés y niños, al punto tal que cualquier mendocino que esté leyendo esta nota tiene una altísima posibilidad de que Felipa lo haya vacunado alguna vez en su vida.


Si bien Feli, como la llaman cariñosamente, reconoce que trabajar con niños la llena de energía, no sólo porque éstos lloran “sólo un poquito”, sino porque una vez inmunizados, sus papás se van contentos y tranquilos. De todas maneras, la enfermera cuenta que no siempre fue tan fácil llevar delante un plan de inmunizaciones, de hecho no fue fácil tener un plan.


Un pasado no descartable


Eso de que “todo tiempo pasado fue mejor” lo puede poner en duda Felipa con algunos ejemplos vividos durante su profesión. “Ha cambiado muchísimo todo, cuando yo empecé a trabajar acá (en el Vacunatorio) nosotros teníamos que esterilizar todos los materiales: veníamos trabajando con las jeringas de vidrio que esterilizábamos y a las agujas de metal les íbamos sacando punta para seguir usándolas, ya que se desgastaban con el uso. En la época en que asumieron los militares hicieron un cambio total en ese sentido: compraron material descartable que para nosotros, era algo como venido del cielo”.


El vacunatorio móvil


Felipa siempre se ha desempeñado dentro del Vacunatorio Central, donde sería imposible calcular la cantidad de niños que han (hemos) pasado por sus manos en tantos años de jeringas y agujas. “Antes, todos se vacunaba acá porque no se hacía en los centros de salud; en esa época, hacíamos viajes en el avión sanitario el vacunador, el médico y la dentista, y sobrevolábamos la zona a la que no se podía llegar por tierra, por ejemplo, el desierto de Lavalle, donde íbamos a nueve centros de salud. Lo hacíamos en etapas, a razón de tres por día, y así los niños eran revisados y vacunados. También llegábamos así a la escuela del lugar, a la que por medios terrestres era difícil llegar”, rememora Feli.


“También había un trencito en el que hacíamos la vacunación en las zona de alta montaña. Los pobladores eran los encargados de avisar y la gente nos esperaba llegar en el trencito de la salud”, explica, y agrega: “Eso fue cambiando porque se organizó de manera tal que cada departamento tuviese referentes de inmunizaciones, un médico, una enfermera, y así se fue armando el programa de inmunizaciones de la provincia”.


“En esa época, no hacíamos más de ocho vacunas; hoy el calendario tiene 19 vacunas, pero para eso nos fueron formando y capacitando. Esta fue la primera provincia en capacitar a vacunadores, entre los que había médicos y enfermeros y eso nos ayudó muchísimo. Las capacitaciones eran muy simples y entendibles, también capacitábamos a las maestras, que además de aprender a vacunar les servía por el puntaje docente. Nos ayudó mucho que las maestras supieran sobre el tema”, comenta Felipa.


Así como el avión o el tren sanitario los trasladaban a los lugares más recónditos, incluso a aquellos de muy difícil acceso por tierra, en más de una oportunidad trabajar en las zonas urbanas también tuvo sus riesgos. “Había que luchar porque las cosas eran más bravas: entrábamos a barrios acompañados de la Policía, porque si no, nos corrían a pedradas”, recuerda.


Cuestión de salud pública, cuestión de vocación


Haciendo un poco de historia, Felipa cuenta: “Cuando yo entré a trabajar se eliminó la viruela; después empezó la vacunación contra la poliomielitis. Eran campañas anuales y salíamos con 200 equipos a vacunar, había 60 movilidades afectadas y el Gobierno aportaba mucho, porque sacaba un decreto de carga pública, en el que decía que determinados días se salía a vacunar y todo el mundo lo hacía. Nadie reclamaba nada, pero ahora la gente se resiste más a trabajar sin que le paguen. Nosotros salíamos a vacunar y volvíamos a las 23, era todo el día vacunando. Por eso, siempre les digo a los chicos que entran a trabajar que están en la gloria, porque se sientan a esperar que la gente venga. Nosotros salíamos a buscar a la gente y había que explicarle, convencerla, y eso llevaba su tiempo. Lo hacíamos como vocación y, además, nos divertíamos. Ahora no se le pone tantas pilas, y esto, en todas las profesiones, pasa lo mismo”.


Dígame licenciada…


Lo que nos llevó al Vacunatorio no sólo fue la trayectoria de Felipa, sino su espíritu de superación, ya que hace apenas un par de semanas obtuvo su título de licenciada en Enfermería. Ella cuenta que siempre tuvo la idea de hacerlo pero, o bien por falta de tiempo o de dinero, lo fue relegando hasta que se le dio la posibilidad de cursar, rendir y devolver las horas en su trabajo. Ahora, desde hace algunos días, sus amigos pueden llamarla licenciada.


Al hablar de este nuevo escalón en su carrera de superación, buscando siempre nuevas metas y desafíos, Felipa mira su trayectoria con felicidad y sus logros con orgullo. “Cursé con compañeros más chicos. Tengo mucho respeto por la gente y la gente por mí, cree que uno sabe mucho por haber trabajado tantos años, y si uno va a estudiar es porque no sabe todo”, dice con total humildad la licenciada Alcaraz.


En el tramo final de la charla nos permitimos una reflexión acerca de la relación profesional de la salud – paciente, y la respuesta de Felipa es tajante: “Se ha perdido el respeto, pero no sólo porque la gente le ha perdido el respeto a los médicos y enfermeros, sino porque también nosotros se lo hemos perdido a la gente. La diferencia entre decirle a un paciente ‘¿qué quiere usted?’ a que se le diga ‘¿lo puedo ayudar en algo?’ no es lo mismo y predispone a la persona de otra manera”.


“Por eso aquí yo siempre les digo que atiendan como a ellos les gustaría que los atiendan. No tienen que estar al acecho, porque la gente no tiene la culpa de los problemas que nosotros tenemos. Los problemas se dejan en la puerta”, resume a modo de reflexión.


Anécdotas


En tantos años de servicio, Felipa –que ha superado gracias a su participación gremial el tiempo límite para jubilarse– recuerda muchos momentos en los que su trabajo ha sido fuente de gratificaciones y de anécdotas.


“Todas han sido lindas”, dice, y recuerda una en particular, ocurrida en ocasión de un viaje a Buenos Aires, donde una mujer la reconoció como quien vacunaba a su hijo.


O una de las tantas de sus viajes. “Una vez me mandan a dar un cuso a Rivadavia. El chofer manejaba muy despacio y yo tenía que estar a las 2 de la tarde. La gente iba desde lugares alejados, y en esa época no había tantos micros ni la gente tenía auto. Todo era más difícil; en la ruta encontramos a uno que estaba parado porque se había quedado sin combustible y el chofer que me llevaba se paró, le fue a buscar nafta y lo auxilió. Mientras, desde Rivadavia llamaban acá para saber qué había pasado que yo no llegaba a dar la charla. Tampoco había teléfonos públicos en la ruta para avisar, así que imaginaban que nos había pasado algo. Cuando por fin llegamos, a las 5 de la tarde, toda la gente ya se había ido y yo quería matarlo al chofer, así que pegamos la vuelta…”, cuenta, y ríe recordando las imágenes vividas.


Por Rebeca Rodríguez Viñolo – Diario El Ciudadano on line


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Pasaron muchos años desde que Felipa salió de su La Paz natal para instalarse en el Gran Mendoza. En ese momento, lo primero que hizo fue adaptarse a la ciudad y después iniciar una carrera corta, como para empezar a trabajar. Así fue como se recibió de auxiliar de enfermería. “Después me recibí de enfermera profesional y ahora soy licenciada”, relata la supervisora de inmunizaciones del Vacunatorio Central de la Provincia.

Felipa lleva casi 40 años vacunando bebés y niños, al punto tal que cualquier mendocino que esté leyendo esta nota tiene una altísima posibilidad de que Felipa lo haya vacunado alguna vez en su vida.

Si bien Feli, como la llaman cariñosamente, reconoce que trabajar con niños la llena de energía, no sólo porque éstos lloran “sólo un poquito”, sino porque una vez inmunizados, sus papás se van contentos y tranquilos. De todas maneras, la enfermera cuenta que no siempre fue tan fácil llevar delante un plan de inmunizaciones, de hecho no fue fácil tener un plan.

Un pasado no descartable

Eso de que “todo tiempo pasado fue mejor” lo puede poner en duda Felipa con algunos ejemplos vividos durante su profesión. “Ha cambiado muchísimo todo, cuando yo empecé a trabajar acá (en el Vacunatorio) nosotros teníamos que esterilizar todos los materiales: veníamos trabajando con las jeringas de vidrio que esterilizábamos y a las agujas de metal les íbamos sacando punta para seguir usándolas, ya que se desgastaban con el uso. En la época en que asumieron los militares hicieron un cambio total en ese sentido: compraron material descartable que para nosotros, era algo como venido del cielo”.

El vacunatorio móvil

Felipa siempre se ha desempeñado dentro del Vacunatorio Central, donde sería imposible calcular la cantidad de niños que han (hemos) pasado por sus manos en tantos años de jeringas y agujas. “Antes, todos se vacunaba acá porque no se hacía en los centros de salud; en esa época, hacíamos viajes en el avión sanitario el vacunador, el médico y la dentista, y sobrevolábamos la zona a la que no se podía llegar por tierra, por ejemplo, el desierto de Lavalle, donde íbamos a nueve centros de salud. Lo hacíamos en etapas, a razón de tres por día, y así los niños eran revisados y vacunados. También llegábamos así a la escuela del lugar, a la que por medios terrestres era difícil llegar”, rememora Feli.

“También había un trencito en el que hacíamos la vacunación en las zona de alta montaña. Los pobladores eran los encargados de avisar y la gente nos esperaba llegar en el trencito de la salud”, explica, y agrega: “Eso fue cambiando porque se organizó de manera tal que cada departamento tuviese referentes de inmunizaciones, un médico, una enfermera, y así se fue armando el programa de inmunizaciones de la provincia”.

“En esa época, no hacíamos más de ocho vacunas; hoy el calendario tiene 19 vacunas, pero para eso nos fueron formando y capacitando. Esta fue la primera provincia en capacitar a vacunadores, entre los que había médicos y enfermeros y eso nos ayudó muchísimo. Las capacitaciones eran muy simples y entendibles, también capacitábamos a las maestras, que además de aprender a vacunar les servía por el puntaje docente. Nos ayudó mucho que las maestras supieran sobre el tema”, comenta Felipa.

Así como el avión o el tren sanitario los trasladaban a los lugares más recónditos, incluso a aquellos de muy difícil acceso por tierra, en más de una oportunidad trabajar en las zonas urbanas también tuvo sus riesgos. “Había que luchar porque las cosas eran más bravas: entrábamos a barrios acompañados de la Policía, porque si no, nos corrían a pedradas”, recuerda.

Cuestión de salud pública, cuestión de vocación

Haciendo un poco de historia, Felipa cuenta: “Cuando yo entré a trabajar se eliminó la viruela; después empezó la vacunación contra la poliomielitis. Eran campañas anuales y salíamos con 200 equipos a vacunar, había 60 movilidades afectadas y el Gobierno aportaba mucho, porque sacaba un decreto de carga pública, en el que decía que determinados días se salía a vacunar y todo el mundo lo hacía. Nadie reclamaba nada, pero ahora la gente se resiste más a trabajar sin que le paguen. Nosotros salíamos a vacunar y volvíamos a las 23, era todo el día vacunando. Por eso, siempre les digo a los chicos que entran a trabajar que están en la gloria, porque se sientan a esperar que la gente venga. Nosotros salíamos a buscar a la gente y había que explicarle, convencerla, y eso llevaba su tiempo. Lo hacíamos como vocación y, además, nos divertíamos. Ahora no se le pone tantas pilas, y esto, en todas las profesiones, pasa lo mismo”.

Dígame licenciada…

Lo que nos llevó al Vacunatorio no sólo fue la trayectoria de Felipa, sino su espíritu de superación, ya que hace apenas un par de semanas obtuvo su título de licenciada en Enfermería. Ella cuenta que siempre tuvo la idea de hacerlo pero, o bien por falta de tiempo o de dinero, lo fue relegando hasta que se le dio la posibilidad de cursar, rendir y devolver las horas en su trabajo. Ahora, desde hace algunos días, sus amigos pueden llamarla licenciada.

Al hablar de este nuevo escalón en su carrera de superación, buscando siempre nuevas metas y desafíos, Felipa mira su trayectoria con felicidad y sus logros con orgullo. “Cursé con compañeros más chicos. Tengo mucho respeto por la gente y la gente por mí, cree que uno sabe mucho por haber trabajado tantos años, y si uno va a estudiar es porque no sabe todo”, dice con total humildad la licenciada Alcaraz.

En el tramo final de la charla nos permitimos una reflexión acerca de la relación profesional de la salud – paciente, y la respuesta de Felipa es tajante: “Se ha perdido el respeto, pero no sólo porque la gente le ha perdido el respeto a los médicos y enfermeros, sino porque también nosotros se lo hemos perdido a la gente. La diferencia entre decirle a un paciente ‘¿qué quiere usted?’ a que se le diga ‘¿lo puedo ayudar en algo?’ no es lo mismo y predispone a la persona de otra manera”.

“Por eso aquí yo siempre les digo que atiendan como a ellos les gustaría que los atiendan. No tienen que estar al acecho, porque la gente no tiene la culpa de los problemas que nosotros tenemos. Los problemas se dejan en la puerta”, resume a modo de reflexión.

Anécdotas

En tantos años de servicio, Felipa –que ha superado gracias a su participación gremial el tiempo límite para jubilarse– recuerda muchos momentos en los que su trabajo ha sido fuente de gratificaciones y de anécdotas.

“Todas han sido lindas”, dice, y recuerda una en particular, ocurrida en ocasión de un viaje a Buenos Aires, donde una mujer la reconoció como quien vacunaba a su hijo.

O una de las tantas de sus viajes. “Una vez me mandan a dar un cuso a Rivadavia. El chofer manejaba muy despacio y yo tenía que estar a las 2 de la tarde. La gente iba desde lugares alejados, y en esa época no había tantos micros ni la gente tenía auto. Todo era más difícil; en la ruta encontramos a uno que estaba parado porque se había quedado sin combustible y el chofer que me llevaba se paró, le fue a buscar nafta y lo auxilió. Mientras, desde Rivadavia llamaban acá para saber qué había pasado que yo no llegaba a dar la charla. Tampoco había teléfonos públicos en la ruta para avisar, así que imaginaban que nos había pasado algo. Cuando por fin llegamos, a las 5 de la tarde, toda la gente ya se había ido y yo quería matarlo al chofer, así que pegamos la vuelta…”, cuenta, y ríe recordando las imágenes vividas.

Por Rebeca Rodríguez Viñolo – Diario El Ciudadano on line

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