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La semana en dos líneas
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Por Redacción

La semana en dos líneas



Una vez más un solo acontecimiento o, mejor dicho, un solo personaje nos permite analizar en forma transversal tanto la realidad nacional como la internacional. El personaje no es otro que el papa Francisco. Su incidencia en el plano nacional es más que evidente, pero no es tan clara, sin embargo, su actuación en el plano internacional. Aunque, cuando analicemos éste, veremos que, de paso, puede servir de explicación adicional de lo anterior.


Nadie duda sobre la importancia moral que históricamente ha gozado la Sede de Pedro. Aunque tampoco hay que dejar de reconocer de que ésta ha variado con sus ocupantes ocasionales. Por ejemplo, hoy sabemos que Juan Pablo II fue protagonista importante en una estrategia común desarrollada con la presidencia de los EE.UU. para poner  fin a la Unión Soviética en la década de los 90. Por otro lado, se sabe que Karol Woijtyla, también, aprovechó la movida para ayudar, en su patria chica, al dirigente sindical Lech Walesa, quien terminó siendo presidente de Polonia, la que se encontraba, en ese momento, en el área de influencia de la URSS.


Salvando las lógicas distancias, vemos hoy que Francisco no ha dudado en dar su apoyo moral a las acciones militares contra el terrorismo demencial del Califato. De lo que no estamos seguros, porque aún no se ha escrito la historia de estos sucesos en desarrollo, es si en el caso de Francisco se han tomado previsiones similares a las que precedieron al envolvimiento estratégico ya mencionado de Juan Pablo II.


El interrogante va dirigido a las posibles consecuencias no deseadas que el empleo militar de la coalición de voluntades dirigida por los EE.UU. contra el Califato pueda llegar a producir. Son muchas las cosas que pueden salir mal. Por ejemplo, sabemos que la intervención internacional estará basada, al menos por ahora, en el uso remoto de la fuerza, materializada –mayoritariamente– en ataques aéreos y con misiles de crucero y aviones sin piloto.


Más allá de las virtudes y los defectos del poder aéreo, no suena muy consistente hacerlo en esta particular situación en la cual el bando adversario no es un Estado con una sede de comando y control fija y que ha hecho suya la macabra mística de degollar a sus prisioneros frente a cámaras de TV. La asimetría no podría ser mayor y la historia de la guerra reciente nos ha enseñado que cuando tales diferencias son grandes, las ventajas van del lado supuestamente débil y peor armado.


Concretamente, nos preguntamos qué puede pasar cuando los conocidos “daños colaterales” se acumulen. ¿Quién estará dispuesto a pagar tan elevado costo moral?


Preparado por el Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa “Santa Romana”


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Una vez más un solo acontecimiento o, mejor dicho, un solo personaje nos permite analizar en forma transversal tanto la realidad nacional como la internacional. El personaje no es otro que el papa Francisco. Su incidencia en el plano nacional es más que evidente, pero no es tan clara, sin embargo, su actuación en el plano internacional. Aunque, cuando analicemos éste, veremos que, de paso, puede servir de explicación adicional de lo anterior.

Nadie duda sobre la importancia moral que históricamente ha gozado la Sede de Pedro. Aunque tampoco hay que dejar de reconocer de que ésta ha variado con sus ocupantes ocasionales. Por ejemplo, hoy sabemos que Juan Pablo II fue protagonista importante en una estrategia común desarrollada con la presidencia de los EE.UU. para poner  fin a la Unión Soviética en la década de los 90. Por otro lado, se sabe que Karol Woijtyla, también, aprovechó la movida para ayudar, en su patria chica, al dirigente sindical Lech Walesa, quien terminó siendo presidente de Polonia, la que se encontraba, en ese momento, en el área de influencia de la URSS.

Salvando las lógicas distancias, vemos hoy que Francisco no ha dudado en dar su apoyo moral a las acciones militares contra el terrorismo demencial del Califato. De lo que no estamos seguros, porque aún no se ha escrito la historia de estos sucesos en desarrollo, es si en el caso de Francisco se han tomado previsiones similares a las que precedieron al envolvimiento estratégico ya mencionado de Juan Pablo II.

El interrogante va dirigido a las posibles consecuencias no deseadas que el empleo militar de la coalición de voluntades dirigida por los EE.UU. contra el Califato pueda llegar a producir. Son muchas las cosas que pueden salir mal. Por ejemplo, sabemos que la intervención internacional estará basada, al menos por ahora, en el uso remoto de la fuerza, materializada –mayoritariamente– en ataques aéreos y con misiles de crucero y aviones sin piloto.

Más allá de las virtudes y los defectos del poder aéreo, no suena muy consistente hacerlo en esta particular situación en la cual el bando adversario no es un Estado con una sede de comando y control fija y que ha hecho suya la macabra mística de degollar a sus prisioneros frente a cámaras de TV. La asimetría no podría ser mayor y la historia de la guerra reciente nos ha enseñado que cuando tales diferencias son grandes, las ventajas van del lado supuestamente débil y peor armado.

Concretamente, nos preguntamos qué puede pasar cuando los conocidos “daños colaterales” se acumulen. ¿Quién estará dispuesto a pagar tan elevado costo moral?

Preparado por el Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa “Santa Romana”

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