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Por Redacción

La pobreza es de todos



En el barrio Mauricio, de Carrodilla, vive Juana, una mujer caracterizada por el dulce tono con el que recibe los llamados telefónicos en su casa, en cuyo living se mixtura lo típico de cualquier casa con imágenes religiosas y lo elemental de cualquier lugar abierto a las necesidades de los demás: bolsones de ropa, máquinas de coser y cajas de leche, entre otras cosas.


Juana Cháves de Prossetti

Juana cuenta que arrancó con el comedor Inmensa Esperanza hace 15 años, cuando la crisis azotaba la mayoría de los hogares de los argentinos, con más razón, la de los hogares más humildes. Ella y su familia siempre han estado muy cerca de la Iglesia como misioneros, de hecho, viajaban a otras provincias para ayudar a los más necesitados. “Yo siempre decía que visitábamos la pobreza hasta que la pobreza nos visitó a nosotros. En ese tiempo, los misioneros íbamos a las zonas más humildes, con pobres ranchitos donde no había puertas ni ventanas. Eso se trasladó a Mendoza y ya no hizo falta irse a ayudar a otro lado, si lo teníamos en las narices”, contó la mujer con un dejo de tristeza. Así fue como con su familia y un grupo de amigas, comenzaron asistiendo a un grupo de 15 chicos del barrio Tres Estrellas y después se fueron sumando personas de otros barrios como La Gloria y Huarpes I y II.


La importancia de comer bien

A medida que se sumaban niños también lo hacían sus mamás y a ellas se les iba brindando herramientas para mejorar la calidad de vida de sus familias. “Fuimos enseñándoles a las mujeres a cocinar, para que tuviesen buenos nutrientes, porque es importante que los chicos estén bien nutridos. El tema de la pobreza es la desnutrición y las secuelas que ésta deja. Por ejemplo, hoy vemos chicos que tienen más de dos años de atraso mental por estar mal nutridos, estamos viendo nuevos casos de desnutrición por la falta de alimentación en la canasta básica. Desde la institución no podemos dar más de una caja de leche cada 15 días”, relató Juana, en base a su experiencia de tantos años de servicio social.

En el año 2003 hicieron el trámite de personería jurídica. “Dijeron que iba a ser más fácil recibir ayuda, pero me he cansado de golpear puertas y la ayuda por parte del Gobierno no llega. Durante ocho años logramos alquilar una casa para poder hacer todas nuestras actividades allí, pero tuvimos que dejar de hacerlo por falta de dinero para pagar ese alquiler, ya que nos pedían $5.000 pesos. Eso fue un bajón”, se lamentó la presidenta del comedor.

En ese momento sacaron cuentas y decidieron que era más productivo ayudar a la gente, que pagar un alquiler tan alto, aunque no descartan la posibilidad de seguir luchando para tener su casa propia, ya que eso les permitiría que las mamás jóvenes y sus bebés tengan todos los cuidados y un espacio donde poder dictar sus talleres (costura, apoyo escolar, gastronomía, peluquería, arte, etcétera) que actualmente se hacen en la casa de Juana.


Voluntariado

Desde Inmensa Esperanza se ayuda a cerca de 1.000 familias y eso es posible gracias a los aportes desinteresados de personas que conocen la obra y colaboran con lo que pueden, pero también gracias a un gran grupo de voluntarios compuesto por amigos, familiares, madres de niños beneficiados, y estudiantes de la Universidad Nacional de Cuyo, con quienes trabajan desde hace dos años en el marco de los proyectos Profesor Mauricio López. También reciben la colaboración de un grupo de scouts y al momento de hacer esta entrevista estaban en la búsqueda de un profesor de música.


Pericotes, sarna y falta de respuesta

Juana repasa alguno de los lugares a los que ayudan desde el comedor y hace especial hincapié en el pedemonte mendocino: “Vamos a visitar familias, en Piedras Blancas (detrás del barrio La Estanzuela). Ellas comenzaron a venir hace cerca de diez años, en su carreta y nosotros las esperábamos con bolsones de ropa y alimentos hasta que me pidieron que fuera a conocer el lugar donde viven. Ahí pude ver las viviendas muy precarias, el hacinamiento, la falta de agua potable, enfermedades como la sarna y pericotes que obligan a las mamás a dormir con la escoba en la mano, para que no muerdan a sus hijos”, detalló Juana, mientras mostraba fotos que evidencian las lesiones de los niños.

Ante la pregunta sobre los atenuantes de pobreza como la Asignación Universal por Hijo y demás subsidios estatales, que tienen como objetivo mejorar la calidad de vida de niños y adolescentes de bajos recursos, la respuesta de Juana fue contundente: “Creció la pobreza, desde nuestra óptica, en más de un 300 %. Hoy se carece de muchas otras cosas: falta de medicamentos, de trabajo y problemas educativos, entro otros tantos. Que no los quiera reconocer el Estado, es otra cosa, pero en Mendoza las villas nos han superado, tenemos asentamientos de más de 20 años, cada vez hay más gente en esos lugares. Por la falta de valores y de trabajo, muchas vidas se pierden porque no tienen metas ni capacidad de proyectarse en el futuro, viven el día. Los subsidios están frenando un impacto social gravísimo, es una palanca de freno que ha puesto el Gobierno para que no se les venga todo encima a ellos. Un sueldo no alcanza para una canasta familiar, mucho menos un subsidio”, agregó la mujer.

“El hecho de vivir en Luján y ayudar a personas que viven en Godoy Cruz y Maipú, parece ser una complicación, ya que si se pide ayuda a una de esas comunas no nos la brindan si el afectado vive en otro departamento y, si pide en el municipio que le corresponde, tampoco nos ayudan porque la gente a la que asisten está geográficamente apostada en otro departamento. La pobreza es de todos, pero en todos lados no se entiende así”, aseguró Juana./ Rebeca Rodríguez


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La pobreza es de todos

En el barrio Mauricio, de Carrodilla, vive Juana, una mujer caracterizada por el dulce tono con el que recibe los llamados telefónicos en su casa, en cuyo living se mixtura lo típico de cualquier casa con imágenes religiosas y lo elemental de cualquier lugar abierto a las necesidades de los demás: bolsones de ropa, máquinas de coser y cajas de leche, entre otras cosas.

Juana Cháves de Prossetti
Juana cuenta que arrancó con el comedor Inmensa Esperanza hace 15 años, cuando la crisis azotaba la mayoría de los hogares de los argentinos, con más razón, la de los hogares más humildes. Ella y su familia siempre han estado muy cerca de la Iglesia como misioneros, de hecho, viajaban a otras provincias para ayudar a los más necesitados. “Yo siempre decía que visitábamos la pobreza hasta que la pobreza nos visitó a nosotros. En ese tiempo, los misioneros íbamos a las zonas más humildes, con pobres ranchitos donde no había puertas ni ventanas. Eso se trasladó a Mendoza y ya no hizo falta irse a ayudar a otro lado, si lo teníamos en las narices”, contó la mujer con un dejo de tristeza. Así fue como con su familia y un grupo de amigas, comenzaron asistiendo a un grupo de 15 chicos del barrio Tres Estrellas y después se fueron sumando personas de otros barrios como La Gloria y Huarpes I y II.

La importancia de comer bien
A medida que se sumaban niños también lo hacían sus mamás y a ellas se les iba brindando herramientas para mejorar la calidad de vida de sus familias. “Fuimos enseñándoles a las mujeres a cocinar, para que tuviesen buenos nutrientes, porque es importante que los chicos estén bien nutridos. El tema de la pobreza es la desnutrición y las secuelas que ésta deja. Por ejemplo, hoy vemos chicos que tienen más de dos años de atraso mental por estar mal nutridos, estamos viendo nuevos casos de desnutrición por la falta de alimentación en la canasta básica. Desde la institución no podemos dar más de una caja de leche cada 15 días”, relató Juana, en base a su experiencia de tantos años de servicio social.
En el año 2003 hicieron el trámite de personería jurídica. “Dijeron que iba a ser más fácil recibir ayuda, pero me he cansado de golpear puertas y la ayuda por parte del Gobierno no llega. Durante ocho años logramos alquilar una casa para poder hacer todas nuestras actividades allí, pero tuvimos que dejar de hacerlo por falta de dinero para pagar ese alquiler, ya que nos pedían $5.000 pesos. Eso fue un bajón”, se lamentó la presidenta del comedor.
En ese momento sacaron cuentas y decidieron que era más productivo ayudar a la gente, que pagar un alquiler tan alto, aunque no descartan la posibilidad de seguir luchando para tener su casa propia, ya que eso les permitiría que las mamás jóvenes y sus bebés tengan todos los cuidados y un espacio donde poder dictar sus talleres (costura, apoyo escolar, gastronomía, peluquería, arte, etcétera) que actualmente se hacen en la casa de Juana.

Voluntariado
Desde Inmensa Esperanza se ayuda a cerca de 1.000 familias y eso es posible gracias a los aportes desinteresados de personas que conocen la obra y colaboran con lo que pueden, pero también gracias a un gran grupo de voluntarios compuesto por amigos, familiares, madres de niños beneficiados, y estudiantes de la Universidad Nacional de Cuyo, con quienes trabajan desde hace dos años en el marco de los proyectos Profesor Mauricio López. También reciben la colaboración de un grupo de scouts y al momento de hacer esta entrevista estaban en la búsqueda de un profesor de música.

Pericotes, sarna y falta de respuesta
Juana repasa alguno de los lugares a los que ayudan desde el comedor y hace especial hincapié en el pedemonte mendocino: “Vamos a visitar familias, en Piedras Blancas (detrás del barrio La Estanzuela). Ellas comenzaron a venir hace cerca de diez años, en su carreta y nosotros las esperábamos con bolsones de ropa y alimentos hasta que me pidieron que fuera a conocer el lugar donde viven. Ahí pude ver las viviendas muy precarias, el hacinamiento, la falta de agua potable, enfermedades como la sarna y pericotes que obligan a las mamás a dormir con la escoba en la mano, para que no muerdan a sus hijos”, detalló Juana, mientras mostraba fotos que evidencian las lesiones de los niños.
Ante la pregunta sobre los atenuantes de pobreza como la Asignación Universal por Hijo y demás subsidios estatales, que tienen como objetivo mejorar la calidad de vida de niños y adolescentes de bajos recursos, la respuesta de Juana fue contundente: “Creció la pobreza, desde nuestra óptica, en más de un 300 %. Hoy se carece de muchas otras cosas: falta de medicamentos, de trabajo y problemas educativos, entro otros tantos. Que no los quiera reconocer el Estado, es otra cosa, pero en Mendoza las villas nos han superado, tenemos asentamientos de más de 20 años, cada vez hay más gente en esos lugares. Por la falta de valores y de trabajo, muchas vidas se pierden porque no tienen metas ni capacidad de proyectarse en el futuro, viven el día. Los subsidios están frenando un impacto social gravísimo, es una palanca de freno que ha puesto el Gobierno para que no se les venga todo encima a ellos. Un sueldo no alcanza para una canasta familiar, mucho menos un subsidio”, agregó la mujer.
“El hecho de vivir en Luján y ayudar a personas que viven en Godoy Cruz y Maipú, parece ser una complicación, ya que si se pide ayuda a una de esas comunas no nos la brindan si el afectado vive en otro departamento y, si pide en el municipio que le corresponde, tampoco nos ayudan porque la gente a la que asisten está geográficamente apostada en otro departamento. La pobreza es de todos, pero en todos lados no se entiende así”, aseguró Juana./ Rebeca Rodríguez

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