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La música no se impone, se propone
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Por Redacción

La música no se impone, se propone



“Estuve desde los 4 años en la Casa Cuna con mis hermanos. Mi madre nos dejó ahí como última alternativa, ya que mi padre no nos reconoció y ella estaba muy enferma y no nos podía mantener”. Así arranca su relato Roberto Ritman, y a partir de esas palabras comienza a desarrollarse una historia asombrosa, en la que el sufrimiento estuvo presente, pero la voluntad y las ganas de salir adelante hicieron el resto.


El infierno en primera persona


“En una oportunidad se llevaron a mi hermana en tenencia y a mi hermano y yo “nos metieron el perro” de que también nos iban a adoptar y nos llevaron al hogar Nº 1 en Luján. Ahí estuve hasta el año 50, y deseando salir suponiendo que era el infierno, al infierno lo conocí afuera”, comenta Roberto.


A esta altura del relato, el recuerdo de una etapa terrible aparece descarnada. “Una familia me llevó en tenencia: ahí sufrí todo tipo de maltrato y llegué a lavarle los pies y limarle los callos al señor de la casa, el mismo que me trataba de ‘guanaco’, el mismo que no me dejaba sentar a la mesa como parte de la familia… Era tenencia, pero el camino a una posible adopción”, relata sobre sus primeros días en esa vivienda, a la que acudía su hermano a visitarlo, pero por ser “morocho” también recibía castigos similares.


Después de un año de soportar todo tipo de maltratos, Roberto pidió volver al hogar haciendo honor al dicho “mal de muchos, consuelo de tontos”.


Tiempos difíciles


Luego de esa terrible experiencia fue llevado en tenencia por otra familia, en la que lo trataban “de película”: le permitían estudiar e incluso lo trataban con afecto. La condición para permanecer en esa casa era que cada sábado Roberto volviese a ensayar con la banda del Hogar, pero después de un par de inasistencias, y ante el reclamo del director del instituto, el juez de Menores le ordenó volver al hogar, porque supuestamente “la banda sin Ritman no sonaba igual…”


A la par, se desarrollaba otra historia: la familia adoptiva que crió a su hermana, lo hizo prohibiéndole que viera a sus hermanos, inculcándole que ellos eran malos. “Mi hermana no quería vernos por miedo a que de verdad fuéramos malos, algo que está instalado en la sociedad desde siempre, que los chicos que están en una institución así son malos, y de ahí sale el dicho que si uno se porta mal lo llevan al Patronato”, recuerda Roberto, casi una amenaza que no pierde vigencia.


Muchos años después buscar mil maneras de acercarse a ella, la vida le dio a Roberto la oportunidad de reencontrarse y compartir la vida tratando de recuperar el tiempo perdido.


La gran salvadora


En los jardines del predio de la Dinaf (ex Colonia 20 de Junio), Ritman no titubea cuando cuenta los maltratos sufridos, no sólo a manos de cuidadores y autoridades de los hogares en los que vivió, sino también en las familias que se disputaban su tenencia. Aún así reconoce que sus años institucionalizados le dieron la posibilidad de aprender y también de conocer su gran pasión: la música.


“Le voy a ser sincero: en el hogar de niños habían actividades de cumplimiento forzoso, ya sea carpintería, mimbrería, electricidad o colchonería, pero además debía participar de las actividades de limpieza”, cuenta, por lo que incorporarse a la banda de música le dio la posibilidad de no hacer tantas tareas duras, “ya que para tocar un instrumento uno tenía que estar descansado, era de todas las actividades ‘la mas piola’”.


Bendita música


El maestro se define como “músico de toda una vida”, y no es para menos: la actividad que empezó en el hogar para niños la continuó en la Banda de la Fuerza Aérea, fue el formador de la Banda de la Gendarmería Infantil, participó en la fundación de la Banda del Batallón 12 en dos oportunidades, fue uno de los organizadores de la Banda de Don Bosco y estuvo a cargo de la Banda Salvador Terranova.


A ésta agrupación –una vez jubilado luego de 39 años de servicios– en 2012 fue convocado nuevamente como su encargado, actividad que desempeña por estos días religiosamente los lunes, miércoles, viernes y sábados en el predio de la Dinaf.


“No es lo mismo trabajar para el oído del que escucha que para el conocimiento del niño”, explica Roberto, y cuenta cómo lleva adelante su participación en las clases de teoría y solfeo, cómo las disfruta y de qué manera su labor está relacionada con reforzar el trabajo que hacen los docentes. “Cuando los alumnos me preguntan si estudié mucho, les respondo que lo necesario para enseñarles, y eso hace que no vean a la música como un cuco”, explica.


Roberto tiene dos hijos, Érica y Jorge. “Ellos son buenos músicos, los dos tocan la viola y cantan muy bien, pero nunca los quise obligar porque la música es un arte y no se impone, se propone”, dice convencido.


Una vida en 200 páginas


“No se puede alcanzar el alba, sino es por el camino de la noche”. Con esa frase de Kalil Gibran comienza Del infierno al cielo, una vida y tres destinos, el libro en el que Ritman plasmó su historia de vida y presentó en 2007 en la biblioteca San Martín. “Llenaba cuadernos de 200 hojas con escritos”, dice, recordando cómo comenzó con esa tarea siendo un niño, y explica orgulloso: “El libro que hice ha sido materia de consulta en la Universidad del Aconcagua, en materia de minoridad”.


Rumbo a otro desafío


La banda en la que Roberto enseña música ha cumplido 72 años de trabajo ininterrumpido. Desde su creación, han pasado miles de niños y jóvenes que no sólo han aprendido, ya que también se han presentado en escenarios de Mendoza, el país y también de Chile.


A ella el maestro le ha dedicado mucho más de la mitad de su vida, y hoy divide su tiempo entre su familia, las clases y los preparativos del viaje que realizará con sus alumnos a Villa Carlos Paz en los primeros días de octubre, ya que han sido invitados especialmente al Festival Internacional de Bandas, donde representando a Mendoza compartirán escenario con niños y jóvenes de nuestro país y de varios países latinoamericanos.


“Frente al desafío de presentarse en Carlos Paz, los chicos creen que van a pasar vergüenza, pero sé que no es así”, dice orgulloso el maestro, quien también detalla que van a dar cátedra con los viejos instrumentos que utilizan al lado de bandas que son “un monstruo”. Además adelanta que en su repertorio están Canto a Mendoza y La Cumparsita, entre otros temas con los que piensan no sólo representar a la provincia sino también arrancar más de un aplauso.


En el ensayo que presenció El Ciudadano no sólo conocimos a gran parte de los niños, niñas y adolescentes que conforman la banda, sino también a dos papás que aprenden a la par de sus hijos.


Después de la charla y el disfrute nos fuimos pensando que Nicola Piovani tiene razón: la vida es bella…


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La música no se impone, se propone

“Estuve desde los 4 años en la Casa Cuna con mis hermanos. Mi madre nos dejó ahí como última alternativa, ya que mi padre no nos reconoció y ella estaba muy enferma y no nos podía mantener”. Así arranca su relato Roberto Ritman, y a partir de esas palabras comienza a desarrollarse una historia asombrosa, en la que el sufrimiento estuvo presente, pero la voluntad y las ganas de salir adelante hicieron el resto.

El infierno en primera persona

“En una oportunidad se llevaron a mi hermana en tenencia y a mi hermano y yo “nos metieron el perro” de que también nos iban a adoptar y nos llevaron al hogar Nº 1 en Luján. Ahí estuve hasta el año 50, y deseando salir suponiendo que era el infierno, al infierno lo conocí afuera”, comenta Roberto.

A esta altura del relato, el recuerdo de una etapa terrible aparece descarnada. “Una familia me llevó en tenencia: ahí sufrí todo tipo de maltrato y llegué a lavarle los pies y limarle los callos al señor de la casa, el mismo que me trataba de ‘guanaco’, el mismo que no me dejaba sentar a la mesa como parte de la familia… Era tenencia, pero el camino a una posible adopción”, relata sobre sus primeros días en esa vivienda, a la que acudía su hermano a visitarlo, pero por ser “morocho” también recibía castigos similares.

Después de un año de soportar todo tipo de maltratos, Roberto pidió volver al hogar haciendo honor al dicho “mal de muchos, consuelo de tontos”.

Tiempos difíciles

Luego de esa terrible experiencia fue llevado en tenencia por otra familia, en la que lo trataban “de película”: le permitían estudiar e incluso lo trataban con afecto. La condición para permanecer en esa casa era que cada sábado Roberto volviese a ensayar con la banda del Hogar, pero después de un par de inasistencias, y ante el reclamo del director del instituto, el juez de Menores le ordenó volver al hogar, porque supuestamente “la banda sin Ritman no sonaba igual…”

A la par, se desarrollaba otra historia: la familia adoptiva que crió a su hermana, lo hizo prohibiéndole que viera a sus hermanos, inculcándole que ellos eran malos. “Mi hermana no quería vernos por miedo a que de verdad fuéramos malos, algo que está instalado en la sociedad desde siempre, que los chicos que están en una institución así son malos, y de ahí sale el dicho que si uno se porta mal lo llevan al Patronato”, recuerda Roberto, casi una amenaza que no pierde vigencia.

Muchos años después buscar mil maneras de acercarse a ella, la vida le dio a Roberto la oportunidad de reencontrarse y compartir la vida tratando de recuperar el tiempo perdido.

La gran salvadora

En los jardines del predio de la Dinaf (ex Colonia 20 de Junio), Ritman no titubea cuando cuenta los maltratos sufridos, no sólo a manos de cuidadores y autoridades de los hogares en los que vivió, sino también en las familias que se disputaban su tenencia. Aún así reconoce que sus años institucionalizados le dieron la posibilidad de aprender y también de conocer su gran pasión: la música.

“Le voy a ser sincero: en el hogar de niños habían actividades de cumplimiento forzoso, ya sea carpintería, mimbrería, electricidad o colchonería, pero además debía participar de las actividades de limpieza”, cuenta, por lo que incorporarse a la banda de música le dio la posibilidad de no hacer tantas tareas duras, “ya que para tocar un instrumento uno tenía que estar descansado, era de todas las actividades ‘la mas piola’”.

Bendita música

El maestro se define como “músico de toda una vida”, y no es para menos: la actividad que empezó en el hogar para niños la continuó en la Banda de la Fuerza Aérea, fue el formador de la Banda de la Gendarmería Infantil, participó en la fundación de la Banda del Batallón 12 en dos oportunidades, fue uno de los organizadores de la Banda de Don Bosco y estuvo a cargo de la Banda Salvador Terranova.

A ésta agrupación –una vez jubilado luego de 39 años de servicios– en 2012 fue convocado nuevamente como su encargado, actividad que desempeña por estos días religiosamente los lunes, miércoles, viernes y sábados en el predio de la Dinaf.

“No es lo mismo trabajar para el oído del que escucha que para el conocimiento del niño”, explica Roberto, y cuenta cómo lleva adelante su participación en las clases de teoría y solfeo, cómo las disfruta y de qué manera su labor está relacionada con reforzar el trabajo que hacen los docentes. “Cuando los alumnos me preguntan si estudié mucho, les respondo que lo necesario para enseñarles, y eso hace que no vean a la música como un cuco”, explica.

Roberto tiene dos hijos, Érica y Jorge. “Ellos son buenos músicos, los dos tocan la viola y cantan muy bien, pero nunca los quise obligar porque la música es un arte y no se impone, se propone”, dice convencido.

Una vida en 200 páginas

“No se puede alcanzar el alba, sino es por el camino de la noche”. Con esa frase de Kalil Gibran comienza Del infierno al cielo, una vida y tres destinos, el libro en el que Ritman plasmó su historia de vida y presentó en 2007 en la biblioteca San Martín. “Llenaba cuadernos de 200 hojas con escritos”, dice, recordando cómo comenzó con esa tarea siendo un niño, y explica orgulloso: “El libro que hice ha sido materia de consulta en la Universidad del Aconcagua, en materia de minoridad”.

Rumbo a otro desafío

La banda en la que Roberto enseña música ha cumplido 72 años de trabajo ininterrumpido. Desde su creación, han pasado miles de niños y jóvenes que no sólo han aprendido, ya que también se han presentado en escenarios de Mendoza, el país y también de Chile.

A ella el maestro le ha dedicado mucho más de la mitad de su vida, y hoy divide su tiempo entre su familia, las clases y los preparativos del viaje que realizará con sus alumnos a Villa Carlos Paz en los primeros días de octubre, ya que han sido invitados especialmente al Festival Internacional de Bandas, donde representando a Mendoza compartirán escenario con niños y jóvenes de nuestro país y de varios países latinoamericanos.

“Frente al desafío de presentarse en Carlos Paz, los chicos creen que van a pasar vergüenza, pero sé que no es así”, dice orgulloso el maestro, quien también detalla que van a dar cátedra con los viejos instrumentos que utilizan al lado de bandas que son “un monstruo”. Además adelanta que en su repertorio están Canto a Mendoza y La Cumparsita, entre otros temas con los que piensan no sólo representar a la provincia sino también arrancar más de un aplauso.

En el ensayo que presenció El Ciudadano no sólo conocimos a gran parte de los niños, niñas y adolescentes que conforman la banda, sino también a dos papás que aprenden a la par de sus hijos.

Después de la charla y el disfrute nos fuimos pensando que Nicola Piovani tiene razón: la vida es bella…

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