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Por Redacción

“La música es la herramienta”



Se llama Alejandro Fernández, pero en el mundo de la música lo conocen como Dragón Rapstar y trabaja en el área de Informática de una empresa. A sus 40 años, recién cumplidos, se permite algunas reflexiones. Con la música arrancó de chico de la mano de un tío que un día le puso una guitarra en las manos y le dijo: “Vamos a ver si entonás”. La prueba fue superada, aprendió a tocar la guitarra y después se inclinó por otros instrumentos. Lo que no sabía a esa edad era que años después su nombre iba a ser parte de la historia de hip hop en Mendoza y el país.


Sonar distinto

En los 90 Dragón hacía música, pero aún no había descubierto lo que tiempo después sería una pasión: el hip hop. “Mi primer acercamiento al mundo del hip hop fueron dos discos: uno de Cypress hill y otro de Dr. Dre, que me trajo mi hermano. Los dos tenían algo muy especial, el sonido era algo nada habitual, no se parecía a nada, menos al rock nacional y por esos años recién empezábamos a escuchar la palabra globalización. Fueron años muy locos, pasé por muchos instrumentos, pero empecé a escribir en la época del rap cuando encontré un punto de confluencia entre muchas cosas y me marcó un norte: venir de un mundo acústico y de repente encontrarte con sonidos tan raros, no sabía por qué sonaban así, pero yo quería sonar como ellos”, recuerda Alejandro.

Los 90 también fueron el escenario para que Alejandro conociera a Daniel Martín en su visita a Mendoza para grabar el mítico Demos del desierto, y gracias a él descubrió el mundo electrónico de la música. “Tuve oportunidades que me marcaron”, revive Alejandro, como por ejemplo, una directora del colegio lo incluyó en un proyecto, y su vez, lo contactó con un profesor de Córdoba que estaba incursionando en hacer música con la computadora y que le enseñó sus primeras cosas. “Hace más de 20 años, no sólo no sabíamos nada de hip hop y no sabíamos cómo pensaban, sino que tampoco existía You Tube. Rapeábamos sobre la base de temas conocidos y así nació Vatos locos, mi primera banda”, dice Ale.


Mendoza for export

Tiempo después, los hermanos Fernández conocieron a los hermanos Ortiz y juntos realizaron diferentes presentaciones, hasta que el reconocido productor Alejandro Almada los escuchó y los invitó a Buenos Aires a probar suerte en el under porteño. Los Ortiz (responsables de la banda MSH) viajaron antes y luego llegó el turno del Dragón.

“Me fui a vivir a Buenos Aires y a tocar mucho con todas las bandas que estaban en plena movida, y Nación Hip Hop Compilado me pidió un demo y ahí salió la posibilidad de hacer un disco. Volví a Mendoza a prepararlo, lo terminé y, una vez de vuelta en Buenos Aires con la crisis de 2001 se truncó el proyecto, a pesar de estar anunciado. No se concretó, pero lo bueno fue estar cuando explotó la movida del hip hop en Buenos Aires. En Mendoza, éramos pocos pero sonábamos muy bien. Ahí termina una etapa”, explicó el artista.


Vuelta al pago

“En el 2002 volví a Mendoza y después de ver la masificación que había tenido la movida del hip hop en Buenos Aires, no lo viví como un fracaso, sino como una oportunidad de lograrlo en nuestra provincia. Nos juntamos con los pocos que gustaban del género y formamos Shuriken (algo así como una banda de bandas). Empezamos a organizar eventos, hice programas de radio, páginas web, entre otras cosas, y me hice cargo del reconocimiento que tenía por ser uno de los pioneros”, agregó Alejandro, quien no dejó de alimentar la movida echando mano a todas las herramientas que tenía disponibles. “Siempre faltaba apoyo, pero había un sueño en común: compartir la música, generar espacios y hacer cosas que a la gente le sirviera”, resumió el Dragón.


Empatía

La charla con Alejandro se hamacó entre lo artístico y lo social y eso permitió arribar a algunas reflexiones: “Cuando te das cuenta de que muchos tenemos problemáticas en común, como la falta de laburo, la marginación, o la discriminación (que te pare la Policía sólo porque sos morocho), es ahí donde descubrís el potencial social del arte”, dijo el Dragón y recordó que incluso cuando atravesaba problemas económicos en su casa, igual se tomaba tiempo para sumar chicos, enseñarles, organizar eventos, grabarlos y eso le daba la alegría diaria que necesitaba para seguir adelante.


Hip hop ‘cooperativo’

Mientras el género seguía creciendo y sumando adeptos, otros se encargaban de mostrar esas actividades desde lo audiovisual. Es el caso del documental 5º elemento dirigido por Daniel Pacheco y Martín Appiolazza, quienes además de reflejar el mundo del hip hop desde todos sus componentes, también fueron parte de la fundación de una organización social que a la fecha ha sido reconocida por su labor social de inclusión: La Cooperativa del Hip Hop, que reúne a cientos de jóvenes y adultos que escriben, hacen música, rapean, bailan o hacen graffitis. “Con Martín (Appiolazza) juntamos nuestros conocimientos (lo artístico y lo social) y fundamos la cooperativa. A través de esa organización hemos trabajado en los barrios Flores, 25 de Mayo, Club Pedro Molina y en el barrio Pedro Molina con talleres”.


El arte como inclusión social

Alejandro se reconoce como un referente, un líder democrático: “Desde la cooperativa rescatamos el lado positivo de la cultura hip hop que es el activismo social. El resto tiene que ver con una forma de expresarse, además está la ética de las relaciones en la dinámica del grupo. Los valores tienen que ver con compartir, generar oportunidades, no discriminar al otro, autosuperarse y ser disciplinado para ser mejor, aunque la principal meta es desarrollar la tolerancia”, sintetizó Alejandro.


Bajo los techos alumbra el sol

Uno se pregunta de qué hablamos cuando nos referimos a logros y existen varias historias: “Hay una mecánica que es muy recurrente, cuando vos generás un espacio que puede ser un recital, un programa de radio, o la misma grabación de un disco, siempre se generan conversaciones que suelen tomar un tono íntimo, porque uno cuenta las cosas que le pasan, las alegrías, las penurias y, entonces, uno siempre cae en eso de escuchar al otro y si tiene problemas tratar de ayudarlo. Historias de chicos con problemas de adicciones o que eran víctimas de violencia, que se han acercado y con los que hemos podido charlar y ahí te das cuenta de generar la posibilidad de hacer música, cantar o simplemente sentirse más importante haciendo hip hop les ayuda a descubrir su lado de valor, a ponerse las pilas y seguir adelante”, detalló el muchacho.

La conversación fluyó, dejando al descubierto la imagen de un amante del conocimiento que comparte lo que sabe: “Nos enseñaron que hacer música tenía que ser un hobby, que los sueños no importan y con el tiempo te das cuanta que las apariencias y los espacios de poder son lo fantasioso y lo equivocado del mundo. Todas esas apariencias nutren el lado negativo de las personas. Después de descubrir eso empecé a confiar más en que la música es la herramienta para darle la oportunidad a otro. En definitiva, el hip hop es compartir”, concluyó. / Rebeca Rodriguez


Facebook: dragón rapstar


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“La música es la herramienta”

Se llama Alejandro Fernández, pero en el mundo de la música lo conocen como Dragón Rapstar y trabaja en el área de Informática de una empresa. A sus 40 años, recién cumplidos, se permite algunas reflexiones. Con la música arrancó de chico de la mano de un tío que un día le puso una guitarra en las manos y le dijo: “Vamos a ver si entonás”. La prueba fue superada, aprendió a tocar la guitarra y después se inclinó por otros instrumentos. Lo que no sabía a esa edad era que años después su nombre iba a ser parte de la historia de hip hop en Mendoza y el país.

Sonar distinto
En los 90 Dragón hacía música, pero aún no había descubierto lo que tiempo después sería una pasión: el hip hop. “Mi primer acercamiento al mundo del hip hop fueron dos discos: uno de Cypress hill y otro de Dr. Dre, que me trajo mi hermano. Los dos tenían algo muy especial, el sonido era algo nada habitual, no se parecía a nada, menos al rock nacional y por esos años recién empezábamos a escuchar la palabra globalización. Fueron años muy locos, pasé por muchos instrumentos, pero empecé a escribir en la época del rap cuando encontré un punto de confluencia entre muchas cosas y me marcó un norte: venir de un mundo acústico y de repente encontrarte con sonidos tan raros, no sabía por qué sonaban así, pero yo quería sonar como ellos”, recuerda Alejandro.
Los 90 también fueron el escenario para que Alejandro conociera a Daniel Martín en su visita a Mendoza para grabar el mítico Demos del desierto, y gracias a él descubrió el mundo electrónico de la música. “Tuve oportunidades que me marcaron”, revive Alejandro, como por ejemplo, una directora del colegio lo incluyó en un proyecto, y su vez, lo contactó con un profesor de Córdoba que estaba incursionando en hacer música con la computadora y que le enseñó sus primeras cosas. “Hace más de 20 años, no sólo no sabíamos nada de hip hop y no sabíamos cómo pensaban, sino que tampoco existía You Tube. Rapeábamos sobre la base de temas conocidos y así nació Vatos locos, mi primera banda”, dice Ale.

Mendoza for export
Tiempo después, los hermanos Fernández conocieron a los hermanos Ortiz y juntos realizaron diferentes presentaciones, hasta que el reconocido productor Alejandro Almada los escuchó y los invitó a Buenos Aires a probar suerte en el under porteño. Los Ortiz (responsables de la banda MSH) viajaron antes y luego llegó el turno del Dragón.
“Me fui a vivir a Buenos Aires y a tocar mucho con todas las bandas que estaban en plena movida, y Nación Hip Hop Compilado me pidió un demo y ahí salió la posibilidad de hacer un disco. Volví a Mendoza a prepararlo, lo terminé y, una vez de vuelta en Buenos Aires con la crisis de 2001 se truncó el proyecto, a pesar de estar anunciado. No se concretó, pero lo bueno fue estar cuando explotó la movida del hip hop en Buenos Aires. En Mendoza, éramos pocos pero sonábamos muy bien. Ahí termina una etapa”, explicó el artista.

Vuelta al pago
“En el 2002 volví a Mendoza y después de ver la masificación que había tenido la movida del hip hop en Buenos Aires, no lo viví como un fracaso, sino como una oportunidad de lograrlo en nuestra provincia. Nos juntamos con los pocos que gustaban del género y formamos Shuriken (algo así como una banda de bandas). Empezamos a organizar eventos, hice programas de radio, páginas web, entre otras cosas, y me hice cargo del reconocimiento que tenía por ser uno de los pioneros”, agregó Alejandro, quien no dejó de alimentar la movida echando mano a todas las herramientas que tenía disponibles. “Siempre faltaba apoyo, pero había un sueño en común: compartir la música, generar espacios y hacer cosas que a la gente le sirviera”, resumió el Dragón.

Empatía
La charla con Alejandro se hamacó entre lo artístico y lo social y eso permitió arribar a algunas reflexiones: “Cuando te das cuenta de que muchos tenemos problemáticas en común, como la falta de laburo, la marginación, o la discriminación (que te pare la Policía sólo porque sos morocho), es ahí donde descubrís el potencial social del arte”, dijo el Dragón y recordó que incluso cuando atravesaba problemas económicos en su casa, igual se tomaba tiempo para sumar chicos, enseñarles, organizar eventos, grabarlos y eso le daba la alegría diaria que necesitaba para seguir adelante.

Hip hop ‘cooperativo’
Mientras el género seguía creciendo y sumando adeptos, otros se encargaban de mostrar esas actividades desde lo audiovisual. Es el caso del documental 5º elemento dirigido por Daniel Pacheco y Martín Appiolazza, quienes además de reflejar el mundo del hip hop desde todos sus componentes, también fueron parte de la fundación de una organización social que a la fecha ha sido reconocida por su labor social de inclusión: La Cooperativa del Hip Hop, que reúne a cientos de jóvenes y adultos que escriben, hacen música, rapean, bailan o hacen graffitis. “Con Martín (Appiolazza) juntamos nuestros conocimientos (lo artístico y lo social) y fundamos la cooperativa. A través de esa organización hemos trabajado en los barrios Flores, 25 de Mayo, Club Pedro Molina y en el barrio Pedro Molina con talleres”.

El arte como inclusión social
Alejandro se reconoce como un referente, un líder democrático: “Desde la cooperativa rescatamos el lado positivo de la cultura hip hop que es el activismo social. El resto tiene que ver con una forma de expresarse, además está la ética de las relaciones en la dinámica del grupo. Los valores tienen que ver con compartir, generar oportunidades, no discriminar al otro, autosuperarse y ser disciplinado para ser mejor, aunque la principal meta es desarrollar la tolerancia”, sintetizó Alejandro.

Bajo los techos alumbra el sol
Uno se pregunta de qué hablamos cuando nos referimos a logros y existen varias historias: “Hay una mecánica que es muy recurrente, cuando vos generás un espacio que puede ser un recital, un programa de radio, o la misma grabación de un disco, siempre se generan conversaciones que suelen tomar un tono íntimo, porque uno cuenta las cosas que le pasan, las alegrías, las penurias y, entonces, uno siempre cae en eso de escuchar al otro y si tiene problemas tratar de ayudarlo. Historias de chicos con problemas de adicciones o que eran víctimas de violencia, que se han acercado y con los que hemos podido charlar y ahí te das cuenta de generar la posibilidad de hacer música, cantar o simplemente sentirse más importante haciendo hip hop les ayuda a descubrir su lado de valor, a ponerse las pilas y seguir adelante”, detalló el muchacho.
La conversación fluyó, dejando al descubierto la imagen de un amante del conocimiento que comparte lo que sabe: “Nos enseñaron que hacer música tenía que ser un hobby, que los sueños no importan y con el tiempo te das cuanta que las apariencias y los espacios de poder son lo fantasioso y lo equivocado del mundo. Todas esas apariencias nutren el lado negativo de las personas. Después de descubrir eso empecé a confiar más en que la música es la herramienta para darle la oportunidad a otro. En definitiva, el hip hop es compartir”, concluyó. / Rebeca Rodriguez

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