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La mentira es socia del jugador
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Por Redacción

La mentira es socia del jugador



Américo M. tiene 65 años, un muy buen estado físico (propio de quien ha realizado deportes), una vida plena que le permite disfrutar de su familia, sus amigos y su trabajo y, además, darse el lujo de viajar. Pero todo esto sería distinto si no hubiese ingresado hace más de seis años al grupo de Jugadores Anónimos que funciona desde hace más de 15 años en Mendoza. Por sobre todas las cosas, el hombre tiene la lucidez de quien tropezó, salió adelante y desde su experiencia ayuda a otras personas a dejar el juego.

Según cuenta Américo, lo que vivió fue un infierno. “Creo que fue en las vacaciones, cuando fuimos al Casino de Mar del Plata y mientras me tomaba un whisky me jugué algunas fichas, que es lo que se denomina ‘juego responsable’. Después, acá en Mendoza, acompañé a un matrimonio amigo y ahí vi cómo se jugaba en la máquina de pócker; después una vez cuando volvía de trabajar me paré un rato en el casino, un par de meses después volví a entrar. Me las rebuscaba para que mi mujer me acompañara como salida de fin de semana y, de no ir nunca, terminé yendo mañana, tarde y noche”, relató.

Parece increíble que una persona pase de no jugar nunca, o hacerlo esporádicamente, a permanecer muchas horas del día en un casino; pero Américo explicó su teoría, a la que se arriba sólo cuando se ha naufragado en las aguas de la compulsión. “Está muy bien armado porque uno piensa que le va a ganar al casino y es ahí cuando empieza a tener una conducta compulsiva. La compulsión es una enfermedad incontrolable y además es imposible que el casino pierda”, puntualizó.


No va más…

El jugador vive esa conducta diaria con la fantasía de pegarla un día, creyendo que ése será el momento en el que todos sus problemas financieros se van a ver solucionados mágicamente, pero muchas veces, el golpe no es de suerte, sino de realidad y su enfermedad sale a la luz. “Tengo una distribuidora y semanalmente tenía que pagar a los proveedores, pero en un momento faltó dinero y se descubrió que yo no hacía esos depósitos porque me jugaba esa plata, ese fue el momento en el que tuve que confesar que era jugador”, se sinceró Américo.

Lejos de quedarse solo y con problemas financieros graves, su familia comandada por Gloria, su mujer, salió a apuntalarlo. “Yo debo ser un afortunado porque la vida me ha premiado con todo, el mejor premio es mi mujer porque cuando se arma el despelote, lo primero que ella me dijo fue que no me iba a abandonar, que me iba a ayudar, y mis dos hijos también me apoyaron para que eso sucediera. El mío es un caso muy especial, hay mucha gente que no tiene esta suerte”, dijo el hombre, y confesó emocionado que “si volviera a nacer volvería a elegir la misma mujer” con la que cumplió 40 años de casados hace poco tiempo.

miente, miente, que algo queda

“El que juega y no miente, no es jugador”, dice Américo y explica por qué: “El jugador tiene que mentir para conseguir plata y tiempo, mentir para justificar, la mentira es su principal socia”.

Ante la pregunta sobre sus mentiras, Américo responde: “Tengo de las que se imaginen, como que me había descompuesto, que estaba ayudando a alguien en la calle. Una vez gané una buena plata y le di parte a mi esposa, pero le dije que me la había encontrado en la calle”, recordó sonriente, y se mostró orgulloso de haber erradicado la mentira como forma de supervivencia.


Jugadores Anónimos

Américo llegó a Jugadores Anónimos por recomendación y pedido de sus hijos y, si bien su primera vez no fue de lo más contenedora, la insistencia y el acompañamiento de su familia lo hizo volver, lo que significa para él algo muy importante. Desde que tomó contacto con otros jugadores nunca más volvió a apostar, su tiempo de abstinencia supera los seis años y lo reconforta la idea de ver cómo en ese lapso de tiempo, en el que no pisó una sala de juegos, pudo conocer el valor de lo que uno pierde cuando apuesta. “Yo se lo cuento a todo el mundo, porque me siento muy feliz de llevar seis años sin jugar, porque desde que dejé el juego, hemos hecho dos viajes a Europa, dos a Centroamérica, todos viajes largos y gracias a lo que pudimos ahorrar trabajando los dos”, agregó.

Para saber lo que se pierde cuando uno juega compulsivamente basta hacer una cuenta rápida de lo que cuesta un viaje al exterior. “Porque con el juego perdés la plata, primero que nada, perdés la familia y los amigos, pero principalmente perdés la dignidad, hacés cosas que no hubieses imaginado que harías. Pasan muchas cosas dentro de una sala de juego: personas que dejan a sus hijos encerrados en un auto o cuidando una moto hasta las 3 de la mañana afuera del casino, personas que se prostituyen para tener plata que les permita seguir jugando, jugadores que piden plata prestada y como en mi caso, que pedía préstamos para seguir jugando”, relató.


Ruleta rusa

Es sabido que nadie está preparado para ayudar a otro en una situación límite, mucho menos cuando la confianza se ha quebrado a fuerza de mentiras, pero claro está, que es fundamental para un jugador no sólo contar con una familia que lo acompañe a revertir esa situación, sino también con un grupo de pares que ha transitado la misma situación de consumo irresponsable. Algunos con más éxito que otros, pero todos con ganas de apartarse de las garras de un monstruo que no pierde nunca.

“Para un jugador que no tiene quién lo ayude, sólo hay tres finales: la locura, la cárcel o la muerte. Esas tres cosas las he visto en el mundo de la ludopatía”, concluyó Américo M., de quien no difundimos apellido ni foto, ya que desde la organización no lo consideran pertinente./ Rebeca Rodriguez


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La mentira es socia del jugador

Américo M. tiene 65 años, un muy buen estado físico (propio de quien ha realizado deportes), una vida plena que le permite disfrutar de su familia, sus amigos y su trabajo y, además, darse el lujo de viajar. Pero todo esto sería distinto si no hubiese ingresado hace más de seis años al grupo de Jugadores Anónimos que funciona desde hace más de 15 años en Mendoza. Por sobre todas las cosas, el hombre tiene la lucidez de quien tropezó, salió adelante y desde su experiencia ayuda a otras personas a dejar el juego.
Según cuenta Américo, lo que vivió fue un infierno. “Creo que fue en las vacaciones, cuando fuimos al Casino de Mar del Plata y mientras me tomaba un whisky me jugué algunas fichas, que es lo que se denomina ‘juego responsable’. Después, acá en Mendoza, acompañé a un matrimonio amigo y ahí vi cómo se jugaba en la máquina de pócker; después una vez cuando volvía de trabajar me paré un rato en el casino, un par de meses después volví a entrar. Me las rebuscaba para que mi mujer me acompañara como salida de fin de semana y, de no ir nunca, terminé yendo mañana, tarde y noche”, relató.
Parece increíble que una persona pase de no jugar nunca, o hacerlo esporádicamente, a permanecer muchas horas del día en un casino; pero Américo explicó su teoría, a la que se arriba sólo cuando se ha naufragado en las aguas de la compulsión. “Está muy bien armado porque uno piensa que le va a ganar al casino y es ahí cuando empieza a tener una conducta compulsiva. La compulsión es una enfermedad incontrolable y además es imposible que el casino pierda”, puntualizó.

No va más…
El jugador vive esa conducta diaria con la fantasía de pegarla un día, creyendo que ése será el momento en el que todos sus problemas financieros se van a ver solucionados mágicamente, pero muchas veces, el golpe no es de suerte, sino de realidad y su enfermedad sale a la luz. “Tengo una distribuidora y semanalmente tenía que pagar a los proveedores, pero en un momento faltó dinero y se descubrió que yo no hacía esos depósitos porque me jugaba esa plata, ese fue el momento en el que tuve que confesar que era jugador”, se sinceró Américo.
Lejos de quedarse solo y con problemas financieros graves, su familia comandada por Gloria, su mujer, salió a apuntalarlo. “Yo debo ser un afortunado porque la vida me ha premiado con todo, el mejor premio es mi mujer porque cuando se arma el despelote, lo primero que ella me dijo fue que no me iba a abandonar, que me iba a ayudar, y mis dos hijos también me apoyaron para que eso sucediera. El mío es un caso muy especial, hay mucha gente que no tiene esta suerte”, dijo el hombre, y confesó emocionado que “si volviera a nacer volvería a elegir la misma mujer” con la que cumplió 40 años de casados hace poco tiempo.
miente, miente, que algo queda
“El que juega y no miente, no es jugador”, dice Américo y explica por qué: “El jugador tiene que mentir para conseguir plata y tiempo, mentir para justificar, la mentira es su principal socia”.
Ante la pregunta sobre sus mentiras, Américo responde: “Tengo de las que se imaginen, como que me había descompuesto, que estaba ayudando a alguien en la calle. Una vez gané una buena plata y le di parte a mi esposa, pero le dije que me la había encontrado en la calle”, recordó sonriente, y se mostró orgulloso de haber erradicado la mentira como forma de supervivencia.

Jugadores Anónimos
Américo llegó a Jugadores Anónimos por recomendación y pedido de sus hijos y, si bien su primera vez no fue de lo más contenedora, la insistencia y el acompañamiento de su familia lo hizo volver, lo que significa para él algo muy importante. Desde que tomó contacto con otros jugadores nunca más volvió a apostar, su tiempo de abstinencia supera los seis años y lo reconforta la idea de ver cómo en ese lapso de tiempo, en el que no pisó una sala de juegos, pudo conocer el valor de lo que uno pierde cuando apuesta. “Yo se lo cuento a todo el mundo, porque me siento muy feliz de llevar seis años sin jugar, porque desde que dejé el juego, hemos hecho dos viajes a Europa, dos a Centroamérica, todos viajes largos y gracias a lo que pudimos ahorrar trabajando los dos”, agregó.
Para saber lo que se pierde cuando uno juega compulsivamente basta hacer una cuenta rápida de lo que cuesta un viaje al exterior. “Porque con el juego perdés la plata, primero que nada, perdés la familia y los amigos, pero principalmente perdés la dignidad, hacés cosas que no hubieses imaginado que harías. Pasan muchas cosas dentro de una sala de juego: personas que dejan a sus hijos encerrados en un auto o cuidando una moto hasta las 3 de la mañana afuera del casino, personas que se prostituyen para tener plata que les permita seguir jugando, jugadores que piden plata prestada y como en mi caso, que pedía préstamos para seguir jugando”, relató.

Ruleta rusa
Es sabido que nadie está preparado para ayudar a otro en una situación límite, mucho menos cuando la confianza se ha quebrado a fuerza de mentiras, pero claro está, que es fundamental para un jugador no sólo contar con una familia que lo acompañe a revertir esa situación, sino también con un grupo de pares que ha transitado la misma situación de consumo irresponsable. Algunos con más éxito que otros, pero todos con ganas de apartarse de las garras de un monstruo que no pierde nunca.
“Para un jugador que no tiene quién lo ayude, sólo hay tres finales: la locura, la cárcel o la muerte. Esas tres cosas las he visto en el mundo de la ludopatía”, concluyó Américo M., de quien no difundimos apellido ni foto, ya que desde la organización no lo consideran pertinente./ Rebeca Rodriguez

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