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La India, una especie de Disneylandia del alma
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Por Redacción

La India, una especie de Disneylandia del alma



La vida religiosa en la India es muy diferente a la gran mayoría de los países del planeta, ya que es una forma de vida. Los quehaceres diarios y la realidad cotidiana se mezclan con la religión, por lo tanto muchos sostienen que la frontera entre lo humano y lo divino en este país es difusa. Por ejemplo, cuando un taxista te cobra, después de estafarte con la tarifa, se lleva el dinero a la cabeza y recita una oración. En la capital, Nueva Delhi, es posible ver a monjes jainistas caminando como su dios, o dioses, los trajeron al mundo.


En el país asiático hay más lugares de rezo y meditación que hospitales y colegios juntos, según datos del gobierno. Cuatro de las grandes religiones del mundo han nacido aquí: budismo, jainismo, sijismo e hinduismo. La India es religión a flor de piel.


Esta manera de entender la existencia ha llevado a una fascinación occidental por la espiritualidad india, que comenzó en el siglo XIX, especialmente en Alemania, y con las visitas de gurús indios a Estados Unidos. Pero el crecimiento exponencial del turismo, el fácil acceso a la información del mundo que nos rodea, las corrientes inmigratorias con su consecuente bagaje cultural, gastronómico, religioso y la creciente importancia de esta nación en el contexto mundial, entre otros aspectos, hicieron explotar el interés y curiosidad en nuestro hemisferio.


Rishikesh es la capital mundial del yoga y la espiritualidad. Una especie de Disneylandia del alma donde los occidentales pueden cumplir sus fantasías. Hacen yoga al amanecer, viven en un áshram (tipo de monasterio) donde friegan el suelo de rodillas e incluso se recluyen en cavernas con ancianos gurús. Muchos son críticos con las religiones en las que nacieron, pero aceptan el hinduismo sin pestañear. Como el cruel sistema de castas no les afecta, lo pasan por alto. Alaban la pobreza, muchas veces ajena; y admiran la austeridad en el consumo de alimentos de muchos de sus habitantes, aunque pocos de estos extranjeros pasan la misma sensación de hambre.


Algunos de estos buscadores espirituales pierden literalmente la cabeza. Se conoce como el síndrome de la India y lo documentó el psiquiatra francés Régis Airault en su libro Locos por la India. Es una suerte de de síndrome de Stendhal, pero en lugar de sentirse desbordados por la belleza artística, la espiritualidad los supera.


Psicosis, alucinaciones y brotes esquizofrénicos son algunos de sus síntomas. De repente les asalta la convicción de que son una reencarnación de un dios azul con cuatro brazos. O que han desarrollado su glándula pineal y ha despertado su tercer ojo. O que con un poco de esfuerzo se puede levitar.


Este desborde físico-espiritual supone un problema para las embajadas extranjeras. Una diplomática europea afirma que no son pocos los casos de padres que han perdido el contacto con sus retoños en la inmensidad india. Al radicarse las denuncias, las delegaciones diplomáticas ponen en marcha sus dispositivos y muchas veces encuentran a los jóvenes y no tanto, meditando en áshram remotos o buscando puertas a otras dimensiones en Varanasi.”La sensación es que pierden un poco el contacto con la realidad y les solemos localizar un poco confusos”, dice la diplomática, que prefiere mantener el anonimato.


“Hay personas espirituales perfectamente normales que practican yoga o meditación de forma sana. Pero he conocido a personajes que bordeaban el síndrome de la India” aseveró la funcionaria.


Sin duda alguna, incursionar en la vida cultural y religiosa de la nación que vió nacer a Ghandi es una experiencia transformadora y que cada ser humano de estos lares del planeta debería experimentar en la medida que le fuere posible; pero debe hacerse con criterio y equilibrio, diferenciando aspectos beneficiosos como perjudiciales,  entendiendo que debe servir para enriquecer nuestra comprensión del mundo y que no una parte aislada de este, sino toda la suma de sus partes nos presenta una visión de belleza y contenido sin comparación.



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La India, una especie de Disneylandia del alma

La vida religiosa en la India es muy diferente a la gran mayoría de los países del planeta, ya que es una forma de vida. Los quehaceres diarios y la realidad cotidiana se mezclan con la religión, por lo tanto muchos sostienen que la frontera entre lo humano y lo divino en este país es difusa. Por ejemplo, cuando un taxista te cobra, después de estafarte con la tarifa, se lleva el dinero a la cabeza y recita una oración. En la capital, Nueva Delhi, es posible ver a monjes jainistas caminando como su dios, o dioses, los trajeron al mundo.

En el país asiático hay más lugares de rezo y meditación que hospitales y colegios juntos, según datos del gobierno. Cuatro de las grandes religiones del mundo han nacido aquí: budismo, jainismo, sijismo e hinduismo. La India es religión a flor de piel.

Esta manera de entender la existencia ha llevado a una fascinación occidental por la espiritualidad india, que comenzó en el siglo XIX, especialmente en Alemania, y con las visitas de gurús indios a Estados Unidos. Pero el crecimiento exponencial del turismo, el fácil acceso a la información del mundo que nos rodea, las corrientes inmigratorias con su consecuente bagaje cultural, gastronómico, religioso y la creciente importancia de esta nación en el contexto mundial, entre otros aspectos, hicieron explotar el interés y curiosidad en nuestro hemisferio.

Rishikesh es la capital mundial del yoga y la espiritualidad. Una especie de Disneylandia del alma donde los occidentales pueden cumplir sus fantasías. Hacen yoga al amanecer, viven en un áshram (tipo de monasterio) donde friegan el suelo de rodillas e incluso se recluyen en cavernas con ancianos gurús. Muchos son críticos con las religiones en las que nacieron, pero aceptan el hinduismo sin pestañear. Como el cruel sistema de castas no les afecta, lo pasan por alto. Alaban la pobreza, muchas veces ajena; y admiran la austeridad en el consumo de alimentos de muchos de sus habitantes, aunque pocos de estos extranjeros pasan la misma sensación de hambre.

Algunos de estos buscadores espirituales pierden literalmente la cabeza. Se conoce como el síndrome de la India y lo documentó el psiquiatra francés Régis Airault en su libro Locos por la India. Es una suerte de de síndrome de Stendhal, pero en lugar de sentirse desbordados por la belleza artística, la espiritualidad los supera.

Psicosis, alucinaciones y brotes esquizofrénicos son algunos de sus síntomas. De repente les asalta la convicción de que son una reencarnación de un dios azul con cuatro brazos. O que han desarrollado su glándula pineal y ha despertado su tercer ojo. O que con un poco de esfuerzo se puede levitar.

Este desborde físico-espiritual supone un problema para las embajadas extranjeras. Una diplomática europea afirma que no son pocos los casos de padres que han perdido el contacto con sus retoños en la inmensidad india. Al radicarse las denuncias, las delegaciones diplomáticas ponen en marcha sus dispositivos y muchas veces encuentran a los jóvenes y no tanto, meditando en áshram remotos o buscando puertas a otras dimensiones en Varanasi.”La sensación es que pierden un poco el contacto con la realidad y les solemos localizar un poco confusos”, dice la diplomática, que prefiere mantener el anonimato.

“Hay personas espirituales perfectamente normales que practican yoga o meditación de forma sana. Pero he conocido a personajes que bordeaban el síndrome de la India” aseveró la funcionaria.

Sin duda alguna, incursionar en la vida cultural y religiosa de la nación que vió nacer a Ghandi es una experiencia transformadora y que cada ser humano de estos lares del planeta debería experimentar en la medida que le fuere posible; pero debe hacerse con criterio y equilibrio, diferenciando aspectos beneficiosos como perjudiciales,  entendiendo que debe servir para enriquecer nuestra comprensión del mundo y que no una parte aislada de este, sino toda la suma de sus partes nos presenta una visión de belleza y contenido sin comparación.

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