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Por Redacción

La enfermedad del populismo. El fatigoso camino hacia la democracia



Para seguir recorriendo el fatigoso camino hacia la democracia plena, es necesario que nos preguntemos qué hacer con la enfermedad del populismo. Una pregunta que ya se hicieron varios países de la Región y que en estos momentos se está haciendo Brasil, como señalamos en otro artículo. La idea no es alcanzar una receta magistral, sino tratar de comprender el grave problema que deberá resolver un futuro gobierno que se encuentre decidido a enfrentar este mal.


Se nos ocurre, dejando volar la imaginación, que se plantea una paradoja: sólo un gobierno fuerte puede cambiar esta adicción política al populismo. Aquel que pretenda cambiar el sistema deberá contar con mucho poder. Pero un gobierno fuerte, por definición y por la experiencia recogida, casi siempre ha significado remozar el populismo. En la Argentina de las últimas décadas –y en el mundo-, los gobiernos fuertes han sido populistas y, por lo tanto, clientelistas; y los gobiernos débiles no han llegado a completar su mandato.



Complicidad regional


En Sudamérica, el caso de Venezuela con el chavismo es el más extremo y conmovedor, aunque no es el único. El presidente Nicolás Maduro encarcela opositores, pone cepos a la libertad de prensa, reprime estudiantes y encamina a su país hacia la consolidación de un sistema de partido único, inaceptable para la democracia moderna; sin embargo, vemos cómo no tiene prácticamente oposición entre los mandatarios de la Región. Para la mayoría de los democráticos gobernantes sudamericanos, pareciera que lo que hace Maduro está bien.


Como mencionamos en otra oportunidad, la resolución de este año de los ministros de relaciones exteriores de la UNASUR –promovida por Brasil- pareció más un apoyo al régimen chavista que un intento de consolidar el espíritu plural y democrático en ese país. Esto demuestra claramente que el populismo no es solamente un problema venezolano y argentino.


Más allá de estas consideraciones que parecen, a primera vista, insalvables, imaginemos que un gobierno se propone terminar de una vez por todas con semejante mal. Qué es lo que tendría que hacer, qué podría hacer, sino restarse poder propio. Es fácil declamar la diversidad y el diálogo, pero el sistema, tal cual está, es inmune a la pluralidad de ideas, al diálogo y al consenso. Esta enfermedad no sólo afecta a la Argentina. En nuestro caso, un nuevo gobierno tal vez debería empezar por la Justicia. Quitándoles presión a los jueces y dándoles seguridad para que fallen de acuerdo a derecho y sean intolerantes contra la corrupción estatal; para que se constituyan en elementos de control efectivo del poder ejecutivo y el poder legislativo, promoviendo la investigación de todos los hechos de corrupción del pasado reciente y del presente.


Debería seguir por el parlamento, proponiendo la sanción de normas contra la corrupción estatal, impulsando la derogación de aquellas que garanticen impunidad o auto-exculpa; promoviendo leyes del arrepentido y de recuperación de dineros públicos sustraídos por la corrupción; removiendo de sus cargos a funcionarios acusados de corrupción –el clientelismo siempre es corrupción-. Propiciando la sanción de leyes que fomenten honestidad y condenen el uso indebido de los recursos del Estado.


Cumplir la ley y hacer que se cumpla


Pero es cierto aquel proverbio que nos dice que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones. Por eso, el consejo de Don Quijote a Sancho Panza: “No hagas muchas leyes, y si las hicieres procura que sean buenas y sobre todo que se cumplan; que las leyes que no se cumplen, lo mismo es que si no lo fuesen”, sería difícil de seguir con un Parlamento plagado de legisladores que se han formado, alcanzado sus cargos y ejercido sus funciones para y por el sistema populista.


Habría que entrar en la grosera contradicción de intentar erradicar el populismo dictando decretos de necesidad y urgencia. La situación a la que hemos llegado sería hasta graciosa si no fuese realmente trágica.


No será fácil, el cusus honorum en la Argentina, como en muchos países de Latinoamérica, es largo y didáctico, se diría pedagógico, para los que acceden a la carrera política. Habría que lidiar con legisladores que vienen aferrados a la lista sábana desde hace años, fomentando esos defectos que se pretenden extirpar. Muchos de nuestros políticos se han entrenado, durante toda su vida pública, para jugar ese juego y se sujetan con fervor a las reglas del clientelismo. Es difícil que alguien corte la rama de la que está colgado.


Pero hay un dato que quizás debería tener en cuenta aquel que se propusiera intentarlo. Los informes de este año, de fuentes confiables y creíbles –UCA y ex técnicos desplazados del INDEC, entre otros-, expresan que entre un 25 y un 36 por ciento de argentinos han sido alcanzados por la pobreza; y un dato no menor es el del último informe de la Universidad Católica Argentina, que llega a una conclusión reveladora: “Entre la población más vulnerable, se registra una mayor preferencia por un gobierno presidencialista; quienes se hallan en condiciones socioeconómicas y educativas más favorables suelen preferir un gobierno republicano con el poder dividido en instituciones”.


Tal vez la docencia y el ejemplo –hablamos de educación-, ejercidos desde los más altos cargos del Estado, sea la manera más efectiva para erradicar este mal. Cumplir la ley y hacer que se cumpla. Tal vez el voto popular nos regale, en el próximo período de gobierno, esos políticos que necesitamos.


Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional “Santa Romana”. Autor de “El Momento es Ahora” y “El ABC de la Defensa Nacional”.


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La enfermedad del populismo. El fatigoso camino hacia la democracia

Para seguir recorriendo el fatigoso camino hacia la democracia plena, es necesario que nos preguntemos qué hacer con la enfermedad del populismo. Una pregunta que ya se hicieron varios países de la Región y que en estos momentos se está haciendo Brasil, como señalamos en otro artículo. La idea no es alcanzar una receta magistral, sino tratar de comprender el grave problema que deberá resolver un futuro gobierno que se encuentre decidido a enfrentar este mal.

Se nos ocurre, dejando volar la imaginación, que se plantea una paradoja: sólo un gobierno fuerte puede cambiar esta adicción política al populismo. Aquel que pretenda cambiar el sistema deberá contar con mucho poder. Pero un gobierno fuerte, por definición y por la experiencia recogida, casi siempre ha significado remozar el populismo. En la Argentina de las últimas décadas –y en el mundo-, los gobiernos fuertes han sido populistas y, por lo tanto, clientelistas; y los gobiernos débiles no han llegado a completar su mandato.

Complicidad regional

En Sudamérica, el caso de Venezuela con el chavismo es el más extremo y conmovedor, aunque no es el único. El presidente Nicolás Maduro encarcela opositores, pone cepos a la libertad de prensa, reprime estudiantes y encamina a su país hacia la consolidación de un sistema de partido único, inaceptable para la democracia moderna; sin embargo, vemos cómo no tiene prácticamente oposición entre los mandatarios de la Región. Para la mayoría de los democráticos gobernantes sudamericanos, pareciera que lo que hace Maduro está bien.

Como mencionamos en otra oportunidad, la resolución de este año de los ministros de relaciones exteriores de la UNASUR –promovida por Brasil- pareció más un apoyo al régimen chavista que un intento de consolidar el espíritu plural y democrático en ese país. Esto demuestra claramente que el populismo no es solamente un problema venezolano y argentino.

Más allá de estas consideraciones que parecen, a primera vista, insalvables, imaginemos que un gobierno se propone terminar de una vez por todas con semejante mal. Qué es lo que tendría que hacer, qué podría hacer, sino restarse poder propio. Es fácil declamar la diversidad y el diálogo, pero el sistema, tal cual está, es inmune a la pluralidad de ideas, al diálogo y al consenso. Esta enfermedad no sólo afecta a la Argentina. En nuestro caso, un nuevo gobierno tal vez debería empezar por la Justicia. Quitándoles presión a los jueces y dándoles seguridad para que fallen de acuerdo a derecho y sean intolerantes contra la corrupción estatal; para que se constituyan en elementos de control efectivo del poder ejecutivo y el poder legislativo, promoviendo la investigación de todos los hechos de corrupción del pasado reciente y del presente.

Debería seguir por el parlamento, proponiendo la sanción de normas contra la corrupción estatal, impulsando la derogación de aquellas que garanticen impunidad o auto-exculpa; promoviendo leyes del arrepentido y de recuperación de dineros públicos sustraídos por la corrupción; removiendo de sus cargos a funcionarios acusados de corrupción –el clientelismo siempre es corrupción-. Propiciando la sanción de leyes que fomenten honestidad y condenen el uso indebido de los recursos del Estado.

Cumplir la ley y hacer que se cumpla

Pero es cierto aquel proverbio que nos dice que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones. Por eso, el consejo de Don Quijote a Sancho Panza: “No hagas muchas leyes, y si las hicieres procura que sean buenas y sobre todo que se cumplan; que las leyes que no se cumplen, lo mismo es que si no lo fuesen”, sería difícil de seguir con un Parlamento plagado de legisladores que se han formado, alcanzado sus cargos y ejercido sus funciones para y por el sistema populista.

Habría que entrar en la grosera contradicción de intentar erradicar el populismo dictando decretos de necesidad y urgencia. La situación a la que hemos llegado sería hasta graciosa si no fuese realmente trágica.

No será fácil, el cusus honorum en la Argentina, como en muchos países de Latinoamérica, es largo y didáctico, se diría pedagógico, para los que acceden a la carrera política. Habría que lidiar con legisladores que vienen aferrados a la lista sábana desde hace años, fomentando esos defectos que se pretenden extirpar. Muchos de nuestros políticos se han entrenado, durante toda su vida pública, para jugar ese juego y se sujetan con fervor a las reglas del clientelismo. Es difícil que alguien corte la rama de la que está colgado.

Pero hay un dato que quizás debería tener en cuenta aquel que se propusiera intentarlo. Los informes de este año, de fuentes confiables y creíbles –UCA y ex técnicos desplazados del INDEC, entre otros-, expresan que entre un 25 y un 36 por ciento de argentinos han sido alcanzados por la pobreza; y un dato no menor es el del último informe de la Universidad Católica Argentina, que llega a una conclusión reveladora: “Entre la población más vulnerable, se registra una mayor preferencia por un gobierno presidencialista; quienes se hallan en condiciones socioeconómicas y educativas más favorables suelen preferir un gobierno republicano con el poder dividido en instituciones”.

Tal vez la docencia y el ejemplo –hablamos de educación-, ejercidos desde los más altos cargos del Estado, sea la manera más efectiva para erradicar este mal. Cumplir la ley y hacer que se cumpla. Tal vez el voto popular nos regale, en el próximo período de gobierno, esos políticos que necesitamos.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional “Santa Romana”. Autor de “El Momento es Ahora” y “El ABC de la Defensa Nacional”.

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