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Por Redacción

La Defensa Nacional, entre los grandes temas que no están en la agenda electoral



Un concepto que debe cambiar


Una democracia moderna necesita algo más que economía doméstica y política partidaria. Sin embargo estos parecen ser los únicos temas de agenda de la política nacional. Sólo se discute sobre alianzas sectoriales, acuerdos partidarios, peleas internas y problemas económicos coyunturales. Todos estos temas son importante por cierto, pero no resolverán los grandes problemas estructurales que la Argentina tiene hacia el futuro. Y paradójicamente, no pensar en los problemas del futuro, nos está arruinando el presente.



En los países más evolucionados y con sistemas democráticos estables, seguros y dinámicos, es en las campañas electorales donde se debaten los problemas de fondo que hacen al desarrollo futuro del Estado y la sociedad. En nuestro medio hay temas de los que no se habla. Temas que hacen a la inserción de la Argentina en el mundo, a su vinculación con los países de la región, a sus relaciones con los países desarrollados y con los organismos internacionales. Con el crédito –que no sólo es económico–, la estabilidad, la seguridad y el desarrollo.


La Defensa Nacional pareciera ser inexistente o insignificante para muchos que desconocen los fundamentos del ejercicio de la soberanía y el derecho de la legítima defensa que le asisten a nuestro País por ser poseedor de un inmenso territorio, de recursos naturales y de una población que necesita ser protegida. Nombrar funcionarios en altos cargos, relevantes en el área de defensa, que no poseen la capacitación, la experiencia y el conocimiento necesario, es un indicador del desinterés gubernamental sobre el tema.


Las urgencias de la siempre apremiante realidad –que la misma impericia crea– hacen que los políticos gobernantes o aspirantes a gobernar sólo planteen problemas de coyuntura; como si todo lo demás estuviese resuelto, como si esas áreas olvidadas del Estado funcionaran perfectamente. En el área de defensa sabemos que no es así, que los materiales se han tornado obsoletos y que las capacidades se han degradado o perdido irremediablemente.


Este desinterés de muchos políticos en áreas como las de defensa y relaciones exteriores, ha contribuido a aumentar nuestro aislamiento del mundo. Hay un concepto que debe cambiar. Los conflictos no se solucionan negando su existencia, sino comprendiéndolos, comprometiéndose y adoptando las acciones y medidas concretas para resolverlos.


El debate que nos debemos


El desinterés ha producido la pérdida más grande que ha sufrido la defensa en estos últimos años, la calidad educativa, a partir de la ruptura de la cadena de conocimiento. Esto, unido a la desmoralización y agotamiento del personal, ha convertido a las organizaciones armadas en elementos vacios de fundamento, que sólo pueden estar al servicio de algunas improvisaciones de cooptación partidaria e ideológica. Una práctica peligrosa que ya han ensayado –y están ensayando– regímenes autoritarios de orientación absolutista, como es el caso de Venezuela.


La pérdida de la cadena de conocimiento es algo que el dinero no podrá comprar ni en el corto ni en el mediano plazo. Hará falta mucho tiempo para recomponer la estructura educativa que les permita volver a sobresalir en áreas del conocimiento como ha ocurrido en épocas pasadas.


Por otro lado, que la Argentina se haya convertido, en los últimos doce años, en el tercer proveedor de cocaína del mundo, nos está hablando de planificación insuficiente, fronteras inseguras, espacios de indefensión y desidia gubernamental. Esto no ocurrió de un día para el otro. No se trata de que las fuerzas armadas se involucren en la lucha cuerpo a cuerpo contra el narcotráfico, como algunos maliciosamente parecen interpretar, se trata de que cada organización cumpla con la función específica que le asigna la Constitución Nacional y le autorizan las leyes.


El control del espacio aéreo reclama radarización, las fronteras reclaman control, los grandes espacios deben estar ocupados. La presencia de fuerzas armadas, con misiones concretas y reglas de empeñamiento claras, produce seguridad y transmite confianza a las personas honestas.


Se discute si las fuerzas armadas deben participar en la lucha contra el narcotráfico, pero se olvidan de plantear que, antes de pensar en asignarles tan delicada misión, es necesario otorgarles las capacidades que les permitan ser útiles y que las conviertan en herramientas seguras y confiables. No se tiene en cuenta que, en la situación en que actualmente se encuentran estas organizaciones, con materiales obsoletos, sin recursos para ponerlos en servicio y con sueldos magros, significaría exponerlas a enfrentar en inferioridad de condiciones a un enemigo poderoso, cuya característica principal es la abundancia de dinero y la capacidad de corromper, como ya lo ha hecho con otras estructuras políticas y con parte de las fuerzas de seguridad y policiales; sería un verdadero suicidio.


Ningún país del mundo ha trazado una línea divisoria absoluta entre la defensa y la seguridad como en nuestro caso. Hoy el delito internacional, como el narcotráfico, la trata de personas o el tráfico de armas, se ha convertido en una amenaza contra el Estado nacional. Una amenaza que procede de fronteras afuera y que compromete la paz social y la seguridad interna. Esta confusión, meramente argentina, sobre la problemática de la defensa y la seguridad está haciendo que malgastemos energía y tiempo que podríamos utilizar en resolver problemas de fondo de gran importancia; y demuestra, una vez más, un profundo desconocimiento de la verdadera política.


Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional “Santa Romana”. Autor de El Momento es Ahora y El ABC de la Defensa Nacional.


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La Defensa Nacional, entre los grandes temas que no están en la agenda electoral

Un concepto que debe cambiar

Una democracia moderna necesita algo más que economía doméstica y política partidaria. Sin embargo estos parecen ser los únicos temas de agenda de la política nacional. Sólo se discute sobre alianzas sectoriales, acuerdos partidarios, peleas internas y problemas económicos coyunturales. Todos estos temas son importante por cierto, pero no resolverán los grandes problemas estructurales que la Argentina tiene hacia el futuro. Y paradójicamente, no pensar en los problemas del futuro, nos está arruinando el presente.

En los países más evolucionados y con sistemas democráticos estables, seguros y dinámicos, es en las campañas electorales donde se debaten los problemas de fondo que hacen al desarrollo futuro del Estado y la sociedad. En nuestro medio hay temas de los que no se habla. Temas que hacen a la inserción de la Argentina en el mundo, a su vinculación con los países de la región, a sus relaciones con los países desarrollados y con los organismos internacionales. Con el crédito –que no sólo es económico–, la estabilidad, la seguridad y el desarrollo.

La Defensa Nacional pareciera ser inexistente o insignificante para muchos que desconocen los fundamentos del ejercicio de la soberanía y el derecho de la legítima defensa que le asisten a nuestro País por ser poseedor de un inmenso territorio, de recursos naturales y de una población que necesita ser protegida. Nombrar funcionarios en altos cargos, relevantes en el área de defensa, que no poseen la capacitación, la experiencia y el conocimiento necesario, es un indicador del desinterés gubernamental sobre el tema.

Las urgencias de la siempre apremiante realidad –que la misma impericia crea– hacen que los políticos gobernantes o aspirantes a gobernar sólo planteen problemas de coyuntura; como si todo lo demás estuviese resuelto, como si esas áreas olvidadas del Estado funcionaran perfectamente. En el área de defensa sabemos que no es así, que los materiales se han tornado obsoletos y que las capacidades se han degradado o perdido irremediablemente.

Este desinterés de muchos políticos en áreas como las de defensa y relaciones exteriores, ha contribuido a aumentar nuestro aislamiento del mundo. Hay un concepto que debe cambiar. Los conflictos no se solucionan negando su existencia, sino comprendiéndolos, comprometiéndose y adoptando las acciones y medidas concretas para resolverlos.

El debate que nos debemos

El desinterés ha producido la pérdida más grande que ha sufrido la defensa en estos últimos años, la calidad educativa, a partir de la ruptura de la cadena de conocimiento. Esto, unido a la desmoralización y agotamiento del personal, ha convertido a las organizaciones armadas en elementos vacios de fundamento, que sólo pueden estar al servicio de algunas improvisaciones de cooptación partidaria e ideológica. Una práctica peligrosa que ya han ensayado –y están ensayando– regímenes autoritarios de orientación absolutista, como es el caso de Venezuela.

La pérdida de la cadena de conocimiento es algo que el dinero no podrá comprar ni en el corto ni en el mediano plazo. Hará falta mucho tiempo para recomponer la estructura educativa que les permita volver a sobresalir en áreas del conocimiento como ha ocurrido en épocas pasadas.

Por otro lado, que la Argentina se haya convertido, en los últimos doce años, en el tercer proveedor de cocaína del mundo, nos está hablando de planificación insuficiente, fronteras inseguras, espacios de indefensión y desidia gubernamental. Esto no ocurrió de un día para el otro. No se trata de que las fuerzas armadas se involucren en la lucha cuerpo a cuerpo contra el narcotráfico, como algunos maliciosamente parecen interpretar, se trata de que cada organización cumpla con la función específica que le asigna la Constitución Nacional y le autorizan las leyes.

El control del espacio aéreo reclama radarización, las fronteras reclaman control, los grandes espacios deben estar ocupados. La presencia de fuerzas armadas, con misiones concretas y reglas de empeñamiento claras, produce seguridad y transmite confianza a las personas honestas.

Se discute si las fuerzas armadas deben participar en la lucha contra el narcotráfico, pero se olvidan de plantear que, antes de pensar en asignarles tan delicada misión, es necesario otorgarles las capacidades que les permitan ser útiles y que las conviertan en herramientas seguras y confiables. No se tiene en cuenta que, en la situación en que actualmente se encuentran estas organizaciones, con materiales obsoletos, sin recursos para ponerlos en servicio y con sueldos magros, significaría exponerlas a enfrentar en inferioridad de condiciones a un enemigo poderoso, cuya característica principal es la abundancia de dinero y la capacidad de corromper, como ya lo ha hecho con otras estructuras políticas y con parte de las fuerzas de seguridad y policiales; sería un verdadero suicidio.

Ningún país del mundo ha trazado una línea divisoria absoluta entre la defensa y la seguridad como en nuestro caso. Hoy el delito internacional, como el narcotráfico, la trata de personas o el tráfico de armas, se ha convertido en una amenaza contra el Estado nacional. Una amenaza que procede de fronteras afuera y que compromete la paz social y la seguridad interna. Esta confusión, meramente argentina, sobre la problemática de la defensa y la seguridad está haciendo que malgastemos energía y tiempo que podríamos utilizar en resolver problemas de fondo de gran importancia; y demuestra, una vez más, un profundo desconocimiento de la verdadera política.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional “Santa Romana”. Autor de El Momento es Ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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