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Por Redacción

La crisis venezolana y una prueba para la región



Lo que los dirigentes venezolanos deberían advertir es que “la edad de piedra no terminó por falta de piedras” (Ahmed Zaki Yamani, ex ministro de Petróleo de Arabia Saudí).


Las protestas en Venezuela no reconocen descanso ni retiro religioso. Por ejemplo, en el domingo de Pascuas otra vez cientos de estudiantes salieron a las calles de Caracas para manifestar por lo que ellos llamaron “la resurrección de la democracia”. Las protestas que empezaron hace ya más de dos meses llevan el lamentable saldo de 41 muertos, más de 600 heridos y 100 detenidos.




La gente en Venezuela está cansada, ya no sólo de la economía y la escasez de productos de primera necesidad en todos los rubros, que se estima en un 28% según cifras de enero de este año –alcanza tanto a los alimentos como a los medicamentos, repuestos de todo tipo e incluso electrodomésticos–, sino principalmente del abuso de poder.


La inflación que según algunas estimaciones es ya superior al 57,3 %, la más alta del mundo, y que para otros ha trepado en los últimos meses al 300%, erosiona los salarios de los más necesitados, que en el caso de ese país son mayoría. “Prácticamente no se consigue nada, no hay medicamentos, y los que se consiguen se deben pagar a precios exorbitantes”, nos relata un médico venezolano que reside en Caracas.

Los que se animan más a la protesta son estudiantes, a los que se les han ido sumando cada vez más gente de bajos y medios recursos, ahogados por los problemas económicos y el descontento con un gobierno al que sólo le interesa sostenerse en el poder a cualquier costo. Esto ocurre a pesar de la brutal represión por parte de las fuerzas policiales y de grupos adeptos al gobierno, organizados y armados desde el propio Estado. Estos grupos de choque, paraestatales, son los que más brutalidad manifiestan a la hora de intentar desmantelar las protestas y los que causan más estragos contra los manifestantes pacíficos y desarmados.

La brecha cambiaria en Venezuela alcanza la increíble cifra del 600%. Esto explica en gran medida la altísima inflación, la escasez, la preocupante baja de reservas y la presencia de cuatro tipos de cambios (tres de ellos oficiales), a lo que se suman deudas millonarias con los sectores productivos y la baja productividad de las empresas.

¿A qué se debe que un país con abundancia de petróleo posea esos índices económicos catastróficos? Venezuela se ha convertido en el paradigma de los modelos populistas y clientelares más exacerbados de la región y, como es sabido, no hay plata que alcance para ejercer el clientelismo. Todo es poco.

El presidente Nicolás Maduro en los últimos meses logró la aprobación de la llamada “Ley habilitante”, que le permite promover leyes sin la intervención de la Asamblea Legislativa. Lo primero que hizo fueron dos leyes para el control de precios, reducir los márgenes de ganancias y el uso de divisas. Todo esto no ha hecho más que agregar más leña al fuego, en un ambiente de creciente inflación y desabastecimiento.


Un problema agregado

Aunque para el análisis necesitamos ir desglosando cada dato, en la realidad todo está unido: lo económico, lo político, lo social y, en este caso también lo militar.

Las últimas purgas en las Fuerzas Armadas demuestran que hay un creciente malestar, no sólo en los altos mandos sino también en la oficialidad de rango intermedio. Esto nos hace advertir de que el problema en Venezuela no es sólo económico. La corrupción y el clientelismo hacen que un país rico en petróleo se vea envuelto en una crisis económica sin precedentes. Unos 21.141 millones de dólares recibió Venezuela en 2013 por exportaciones. El dato ilustrativo es que el 96% de esos ingresos provienen de la venta del petróleo, según cifras del BCV (Banco Central de Venezuela).

El descontento en las Fuerzas Armadas se debe principalmente a que los militares no ven con buenos ojos la creciente presencia de asesores cubanos, que asciende según datos de algunos observadores a 600 e incluso para otros es mucho mayor (5.000, calculan algunos analistas); las milicias armadas promovidas por el chavismo, que los propios militares deben adiestrar y armar desde el gobierno del fallecido Hugo Chávez, y al malestar causado por la represión desatada ante los cada vez más multitudinarios desbordes sociales en las calles. Los militares estarían previendo un desenlace inevitable que finalmente, a pesar de los beneficios obtenidos como garantes del régimen, los arrastrará sin remedio a una condena social ineludible. La gente en las calles está pidiendo la renuncia del presidente, y éste es un dato que dadas las circunstancias actuales es de sumo interés. Por eso nos preguntamos sobre las consecuencias que tendría un desenlace de la crisis venezolana que terminara con la caída del gobierno de Nicolás Maduro.

El régimen chavista está fuertemente atado al poder militar. Chávez intentó imitar el modelo cubano desde que asumió en el año 1999, y en este sentido cualquier resquebrajamiento de la verticalidad y de la obediencia debida en las filas de las Fuerzas Armadas puede ser fatal para la continuidad del sistema.


El talón de Aquiles de la Unasur

Tanto Cuba como Nicaragua miran con expectativa e incertidumbre el desarrollo de esta crisis. No es sólo la ayuda que Venezuela le presta a Cuba a través de la exportación de 100.000 barriles diarios de petróleo en condiciones preferenciales, también está la que le brinda al gobierno sandinista de Nicaragua y que ha disminuido desde el fallecimiento de Hugo Chávez.

Para países que se han convertido en Venezuela-dependientes, como Cuba o Nicaragua, la caída del régimen chavista representaría una catástrofe. Otros países o, mejor dicho otros gobiernos, si bien no tienen una dependencia enfermiza con el petróleo y las finanzas del país caribeño recibirían con tristeza el fracaso del régimen, por lo que significa para ellos el experimento social populista que iniciara Hugo Chávez hace ya catorce años.

La idea de que el petróleo de Venezuela mantiene artificialmente al régimen de los hermanos Castro –como a un enfermo con asistencia mecánica y farmacológica– está ya muy extendida en la propia sociedad venezolana.

Más allá de estos matrimonios por conveniencia ideológica y económica está el papel que intenta jugar la Unasur en esta crisis. Los más decididos en ofrecer una mediación parecen ser Brasil y Chile, a pesar de algunas reticencias de otros como la Argentina. Y es que para muchos la alianza regional se ha convertido en un bloque ideológico al que la crisis venezolana le está poniendo una prueba de fuego. Venezuela se ha convertido en el talón de Aquiles de la Unasur y del Mercosur, no sólo por los problemas económicos que le acarrea a la principal economía de la región, Brasil –por ejemplo, con China por el comercio de productos manufacturados– sino porque está sacando a la superficie las profundas contradicciones ideológicas entre los socios regionales.

La región se debate entre mediar para alcanzar una solución negociada y democrática –ante un gobierno que muchos venezolanos califican de antidemocrático, corrupto y represor–, o cerrar filas con el régimen de Maduro para imponer el socialismo bolivariano a cualquier costo. Lo que ocurra en Venezuela puede ser crucial para el futuro de la Unasur e incluso del Mercosur. La caída del gobierno de Nicolás Maduro, según sea el desenlace final, podría acarrear fuertes disidencias, a las ya existentes, entre los gobiernos sudamericanos.


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La crisis venezolana y una prueba para la región

Lo que los dirigentes venezolanos deberían advertir es que “la edad de piedra no terminó por falta de piedras” (Ahmed Zaki Yamani, ex ministro de Petróleo de Arabia Saudí).

Las protestas en Venezuela no reconocen descanso ni retiro religioso. Por ejemplo, en el domingo de Pascuas otra vez cientos de estudiantes salieron a las calles de Caracas para manifestar por lo que ellos llamaron “la resurrección de la democracia”. Las protestas que empezaron hace ya más de dos meses llevan el lamentable saldo de 41 muertos, más de 600 heridos y 100 detenidos.


La gente en Venezuela está cansada, ya no sólo de la economía y la escasez de productos de primera necesidad en todos los rubros, que se estima en un 28% según cifras de enero de este año –alcanza tanto a los alimentos como a los medicamentos, repuestos de todo tipo e incluso electrodomésticos–, sino principalmente del abuso de poder.

La inflación que según algunas estimaciones es ya superior al 57,3 %, la más alta del mundo, y que para otros ha trepado en los últimos meses al 300%, erosiona los salarios de los más necesitados, que en el caso de ese país son mayoría. “Prácticamente no se consigue nada, no hay medicamentos, y los que se consiguen se deben pagar a precios exorbitantes”, nos relata un médico venezolano que reside en Caracas.
Los que se animan más a la protesta son estudiantes, a los que se les han ido sumando cada vez más gente de bajos y medios recursos, ahogados por los problemas económicos y el descontento con un gobierno al que sólo le interesa sostenerse en el poder a cualquier costo. Esto ocurre a pesar de la brutal represión por parte de las fuerzas policiales y de grupos adeptos al gobierno, organizados y armados desde el propio Estado. Estos grupos de choque, paraestatales, son los que más brutalidad manifiestan a la hora de intentar desmantelar las protestas y los que causan más estragos contra los manifestantes pacíficos y desarmados.
La brecha cambiaria en Venezuela alcanza la increíble cifra del 600%. Esto explica en gran medida la altísima inflación, la escasez, la preocupante baja de reservas y la presencia de cuatro tipos de cambios (tres de ellos oficiales), a lo que se suman deudas millonarias con los sectores productivos y la baja productividad de las empresas.
¿A qué se debe que un país con abundancia de petróleo posea esos índices económicos catastróficos? Venezuela se ha convertido en el paradigma de los modelos populistas y clientelares más exacerbados de la región y, como es sabido, no hay plata que alcance para ejercer el clientelismo. Todo es poco.
El presidente Nicolás Maduro en los últimos meses logró la aprobación de la llamada “Ley habilitante”, que le permite promover leyes sin la intervención de la Asamblea Legislativa. Lo primero que hizo fueron dos leyes para el control de precios, reducir los márgenes de ganancias y el uso de divisas. Todo esto no ha hecho más que agregar más leña al fuego, en un ambiente de creciente inflación y desabastecimiento.

Un problema agregado
Aunque para el análisis necesitamos ir desglosando cada dato, en la realidad todo está unido: lo económico, lo político, lo social y, en este caso también lo militar.
Las últimas purgas en las Fuerzas Armadas demuestran que hay un creciente malestar, no sólo en los altos mandos sino también en la oficialidad de rango intermedio. Esto nos hace advertir de que el problema en Venezuela no es sólo económico. La corrupción y el clientelismo hacen que un país rico en petróleo se vea envuelto en una crisis económica sin precedentes. Unos 21.141 millones de dólares recibió Venezuela en 2013 por exportaciones. El dato ilustrativo es que el 96% de esos ingresos provienen de la venta del petróleo, según cifras del BCV (Banco Central de Venezuela).
El descontento en las Fuerzas Armadas se debe principalmente a que los militares no ven con buenos ojos la creciente presencia de asesores cubanos, que asciende según datos de algunos observadores a 600 e incluso para otros es mucho mayor (5.000, calculan algunos analistas); las milicias armadas promovidas por el chavismo, que los propios militares deben adiestrar y armar desde el gobierno del fallecido Hugo Chávez, y al malestar causado por la represión desatada ante los cada vez más multitudinarios desbordes sociales en las calles. Los militares estarían previendo un desenlace inevitable que finalmente, a pesar de los beneficios obtenidos como garantes del régimen, los arrastrará sin remedio a una condena social ineludible. La gente en las calles está pidiendo la renuncia del presidente, y éste es un dato que dadas las circunstancias actuales es de sumo interés. Por eso nos preguntamos sobre las consecuencias que tendría un desenlace de la crisis venezolana que terminara con la caída del gobierno de Nicolás Maduro.
El régimen chavista está fuertemente atado al poder militar. Chávez intentó imitar el modelo cubano desde que asumió en el año 1999, y en este sentido cualquier resquebrajamiento de la verticalidad y de la obediencia debida en las filas de las Fuerzas Armadas puede ser fatal para la continuidad del sistema.

El talón de Aquiles de la Unasur
Tanto Cuba como Nicaragua miran con expectativa e incertidumbre el desarrollo de esta crisis. No es sólo la ayuda que Venezuela le presta a Cuba a través de la exportación de 100.000 barriles diarios de petróleo en condiciones preferenciales, también está la que le brinda al gobierno sandinista de Nicaragua y que ha disminuido desde el fallecimiento de Hugo Chávez.
Para países que se han convertido en Venezuela-dependientes, como Cuba o Nicaragua, la caída del régimen chavista representaría una catástrofe. Otros países o, mejor dicho otros gobiernos, si bien no tienen una dependencia enfermiza con el petróleo y las finanzas del país caribeño recibirían con tristeza el fracaso del régimen, por lo que significa para ellos el experimento social populista que iniciara Hugo Chávez hace ya catorce años.
La idea de que el petróleo de Venezuela mantiene artificialmente al régimen de los hermanos Castro –como a un enfermo con asistencia mecánica y farmacológica– está ya muy extendida en la propia sociedad venezolana.
Más allá de estos matrimonios por conveniencia ideológica y económica está el papel que intenta jugar la Unasur en esta crisis. Los más decididos en ofrecer una mediación parecen ser Brasil y Chile, a pesar de algunas reticencias de otros como la Argentina. Y es que para muchos la alianza regional se ha convertido en un bloque ideológico al que la crisis venezolana le está poniendo una prueba de fuego. Venezuela se ha convertido en el talón de Aquiles de la Unasur y del Mercosur, no sólo por los problemas económicos que le acarrea a la principal economía de la región, Brasil –por ejemplo, con China por el comercio de productos manufacturados– sino porque está sacando a la superficie las profundas contradicciones ideológicas entre los socios regionales.
La región se debate entre mediar para alcanzar una solución negociada y democrática –ante un gobierno que muchos venezolanos califican de antidemocrático, corrupto y represor–, o cerrar filas con el régimen de Maduro para imponer el socialismo bolivariano a cualquier costo. Lo que ocurra en Venezuela puede ser crucial para el futuro de la Unasur e incluso del Mercosur. La caída del gobierno de Nicolás Maduro, según sea el desenlace final, podría acarrear fuertes disidencias, a las ya existentes, entre los gobiernos sudamericanos.

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