La Argentina, una tierra fértil de violencia generalizada
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Por Redacción

La Argentina, una tierra fértil de violencia generalizada



Desde hacen 20 años que los argentinos en general y los mendocinos en particular sufren una fuerte degradación en la consciencia ciudadana, con y sobre su vida de relación. En todo ese tiempo fueron quedando en el camino de la historia de país, aspectos importantes que hacían al trato y respeto humano; a la consideración y al diálogo entre la gente. Los valores dentro y fuera de la familia, quizá fueron los primeros en mostrar cuán lejos se había llegado, a un terreno plagado de puntos negros que brotaron cual “virulenta viruela negra”.


Y en el país de los argentinos, muchos hechos demuestran que nada es casual y que todo, absolutamente, tiene relación y responsables. En ese sentido queda en evidencia que “la educación” ha sido el sector más golpeado por la violencia. También, el más abandonado intencionalmente para profundizar ese estado de ignorancia que el ciudadano ha tenido ante sí, para que todo lo que encierra la violencia penetre dócil en su psiquis debilitada por pobreza, alcohol, droga y vejaciones.


Hoy, en una Mendoza dolorida por la saña en la que murieron tres jóvenes mujeres, se debate en voz alta, necesarias (¿tardías?) medidas para terminar con una violencia de género que en constante crecimiento se transmite de generación en generación. Con responsabilidades directas de la  familia y también del estado. En los primeros porque el trato interno es dantesco: “gritos, insultos y golpes”, es como, desde la cuna se forman cientos de niños.  Seres que,  transformados en adultos, son mujeres y hombres donde el maltrato en todo tiempo y lugar, es su modo de relacionarse entre sí y con el resto de la sociedad. Ellos son los protagonistas de esos duros signos de la violencia que uno ve a diario en las escuelas, en el colectivo, en el transito, en el supermercado y en cada cuadra de los sitios (pobres o ricos) de la provincia. Cuestiones alimentadas por caras más oscuras, como promiscuidad, violaciones y esa mano negra que produce dolor y muerte. Lo increíble, es que a todo esto, lo llaman una cuestión cultural. Que de cultural no tiene nada y de degradación, mucho. ¡Cómo debe ser de grave!, que la abultada legislación y los organismos creados desde la sensatez que todavía emana de algunos sectores, no son correctamente accionados para detener “esa violencia”. Porque la inanición en la que uno ha encontrado por estos días al estado, es también parte en cubierta de ese desinterés, que se ha constituido en uno de los pilares de sustentación de ese estado de violencia que estamos analizando.


Por eso, hoy Mendoza le muestra a la Argentina que la violencia se ha transformado en “live motive” de una parte importante del país. Tan importante que preocupa. Donde, como decíamos, hay responsabilidades ciudadanas, además de políticas. Estas últimas, porque se mostró en el últimos tiempos cómo se abrevó la violencia con acciones que hicieron incursionar al ciudadano en los terrenos más pestilentes de la misma. Allí no hay códigos de vida, sino cegueras sectarias que se aglutinan alrededor de ideas mesiánicas, que ya han cooptado a muchos, esencialmente jóvenes. Las mismas que se aprestan a salir a romper todo. Toda vez que el mezquino resentimiento político las haga reaccionar, como lo hizo en la marcha de “#Ni Una Menos”, en las puertas del parlamento mendocino.


Como se ve, la violencia en la República Argentina tiene diferentes formas. Desde los más de 13 millones de pobres sometidos en el medio del reprochable tironeo de los que se fueron y los que vinieron. Los primeros porque violentaron la vida de muchos ciudadanos para tenerlos cautivos en ese mezquino objetivo político, cargado de robo, muerte y narcotráfico, que implicó corrupción sin precedentes. Todo un espacio para que la violencia creciera de modo tal, que hoy el país tenga graves problemas para resolverla. Donde se muestra un combo violento de acciones y actitudes que ocurren a cada instante y en todo el país, con hombres de fuerzas de seguridad, funcionarios de todo nivel, jueces y ciudadanos que practican y muestran diferentes caras de una misma violencia. Esa que se abona en un terreno fértil que nadie se anima a detener, mucho menos exterminar.


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Desde hacen 20 años que los argentinos en general y los mendocinos en particular sufren una fuerte degradación en la consciencia ciudadana, con y sobre su vida de relación. En todo ese tiempo fueron quedando en el camino de la historia de país, aspectos importantes que hacían al trato y respeto humano; a la consideración y al diálogo entre la gente. Los valores dentro y fuera de la familia, quizá fueron los primeros en mostrar cuán lejos se había llegado, a un terreno plagado de puntos negros que brotaron cual “virulenta viruela negra”.

Y en el país de los argentinos, muchos hechos demuestran que nada es casual y que todo, absolutamente, tiene relación y responsables. En ese sentido queda en evidencia que “la educación” ha sido el sector más golpeado por la violencia. También, el más abandonado intencionalmente para profundizar ese estado de ignorancia que el ciudadano ha tenido ante sí, para que todo lo que encierra la violencia penetre dócil en su psiquis debilitada por pobreza, alcohol, droga y vejaciones.

Hoy, en una Mendoza dolorida por la saña en la que murieron tres jóvenes mujeres, se debate en voz alta, necesarias (¿tardías?) medidas para terminar con una violencia de género que en constante crecimiento se transmite de generación en generación. Con responsabilidades directas de la  familia y también del estado. En los primeros porque el trato interno es dantesco: “gritos, insultos y golpes”, es como, desde la cuna se forman cientos de niños.  Seres que,  transformados en adultos, son mujeres y hombres donde el maltrato en todo tiempo y lugar, es su modo de relacionarse entre sí y con el resto de la sociedad. Ellos son los protagonistas de esos duros signos de la violencia que uno ve a diario en las escuelas, en el colectivo, en el transito, en el supermercado y en cada cuadra de los sitios (pobres o ricos) de la provincia. Cuestiones alimentadas por caras más oscuras, como promiscuidad, violaciones y esa mano negra que produce dolor y muerte. Lo increíble, es que a todo esto, lo llaman una cuestión cultural. Que de cultural no tiene nada y de degradación, mucho. ¡Cómo debe ser de grave!, que la abultada legislación y los organismos creados desde la sensatez que todavía emana de algunos sectores, no son correctamente accionados para detener “esa violencia”. Porque la inanición en la que uno ha encontrado por estos días al estado, es también parte en cubierta de ese desinterés, que se ha constituido en uno de los pilares de sustentación de ese estado de violencia que estamos analizando.

Por eso, hoy Mendoza le muestra a la Argentina que la violencia se ha transformado en “live motive” de una parte importante del país. Tan importante que preocupa. Donde, como decíamos, hay responsabilidades ciudadanas, además de políticas. Estas últimas, porque se mostró en el últimos tiempos cómo se abrevó la violencia con acciones que hicieron incursionar al ciudadano en los terrenos más pestilentes de la misma. Allí no hay códigos de vida, sino cegueras sectarias que se aglutinan alrededor de ideas mesiánicas, que ya han cooptado a muchos, esencialmente jóvenes. Las mismas que se aprestan a salir a romper todo. Toda vez que el mezquino resentimiento político las haga reaccionar, como lo hizo en la marcha de “#Ni Una Menos”, en las puertas del parlamento mendocino.

Como se ve, la violencia en la República Argentina tiene diferentes formas. Desde los más de 13 millones de pobres sometidos en el medio del reprochable tironeo de los que se fueron y los que vinieron. Los primeros porque violentaron la vida de muchos ciudadanos para tenerlos cautivos en ese mezquino objetivo político, cargado de robo, muerte y narcotráfico, que implicó corrupción sin precedentes. Todo un espacio para que la violencia creciera de modo tal, que hoy el país tenga graves problemas para resolverla. Donde se muestra un combo violento de acciones y actitudes que ocurren a cada instante y en todo el país, con hombres de fuerzas de seguridad, funcionarios de todo nivel, jueces y ciudadanos que practican y muestran diferentes caras de una misma violencia. Esa que se abona en un terreno fértil que nadie se anima a detener, mucho menos exterminar.

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