Jesús Morales / Sanar con el amor de Dios
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Por Redacción

Jesús Morales / Sanar con el amor de Dios



Jesús Morales hoy esta a cargo del grupo de autoayuda del Centro Barrial María Madre del Pueblo, en el Campo Pappa, pero antes de llegar ahí tuvo que ganar su propia lucha con las drogas. Hoy, a más de tres años de su último consumo, cuenta su historia a El Ciudadano.


“Empecé por boludo, por querer probar… En ese momento consumía una vez por semana y nunca me imagine en lo que se iba a transformar después”, arranca su relato Jesús, y después asegura que llevaba una vida normal, había terminado la secundaria y no tenía ningún problema familiar que lo llevara a entrar en el mundo de las adicciones.


Hasta ese momento, la cocaína era algo que estaba presente en su vida los fines de semana y nada más. Tiempo después conoció a una chica con la que se ‘enganchó’ mucho, y luego de que ella quedara embarazada decidieron convivir para esperar a su hijo. En esa época, Jesús trabajaba en una de las empresas del grupo Cartellone, donde empezó como cadete mientras también estudiaba en el ITU la Tecnicatura en Administración de Empresas.


La salida de la persona que llevaba la administración de sueldos y el conocimiento adquirido, sumado a su inteligencia, le dio la posibilidad de hacerse cargo de esa tarea. Pero cuando su situación sentimental no funcionó y se tornó complicada, se refugió en las drogas. “La convivencia no funcionó y yo empecé a llenar el vacío con drogas.


Pasé de consumir una vez por semana a consumir hasta 10 gramos diarios”, explica, y después comenta que las drogas comenzaron a privarle el disfrute de las cosas simples de la vida, como pasar tiempo con su hijo, compartir una linda charla con la familia o seguir creciendo laboralmente.


La etapa de las defraudaciones


Jesús hizo trampa en el trabajo, en la calle y hasta en su casa. Es que las drogas lo llevaron a desconocerse y hacer cosas que nunca hubiese imaginado. “Defraudé a personas que confiaron en mí en el trabajo y nunca pude pedirles disculpas. Robé en mi propia casa, en el negocio de mi madre… La cabeza me jugaba una mala pasada y hacía cualquier cosa para conseguir dinero y así seguir consumiendo”, explica Jesús, quien reconoce que resolvía las cosas negándolas. “Yo negaba todo aquello de lo que me acusaban”, dice, y agrega que cuando lo despidieron lo indemnizaron: “Era mucha plata y también me la consumí toda en drogas, me quedé con lo puesto…”.


Asegura que llegó a pesar 45 kilos y a no reconocerse cuando se miraba en el espejo, y explica que “no hay un click en el que te das cuenta de todo, sí hay momentos que van haciéndote reflexionar acerca de que no querés más esa vida para vos y para los que te rodean, pero uno sigue haciéndose daño”. “Mientras mi familia buscaba cómo ayudarme yo negaba todo lo que pasaba. Creo que mi madre siempre lo supo, y ese es uno de los dolores más grandes que tengo.


Ella y mi hermana buscaban ayuda en los grupos de la iglesia; de hecho estuve yendo a uno de los grupos, pero iba a ‘chamuyar’ y les decía que no tenía plata para pasarle a mi hijo, y después con la plata que juntaban y me daban me compraba droga”. Jesús reconoció a esa etapa como uno de los momentos que adelantan que se puede seguir en esa vida. “No es un momento, son varios momentos que llevan a que te caiga la ficha. Además, cada persona con quien te vas cruzando en el camino y que te quiere ayudar te deja algo, y es lo que ayuda a bajar la térmica”, asegura.


Fue en uno de esos grupos donde conoció a Gustavo Quevedo, quien estaba a cargo, y a quien le dijo que “si él no podía salir solo, le iba a avisar”, mintiéndose una vez más a sí mismo y engañando al resto de los suyos.


Un mensaje del cielo


“Mi hermana Emilce buscaba ayuda por todos lados, no se dejaba vencer y estaba en contacto con la gente de la iglesia del barrio Foecyt como colaboradora y catequista”, cuenta. “Un día le llegó un mensaje desde el teléfono del padre Mauricio que decía ‘venite para acá que está la gente’. Ella pensó que era por mí y se fue rápido a la iglesia, y cuando llegó el religioso la miró como preguntando qué hacía ahí, y ella contó que había recibido un mensaje suyo diciendo que fuera. Entonces el padre, sorprendido, le dijo que nunca había mandado ese mensaje, por lo que ella se lo mostró y todos quedaron desconcertados”, relata Jesús, todavía conmovido.


El misterioso mensaje existía, y la gente que había llegado a la parroquia y estaba reunida con el padre Mauricio era de la ‘Fazenda de la Esperanza’, una comunidad cristiana basada en la espiritualidad a través de la palabra de vida, la convivencia y el trabajo, que nació en los 80 en Brasil como forma de ayudar a personas dependientes de las drogas. Ellos estaban en Mendoza con la intención de ayudar a jóvenes de nuestra provincia. Pero era una reunión privada en la que la hermana de Jesús no tenía nada que hacer. “Que mi hermana recibiera un mensaje que el padre no había mandado, para mí fue ‘una cosa divina’. Esas son cosas de Dios, porque cuando quiere dar un mensaje busca la forma de que llegue”, asegura.


Fazenda da esperanza


Desde aquel momento en que Jesús dijo que si no podía solo iba a pedir ayuda, no pasó mucho tiempo para que verdaderamente lo hiciera, y poco después de manifestar por escrito su voluntad de internarse, de los estudios de rigor y de la despedida familiar –todo aún bajo los efectos de la cocaína–, emprendió camino a su recuperación en Dean Funes, Córdoba, donde, año tras año, muchos buscan salir del infierno en el que viven.


No todos lo consiguen pero este joven sí. “Fue un año largo y difícil, sobre todo el encuentro con uno mismo, eso de mirar para dentro y ver lo que uno hizo. Se trabaja desde el alma y desde la fisura que te llevó a eso… Cuando llegué, entré a la Fazenda y no sentí mas deseos de drogarme. Sufrí la abstinencia pero no el deseo de drogarme, y eso al día de hoy no lo puedo entender… Será el deseo de estar bien y salir que tenía o será que Dios me estaba preparando para algo más grande, como lo que estoy haciendo ahora”, asegura quien luego de 365 días y una fuerza de voluntad apoyada en el amor a su familia, y muy arrepentido de todos los dolores que les causó, salió al mundo real siendo una mejor persona y con ganas de ayudar a otros a que no pasen por lo mismo.


Volver


Morales reconoce que a un ex adicto se le cierran muchas puertas, que tiene que volver a ganarse la confianza de la familia y del resto. Pero eso no lo detuvo y fue en busca de recuperar el tiempo perdido con su hijo, al que casi no conocía y hoy tiene el orgullo de ver crecer. También empezó a trabajar en una remisera, el mismo lugar donde conoció a Adriana, su compañera, y junto a quien está esperando un hijo.


Tiempo después, un llamado del padre Michael Belmont, a cargo de la capilla y el Centro Barrial del Campo Pappa, lo invitó a participar del proyecto que busca ayudar en la recuperación a jóvenes y adultos del barrio. Jesús no lo dudó y aceptó junto a su mujer, y así ambos empezaron a colaborar con una obra que va sumando voluntades, trabajo y ayuda para alejar a las personas de las adicciones.


Trabajo social 


“En el centro barrial se brindan talleres de autoayuda, arte y panificación, y lo que se produce no se vende porque sirve como merienda a los niños del centro. también hay charlas para las mujeres de los chicos que consumen, y tratamos de ayudarlas porque su situación es difícil”, explica Jesús, y dice que toda donación es valida, ya que les falta mucho por hacer, y las necesidades son grandes y variadas”.


Contacto Facebook/ Capilla y Centro Barrial María Madre del Pueblo.


Sólo por hoy. Es el nombre del documental mediante el cual el equipo de Prensa y Comunicación de la Municipalidad de Godoy Cruz cuenta, con la voz de sus protagonistas, el trabajo que se realiza en el Centro Barrial María Madre del Pueblo. La producción se presentará en el marco del Festival Provincial de Cine Mirada Oeste a fin de este mes. 


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Jesús Morales hoy esta a cargo del grupo de autoayuda del Centro Barrial María Madre del Pueblo, en el Campo Pappa, pero antes de llegar ahí tuvo que ganar su propia lucha con las drogas. Hoy, a más de tres años de su último consumo, cuenta su historia a El Ciudadano.

“Empecé por boludo, por querer probar… En ese momento consumía una vez por semana y nunca me imagine en lo que se iba a transformar después”, arranca su relato Jesús, y después asegura que llevaba una vida normal, había terminado la secundaria y no tenía ningún problema familiar que lo llevara a entrar en el mundo de las adicciones.

Hasta ese momento, la cocaína era algo que estaba presente en su vida los fines de semana y nada más. Tiempo después conoció a una chica con la que se ‘enganchó’ mucho, y luego de que ella quedara embarazada decidieron convivir para esperar a su hijo. En esa época, Jesús trabajaba en una de las empresas del grupo Cartellone, donde empezó como cadete mientras también estudiaba en el ITU la Tecnicatura en Administración de Empresas.

La salida de la persona que llevaba la administración de sueldos y el conocimiento adquirido, sumado a su inteligencia, le dio la posibilidad de hacerse cargo de esa tarea. Pero cuando su situación sentimental no funcionó y se tornó complicada, se refugió en las drogas. “La convivencia no funcionó y yo empecé a llenar el vacío con drogas.

Pasé de consumir una vez por semana a consumir hasta 10 gramos diarios”, explica, y después comenta que las drogas comenzaron a privarle el disfrute de las cosas simples de la vida, como pasar tiempo con su hijo, compartir una linda charla con la familia o seguir creciendo laboralmente.

La etapa de las defraudaciones

Jesús hizo trampa en el trabajo, en la calle y hasta en su casa. Es que las drogas lo llevaron a desconocerse y hacer cosas que nunca hubiese imaginado. “Defraudé a personas que confiaron en mí en el trabajo y nunca pude pedirles disculpas. Robé en mi propia casa, en el negocio de mi madre… La cabeza me jugaba una mala pasada y hacía cualquier cosa para conseguir dinero y así seguir consumiendo”, explica Jesús, quien reconoce que resolvía las cosas negándolas. “Yo negaba todo aquello de lo que me acusaban”, dice, y agrega que cuando lo despidieron lo indemnizaron: “Era mucha plata y también me la consumí toda en drogas, me quedé con lo puesto…”.

Asegura que llegó a pesar 45 kilos y a no reconocerse cuando se miraba en el espejo, y explica que “no hay un click en el que te das cuenta de todo, sí hay momentos que van haciéndote reflexionar acerca de que no querés más esa vida para vos y para los que te rodean, pero uno sigue haciéndose daño”. “Mientras mi familia buscaba cómo ayudarme yo negaba todo lo que pasaba. Creo que mi madre siempre lo supo, y ese es uno de los dolores más grandes que tengo.

Ella y mi hermana buscaban ayuda en los grupos de la iglesia; de hecho estuve yendo a uno de los grupos, pero iba a ‘chamuyar’ y les decía que no tenía plata para pasarle a mi hijo, y después con la plata que juntaban y me daban me compraba droga”. Jesús reconoció a esa etapa como uno de los momentos que adelantan que se puede seguir en esa vida. “No es un momento, son varios momentos que llevan a que te caiga la ficha. Además, cada persona con quien te vas cruzando en el camino y que te quiere ayudar te deja algo, y es lo que ayuda a bajar la térmica”, asegura.

Fue en uno de esos grupos donde conoció a Gustavo Quevedo, quien estaba a cargo, y a quien le dijo que “si él no podía salir solo, le iba a avisar”, mintiéndose una vez más a sí mismo y engañando al resto de los suyos.

Un mensaje del cielo

“Mi hermana Emilce buscaba ayuda por todos lados, no se dejaba vencer y estaba en contacto con la gente de la iglesia del barrio Foecyt como colaboradora y catequista”, cuenta. “Un día le llegó un mensaje desde el teléfono del padre Mauricio que decía ‘venite para acá que está la gente’. Ella pensó que era por mí y se fue rápido a la iglesia, y cuando llegó el religioso la miró como preguntando qué hacía ahí, y ella contó que había recibido un mensaje suyo diciendo que fuera. Entonces el padre, sorprendido, le dijo que nunca había mandado ese mensaje, por lo que ella se lo mostró y todos quedaron desconcertados”, relata Jesús, todavía conmovido.

El misterioso mensaje existía, y la gente que había llegado a la parroquia y estaba reunida con el padre Mauricio era de la ‘Fazenda de la Esperanza’, una comunidad cristiana basada en la espiritualidad a través de la palabra de vida, la convivencia y el trabajo, que nació en los 80 en Brasil como forma de ayudar a personas dependientes de las drogas. Ellos estaban en Mendoza con la intención de ayudar a jóvenes de nuestra provincia. Pero era una reunión privada en la que la hermana de Jesús no tenía nada que hacer. “Que mi hermana recibiera un mensaje que el padre no había mandado, para mí fue ‘una cosa divina’. Esas son cosas de Dios, porque cuando quiere dar un mensaje busca la forma de que llegue”, asegura.

Fazenda da esperanza

Desde aquel momento en que Jesús dijo que si no podía solo iba a pedir ayuda, no pasó mucho tiempo para que verdaderamente lo hiciera, y poco después de manifestar por escrito su voluntad de internarse, de los estudios de rigor y de la despedida familiar –todo aún bajo los efectos de la cocaína–, emprendió camino a su recuperación en Dean Funes, Córdoba, donde, año tras año, muchos buscan salir del infierno en el que viven.

No todos lo consiguen pero este joven sí. “Fue un año largo y difícil, sobre todo el encuentro con uno mismo, eso de mirar para dentro y ver lo que uno hizo. Se trabaja desde el alma y desde la fisura que te llevó a eso… Cuando llegué, entré a la Fazenda y no sentí mas deseos de drogarme. Sufrí la abstinencia pero no el deseo de drogarme, y eso al día de hoy no lo puedo entender… Será el deseo de estar bien y salir que tenía o será que Dios me estaba preparando para algo más grande, como lo que estoy haciendo ahora”, asegura quien luego de 365 días y una fuerza de voluntad apoyada en el amor a su familia, y muy arrepentido de todos los dolores que les causó, salió al mundo real siendo una mejor persona y con ganas de ayudar a otros a que no pasen por lo mismo.

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Morales reconoce que a un ex adicto se le cierran muchas puertas, que tiene que volver a ganarse la confianza de la familia y del resto. Pero eso no lo detuvo y fue en busca de recuperar el tiempo perdido con su hijo, al que casi no conocía y hoy tiene el orgullo de ver crecer. También empezó a trabajar en una remisera, el mismo lugar donde conoció a Adriana, su compañera, y junto a quien está esperando un hijo.

Tiempo después, un llamado del padre Michael Belmont, a cargo de la capilla y el Centro Barrial del Campo Pappa, lo invitó a participar del proyecto que busca ayudar en la recuperación a jóvenes y adultos del barrio. Jesús no lo dudó y aceptó junto a su mujer, y así ambos empezaron a colaborar con una obra que va sumando voluntades, trabajo y ayuda para alejar a las personas de las adicciones.

Trabajo social 

“En el centro barrial se brindan talleres de autoayuda, arte y panificación, y lo que se produce no se vende porque sirve como merienda a los niños del centro. también hay charlas para las mujeres de los chicos que consumen, y tratamos de ayudarlas porque su situación es difícil”, explica Jesús, y dice que toda donación es valida, ya que les falta mucho por hacer, y las necesidades son grandes y variadas”.

Contacto Facebook/ Capilla y Centro Barrial María Madre del Pueblo.

Sólo por hoy. Es el nombre del documental mediante el cual el equipo de Prensa y Comunicación de la Municipalidad de Godoy Cruz cuenta, con la voz de sus protagonistas, el trabajo que se realiza en el Centro Barrial María Madre del Pueblo. La producción se presentará en el marco del Festival Provincial de Cine Mirada Oeste a fin de este mes. 

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