Ya en el año 190 el obispo de Roma –que ya entonces se llamaba obispo- despidió de la comunidad eclesial a todos aquellos que no querían aceptar la costumbre romana de la Pascua por tratarse de algo pagano. Los cristianos originarios en Asia Menor no se ocuparon de ello, pero en este suceso ya se vislumbra el desarrollo posterior: desde Roma se comenzó a manejar los hilos, a presentar ultimátum y a introducir elementos de los que Jesús nunca había hablado.
Duró todavía algunos siglos hasta que Roma se convirtiera realmente en el poder reinante, por lo menos en el ámbito occidental de la Iglesia. En Oriente, para la Iglesia ortodoxa, Roma sigue sin ser su capital. Pero ya en aquel entonces, en los primeros tiempos, se mostraron las pretensiones de Roma de querer ser la «primera».
Más tarde, el obispo Víctor I excomulgó a toda la Iglesia de Asia Menor. Este proceso, en que los sacerdotes paganos se asentaron e impusieron con sus ideas y ritos, ya comenzó en el siglo II d. C. En ese entonces ya se empezó a introducir sacramentos, se tenía un altar, y el obispo después de un tiempo empezó a sentarse en una silla dispuesta sólo para él, que al final se convirtió en un trono.
En el siglo III se introdujo el hecho de que los sacerdotes tuvieran vestiduras propias, lo que hasta ese entonces no había sido el caso, lo que en realidad sucedió bastante tarde. Se llevaron a cabo procesiones y peregrinajes tal como ocurría en los cultos paganos. Se empezó a venerar a santos. Jesús habló de las bienaventuranzas, pero no dijo que por ello habría que «santificar» a alguien, lo que es algo totalmente diferente. Y los «santos» no tenían lugar alguno en las enseñanzas de Jesús, el Cristo. ¿Para qué habían de tenerlo? Si toda persona tenía –y tiene– la posibilidad de encontrar a Dios en sí misma. ¿Para qué iba a necesitar entonces a «santos» que deberían ser mediadores en el Cielo? Se introdujeron días de fiesta que coincidían con los días de fiesta del paganismo. Por ejemplo, las navidades, el 24 de diciembre, era la fiesta del dios sol, el sol invictus, el sol invencible, o bien el 15 de agosto, la ascensión de la virgen María al Cielo, era una importante fiesta dedicada a Diana, la que había sido una gran «Diosa-Madre» pagana.
Este proceso empezó entonces muy temprano, y en el curso de unos dos siglos tuvo el resultado de que la enseñanza original de Jesús de Nazaret, es decir la enseñanza cristiano originaria se convirtiera realmente en una religión pagana. Cuando después vino el emperador Constantino (emperador romano del 285 al 337), no tuvo sino que «cerrar el saco», finiquitar las cosas, y a la Iglesia la designó definitivamente Iglesia estatal.
La Iglesia, que ya en aquel tiempo en su mayor parte era pagana, se acomodó con gusto a esta línea. Esto lo vemos por ejemplo en la relación que adquiere la incipiente institución con la guerra y la violencia. En el libro «Y otra vez cantó el gallo», de Karlheinz Deschner, leemos lo siguiente: «En el año 313 Constantino concedió a los cristianos la total libertad religiosa. En el 314 el Sínodo de Arelate decretó la excomunión de soldados desertores. El que tiraba sus armas era excluido. Antes de ello, el que no las tiraba era excluido».
De la Publicación Vida Universal
Maximiliano Corradi
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