ciudadanodiario.com.ar
Hoy conocemos a: “La señora del merendero”
Cargando...
Por Redacción

Hoy conocemos a: “La señora del merendero”



El Ciudadano llegó hasta Azcuénaga al 1.420, de Las Heras, y al final de la calle sin salida encontró una humilde vivienda, la misma que de lunes a viernes en distintos horarios se llena de niños, mamás y abuelos. Es la casa donde Isabel vive junto a su pareja, Carlos, y sus hijos, pero también es el merendero Isabel, un espacio que brinda almuerzo algunos días, merienda otros y cariño siempre.


Llegamos a la hora de tomar la leche. En la puerta hay un tablón, algunas sillas y muchas ganas de merendar con algunas de las cosas ricas que la dueña de casa, desde hace tres años, prepara para quien lo necesite. En ese lugar, siempre se disfruta de un riquísimo aroma a pan recién horneado.


Una vida batallando


Isabel sabe de pobreza. Creció en una familia donde habitualmente los esfuerzos para criar a 13 hijos no alcanzaban, a pesar de ser intensos. Sabe de salir a vender los panificados que hacía su mamá para ayudar en la casa, y también de tristezas, maltrato y abandono. Quizás por eso, desde su humilde lugar, hace todo lo posible para que nadie pase por lo mismo.


La solidaridad no es cosa nueva para esta mujer. “Cuando vivía en el barrio Gomensoro, de Guaymallén,  tenía un merendero donde ayudaba a elaborar el pan. Otras señoras se encargaban de la comida y después pusimos un taller comunitario; nos dieron máquinas y entregábamos ropa”, relató, y agregó que “eso fue hace mucho, porque hacen 16 años que estoy separada del padre de mis hijos: él me pegaba mucho y yo decidí separarme. Mi hijo, que hoy tiene 17 años, en ese momento era un bebé”.


“Me separé y me fui con todos mis hijos; el padre no me quería ayudar con su manutención, así que salí con un carro a buscar cartones y diarios. Mi hijo trabajaba en un supermercado y habló con la gente de vigilancia para que le avisaran cuando sacaban la comida a punto de vencerse, y entonces iba con el carro y me lo llevaba”, recuerda Isabel, quien seguía viviendo en Guaymallén pero por los maltratos que sufría aún estando separada, decidió mudarse a las Heras. “Me vine a vivir acá (a Las Heras) debajo de un ‘nylon’ con los chicos y empecé a pelearla sola”.


Nidia, el ángel


Cuatro palos y polietileno ocupaban el espacio que hoy es la casa de Isabel y la de tantos que recurren a ella en busca de ayuda. Hasta que se topó con un ángel. “En ese tiempo estaba Nidia Soto, de la Asociación Brazos Abiertos, y como yo sé amasar y conozco mucho de comidas empecé a hacer mi trabajo a cambio de ayuda: yo le elaboraba comida, le hacía toda la panificación para la gente que ella atendía –que eran 600 raciones de comida diarias, además de los chicos que vivían en su hogar– y Nidia me daba comida para mis hijos”, rememora, y el recuerdo la emociona.


No es para menos ya que en el simple hecho de charlar con Nidia Soto “uno podía entender el amor con sólo mirarla”.


“Ahí empecé a surgir con los chicos; Nidia me dio comida, camas, calzado, me dio atención… Me dio amor y muchas cosas que hoy por hoy yo también puedo dar, y que me sirvieron como experiencias de vida. De todo lo que yo viví, ella fue una gran maestra. Fue una gran luchadora y esta zona quedó muy desprotegida después que falleció”, asegura.


Como el ave fénix


“Entré en un proyecto de la Asociación Capital de Vida y entonces pude tener la amasadora y el horno pizzero. Iba comprando de a diez kilos de harina y amasando, y fui a una villita que está acá atrás y les dije: ‘Mañana haré merienda, así que los espero en mi casa’. Ese día vinieron 20 niños, al siguiente aparecieron como 45 y así se fueron sumando: a la semana ya tenía cien y se fue agregando gente de otras villas, como la ‘14’. Hay gente que viene de cerca del Hospital Carrillo. Por eso empecé a buscar más ayuda, y ahora hay puertas que se abren y otras que se cierran”, reflexiona Isabel.


Al principio no fue fácil –según relata la bondadosa mujer– pero siempre se la “rebuscó”, no sólo para sacar adelante a su familia sino también para sostener la actividad del merendero, ya que cada semana les brinda alimentos a 280 personas, en su mayoría niños y cerca de 40 abuelos.


“Esto surgió con mucho amor, con mucho cariño, yo le dedico muchas horas del día desde hace tres años y Carlos, mi pareja, está a mi lado permanentemente. Él trabajaba en la construcción y de lo que ganaba me daba para que comprara en el supermercado, hasta que sufrió una lesión. A veces no era mucho, pero yo hacía milagros para adquirir cosas y dar la merienda, comprar telas, hacer cortinas o sábanas para ir al trueque y cambiarlas por verdura; compraba unos menudos y con eso hacía un guiso o una carbonada…”, explica Isabel  sobre cómo se las ingenió para no dejar a su gente si comida.


El merendero que lleva su nombre brinda almuerzos los martes y jueves y merienda los lunes miércoles y viernes, jornadas en que las mamás de los chicos que asisten no sólo acompañan, ya que se han organizado para ayudar turnándose.


“Hay mamás a las que les pido que vengan ellas a buscar la comida o la merienda para evitar que los niños se quemen. Entonces, si vienen solos les doy para tomar acá, pero cuando vienen con sus mamás les doy para que se lo lleven y compartan con su familia, para que no se pierda el vínculo”, explica.


“Es tan lindo sentarte a almorzar y ver a tus hijos comer… El diálogo no debe perderse en la familia, a mí me han criado a la antigua”, dice con una sonrisa enorme


En los zapatos del otro


De eso se trata el trabajo social, o al menos así lo entiende esta madre y abuela que en lo más profundo de su corazón desea que nadie pase por las situaciones que le tocó vivir, algo que explica con una simpleza inigualable: “El amor al prójimo y todo lo que yo sufrí cuando niña, la falta de cosas en el hogar, lo veo reflejado ahora. Gracias a Dios no les hago faltar nada ni a mis hijos ni a mis nietos, pero la pobreza que hay acá la viví yo también: mi mamá la pasó mal cuando se separó de mi papá, éramos muchos, no teníamos para comer ni para vestirnos y yo ya era señorita y tenía que andar con mis dedos afuera. Hoy por hoy, no me puedo ver las zapatillas rotas porque me parto en lágrimas…”


Vivir al día


“Estamos tramitando la Personería Jurídica para poder acceder a donaciones, porque al no tenerla se nos cierran muchas puertas. Sólo contamos con la colaboración de las mamás que salen a pedir casa por casa, por eso estamos al día. Vamos preparando la comida y las meriendas con lo que nos traen las personas que se enteran lo que hacemos”, dice con preocupación y un dejo de tristeza la mujer que, aún con sus problemas de salud, sigue adelante con su lucha cotidiana.


Así como muchos pueden pasar y mirar sin ver lo que Isabel y su familia hacen, otros pueden ser parte de esta historia colaborando con materia prima para la elaboración de almuerzos y meriendas (harina, leche, azúcar, verduras, etcétera). “Todo suma”, asegura Isabel.


Termina la charla y ya casi no quedan chicos en su casa. Todos los que llegaron en esa tarde hasta el merendero se fueron con la panza llena, pero las próximas meriendas dependerán de la voluntad de propios y ajenos.


“Yo creo que la gente que va a los merenderos es porque realmente no tiene nada, porque si tuvieran no irían a pedir; si un niño no tiene hambre no viene a pedir su leche, su té o su yerbeado”, finaliza, y con eso responde la pregunta acerca de cómo ve la situación actual.


Por Rebeca Rodríguez Viñolo – Diario El Ciudadano on line


comentarios

Compartir en facebook
Compartir en twitter

Hoy conocemos a: “La señora del merendero”

El Ciudadano llegó hasta Azcuénaga al 1.420, de Las Heras, y al final de la calle sin salida encontró una humilde vivienda, la misma que de lunes a viernes en distintos horarios se llena de niños, mamás y abuelos. Es la casa donde Isabel vive junto a su pareja, Carlos, y sus hijos, pero también es el merendero Isabel, un espacio que brinda almuerzo algunos días, merienda otros y cariño siempre.

Llegamos a la hora de tomar la leche. En la puerta hay un tablón, algunas sillas y muchas ganas de merendar con algunas de las cosas ricas que la dueña de casa, desde hace tres años, prepara para quien lo necesite. En ese lugar, siempre se disfruta de un riquísimo aroma a pan recién horneado.

Una vida batallando

Isabel sabe de pobreza. Creció en una familia donde habitualmente los esfuerzos para criar a 13 hijos no alcanzaban, a pesar de ser intensos. Sabe de salir a vender los panificados que hacía su mamá para ayudar en la casa, y también de tristezas, maltrato y abandono. Quizás por eso, desde su humilde lugar, hace todo lo posible para que nadie pase por lo mismo.

La solidaridad no es cosa nueva para esta mujer. “Cuando vivía en el barrio Gomensoro, de Guaymallén,  tenía un merendero donde ayudaba a elaborar el pan. Otras señoras se encargaban de la comida y después pusimos un taller comunitario; nos dieron máquinas y entregábamos ropa”, relató, y agregó que “eso fue hace mucho, porque hacen 16 años que estoy separada del padre de mis hijos: él me pegaba mucho y yo decidí separarme. Mi hijo, que hoy tiene 17 años, en ese momento era un bebé”.

“Me separé y me fui con todos mis hijos; el padre no me quería ayudar con su manutención, así que salí con un carro a buscar cartones y diarios. Mi hijo trabajaba en un supermercado y habló con la gente de vigilancia para que le avisaran cuando sacaban la comida a punto de vencerse, y entonces iba con el carro y me lo llevaba”, recuerda Isabel, quien seguía viviendo en Guaymallén pero por los maltratos que sufría aún estando separada, decidió mudarse a las Heras. “Me vine a vivir acá (a Las Heras) debajo de un ‘nylon’ con los chicos y empecé a pelearla sola”.

Nidia, el ángel

Cuatro palos y polietileno ocupaban el espacio que hoy es la casa de Isabel y la de tantos que recurren a ella en busca de ayuda. Hasta que se topó con un ángel. “En ese tiempo estaba Nidia Soto, de la Asociación Brazos Abiertos, y como yo sé amasar y conozco mucho de comidas empecé a hacer mi trabajo a cambio de ayuda: yo le elaboraba comida, le hacía toda la panificación para la gente que ella atendía –que eran 600 raciones de comida diarias, además de los chicos que vivían en su hogar– y Nidia me daba comida para mis hijos”, rememora, y el recuerdo la emociona.

No es para menos ya que en el simple hecho de charlar con Nidia Soto “uno podía entender el amor con sólo mirarla”.

“Ahí empecé a surgir con los chicos; Nidia me dio comida, camas, calzado, me dio atención… Me dio amor y muchas cosas que hoy por hoy yo también puedo dar, y que me sirvieron como experiencias de vida. De todo lo que yo viví, ella fue una gran maestra. Fue una gran luchadora y esta zona quedó muy desprotegida después que falleció”, asegura.

Como el ave fénix

“Entré en un proyecto de la Asociación Capital de Vida y entonces pude tener la amasadora y el horno pizzero. Iba comprando de a diez kilos de harina y amasando, y fui a una villita que está acá atrás y les dije: ‘Mañana haré merienda, así que los espero en mi casa’. Ese día vinieron 20 niños, al siguiente aparecieron como 45 y así se fueron sumando: a la semana ya tenía cien y se fue agregando gente de otras villas, como la ‘14’. Hay gente que viene de cerca del Hospital Carrillo. Por eso empecé a buscar más ayuda, y ahora hay puertas que se abren y otras que se cierran”, reflexiona Isabel.

Al principio no fue fácil –según relata la bondadosa mujer– pero siempre se la “rebuscó”, no sólo para sacar adelante a su familia sino también para sostener la actividad del merendero, ya que cada semana les brinda alimentos a 280 personas, en su mayoría niños y cerca de 40 abuelos.

“Esto surgió con mucho amor, con mucho cariño, yo le dedico muchas horas del día desde hace tres años y Carlos, mi pareja, está a mi lado permanentemente. Él trabajaba en la construcción y de lo que ganaba me daba para que comprara en el supermercado, hasta que sufrió una lesión. A veces no era mucho, pero yo hacía milagros para adquirir cosas y dar la merienda, comprar telas, hacer cortinas o sábanas para ir al trueque y cambiarlas por verdura; compraba unos menudos y con eso hacía un guiso o una carbonada…”, explica Isabel  sobre cómo se las ingenió para no dejar a su gente si comida.

El merendero que lleva su nombre brinda almuerzos los martes y jueves y merienda los lunes miércoles y viernes, jornadas en que las mamás de los chicos que asisten no sólo acompañan, ya que se han organizado para ayudar turnándose.

“Hay mamás a las que les pido que vengan ellas a buscar la comida o la merienda para evitar que los niños se quemen. Entonces, si vienen solos les doy para tomar acá, pero cuando vienen con sus mamás les doy para que se lo lleven y compartan con su familia, para que no se pierda el vínculo”, explica.

“Es tan lindo sentarte a almorzar y ver a tus hijos comer… El diálogo no debe perderse en la familia, a mí me han criado a la antigua”, dice con una sonrisa enorme

En los zapatos del otro

De eso se trata el trabajo social, o al menos así lo entiende esta madre y abuela que en lo más profundo de su corazón desea que nadie pase por las situaciones que le tocó vivir, algo que explica con una simpleza inigualable: “El amor al prójimo y todo lo que yo sufrí cuando niña, la falta de cosas en el hogar, lo veo reflejado ahora. Gracias a Dios no les hago faltar nada ni a mis hijos ni a mis nietos, pero la pobreza que hay acá la viví yo también: mi mamá la pasó mal cuando se separó de mi papá, éramos muchos, no teníamos para comer ni para vestirnos y yo ya era señorita y tenía que andar con mis dedos afuera. Hoy por hoy, no me puedo ver las zapatillas rotas porque me parto en lágrimas…”

Vivir al día

“Estamos tramitando la Personería Jurídica para poder acceder a donaciones, porque al no tenerla se nos cierran muchas puertas. Sólo contamos con la colaboración de las mamás que salen a pedir casa por casa, por eso estamos al día. Vamos preparando la comida y las meriendas con lo que nos traen las personas que se enteran lo que hacemos”, dice con preocupación y un dejo de tristeza la mujer que, aún con sus problemas de salud, sigue adelante con su lucha cotidiana.

Así como muchos pueden pasar y mirar sin ver lo que Isabel y su familia hacen, otros pueden ser parte de esta historia colaborando con materia prima para la elaboración de almuerzos y meriendas (harina, leche, azúcar, verduras, etcétera). “Todo suma”, asegura Isabel.

Termina la charla y ya casi no quedan chicos en su casa. Todos los que llegaron en esa tarde hasta el merendero se fueron con la panza llena, pero las próximas meriendas dependerán de la voluntad de propios y ajenos.

“Yo creo que la gente que va a los merenderos es porque realmente no tiene nada, porque si tuvieran no irían a pedir; si un niño no tiene hambre no viene a pedir su leche, su té o su yerbeado”, finaliza, y con eso responde la pregunta acerca de cómo ve la situación actual.

Por Rebeca Rodríguez Viñolo – Diario El Ciudadano on line

comentarios

Login