¿Hay sustitutos para la victoria?
Cargando...
Por Redacción

¿Hay sustitutos para la victoria?



El viejo y fogueado general norteamericano Douglas MacArthur les decía en su discurso de despedida a los cadetes de la Academia Militar de West Point que no hay sustituto para la victoria.


Él lo sabía muy bien, pues aparte de haber combatido en dos guerras mundiales, entre otras tantas, le tocó el honor de recibir la capitulación del Imperio del Japón en la Bahía de Tokio, a bordo del acorazado USS Missouri y que le puso término a la Segunda Guerra Mundial.


En ese texto se leía la ominosa leyenda de “rendición incondicional”. Claro, entre el ataque japonés a la base naval de Pearl Harbor en 1941 y ese acto administrativo había pasado mucha agua bajo los puentes. Entre otras cosas, el lanzamiento de dos bombas atómicas en 1945.


La época de Mac Arthur fue la coronación de la guerra total proclamada por Clausewitz, codificada por Luddendorf y librada por los comandantes Aliados y por los del Eje, a lo largo y ancho de la segunda gran contienda. Una que terminó con esa famosa rendición en la Bahía de Tokio.


Antes de la guerra total, lo que se estilaba eran las formas de la belle capitulation, tal como las retrató magistralmente Velázquez en su famosa pintura ‘Las Lanzas’, y que muestra al pueblo holandés de Breda rindiéndose al general español Ambrosio Spínola, a quien se lo ve recibiendo la espada del comandante enemigo.

Tampoco fueron raros los casos, por ejemplo, en nuestra guerra por la Independencia, en que los jefes capturados, de uno y otro bando, fueron liberados bajo su palabra de honor de no volver a tomar las armas, cuando no la de proclamar su adhesión a la causa del vencedor.


Pues, parece ser que las formas de las rendiciones negociadas han vuelto por sus fueros, tal como lo vemos en las actuales negociaciones de paz en Colombia. Sin duda alguna, ellas derivan de la dificultad estratégica de imponer lo que el General MacArthur denominaba como una Victoria, una con la “V” mayúscula.


En los conflictos modernos es muy difícil, especialmente, si se trata de uno que enfrenta a un Estado con grupos de no estatales establecer lo que constituye una victoria y lo que no lo es. En este sentido, suena muy realista, no solo no pretender una victoria en términos totales, sino también el definir sus límites antes de lanzarse a su conquista.


En este sentido, el caso colombiano es uno paradigmático. Claramente, el triunfo del No en el reciente referéndum sobre la aceptación del tratado de paz expresa la voluntad popular de que los límites autoimpuestos por el presidente Juan Manuel Santos a esta victoria no han sido los satisfactorios para la mayoría de los colombianos.


Para entenderlo hay que empezar por reconocer que la lógica estratégica nos dice que su fin último le es impuesto por la política. Y que mientras esta busca la victoria útil, la segunda lo hace por la victoria justa. ¿Cuales son las diferencias?


Mientras el estratega se contenta con ganar la batalla –algo que tiene lugar en el plano físico y psicológico–, el político debe asegurar para su bando la victoria moral. La que se define, en términos prácticos, en lograr un estado de paz mejor al que se tenía antes de las hostilidades.


Más allá de las múltiples definiciones que el concepto paz acepta, en este marco conceptual debe ser entendida, no solo como la ausencia de violencia, sino como la tranquilidad en el orden. Vale decir, como un estado de convivencia pacífica y estable para todos.


Volviendo al caso colombiano, vemos claramente que la reticencia de las FARC a desarmarse completamente y a desvincularse del narcotráfico, entre otros factores que pudieran mencionarse, hicieron imposible esa tranquilidad en el orden, pues no hace falta ser un estratega eximio para deducir que sin esos acuerdos no habría tranquilidad ni orden.


Todo esto dicho sin analizar el importante punto de que las FARC no son los únicos actores violentos del escenario, y que su sola aceptación a las condiciones de la paz no serían suficientes.


Luego de estas consideraciones, uno bien puede preguntarse si no existen casos en la historia de los conflictos en los que no hay acuerdo posible entre las partes y en los que solo la rendición incondicional del otro es la condición necesaria de la victoria.


Se trata de los denominados conflictos en los que está en juego la supervivencia de uno o de varios de los contendientes. Tal como parece ser el caso del Levante, en el cual varios actores definen su victoria bajo los parámetros de la destrucción del Estado de Israel.


La respuesta a este interrogante no es sencilla. Solo podemos terminar diciendo que la política, como ciencia arquitectónica que contiene a la estrategia, debe definir los términos de la victoria antes de iniciar las hostilidades.


Pues una vez lanzadas las operaciones militares será solo la suerte de las armas la que certifique la victoria en los términos en las que ésta haya sido previamente definida.


El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.


comentarios

Compartir en facebook
Compartir en twitter
imagen

¿Hay sustitutos para la victoria?

imagen

El viejo y fogueado general norteamericano Douglas MacArthur les decía en su discurso de despedida a los cadetes de la Academia Militar de West Point que no hay sustituto para la victoria.

Él lo sabía muy bien, pues aparte de haber combatido en dos guerras mundiales, entre otras tantas, le tocó el honor de recibir la capitulación del Imperio del Japón en la Bahía de Tokio, a bordo del acorazado USS Missouri y que le puso término a la Segunda Guerra Mundial.

En ese texto se leía la ominosa leyenda de “rendición incondicional”. Claro, entre el ataque japonés a la base naval de Pearl Harbor en 1941 y ese acto administrativo había pasado mucha agua bajo los puentes. Entre otras cosas, el lanzamiento de dos bombas atómicas en 1945.

La época de Mac Arthur fue la coronación de la guerra total proclamada por Clausewitz, codificada por Luddendorf y librada por los comandantes Aliados y por los del Eje, a lo largo y ancho de la segunda gran contienda. Una que terminó con esa famosa rendición en la Bahía de Tokio.

Antes de la guerra total, lo que se estilaba eran las formas de la belle capitulation, tal como las retrató magistralmente Velázquez en su famosa pintura ‘Las Lanzas’, y que muestra al pueblo holandés de Breda rindiéndose al general español Ambrosio Spínola, a quien se lo ve recibiendo la espada del comandante enemigo.
Tampoco fueron raros los casos, por ejemplo, en nuestra guerra por la Independencia, en que los jefes capturados, de uno y otro bando, fueron liberados bajo su palabra de honor de no volver a tomar las armas, cuando no la de proclamar su adhesión a la causa del vencedor.

Pues, parece ser que las formas de las rendiciones negociadas han vuelto por sus fueros, tal como lo vemos en las actuales negociaciones de paz en Colombia. Sin duda alguna, ellas derivan de la dificultad estratégica de imponer lo que el General MacArthur denominaba como una Victoria, una con la “V” mayúscula.

En los conflictos modernos es muy difícil, especialmente, si se trata de uno que enfrenta a un Estado con grupos de no estatales establecer lo que constituye una victoria y lo que no lo es. En este sentido, suena muy realista, no solo no pretender una victoria en términos totales, sino también el definir sus límites antes de lanzarse a su conquista.

En este sentido, el caso colombiano es uno paradigmático. Claramente, el triunfo del No en el reciente referéndum sobre la aceptación del tratado de paz expresa la voluntad popular de que los límites autoimpuestos por el presidente Juan Manuel Santos a esta victoria no han sido los satisfactorios para la mayoría de los colombianos.

Para entenderlo hay que empezar por reconocer que la lógica estratégica nos dice que su fin último le es impuesto por la política. Y que mientras esta busca la victoria útil, la segunda lo hace por la victoria justa. ¿Cuales son las diferencias?

Mientras el estratega se contenta con ganar la batalla –algo que tiene lugar en el plano físico y psicológico–, el político debe asegurar para su bando la victoria moral. La que se define, en términos prácticos, en lograr un estado de paz mejor al que se tenía antes de las hostilidades.

Más allá de las múltiples definiciones que el concepto paz acepta, en este marco conceptual debe ser entendida, no solo como la ausencia de violencia, sino como la tranquilidad en el orden. Vale decir, como un estado de convivencia pacífica y estable para todos.

Volviendo al caso colombiano, vemos claramente que la reticencia de las FARC a desarmarse completamente y a desvincularse del narcotráfico, entre otros factores que pudieran mencionarse, hicieron imposible esa tranquilidad en el orden, pues no hace falta ser un estratega eximio para deducir que sin esos acuerdos no habría tranquilidad ni orden.

Todo esto dicho sin analizar el importante punto de que las FARC no son los únicos actores violentos del escenario, y que su sola aceptación a las condiciones de la paz no serían suficientes.

Luego de estas consideraciones, uno bien puede preguntarse si no existen casos en la historia de los conflictos en los que no hay acuerdo posible entre las partes y en los que solo la rendición incondicional del otro es la condición necesaria de la victoria.

Se trata de los denominados conflictos en los que está en juego la supervivencia de uno o de varios de los contendientes. Tal como parece ser el caso del Levante, en el cual varios actores definen su victoria bajo los parámetros de la destrucción del Estado de Israel.

La respuesta a este interrogante no es sencilla. Solo podemos terminar diciendo que la política, como ciencia arquitectónica que contiene a la estrategia, debe definir los términos de la victoria antes de iniciar las hostilidades.

Pues una vez lanzadas las operaciones militares será solo la suerte de las armas la que certifique la victoria en los términos en las que ésta haya sido previamente definida.

El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

comentarios

imagen imagen
Login