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Por Redacción

Gracias…



Un talento sin limites, irrepetible por cantidad y calidad de condiciones, una deportista extraordinaria, con dotes plagadas de improvisación y genialidad. Desde que comenzó su relación con el stick en el Club Atlético Fisherton, el vínculo entre ella y el juego no paró de crecer hasta transformarse en un cuento real lleno de hazañas épicas.


En su carrera no le quedó galardón sin alcanzar, títulos de clubes por doquier, la camiseta de Las Leonas se la calzó por primera vez en 1998, y como si fuera un traje de súper héroe, desde entonces se transformó en parte de su piel.


Ganó dos mundiales –en 2002 y 2010– y subió al podio en 2006 y este año. Participó en cuatro Juegos Olímpicos y en todos subió al podio, consiguiendo plata en Sidney y Londres y bronce en Atenas y Beijing. En la Champions Trophy hizo realmente lo que quiso: la ganó en seis oportunidades, la ultima en Mendoza. Quiso el destino y quiso Lucha que fuéramos nosotros quien tuviéramos el privilegio de verla dar sus últimas estocadas con Las Leonas.


Como no podía ser de otra manera, tuvo que luchar para cerrar su extraordinaria carrera con otro éxito en su nutrido palmarés. Semis contra Holanda en un auténtico partidazo que las argentinas definieron a 42 segundos del final para el delirio de las 10 mil personas que colmaron el estadio provincial. Un día después, la final con Australia: partido 1 a 1 y definición por penales australianos que tuvieron a Luciana y a Belén Succi como figuras destacadas.


Ocho veces elegida la mejor jugadora del mundo, Luciana Aimar es leyenda y es ejemplo y gracias a sus hazañas el hockey sobre césped femenino tiene cada año miles de nuevas adeptas tratando de imitarla. La camiseta número 8 no volverá a ser usada porque no habrá otra Luciana. Por suerte la pudimos ver. Por suerte somos contemporáneos a su fenómeno.


Cerró su carrera desde lo más alto del podio, el lugar que los grandes merecen. Gracias por tanto, Luciana.


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Gracias…

Un talento sin limites, irrepetible por cantidad y calidad de condiciones, una deportista extraordinaria, con dotes plagadas de improvisación y genialidad. Desde que comenzó su relación con el stick en el Club Atlético Fisherton, el vínculo entre ella y el juego no paró de crecer hasta transformarse en un cuento real lleno de hazañas épicas.

En su carrera no le quedó galardón sin alcanzar, títulos de clubes por doquier, la camiseta de Las Leonas se la calzó por primera vez en 1998, y como si fuera un traje de súper héroe, desde entonces se transformó en parte de su piel.

Ganó dos mundiales –en 2002 y 2010– y subió al podio en 2006 y este año. Participó en cuatro Juegos Olímpicos y en todos subió al podio, consiguiendo plata en Sidney y Londres y bronce en Atenas y Beijing. En la Champions Trophy hizo realmente lo que quiso: la ganó en seis oportunidades, la ultima en Mendoza. Quiso el destino y quiso Lucha que fuéramos nosotros quien tuviéramos el privilegio de verla dar sus últimas estocadas con Las Leonas.

Como no podía ser de otra manera, tuvo que luchar para cerrar su extraordinaria carrera con otro éxito en su nutrido palmarés. Semis contra Holanda en un auténtico partidazo que las argentinas definieron a 42 segundos del final para el delirio de las 10 mil personas que colmaron el estadio provincial. Un día después, la final con Australia: partido 1 a 1 y definición por penales australianos que tuvieron a Luciana y a Belén Succi como figuras destacadas.

Ocho veces elegida la mejor jugadora del mundo, Luciana Aimar es leyenda y es ejemplo y gracias a sus hazañas el hockey sobre césped femenino tiene cada año miles de nuevas adeptas tratando de imitarla. La camiseta número 8 no volverá a ser usada porque no habrá otra Luciana. Por suerte la pudimos ver. Por suerte somos contemporáneos a su fenómeno.

Cerró su carrera desde lo más alto del podio, el lugar que los grandes merecen. Gracias por tanto, Luciana.

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